Parte 3. República Libre #3
La bebida era una especie de makgeolli con textura de yogur, y supuse que se llamaba así por el sabor avinagrado. Lo de presentarlo como una bebida tradicional y un probiótico saludable era una exageración muy propia de él. No había cambiado nada, y darme cuenta de eso me tranquilizó.
–¿Y te pagan por esta porquería, papá? ¿En serio?
–No lo hago por dinero, sino por juntar a la gente.
–Pues anda que has cortado todo contacto con tu hijo y tus conocidos. ¿A qué gente estás juntando, entonces?
–Este es un espacio para la gente que lo necesite. Aquí, a Barataria, vendrán aquellos que estén sedientos de libertad.
–De verdad que no has cambiado nada. ¿Por eso coges y te largas con todo el dinero que ganaste con los guiones? ¿Para comprar este terreno y construir esta casa? Y a tu hijo ni las migas, claro.
–Han-bin, Barataria es tuya. Te tocará hacerte cargo de ella en el futuro, ¿no?
–Pues trae que firme, que habrá que ponerlo a mi nombre. Si es un sitio tan libre como tú dices, ya me encargo yo de vender libertad de la buena.
–Pues hazlo.
–Gracias, papá.
–Dentro de diez años. Te queda tiempo para comprender lo que es Barataria.
–Ya sabía yo.
–Lo primero que tienes que hacer es leerte El Quijote . Los dos volúmenes enteros. Todo ciudadano de la República de Barataria debe leerlo.
–Papá, si intentas que me rinda, no vas a conseguirlo. El sitio está bien. Ya te digo que tendrá éxito con una buena gestión. Podrías hacer cafés, gofres, y reemplazar toda esa basura del jardín por algo instagrameable . Mi novia quiere abrir una cafetería y sabe mucho de esas cosas.
–Lo último que supe de ella es que era profesora de infantil…
–Pero si con esa lo dejé hace mucho. ¿Me estás oyendo, eh?
–¿Quieres otro poquito de shindari ?
–La libertad requiere dinero, papá. Necesitas solvencia para ofrecer una libertad decente a tus visitas. Déjame montar una cafetería y lo que gane lo repartimos, ¿vale?
–Hijo mío. Con el tiempo que llevamos sin vernos, no te pongas pesado. Déjame pensarlo un poco.
–¡Vaya tela! ¿De verdad te alegras de verme? ¿Me has echado de menos?
–Claro. Si te he reconocido con el coche en marcha y todo. Siempre pienso en ti, hijo.
–Mentira.
–Es cierto.
El enfrentamiento entre ambos fue tan intenso como infantil.
Padre e hijo, aparentemente tan diferentes, en realidad se parecían bastante.
Peleaban por dinero en una tensa refriega chocando las espadas del amor paternal y el amor filial.
Min había dejado de grabar y yo seguía algo conmocionada esperando el momento de interrumpir la discusión.
–A ver, sé que tenéis mucho de lo que hablar, ¡pero tenemos muchas preguntas!
Miré de reojo a Han-bin y me dirigí al señor Don, que me miró como si hubiera estado esperando aquel momento.
–Aunque no me haya reconocido de buenas a primeras, yo también me llevé una sorpresa al verle. Con esos brazacos y hombros… Vaya musculitos. ¿Cómo ha ido todo por Jeju? Debió de ser difícil crear todo esto.
Él asintió con fuerza, como queriendo que Han-bin se enterase.
–Pues claro que eres tú, Sol. Mi Sol. A diferencia de los demás, eres la primera en reconocer todo mi esfuerzo. –Soltó una carcajada y Han-bin resopló.
El señor Don nos miró uno a uno y empezó a relatar aquello que tanta curiosidad nos despertaba: su vida en Jeju desde el primer día hasta la actualidad. La cosa empezaba a ponerse seria.
35
República Libre
Hacía cuatro años, el señor Don, ahora convertido en Sancho, necesitaba una isla para gobernar, como ocurría en El Quijote , y por eso había buscado un lugar allí en Jeju.
Su intención era crear un espacio para las personas que estuviesen agotadas del mundo, un lugar donde poder abrir sus corazones y cuidarse a sí mismos, muy al estilo de Sancho.
Pasó el primer año trabajando en distintos lugares de la isla. Seogwipo, Seongsan, Jocheon, Aewol, Panpo y Yerae, los había recorrido todos haciendo labores de construcción y explorando los alrededores. Durante el invierno trabajaba en un huerto recogiendo mandarinas mientras ideaba Barataria.
Al año ya tenía ahorrado algo de dinero y estaba más fuerte físicamente.
Además, todo el aprendizaje obtenido gracias a los trabajos desempeñados le sirvió de ayuda para crear Barataria.
Poco a poco, perfeccionó su dialecto y fue tolerando mejor el alcohol, y eso le permitió conocer mejor a los lugareños, un aspecto primordial a la hora de conseguir el terreno en Seonheul.
–Jeju es un poco receloso con la gente de fuera, pero, una vez que decidí ser como Sancho, me volví alguien accesible y fiable como él.
He entregado mi corazón a la gente de aquí, del mismo modo en que Sancho sirvió fielmente a don Qui jote.
Así es como llegaron a entenderme. Sin la ayuda que me han brindado, encontrar y comprar este terreno habría sido imposible.
A partir del segundo año, comenzó a trabajar el terreno de su propiedad.
Compró la camioneta y equipos varios, allanó el terreno y remodeló la casa.
Luego llamó a un operador de maquinaria pesada para encargarse del patio, el jardín y el camino de la entrada.
Construyó un corral y compró cabras y gallinas.
En el tercer año, fiel al espíritu campesino de Sancho, cultivó un huerto detrás de la casa.
Al mismo tiempo, se paseaba con la camioneta buscando chatarrerías y casas abandonadas de donde recoger materiales para las esculturas.
Restauraba chatarra, tallaba madera y así dio vida a los personajes y las historias de la novela que tanto veneraba.
–¿Qué os parece? Nada mal para un aficionado, ¿eh?
A Min le costaba creer que hubiera construido todo aquello él solo. Han-bin seguía refunfuñando, y yo comenté que la estatua de don Quijote resultaba impresionante.
–La llamo Donharubang.
–¿Donharubang?
–Sí. En realidad, no es obra mía, se la encargué a un artesano. Me alegra que te guste, ja, ja.
El señor Don continuó con su relato, del cuarto año desde su llegada hasta la actualidad.
Por fin sentía que era hora de abrir Barataria al público para que pudieran reunirse allí quienes necesitasen ese espacio: los ciudadanos de la República Libre.
Justo un mes antes había colocado el letrero y ofrecía shindari y gwajeul a quienes lo visitaban, mientras les contaba la historia de don Quijote.
La mayoría de los visitantes eran turistas que se habían desviado de su ruta, vecinos del pueblo con quienes había entablado amistad y conocidos de esos mismos vecinos.
L e quedaba mucho camino por recorrer, pero al menos podía ofrecer alojamiento a quien quisiera quedarse, ya que tenía varias literas de campaña en el invernadero junto a la casa.
Han-bin interrumpió con un resoplido la historia que el señor Don contaba con tanto entusiasmo. El muy descarado fulminó a su padre con la mirada para mostrar su disgusto.
–Vamos, que se quedan aquí de gratis. ¿Eres un filántropo de esos, papá? Tu hijo se ahoga en deudas y tú, como siempre, solo piensas en ayudar a los demás.
El señor Don se giró para señalar una esquina de la habitación donde había una tinaja de barro cubierta.
–Acepto donaciones, hijo. Para la fundación Barataria. Básicamente, solo pueden quedarse quienes hayan donado algo. Vosotros también tenéis que donar si os quedáis aquí.
Han-bin volvió a soltar un fuerte resoplido.
–¿O sea que desapareció porque estaba ocupado montando esto? –decidí interrumpir para relajar el ambiente.
–Sí. Eso es.
–No se lo va a creer, pero llevamos mucho tiempo buscándole.
–¿En serio?
–Por eso nos hemos juntado los tres.
–Ja, ja. Pues es todo un honor.
–No se asuste, pero ahora vivo en su estudio, en el sótano del videoclub de Seonhwa-dong.
–¿Cómo? Una muchacha joven como tú no debería vivir en un lugar así. Mejor vente a Barataria, eh. Que a uno tiene que darle la luz del sol. Ese sitio es demasiado oscuro y húmedo.
–No pasa nada. A mí me gusta; desde que era un videoclub, bien lo sabe.
–El videoclub Don Quijote… Es increíble que te acuerdes. Ni yo mismo puedo recordarlo bien…
–Me he aferrado a ese recuerdo para llegar hasta aquí. Para encontrarle.
–Ja, ja. Ja, ja, ja.
–Era el señor Don. ¡Mi Don Quijote! Por eso he venido… Pero resulta que ahora va diciendo que es Sancho. ¿Por qué ese cambio tan repentino? –Alcé la voz sin darme cuenta.
El resentimiento acumulado en mi garganta había explotado en aquella pregunta.
Él esperó un momento antes de sonreírme, como si ya tuviera la respuesta preparada.
–Sol, una persona tiene que conocerse a sí misma a lo largo de su vida.
Ya sé que he vivido creyéndome don Quijote, pero, conforme más escribía mi propia historia contra el mundo, más me daba cuenta de que no lo era.
Porque, si lo fuera, ¿no me habría lanzado ya a pelear contra tanta injusticia y corrupción?
Sin embargo, nunca me he entregado del todo a la causa.
Estaba fingiendo. Solo era Sancho siguiendo al inalcanzable don Quijote y tratando de imitarlo.
–Se supone que yo era Sancho. ¿Qué hago ahora?
–Creo que tú, Sol, eres don Quijote. Te recuerdo reír a carcajadas con los programas que veíamos en el videoclub, tan absorta en ellos que parecía que te ibas a comer la pantalla.
Menuda sorpresa cuando me enteré de que acabaste trabajando como creadora de esos programas.
Cumpliste tu sueño. Por aquel entonces, ya te veía como don Quijote.
–¡Basta ya!
–Y Min, aquí presente, también es otro don Quijote para mí.
Este hombre es la persona más decidida que haya conocido jamás en el mundo del cine.
Sabe decir que no cuando algo no funciona, igual que supo dar un paso al frente para ayudarme cuando me trataron injustamente, aun poniendo en riesgo su trabajo.
Eso sin mencionar la pasión que siente por el cine.
–Eso es una exageración.
Min parecía avergonzado.