El club de los soñadores Parte 3. República Libre #2
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Parte 3. República Libre #2

De Hamdeok a Seonheul

Salimos de la cafetería y volvimos a comprimirnos en el coche. En cuanto introducimos la dirección en el navegador y nos indicó una ruta de veintitrés minutos, Han-bin arrancó de inmediato.

–Dime, ¿no parece que la marcha de Don Quijote está llegando a su fin? –preguntó Han-bin guiñándome un ojo.

Era plenamente consciente de que Min estaba grabando, porque en su cara se veía reflejado el orgullo de quien ha hecho un comentario brillante.

Me dejó un rato pensativa. Conforme ascendíamos hacia la zona central, el paisaje boscoso de Jeju fue llenando por completo el campo de visión y sentí vértigo.

¿Era aquello como la llanura de La Mancha o una meseta andaluza?

El camino recorrido por don Quijote y Sancho aparecía ante mí superpuesto con el paisaje boscoso de Jeju y daba la sensación de que en cualquier momento aparecerían pastores con sus cabras, molinos de viento y hasta árabes.

–Puede que no acabe nunca –solté de pronto.

–¿Por? Para ti, mi padre es como don Quijote. ¿No sería el final de la marcha un reencuentro entre Sancho y Don Quijote?

– El Quijote es más largo de lo que piensas. Tiene dos volúmenes muy grandes.

–Nosotros también hemos recorrido un largo camino. De Seúl a Daejeon y viceversa, luego a Tongyeong, a Busan… Y ahora Jeju. Nunca en mi vida he viajado tanto.

–Yo viajaba mucho cuando trabajaba en la tele. Para mí no es un camino tan largo, sino más bien sinuoso.

–Oye, Sancho, ¿sabes que te están oyendo tus suscriptores? Porque te ha quedado un comentario de película. En fin, vamos cuesta arriba y este coche de mierda no tira.

Han-bin apagó el aire acondicionado y me empezó a sudar la frente. Abrí la ventanilla y alargué un poco la mano. Los árboles, cuyos nombres desconocía, crecían frondosos casi a mi alcance mientras nos sumergíamos en ese mundo vasto y verde.

La panorámica se amplió en cuanto subimos la cuesta. Los tres contuvimos la respiración al ver los grandes pilares blancos que se alzaban por las colinas y las esbeltas alas que giraban sobre ellos, lentamente, pero con firmeza.

Igual que los molinos de viento de don Quijote.

–Seguro que eligió este lugar porque le recordaba a los molinos –comentó Min sin dejar de grabar.

–Sí, aunque no creo que fuese para luchar contra ellos, ahora que se considera Sancho –respondí.

Pasamos junto a los gigantescos molinos y nos adentramos por una carretera que conducía a Seonheul. Entonces, una bocina estridente nos sobresaltó a todos y vimos una camioneta azul que avanzaba detrás de nosotros a toda velocidad.

–Pero bueno, si tanta prisa tienes, date la vuelta. ¿Te estás poniendo chulito porque somos de alquiler o qué?

Han-bin, enfadado, pisó el acelerador. La camioneta siguió acercándose amenazadoramente, pitando sin parar.

–Mejor déjalo pasar y ya.

Han-bin suspiró sin estar muy de acuerdo conmigo y paró a un lado de la carretera, para dejar que la camioneta nos ade lantase. Hay quienes van así por la vida, como locos, y de nada sirve enfrentarse a esa gente.

Sin embargo, cuando la vimos detenerse un poco más adelante, intercambiamos miradas de asombro.

–¿Qué le pasa? ¿Quiere pelea?

–Tú arranca y vámonos.

La puerta del conductor se abrió y salió un hombre vestido con bermudas, una camiseta sin mangas y gorro de pescador.

–¿Y ahora qué? –preguntó Han-bin inquieto.

¿Qué podíamos hacer?

El hombre bajo y fornido se volvió hacia nosotros, y se me escapó un grito al reconocerle.

–¡Es él! ¡El señor Don!

Antes de decir nada más, Han-bin abrió la puerta del coche y salió. El señor Don se le acercó con los brazos abiertos de par en par y diciéndole algo. Ambos se abrazaron durante largo rato en silencio.

Yo me acerqué a Min, que había bajado del coche y estaba grabando la escena del reencuentro. Al soltarse del abrazo, el señor Don se fijó en él y quedó boquiabierto. Corrió a darle un abrazo, que Min le devolvió con torpeza, cámara en mano.

Han-bin me miró, entre incómodo y avergonzado, y me hizo un gesto con la cabeza para que bajara del coche. Lo hice tratando de controlar los temblores que sacudían mi cuerpo.

El señor Don me miró, inmóvil. Luego ladeó la cabeza.

–Señor Don… –murmuré conmovida.

Él me miraba desconcertado.

–¿Y tú…?

Me quedé callada.

–¡Papá, que es Sancho! ¡Tu mano derecha! –gritó Han-bin.

Sentí que Min me apuntaba con la cámara. El señor Don dio un paso en mi dirección y yo me quedé con los labios a medio abrir, sin poder esconder mi decepción.

–Soy Sol. Jin-sol.

El señor Don se rascó la barba y se me quedó mirando un momento, con la boca entreabierta y los ojos ensanchándose por la sorpresa.

–¡¡Sí!! ¡Eres Sol de verdad! Madre mía, ¡lo grande que estás! ¡Mi Sol!

El hombre me agarró las manos y me quedé un rato incapaz de decir nada, limitándome a sentir la calidez de esas manos sobre las mías.

El señor Don nos contó que iba de camino a Hamdeok a hacer unas compras cuando había reconocido a Han-bin al volante, precisamente gracias a que había abierto la ventanilla tras quitar el aire acondicionado.

Nada más reconocer a su hijo, había dado media vuelta para seguirnos a toda prisa, hasta que por fin se había podido acercar a nosotros en aquel camino inesperado.

Seguimos a la camioneta hasta meternos por un camino sin asfaltar tan estrecho que no sabía qué podríamos hacer si un coche viniera en dirección contraria, y solo cuando llegamos al final nos pusimos nerviosos pensando adónde nos estaba llevando.

Aparcamos junto a la camioneta en un claro del bosque.

Al final del caminito sin rastro de gente destacaba un cartel.

BARATARIA. REPÚBLICA LIbrE

El señor Don se bajó de la camioneta, señaló el letrero con una sonrisa radiante y nos condujo hacia la entrada.

Nos de tuvimos frente al letrero: Han-bin con una mueca con los labios, y yo completamente absorta, mientras Min nos grababa.

Aceleramos el paso cuando las ramas que se extendían por el camino se tragaron al señor Don y dejamos de verle.

El camino Olle, como llaman allí a los caminos que llevan hasta una casa, estaba bien cuidado, y la hierba de alrededor recortada.

Pero más allá de ese tramo la vegetación crecía exuberante, sin control, e incluso había un cartel con una serpiente dibujada.

Muy adorable, sin duda obra del señor Don.

Han-bin preguntó preocupado si en Jeju había muchas serpientes, y yo le dije que si había un cartel por algo sería.

Cruzamos la entrada a Barataria, donde había tres troncos colocados en diagonal. Min nos explicó que aquello formaba parte de la tradición de Jeju y que en la antigüedad cumplían con la función de puerta.

Observé lo que había más atrás: un terreno de unos seiscientos metros cuadrados, con una variedad de árboles que formaban una especie de muro natural en torno a una casa de piedra y un invernadero de plástico negro.

En el jardín se alzaban todo tipo de esculturas, como la estatua de madera de don Quijote que había visto por Instagram, una figura hecha de chatarra que bien podía ser un camello o un caballo, y el tallado en piedra típico de Jeju llamado dolharubang , con el rostro y el yelmo de don Quijote, que evocaba admiración instantánea.

El señor Don agitó los brazos para llamar nuestra atención, ya que nos habíamos quedado fuera contemplando todo.

–¡Bienvenidos a Barataria!

Casi me pongo a aplaudir. Han-bin atravesó primero el jardín soltando una exclamación y yo le seguí. La casa de piedra era un rectángulo larguísimo, demasiado grande para una sola persona, y tenía el tejado de losa.

Lo seguimos hacia el interior.

El techo era tan bajo que Min y yo lo rozábamos con la cabeza si nos poníamos de puntillas.

El amplio salón estaba vacío salvo por una única mesa larga sobre la que había un portátil.

Escuchamos al señor Don tararear en la cocina mientras nos preparaba algo de picar.

Aproveché para echar un vistazo al interior.

Había una puerta junto a la cocina y otras dos en la esquina derecha, lo que me hizo llegar a la conclusión de que había otras dos habitaciones y un solo baño.

Era un espacio bastante sencillo y curiosamente nada desaliñado.

–¿Cómo os habéis juntado los tres? –nos preguntó saliendo de la cocina con una bandeja–. Qué día tan especial, hoy han venido tres de mis muchachos favoritos. Siento no haberte reconocido, Sol.

Dejó la bandeja sobre la mesa y regresó a la cocina.

–No tiene que disculparse por nada. Es culpa mía por haber crecido más y ser mucho más guapa que antes.

Alcé la voz para que me oyera desde la cocina y él respondió aún más alto.

–¿Me estás llamando bajito, Sol?

–¡Pelea, pelea! –exclamó Han-bin.

Nos sentamos unos frente a otros en la larga mesa. La bandeja contenía cuatro tazas distintas que vendrían de lugares diferentes y unas galletas cubiertas de arroz inflado.

–Se llaman gwajeul .

Min, que ya era un experto, nos explicó que era un aperitivo típico de Jeju hecho con cebada frita o arroz glutinoso untado en sirope de mandarina. Antes de que acabase con su explicación, Han-bin ya estaba cogiendo uno para zampárselo de un bocado.

–¿A que está rico? Los compré en Shinhyodong, en un sitio donde lo preparan unas señoras.

No me había dado cuenta de que el señor Don había vuelto y colocado sobre la mesa una botella de plástico llena de un líquido lechoso, y ahora estaba sentado frente a mí.

–¿Esto es lo que vendes aquí, papá? –preguntó Han-bin con curiosidad.

–Más que vender…, es que no puede faltar algo de picar para ofrecer a las visitas. Tomad, venga.

Acto seguido, nos sirvió nuestros vasos. Min olió la bebida y preguntó qué era, ya que no le parecía makgeolli .

–¿Sabéis lo que es el shindari ? Es una bebida tradicional de Jeju, un probiótico natural muy saludable. Probad un poco. Pensaba llamaros dentro de poco, pero, mirad por dónde, habéis venido solitos.