Parte 3. República Libre
REPÚBLICA LIbrE
Llegada a Jeju
En cuanto salí del aeropuerto, el aire limpio y cálido penetró en mi piel y mis pulmones. Las palmeras se mecían con la brisa, saludándome, y la imponente estatua de piedra conmemorativa de la isla parecía disimular una sonrisa mientras me miraba.
Ir a Jeju siempre era emocionante. Sin embargo, el calor y la humedad de mediados de junio me hizo sentir como en una sauna, así que entré de nuevo en el aeropuerto con aire acondicionado. Mierda, como era la primera vez que iba a Jeju en verano todo ese calor húmedo me había pillado por sorpresa.
Solo había estado en Jeju un par de veces: la primera vez fui con mis amigos de la universidad y la segunda para un episodio de Exploradores urbanos en la ciudad de Seogwipo.
Ambas habían sido en primavera y el clima fue soportable, aunque lloviera a ratos.
El verano, en cambio, era otra cosa. Y yo, que suelo ser bastante sensible al cambio de clima, debía tener cuidado si pretendía completar con éxito el fin de la etapa.
El último viaje en busca del señor Don.
La semana anterior, tras enterarme de lo de Barataria, hablé con Han-bin por teléfono.
Enseguida empezó a despotricar con que Min se había quedado con demasiada parte del dinero de los guiones de su padre y que debía recuperar, como mínimo, unos treinta millones.
En mi opinión, y por cuestión de principios, le dije que debían resolver ese asunto entre el productor y su padre.
Han-bin seguía empeñado en que él tenía que arreglar los asuntos económicos en nombre de su padre desaparecido.
Cuando le dije que se habían acabado las tonterías y que se preparase para ir a ver a su padre, la llamada se quedó un rato en silencio.
–Lo he encontrado. Tu padre está en Jeju.
Han-bin se quedó mudo de la sorpresa durante un rato hasta que por fin empezó a hacerme preguntas. Fui respondiendo una a una y le pregunté si estaba preparado para la etapa final del viaje. Me dijo que ni soñara con ir yo sola.
Tendría la oportunidad de grabar el reencuentro entre Han-bin y su padre, igual que el reencuentro entre el auténtico Sancho y el señor Don, así que necesitábamos un nuevo miembro en el equipo.
Llamé al productor Min y le conté que el señor Don estaba en Jeju y que había creado un lugar llamado Barataria.
–Mira qué bien. Buen trabajo. Estoy deseando ver el reencuentro en el canal –comentó tras una breve exclamación.
Hice una pausa breve antes de responder:
–¿No quieres verle? Si tienes tiempo, ¿por qué no vienes con nosotros?
Percibí una leve vacilación ante esa oferta repentina, así que añadí que sería buena idea que él grabase un momento como ese porque era un experto con la cámara. No quería que pareciese que le estaba suplicando, pero mis ganas superaban la barrera de mi orgullo y me llevaron a insistir un poco.
–De acuerdo. A mí también me gustaría verle.
Y así comenzaba la Expedición Jeju.
El día siguiente lo pasé entero editando.
Hice un episodio entero incluyendo la entrevista de la anciana Bang y la visita a la tumba del abuelo Rocinante, además del proceso de bús queda de Barataria, de Jeju, y conté cómo formamos el equipo para la Expedición Jeju y que emprenderíamos nuestro último viaje en busca del señor Don.
Publiqué el vídeo el fin de semana y tuvo una gran acogida.
Los Amigos estaban entusiasmados y me felicitaban en los comentarios, tan contentos como si fuesen ellos mismos quienes iban a ver al señor Don.
Uno de ellos, que vivía en Jeju, comentó que estaba deseando ir al sitio, ya que vivía en el barrio contiguo, pero esperaría por el bien de la expedición.
Además, otros ocho Amigos hicieron donaciones para financiar la expedición.
Lo sentí como una recompensa por subir contenido constante y desarrollar una buena narrativa sobre la búsqueda del señor Don.
Llegué a Jeju desde el aeropuerto de Cheongju, mientras que Han-bin y Min venían desde el aeropuerto de Gimpo.
En el vestíbulo del aeropuerto, me tomé un zumo de hallabong riquísimo mientras los esperaba durante la media hora que tardarían en llegar.
A través de los ventanales y el bullicio de la gente vi que fuera estaba cayendo un chaparrón; los viajeros entraban cerrando sus paraguas, cargados con maletas, y pensé en el clima tan impredecible de la isla mientras un nubarrón de preocupaciones se asentaba dentro de mí.
¿Se alegraría de vernos? ¿Mucho o poco? Si había cortado lazos con todo y se había instalado allí, en las montañas de Jeju, ¿no seríamos una carga para él? ¿Sería mejor pedirle permiso para grabar, entonces?
Embargada por la emoción y la satisfacción de haber dado con él, no me había parado a pensar en los detalles del reencuentro.
Costaba creer que fuese a dar la espalda a su propio hijo, a un antiguo socio y a Sancho, su mano derecha.
Sin embargo, visto con otro enfoque, ¿no se había marchado a la isla dejándonos a todos atrás?
Podíamos crear contenido del señor Don, pero el contenido en el que él saliera debía tener su consentimiento. Algo más calmada, decidí hablarlo más tarde con mis compañeros de viaje.
No me di cuenta de que el avión había llegado.
Será cierto eso de que la moda refleja la actitud, porque Han-bin apareció con una camisa hawaiana, bermudas y chanclas, mientras que Min llevaba pantalones cargo de color caqui y una camiseta negra de manga corta ajustada, con la que parecía un enviado para un entrenamiento militar.
Me equivocaba al pensar que el ambiente entre los dos iba a estar raro.
Al verlos acercarse charlando tranquilamente como si fueran amigos de toda la vida me pregunté si ya habían limado sus asperezas o si solo habían llegado a un acuerdo temporal por un beneficio común.
–¡Hola! ¡Ven para aquí! ¡Acércate! –exclamó Han-bin con un acento de Jeju bastante chapucero.
A él le lancé una mirada de reproche y a Min una de bienvenida, antes de emprender el camino hacia la salida que daba al aparcamiento de los coches de alquiler. Ambos me siguieron, comprendiendo al instante quién era la líder de la expedición.
–Cuando uno llega a la costa hay que bajar las ventanillas, dejar que entre el viento, poner la música a tope y cantar. De eso va un buen paseo en coche, ¿no?
Han-bin estaba emocionadísimo en el asiento del conductor del coche de alquiler, tan pequeño y compacto que parecía que fuese a salir volando a la mínima ráfaga de viento. El tono de su voz reflejaba la alegría de volver a ver a su padre y la inquietud que eso mismo le provocaba.
Había conseguido la dirección tras preguntar por mensaje directo a la persona que había publicado sobre Barataria en Instagram, y por eso podríamos haber ido directamente, pero decidí que era mejor parar un poco en el camino para discutir con ellos el tema que me estaba rondando por la cabeza en el aeropuerto.
Nos dimos un buen atracón en un famoso restaurante de haejangguk , * en Hamdeok, por recomendación de Min.
Han-bin al principio se había quejado de ir a Jeju y no aprovechar para comerse una sopa con marisco, pero se acabó hasta la última gota sudando a chorros.
Hasta yo, que no había bebido la noche anterior y por lo tanto no tenía resaca que curar, quedé fascinada de lo rico que estaba.
Según Min, en Jeju estaba más desarrollada la cultura del haejangguk porque tanto locales como turistas bebían mucho, y yo le di la razón.
Cuando le pregunté si venía mucho a Jeju, nos contó que, después de pasar un tiempo rodando allí para una película independiente, acabó tan enamorado de la isla que regresaba cada año.
Se reprochaba a sí mismo no haber imaginado que el señor Don podía estar allí.
La cafetería a la que fuimos, también por recomendación suya, estaba ubicada en un saliente en la playa de Hamdeok.
Sentados junto en la ventana con vistas al mar de tonos turquesas, Han-bin nos comentó que su novia y él planeaban montar un lugar así.
Bebiendo un poco de mi café con leche decidí que era hora de ponerse manos a la obra.
–Estuve pensando algo en el aeropuerto. ¿Y si el señor Don no quiere vernos…?
–Ayy… ¿Estabas tan seria todo el rato por eso? Es imposible que mi padre no quiera vernos, a menos que tenga amnesia y no nos reconozca. ¿Qué es lo que te preocupa?
–¿Por qué no se puso en contacto antes? Ni siquiera cuando se estableció aquí. ¿No quería verte? ¿Ni a su socio, con el que trabajó tantos años?
–¡Estaría con sus cosas!
–Me inquieta un poco. Quizá no es muy considerado de nuestra parte. Si él no quiere vernos, estaría mal ir a grabar sin su consentimiento.
–¡Vaya tela! Nos haces recorrer cuatrocientos ochenta kilómetros en busca de mi padre y ahora te echas atrás. ¿Qué te ha dado? ¡Recuerda que tus Amigos te han patrocinado! ¿Qué pasa con YouTube si no hay reencuentro? –Han-bin alzó la voz hasta quedarse ronco y bebió un poco más de café.
Me mordí el labio y guardé silencio, presa de una emoción inexplicable. A la hora de la verdad me sentía insegura. Había empezado a temer que Don Quijote, ahora Sancho, no me recordara, y que no se tomase bien lo del canal de YouTube donde publicaba contenido sobre él.
–Oye, Jin-sol, no le des tantas vueltas.
Me giré hacia Min y lo vi esbozar una leve sonrisa.
–Si nos rechaza, solo podemos aceptarlo y marcharnos. Grabaré la escena a lo lejos y será un final de película. Pero dudo que vaya a hacer eso. En su trabajo también prefería un final cerrado a dejarlo abierto, uno feliz antes que triste.
¿Por qué hablaba tan bien? Una vez más había conseguido emocionarme con sus palabras e infundirme una confianza renovada.
–Tío, siempre sabes qué decir. ¿Por qué te has puesto tan nerviosa, Sol? Debería ser yo el que estuviera de los nervios, no tú.
–Pues sí.
Las expresiones de ambos se relajaron con mi respuesta.
–Gracias por los ánimos –le dije a Min levantándome de pronto.
El anhelo por reencontrarme con el señor Don volvía a desbordar en mí.
34