Parte 2. En busca de Don Quijote #19
La abuela Bang fue a la cocina y volvió con un bolso negro y desgastado. Tragué saliva. La vi sacar una agenda del bolso, pasar las páginas y escribir algo en una de ellas. Me quedé mirando el contenido de la libreta.
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Don Quijote ahora es Sancho
La tumba del abuelo Rocinante se encontraba en el Cementerio Conmemorativo de Daejeon. Nunca había ido allí, porque tampoco viví tantos años en Daejeon y a mi padre lo enterraron en el familiar de Osan, en la provincia de Gyeonggi.
Cogí el autobús 615 desde Jungang-ro, me bajé en la intersección de Doma y luego hice transbordo al autobús 21.
El sitio estaba muy bien cuidado; se respiraba un aire solemne que me puso nerviosa, pero me recordé a mí misma la importancia de aquel viaje para poder plantarme ante la cámara y aparentar profesionalidad.
El cementerio tenía la clásica atmósfera fría e inquietante a pesar de estar a comienzos de verano.
Me dirigí al tercer columbario con la sensación de estar adentrándome en un complejo de apartamentos para muertos, entre cientos de casas alineadas.
Al igual que en vida habitamos casas y habitaciones cuadradas, en la muerte ocupamos espacios similares apilados unos sobre otros.
Grabé muy brevemente el interior del edificio para tener un boceto y seguí avanzando en busca del número que me había facilitado la abuela.
Por fin, me detuve ante el nicho del abuelo Rocinante. Me quedé mirando fijamente el hueco del ataúd a la altura de mis ojos, y lo enfoqué con la cámara.
–Estamos frente a la tumba del abuelo Rocinante. Para empezar, me gustaría mostrarle mis respetos con una oración.
Sin dejar de grabar, incliné la cabeza mostrando respeto al recuerdo de aquel hombre.
Desde 2013, en los seis años posteriores a su fallecimiento, no se me había ocurrido ir a visitarlo.
Me invadió una profunda tristeza al recordar las tres veces que me había arreglado la bicicleta gratis.
Gracias a él todavía conservo recuerdos de esos paseos en bici subiendo por el paso elevado para luego bordear el arroyo de Daejeon, donde los cosmos florecían en abundancia.
También recordaba cuando en el coche de camino a Busan repartió chicles para que se nos pasase el mareo.
–Siento venir tan tarde, abuelo Rocinante. Seguro que una gran persona como usted estará en el cielo ahora. Descanse en paz y cuide de nosotros y del señor Don desde allí arriba.
Después de la oración, abrí los ojos lentamente y me fijé en las flores secas y la nota pegada debajo, de la que ya me había percatado antes. Sudaba en frío, no tanto por el aire acondicionado como por los nervios.
–Parece que esto lo dejó el señor Don hace poco. Pequeñas hortensias amarillas. Parece que sigan vivas.
Tras acabar mi discurso y respirar hondo, hice un primer plano de la nota. Quería enseñarles a mis suscriptores la caligrafía del señor Don.
Escrito con una letra para la que no hacía falta ningún peritaje caligráfico, rezaba lo siguiente:
Amigo mío. Soy Don Quijo. ¿Cómo va por ahí arriba?
¿Estás corriendo mucho, como Rocinante?
Vendré a verte cuando regrese a tierra. Adiós.
En cuanto apagué la cámara se me escapó un sollozo, así que me despedí del abuelo Rocinante y salí del columbario. Crucé el cementerio a toda prisa, como una espía que se retira tras completar una misión, con la información estallando dentro de mi cabeza en plena fusión nuclear.
El señor Don siempre hablaba con el abuelo Rocinante con acento de Chuncheong, por lo que estaba claro que era él. Sin embargo, lo más importante no era el acento, sino otra cosa.
«Vendré a verte cuando regrese a tierra».
Lo de «a tierra» era algo que solo decían los isleños. Se me ocurrió que el señor Don podría estar en una isla, y luego pensé en Sancho. Tenía sentido que se hubiese ido a una isla ahora que se creía Sancho.
La respuesta estaba en el libro, concretamente en el segundo volumen de El Quijote , cuando Sancho parte hacia una isla que don Quijote le ha encomendado gobernar.
Justo lo había leído hacía un par de meses, cuando preparaba el canal, pero, por mucho que intentase recordar el nombre, no lo conseguí.
Me apresuré a coger un taxi de vuelta a casa.
Una vez en el estudio saqué el cuaderno y busqué la parte donde Sancho llega a la isla.
«Digo, pues, que con todo su acompañamiento llegó Sancho a un lugar de hasta mil vecinos, que era de los mejores que el duque tenía.
Diéronle a entender que se llamaba la “ínsula Barataria”, o ya porque el lugar se llamaba “Baratario”, o ya por el “barato” con que se le había dado el gobierno.
Al llegar a las puertas de la villa, que era cercada, salió el regimiento del pueblo a recebirle; tocaron las campanas, y todos los vecinos dieron muestras de general alegría, y con mucha pompa le llevaron a la iglesia mayor a dar gracias a Dios, y luego con algunas ridículas ceremonias le entregaron las llaves del pueblo y le admitieron por perpetuo gobernador de la ínsula Barataria.
El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo sabían, que eran muchos».
El nombre de la isla era Barataria.
Y no cabía ninguna duda de que la Barataria del señor Don era la isla de Jeju.
Pues claro que tenía que ser Jeju.
Busqué en internet Jeju y Barataria, tras lo que aparecieron algunas publicaciones recientes. Una de ellas era la entrada de un blog con varias fotos en la que alguien hablaba de un lugar único que había descubierto recorriendo Jeju.
En el tosco letrero de madera hecho a mano donde estaba grabada la palabra BARATARIA reconocí la letra del señor Don.
No me lo estaba imaginando. A pie de foto ponía: «¡Un lugar increíble perdido en las montañas de Jeju!
». Mostraba un jardín amplio frente a una casa de piedra, tras la que asomaba al fondo un enorme aerogenerador en las colinas, tan monstruoso como los molinos de viento de La Mancha.
En otra publicación encontré una foto de una pareja joven haciéndose un selfi con Barataria de fondo, y luego otra foto con un comentario: «Entramos pensando que era una cafetería, pero no. Sirven bebidas aquí, pero no es una cafetería. El dueño es bastante peculiar. El señor Sancho es genial».
En el libro, Sancho se deja seducir por la promesa de don Quijote de ejercer como gobernante en aquella isla sureña y se une a él en su viaje como escudero. Así, en el segundo volumen de la historia, lo nombran señor de una isla llamada Barataria y, para sorpresa de todos, gobierna con sabiduría.
Parecía que el señor Don estuviera haciendo su propio viaje de la novela. Primero con el espíritu de don Quijote y luego tomando el papel de Sancho había experimentado la historia en su propia piel hasta acabar en la isla de Jeju.
Para confirmarlo me metí en Instagram y busqué: #JejuBarataria.
Había varias publicaciones recientes. Cliqué en una de ellas y me encontré con una foto del señor Don de pie entre un padre y su hijo.
Parecía el Sancho regordete que ilustraban los libros.
Vestía un garot tradicional de Jeju y posaba haciendo un corazón junto a la familia la familia como si fuera la mascota de un lugar turístico.
Bajo la foto aparecía la siguiente descripción:
«Barataria ha resultado ser una joya escondida que descubrimos por casualidad en Seonheul-ri.
La hospitalidad del señor Sancho es conmovedora».
En menos de cinco minutos encontré la ubicación.
Por fin, había dado con el hombre que tan desesperadamente estaba buscando.
Así, de una forma tan simple. ¿No hubiera bastado con preguntarle antes a mi madre y a la gente del barrio?
Como en el final de ese cuento donde el pájaro azul está más cerca de lo que parece, la clave para encontrar al señor Don estaba en el propio barrio.
Sin perder más tiempo, busqué vuelos a Jeju.