Parte 2. En busca de Don Quijote #18
Señor Don… ¿Dónde estás? ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué no te muestras ante mí y vuelves a sacar a tu Don Quijote?
Me hundí en un mar de dudas.
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Si miras alrededor
Tras despedirme de Min, me quedé un rato sentada en el sofá con la sensación de haber perdido el rumbo. Tanto el cambio de apariencia del señor Don como su confesión resultaban sumamente impactantes y muy diferentes al Don Quijote que tanto echaba de menos.
Había cambiado.
El hecho de que se hiciese llamar Sancho y renegara de Don Quijote era la prueba del cambio.
En mis no tan pocos treinta años de vida siempre había creído que la gente no cambia, por eso, ver el cambio del señor Don, que más bien parecía una transformación, me dejó con la extraña sensación de haber sido traicionada.
Tanto empeño por encontrar a un supuesto Don Quijote para que ahora se hiciese llamar Sancho, convencido de haber estado equivocado todo este tiempo… Era inaceptable.
Sobre todo, no tenía ni idea de cómo dar la noticia a los Amigos.
La mayoría de los suscriptores que me seguían por el milagro del algoritmo estaban enganchados a la narrativa de En busca de Don Quijote .
Han-bin y yo los habíamos captado tan bien con nuestro proceso de investigación que me preocupaba que se sintieran tan confundidos como yo en ese instante.
Sonó el móvil. Era mi madre, y me acordé de que habíamos quedado para cenar por la noche.
Llevaba un mes y medio tan enfocada en encontrar al señor Don que no había pasado por casa a verla. Es más, había estado lavando la ropa en una lavandería.
Empleando toda mi energía para levantarme, cogí el túper que había traído hacía tiempo y me dirigí a casa.
–Mira que ya no estás en Seúl, que vives al otro lado de la calle. Pues ni por esas se te ve el pelo.
La comida casera acompañada de un sermón de mamá siempre está más rica. Era un recordatorio de que la comida casera siempre está buena si lleva regañinas de guarnición, así que me zampé un rollito de tortilla bien empapado en kétchup.
–Con el calor que hace, tendrás el restaurante lleno, ¿no?
–Mucho preocuparte, pero bien que no vienes a ayudar.
–Te daré algo de dinero en cuanto lo de los vídeos vaya mejor. Solo espera un poco.
–YouTube no es la tele, ¿cuánta gente ve eso? Sin publicidad no se gana nada, ¿no?
–Mira lo puesta que estás. Todavía no hago publicidad, pero con las suscripciones ya me da para el alquiler y otros gastos.
–Pues ya puedes ponerte con eso para ganar más y darle algo a tu madre. Pídele a Ju Hye-Seong que salga un día, ya que os lleváis bien. Seguro que ganas mucho llevando a alguien famoso.
–Mamá, trabajar con famosos es un gasto de dinero. Esa gente solo sale en canales de otros famosos o de youtubers conocidos.
–Por lo menos escríbele. Le dices: «Oye, échale un ojo a mi canal y, si te gusta, pásate». ¿Ni siquiera puedes hacer eso?
–Mamá, eso es muy invasivo. Anda que tú en YouTube seguro que lo petas. Ábrete un canal, venga.
–Me desesperas. ¿Cuánto te crees que vas a ganar buscando a ese tipo del videoclub?
Por un momento casi echo el arroz por la nariz. Nunca le había mencionado nada sobre lo que trataba en el canal, por lo que eso significaba que lo estaba viendo.
Ella continuó como respuesta a mi cara de desconcierto.
–Es que no aguanto seguir preguntándote por lo que haces. Tenía que averiguar en qué clase de tonterías estás metida y si alguien se mete contigo.
–¿Y bien?
–Le pregunté a la dueña de la cafetería y me dijo el nombre del canal.
Lo veo en el móvil de vez en cuando. –Agarró el móvil como si fuera un arma–.
Mira que lo intento, pero no lo entiendo.
¿Por qué buscas al salvaje ese? ¿De verdad eso te da dinero?
¿Y qué relación tienes con su hijo, eh? Suelta prenda. ¿Qué es lo que tenéis?
–Trabajo.
–¿Todo por dinero? ¿El trabajo no debería ser gratificante? ¿Qué te aporta buscar a esa persona? ¿Y a tu madre no vienes a buscarla? ¿No te interesa?
Respiré largo y profundo. Era muy típico de ella, así que fui calmándome hasta que una sensación de sosiego se apoderó de mí. Al verme callada, dejó de atacarme y recuperó el aliento.
–Llevas razón, mamá. Ganar dinero no lo es todo.
El trabajo debería tener algo de valor, debería hacerme sentir plena.
Y lo hace. Buscar a ese hombre es gratificante.
Puede que no lo entiendas, pero, cuando estaba en el instituto y me sentía sola, pasar tiempo con él comentando películas y libros me ayudó a soportar la soledad.
Se convirtió en una afición que me acom pañó con el tiempo y me sirvió para encontrar un trabajo en Seúl.
Creía que te gustaba que trabajase en la tele.
–Ya, eso sí…, pero ¿todo por su culpa?
–Por su culpa no, gracias a él. ¿Te acuerdas de Exploradores urbanos , mi gran éxito?
Pues mientras grababa para YouTube lo estuve pensando y fue el señor Don quien me dio la idea, cuando nos llevó a Gongju, a recorrer el palacio, y a Nampodong, en Busan, y todos esos sitios.
Allí comenzó todo. Aquello se quedó en mi memoria sin dame cuenta y se convirtió en la chispa para crear el programa. Te lo digo en serio.
–Ejem… O sea, ¿que lo buscas porque le estás agradecida? Ya. Pues encuéntralo y para ya. Me da miedo que acabes creyéndote un don Quijote.
–Si cuando lo encuentre no me hago viral, me lo pienso.
–¿Viral?
–Significa que me suben las visitas y los suscriptores y me va tan bien en YouTube que hasta puedo darte dinero. Si eso no pasa, lo dejo y nos creamos un canal tú y yo en el restaurante. Madre e hija friendo pollo otro día más en una franquicia decadente. Suena bien.
Mi madre no sonrió ni frunció el ceño ante ese curioso comentario, sino que se quedó mirándome en silencio muy fijamente.
–Yo no puedo ayudarte, pero, si de verdad quieres encontrarlo, ve y pregúntale a la abuela Bang.
–¿La abuela Bang?
–La esposa del difunto dueño de la tienda de bicicletas. Él y ese Don Quijote eran muy amigos. Imagino que ella sabrá algo.
Recuperé toda la lucidez de golpe.
Solo entonces me di cuenta de que mi madre me había llamado hoy para contarme eso.
Me abalancé por encima de la mesa para abrazarla, ignorando sus chillidos llamándome loca mientras frotaba mi mejilla contra la suya.
No me atreví a darle un beso en la mejilla.
Al fin y al cabo, así somos madre e hija.
Al día siguiente, compré un cartón de leche de soja y fui al restaurante de kalguksu donde trabajaba la anciana Bang.
Lo encontré vacío, seguramente porque era algo tarde para comer.
Verla allí sentada en una silla en la entrada de la cocina, tomándose un café con sus compañeros, me trajo recuerdos de cuando la veía con su marido Rocinante en la tienda de bicis.
Mi madre me había contado que la mujer comía a veces con sus amigas en el restaurante de pollo. Gracias a eso se había enterado de que el señor Don y Rocinante eran tan amigos, y de que la mujer también estaba preocupada por el señor Don.
Me acerqué a saludar y presentarme como la hija de la dueña del restaurante de pollo.
No me reconoció, pero me dijo que me sentara, abrió el cartón de leche de soja que yo llevaba y casi me obligó a beber con ella.
Encendí el móvil y le pedí permiso para grabar aquella entrevista improvisada.
Ella fue respondiendo a todas mis preguntas, pero no obtuve mucha información relevante.
La mujer también estaba apenada y preocupada por que el señor Don hubiera desaparecido sin avisar hacía ya años, e incluso lo había comentado con la antigua propietaria del edificio, pero no lograron dar con su paradero.
Después de la entrevista formal, comenzó a contarme su vida, y yo no tuve más remedio que quedarme a charlar con ella un rato.
Me preguntó si estaba casada y le respondí que solo tenía treinta años.
Antes de que siguiera por ahí, me apresuré a preguntarle si no le resultaba duro trabajar en el restaurante.
Ella me explicó que, desde que se había quedado viuda, trabajar era su forma de vivir; hacía nuevas amigas y ganaba dinero, dos cosas que le venían muy bien.
Sin embargo, todos nos sentimos un poco solos.
–Él también debió de sentirse así. Se llevó un disgusto cuando falleció mi marido. Perdió a su compañero de copas. En el funeral, no se movió del sitio y luego ayudó a cargar su ataúd. Ayy.
–Se refiere a él, ¿verdad? El dueño del videoclub Don Quijote.
–Sí, claro. El señor Don Quijo.
–¿Don Quijo?
–Así lo llamaba mi difunto marido: Don Quijo. Me contó que había estudiado en una universidad prestigiosa y que era un profesor de renombre en Seúl. Lo elogiaba muchísimo. La verdad es que a la gente del barrio no le caía muy bien.
–Ya veo.
Don Quijo… Bueno, el abuelo Rocinante y él pertenecían a la misma generación. Tenía sentido que se llevasen tan bien.
–El mes pasado, por el aniversario de su muerte, fui al cementerio… y resulta que él también había estado allí.
Por un momento, pensé que había oído mal. Estuve a punto de preguntar, pero la mujer continuó:
–Sí que era un hombre bien instruido y siguió manteniendo la amistad con mi marido hasta el final. La verdad es que lo agradezco.
–Oiga… ¿Cómo supo que el señor Don…, bueno, Don Quijo, había pasado por allí? ¿Estaba allí de verdad?
–No estoy diciendo ninguna mentira. En el cristal del nicho había dejado pegadas unas florecillas secas y una nota.
–¿Las quitó? ¿Siguen allí?
–Me dio apuro quitarlas, era un detalle. Estoy segura de que fue porque se sentía solo. En fin, me alegra saber que sigue vivo.
–Oiga…
–¿Qué pasa?
–Me gustaría visitar la tumba de su marido para mostrar mis respetos. ¿Podría decirme dónde está?
–¿Para qué vas a ir tan lejos, hija? ¿Te acuerdas de él?
–Claro que sí. Lo llamábamos abuelo Rocinante. Siempre nos arreglaba las bicis gratis y nos llevaba en su Damas. Tendría que haber ido antes, llego un poco tarde. Iré hoy mismo. ¿Podría decirme la ubicación?