El club de los soñadores Parte 2. En busca de Don Quijote #17
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Parte 2. En busca de Don Quijote #17

–Eran tiempos de escasez. En aquel entonces, el director era un don nadie que necesitaba a toda costa una obra que generara polémica y llamara la atención.

Cuando Miracle Child tuvo éxito y la agencia creció, ya tenía mucho que perder.

No había motivo para empeñarse en seguir con un proyecto que podría causarles problemas.

–Pero, por mucho que atacase a la política y al poder judicial, no era más que una película. ¿Qué problemas podría causarle? ¿A quién le fastidiaría tanto?

–¿Recordáis la lista negra cultural del gobierno anterior?

–Ah…

–Te excluían y tomaban represalias.

–Mmm…

–Yo también estaba muy frustrado y enfadado, y, cuando el señor Jang dijo que hasta ahí habíamos llegado, aproveché para irme con él.

Luego S empezó con las difamaciones, como si yo hubiera apartado a su guionista del proyecto, cosa que no era cierta.

Solo quería ayudarlo y estaba harto de la actitud del director.

–Gracias por su sinceridad. Entonces, por eso siguieron trabajando juntos.

–Sí. Después de dejar la agencia, estuvimos hablando sobre lo que podríamos crear juntos. Le enseñé el proyecto que tenía entre manos y le sugerí colaborar. Recuerdo que él sacó ocho fajos de papel muy gruesos y los dejó sobre la mesa. Eran ocho guiones de cine.

–¿Cómo? ¿Ocho?

–Sí. Reaccioné exactamente igual, me dejó boquiabierto. Al parecer había estado escribiendo todo ese tiempo y, antes de desaparecer, me pidió que lo leyera todo. Tardé cuatro horas en revisarlos, y cuando lo llamé se oía música de un bar de LP donde estaba tomando algo.

–¿Cómo eran los guiones?

–Todos estaban más o menos terminados y eran de géneros diferentes: legal, thriller , terror, acción… Me resultaba increíble que hubiera escrito todo eso él solo. Fui al bar en el que estaba y le pregunté cuándo los había escrito.

–¿Qué le dijo?

–Que si se hubiera centrado solo en El tribunal de la ira durante esos diez años no estaría ahí.

Cada año probaba a escribir algo de un género distinto.

Quería debutar como guionista a toda costa, así que había probado con películas de terror y dramas judiciales, solo que no quería compartirlos con S y estaba esperando a tener un nuevo socio. Un poco ingenuo.

–Ah…

–Me propuso colaborar con esos proyectos. A mí me gustaban todos, pero no tenía forma de pagarle de inmediato. Su propuesta fue que los desarrollásemos juntos, los vendiésemos y dividiésemos al setenta/treinta. Y otra cosa que me sorprendió…

–Cuéntenoslo todo.

–Se había dado por vencido con lo de ser director.

La verdad es que resultaba difícil vender un guion sin haber debutado y encima exigir el puesto de director, por eso propuso centrarnos en venderlos.

Para alguien que había entregado la mejor época de su vida al sueño de ser director, tuvo que ser una decisión bastante dolorosa.

–Creo que entiendo un poco el sentimiento. Me he pasado seis años de mi vida tratando de ser la productora principal de un proyecto para acabar dejando el mundo de la tele. Por eso estoy aquí ahora, aunque sea en YouTube.

–Cierto. En realidad, es una forma de volver a desplegar un sueño.

–¿Eso es un cumplido? Gracias.

–Sí. La pasión que refleja y el encanto del canal ha influido mucho en mi decisión de estar aquí hoy.

La verdad es que ahora trabajo como repartidor.

Al poco de perder el contacto con él, yo también dejé el mundo del cine y ya no tengo el valor necesario para volver.

Deseo de corazón que tanto él como Sancho y Han-bin sigáis con vuestros sueños. Lo digo de verdad.

–Le agradezco de corazón sus palabras. Me va a hacer llorar.

Fingí que me secaba las lágrimas y nos tomamos un momento para reponernos. Por dentro sí que estaba llorando. El hombre, avergonzado por su propia confesión, se bebió el vaso de agua entero.

–¿Se vendieron? –preguntó Han-bin asomándose tras la cámara. Me quedé mirando al productor y Han-bin insistió–: Los guiones, ¿cuántos se vendieron?

–Won-bin acaba de preguntar si se vendieron… ¿Cuántos de esos ocho guiones consiguieron vender?

–Sí, se vendieron. Pasamos tres años revisándolos y conseguimos vender seis de ellos. Ganamos unos doscientos sesenta millones y lo dividimos al setenta/treinta, como habíamos acordado.

–¡Guau! ¡Es un buen dinero!

–Calma, Won-bin. Se me acaba de ocurrir algo. ¿Podría ser ese dinero la causa de su desaparición? ¿Qué le parece?

–Es una posibilidad. Necesitaba una cantidad de dinero considerable, puede que por eso dejase su sueño de director y tratase de vender guiones para conseguirlo.

–¿Y para qué necesitaba mi padre tanto dinero? ¡Si no se le pasó por la cabeza ni ayudar a su propio hijo!

–Oye, deja de interrumpir. Bueno, Min. Muchísimas gracias por contárnoslo. Supongo que tendría sus razones para necesitar ese dinero y creo que tendremos que pensar un poco en ello.

–¿Pensar en qué? ¡Se quedó con todo y ya está! Abandonó a su hijo y seguro que ahora está en Boracay o a saber. A lo mejor se ha ido a España con don Quijote. ¡Me abandonó, joder!

Han-bin se fue del estudio hecho una furia sin que pudiera hacer nada por detenerlo.

–Así que esto era antes un videoclub.

–Sí. En esta pared había una estantería enorme llena de cintas de vídeo y libros. Has sido productor de cine, ¿solías ir a videoclubs?

–Iba mucho. Me encantaba ver películas en vídeo.

Cuando estudiaba en la academia de cine también coleccionaba DVD y me veía hasta los comentarios.

En aquella época la industria cinematográfica estaba en auge, pero cuando entré en el sector, a finales de los 2000, todo se había complicado bastante.

Y ahora que estamos en la época de los OTT…

, diría que me ha tocado vivir todos los altibajos de la industria.

–Ya ves. En aquella época las películas en vídeo eran lo más. Seguro que muchos jóvenes ya no saben ni lo que es una cinta de vídeo. Madre mía, parezco una señora.

–Eso es porque estás con un señor, ja, ja.

La sonrisa apacible de Min no estaba nada mal. Justo cuando iba a añadir algo, Sang-eun trajo la bebida y los muffins que había pedido, unos que quería que probásemos porque eran una nueva receta con sésamo negro.

Me fijé en el café con leche, donde Sang-eun había escrito «je, je» con la espuma, y la miré antes de que se escondiera detrás de la vitrina.

–El tuyo es especial.

–Ah, es que somos amigas. No se lo hace al resto de los clientes.

Mientras compartíamos los muffins , le pregunté si había algo que tuviese que omitir de la entrevista y él dijo que no. No le importaba que hubiese repercusiones por el vídeo, por fin se sentía liberado.

–Me alegro. Así me costará mucho menos editarlo.

–Yo también he sido productor. No querría darte más quebraderos de cabeza.

–Es cierto que ambos hemos trabajado en lo mismo. Aunque, bueno, ahora soy youtuber .

–Y yo repartidor.

–Genial, pues hagamos un momentazo entre dos exproductores.

–Ah, sí.

Ay, mi madre… ¿Un momentazo? ¿En qué estaba pensando? Para disimular mi vergüenza, pasé rápidamente a la siguiente pregunta.

–Aparte del señor Don como guionista, ¿recuerdas algo más de su vida?

–No mucho. Siempre estaba solo. Solía decir que la esencia de escribir se hallaba en soledad, por eso se encerraba aquí. No tenía aficiones… Ah, bebía mucho. Mucho soju . Incluso el día que nos juntamos, le insistí en que teníamos que cenar, pero él venga a beber y a picotear guarniciones.

–¿Estaba enfermo?

–No parecía muy sano. Había engordado mucho.

–¿Había engordado? Solía estar muy delgado… Aunque eso fue cuando yo estaba en secundaria. Espera, ¿tienes alguna foto?

Antes de preguntarle siquiera ya estaba buscando en el móvil, ajustándose las gafas. Al poco, me lo tendió. Contuve la respiración mientras veía las fotos.

¡Cielo santo!

El señor Don era el señor Don por partida doble.

El pelo largo y la barba no le sentaban nada bien, le hacían parecer un m endigo.

En la foto ambos aparecían borrachos y sonrientes en un bar oscuro, con una botella de soju y un plato de melocotones en almíbar delante.

Me causó tal impresión que pensé que, si lo tuviera delante en ese momento, probablemente no lo reconocería.

Le devolví el móvil intentando disimular mi desconcierto.

–Pareces sorprendida.

–Sí. Un poco.

Nos quedamos en silencio. Entonces me acordé de la pregunta que quería hacerle.

–¿Te mencionó la historia de don Quijote? ¿Te dijo que quería llevarse el manuscrito a España o algo así?

Min asintió pensativo.

–No me contó nada sobre ir a España ni sobre un manuscrito, pero sí que hablaba de don Quijote. Todas sus obras estaban inspiradas en él; tanto El tribunal de la ira como el resto de los proyectos habían tenido su origen ahí.

–¿Podría estar concentrado en un nuevo proyecto ahora?

–No estoy seguro. Pero recuerdo que cuando me dijo que don Quijote era el origen de sus obras le respondí que era lógico, ya que él había sido como el don Quijote de la industria. Solo me llevó la contraria diciendo que ya no era Don Quijote.

Aquello captó mi atención.

–Dijo que había dejado de ser Don Quijote para ser Sancho. Más bien, que siempre había sido Sancho creyéndose Don Quijote.

–¿En serio?

–Sí. Por mucho que le insistí en que seguía siendo Don Quijote, se lo tomó a broma. Dónde se había visto un don Quijote tan gordo, decía. No era ninguna casualidad que tuviera el físico de Sancho.

–¿Puedes volver a mostrarme la foto de antes?

Me fijé en la imagen con atención. La verdad era que sí tenía toda la pinta de Sancho. Aquel hombre delgado y con semblante astuto que conocía había desaparecido por completo y solo quedaba un hombre de mediana edad, regordete y desgastado.

¿Tanto hartarse a comer y beber solo para convertirse en Sancho? ¿Se le había desprendido la pesada armadura llamada Don Quijote sacando a relucir su Sancho interior?

Fuera cual fuera la razón, había perdido a mi Don Quijote. Tanto tiempo buscando a Don Quijote y resulta que había encontrado a Sancho, lo cual era una conclusión inaceptable para mi canal.