Parte 2. En busca de Don Quijote #14
Él frunció el ceño, dejó el móvil en la mesa para darle un sorbo a su americano frío, y luego se puso a observar la entrada del edificio, del cual Firestone Studio ocupaba las plantas tercera y cuarta.
En una revista de interés masculino me había enterado de que Seok vivía en un officetel cerca de la empresa y pasaba las mañanas por allí antes de meterse en la oficina por la tarde.
Claro que podía tener cualquier otro plan para ese día, lo cual arruinaría el mío, pero estaba decidida a volver a sentarme allí a esperarlo aquel día, el siguiente y los que fueran necesarios.
Han-bin no estaba tan predispuesto, así que volví a recordarle el plan.
–¿Qué hay que hacer si nos lo encontramos?
–Decirle que soy el hijo de Yeong-su Jang.
–Muy bien. No hace falta que seas demasiado formal, simplemente educado. Te acercas, lo saludas y le dices que eres el hijo de Yeong-su Jang y que te gustaría hablar con él un momento.
–No te preocupes. Se me da mejor la gente que a ti.
–¿Ah, sí? ¿Por eso tu novia sospecha de ti?
–Calla.
–Ve al grano. Hoy tenemos que atraparlo sí o sí. He estado investigando y al parecer tiene hasta representante, como los famosos.
–La de vueltas que da la vida. ¿Quién iba a decirme a mí que el coletas iba a dar un pelotazo? Ahora parece hasta más joven.
Volví a mirar una foto reciente suya que tenía en el móvil.
Aquel hombre con coleta y mejillas regordetas cuya apariencia resultaba algo incómoda había desaparecido por completo; en su lugar quedaba un auténtico productor de cine con aires de triunfador, un peinado de peluquería bien fijado con gomina, la mandíbula afilada por la dieta y una mirada intensa que emanaba carisma.
Si ese cambio se debía a lo bien que le iba en el trabajo o a llevar otro estilo de vida, no lo sabía, pero lo que estaba claro era que había cambiado. Estaba de los nervios pensando en cómo entrevistarle.
Le enseñé a Han-bin la imagen para tranquilizarme.
–Quédate con su cara. En cuanto lo veas, hay que ir a por él.
–Que sí. Pero, oye, hay alguien parecido ahí… que no está yendo al edificio.
–¡Idiota, que acaba de salir!
Salí corriendo de la cafetería con el móvil grabando dentro del bolso.
Un hombre de mediana edad que parecía ser Myung-hwan Seok había salido del edificio con un hombre y una mujer más jóvenes. Me acerqué a ellos, pero Han-bin se me adelantó.
–¡Señor! ¡Señor Hwani!
El hombre se detuvo y nos miró. Era más alto de lo que esperaba y su mirada feroz resultaba intimidante. El hombre y la mujer que lo acompañaban también se giraron hacia nosotros.
–Soy el hijo de Yeong-su Jang. Solíamos ver el Mundial de fútbol en las oficinas de Hwani Films, ¿se acuerda?
Se nos quedó mirando a los dos.
–¿El hijo del guionista? ¿Qué ocurre?
–Estamos buscando a mi padre. Me preguntaba si podríamos hablar un momento.
–¿Buscas a tu padre? Ay, ha vuelto a escabullirse ese Jang.
Noté cómo la rabia de Han-bin aumentaba con la burla de su respuesta, así que le puse una mano en el hombro para detenerlo y di un paso al frente.
–Es un asunto importante. Si no le importa, ¿nos concedería un momento?
–¿Y tú quién eres? ¿La nuera?
–Tengo un canal de YouTube en el que busco a Yeong-su Jang. Llamé ayer a su empresa, pero no hubo manera de contactar y por eso hemos venido sin avisar.
–Sin avisar, dice… Sin avisar…
–Sentimos molestarle. Por favor, solo será un momento –intervino Han-bin con seriedad.
–Mirad. Esto es lo que pasa por ser famoso. Se enteran de que es el día libre de mi representante y vienen a acosarme directamente. Ah.
Con las reacciones de sus acompañantes como telón de fondo, se volvió hacia nosotros.
–¿Sabéis qué es lo más preciado del mundo? El tiempo. Sobre todo, para alguien como yo. Llevo toda la mañana con reuniones y estoy saliendo tarde a comer. Venid a la oficina en una hora exacta y os concederé treinta minutos. Siento curiosidad por saber cómo le ha ido.
–Oiga, llevamos dos horas esperando en la cafetería. ¿No podríamos esperar dentro? Hace muchísimo calor –comentó Han-bin con descaro.
Él asintió y siguió su camino con la mujer, mientras el otro hombre nos indicaba que le siguiéramos al interior. Levanté el pulgar disimuladamente para que lo viera Han-bin.
La sala de reuniones parecía más bien interrogatorios.
Las sillas, pese a su diseño vanguardista, eran de plástico transparente y te dejaban el trasero dolorido.
A pesar de lo sofisticado e impoluto que parecía el interior, no era cómodo en absoluto.
No me hizo ninguna gracia encontrarme un póster enmarcado del Festival de Cannes, con una firma ilegible, como si pretendiera decir: «¡Yo estuve ahí! ».
Han-bin echó un vistazo a las oficinas a través del ventanal.
Reinaba la tranquilidad en el ambiente y los empleados estaban tan relajados que, según él, aquello parecía más una cafetería que una empresa.
El joven nos dejó en la sala de reuniones y se fue.
Nadie nos prestó atención. «¿Una cafetería, dice?
». Ni un cafecito nos ofrecieron. Me obligué a contener el subidón de cinismo y decidí renunciar a grabar: el ambiente no invitaba a pedir permiso y podíamos quedarnos sin información si me empeñaba.
–Oye, mira que hasta yo veía de pequeño que el sitio era de lo más cutre… Pero esto es un mundo aparte.
–Han-bin.
–Dime.
–Hoy no puedes perder los nervios. Seguro que se pondrá sarcástico hablando del señor Don. El tipo no parece que vaya a mostrar respeto ni delante de su propio hijo.
–O sea, que tengo que seguirle la corriente. Mejor aún: puedo ponerme yo a criticar a mi propio padre. Así seguro que suelta prenda.
–Mmm…
Justo entonces la puerta se abrió y entró él.
Me incorporé para darle la bienvenida y volví a sentarme.
Han-bin le preguntó si había disfrutado del almuerzo y él respondió con desgana antes de llamar a alguien para pedir tres cafés.
No había elección. Me dijo que dejara el teléfono sobre la mesa e insistió en que sacase cualquier cámara o grabadora que llevase.
–A veces la gente es así. Les das la mano y enseguida te cogen el brazo.
Piden más y más, y ahí se acabó. Está claro que son imbéciles y no conocen las reglas.
¿Sabéis cuál es el precio de un favor? Cuando te lo conceden, te callas y desapareces.
No pides más ni vas por ahí presumiendo.
En otras palabras, el favor queda a voluntad de quien lo da, no de quien lo recibe.
Así que, como os estoy concediendo mi tiempo y un café, hablamos tranquilamente, os despedís y os marcháis.
Dejé el móvil y la cámara sobre la mesa.
Le expliqué que la búsqueda del señor Don era el contenido principal del canal y que era imprescindible mencionar aquella entrevista en la emisión.
Le prometí que no incluiría nombres reales, ni ninguna grabación de audio o vídeo.
Él aceptó y sorbió con fuerza el café americano que acababa de traer un empleado.
Han-bin le contó un resumen de la búsqueda hasta ahora.
–Así que estás buscando a tu padre con tu amiga del barrio. ¡Vaya! Fascinante –rio el productor.
–Videoclub Don Quijote. Así se llamaba el videoclub que llevaba el señor Don y el nombre de mi canal –aclaré.
–Ajá. Lo recuerdo. Sí. Se mudó a Daejeon para montar un videoclub; desde allí escribía guiones. Pasaba cada seis meses por Seúl para que los revisáramos juntos y charlar. Eran mediocres, la verdad, pero siempre he admirado su determinación y por eso le invitaba cuando venía.
–¿No tenían un contrato? –intervino Han-bin.
–Debe existir un motivo para firmar un contrato. Además, él ni siquiera había debutado como guionista. Nunca mostró una capacidad literaria destacable como para justificar un contrato.
–Eso no es así. Si le pidió que escribiera, lo más lógico sería que tuviera un contrato. Es de sentido común.
Mira que le había dicho que no se dejase llevar. Le di un codazo en las costillas, pero ya era tarde. Los labios del hombre se curvaron en una mueca burlona.
–Oye, hijo, ¿cuándo le pedí yo que escribiera nada?
Fue él quien quiso intentarlo y aun así yo revisé todos sus manuscritos, le invité a comer y a beber, y le hice sentir que pertenecía a este mundo.
De no ser por mí, ¿crees que habrías venido con tu padre a disfrutar del lujo de ver el Mundial en pantalla grande?
–El lujo, dice… Recuerdo aquella oficina con las paredes llenas de moho y goteras por todas partes.
Sería un crío, pero me acuerdo perfectamente de que mi padre vino con la intención de firmar un contrato y se llevó un rapapolvo de su parte.
¿Sabe por qué lo recuerdo tan bien? Porque ese día, con el adelanto del guion, me iba a comprar un set de Pokémon…
y al final no pudo. ¿A eso llama usted lujo? Vaya que sí. Menudo lujazo.
La situación estaba tomando un camino interesante. Han-bin lo estaba provocando a su manera, y el otro lo tomaba por un crío que no sabe nada y solo dice tonterías.
–Mmm. Ya veo por dónde vas. Los perdedores siempre hablando de injusticias.
Entendería que eso lo dijera quien ha ganado, pero los ganadores no hablan así.
Vamos a ver… Si tan injusto le parecía compartir sus guiones, ¿por qué seguía trabajando conmigo?
Si yo era un explotador, podía mandarme al diablo y largarse, ¿no? ¿Por qué seguía pegado a mí?
–En un artículo de 2007, usted presentó El tribunal de la ira como la obra clave de su compañía, que fue escrita durante siete años por un escritor graduado en Derecho en la Universidad de Seúl.
¿No es esa una obra suya? Trabajó en ella durante siete años.
¿No recibió ningún tipo de compensación?
–intervine antes de que Han-bin dijera nada, y se quedó callado ante la relevancia de mi pregunta.
De repente, el hombre se nos quedó mirando mientras exhalaba una bocanada de humo de su cigarro electrónico.