El club de los soñadores Parte 2. En busca de Don Quijote #9
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Parte 2. En busca de Don Quijote #9

–De haber acabado ahí el asunto, no se habría puesto tan feo. A veces lo pienso. Una palabra puede ser el anzuelo que aflora a la superficie las emociones que acechan en lo más profundo de nuestro pecho.

Una leve fisura en su calma.

–El profesor se molestó por no haberle dado las gracias.

«Hay que saber ser agradecida. Toma la oportunidad de haber participado en mi libro como parte de tu crecimiento.

Sigue esforzándote y algún día te harás un nombre», me dijo.

Recordaba haber oído esas palabras antes, unas casi idénticas.

Me inquietaba de verdad que fuesen tan similares a las que me dijo el profesor del posgrado cuando publicó mi tesis a su nombre y me quejé.

El caso fue que, al oír aquello, Seung-ah rompió el sobre en su mano, con toda la fuerza de su ira reprimida.

Lo rompió en pedazos; primero en cuatro, y luego en ocho.

Nadie a su alrededor sabía cómo reaccionar ante aquel arrebato inesperado, ni el profesor Han, ni el director.

Acto seguido, el profesor le tiró el cigarro y vociferó una sarta de insultos hecho un energúmeno.

Cuando él le levantó la mano, sus colegas fueron a detenerlo.

Y ella, en vez de asustarse, se quedó mirando a la bestia con los ojos bien abiertos.

El señor Don se interpuso entre ella y el profesor. Le rogó que se calmara, pero el hombre estaba fuera de sí, insultándola y llamándola loca. El director se plantó ante ella y la amenazó con que o pedía disculpas de inmediato, o se largaba. Ella decidió revelar la verdad en ese momento.

«No soy ninguna loca, como dices. Soy yo quien ha traducido ese libro del que tanto alardeas. ¿Te queda claro? Yo lo he traducido, yo lo he editado y yo lo he tenido conmigo hasta que ha sido publicado. No tienes ningún derecho a decir lo que acabas de decir».

En cuanto dijo aquello, el señor Don se volvió para mirar al profesor enfurecido.

–Recuerdo que le presionó el hombro con fuerza para que lo mirase, le preguntó algo, y el profesor Han empezó a soltar otra sarta de insultos como había hecho conmigo.

Pero él lo ignoró y le preguntó algo al director.

Este se llevó la mano a la cabeza como si le doliera y se dio media vuelta.

Y, cuando Yeong-su volvió a dirigirse al profesor, sí que lo escuché con claridad.

»–Discúlpese.

» El profesor se lo quedó mirando como si le hubiese dado una bofetada y gritó:

»–¡¿Quién te crees que eres para decirme a mí que me disculpe, gilipollas?!

»–Si le ha encargado la traducción a otra persona, pídale disculpas y arréglelo en la próxima edición.

»–¿Que yo he hecho qué? ¡Me lo pidió tu jefe! Además, ¿sabes cómo traduce la chica? Fatal. Tuve que rehacerlo entero. ¿De qué va todo esto? ¿Crees que por ser famoso voy a quedarme callado? ¡No voy a ser indulgente con esto! ¡Estáis fatal de la cabeza!

» El profesor lo apartó de un manotazo y se fue con cara de haber pisado una mierda, pero él lo agarró del brazo.

»–¡Que me sueltes!

»–Antes de irse, discúlpese por lo que ha hecho mal.

»–¡Quita!

Yeong-su no se movió ni un ápice. El profesor, harto de tanta palabra, le dio una bofetada.

En realidad, no recuerdo si fue una bofetada o un puñetazo.

Lo que sí recuerdo es que a Yeong-su le costó sujetarle el brazo mientras el profesor inten taba golpearlo de nuevo sin parar de insultarle.

Al final, entre el dueño del sitio y un empleado consiguieron separarlos.

Han-bin y yo escuchamos conteniendo la respiración ante los detalles de la narración. Tras un momento para recuperar el aliento, la mujer siguió relatando su historia.

El profesor se marchó, pero el señor Don se quedó hasta que llegó la policía, inmutable, y eso que hasta el director había perdido los papeles.

Presentó la denuncia a la Policía y solo entonces fue al hospital.

Le diagnosticaron una fractura en el cráneo y varios dientes rotos, que le acarrearon ocho semanas de recuperación.

Él mismo redactó la denuncia al profesor.

El susodicho había contratado a un prestigioso bufete de abogados para su defensa y alegó que había sido una agresión mutua.

El señor Don se defendió ante el tribunal sin abogado, y Seung-ah testificó lo que había presenciado.

Los certificados médicos de ambos hospitales fueron un factor decisivo; las heridas del señor Don presentaban un aspecto que concordaba con el informe médico, mientras que el estado del profesor parecía tan normal que costaba creer en el informe que había presentado.

Su equipo de abogados argumentó que la hinchazón y los hematomas habían sanado y que la agresión le había supuesto un problema en su trabajo como presentador de prestigio.

De algún modo, el señor Don presentó ante el tribunal un fragmento de una transmisión del profesor justo el día siguiente al altercado.

El juego terminó con el rostro radiante del profesor a la vista de todos, sin un solo hematoma o signos de hinchazón.

La parte del profesor rebatió que era gracias al maquillaje, pero no supieron responder cuando el señor Don preguntó cómo la hinchazón podía desaparecer en cuestión de un día.

–Cuando más tarde le pregunté si estaba convencido de ganar el juicio, me dijo que, además de ser un excelente profesor de inglés, había estudiado Derecho y conocía la ley.

Tras perder el primer juicio, el profesor le propuso llegar a un acuerdo antes de llevar a cabo el segundo.

Subestimarlo fue la principal razón de su derrota.

Aquella batalla judicial reveló que el origen de la disputa había sido el encargo de una traducción indirecta del libro del profesor y esa información desató más controversia.

Cuando los medios empezaron a intervenir, el profesor pareció llegar a la conclusión de que la única manera de minimizar los daños era reducir la pena y llegar a un acuerdo.

El señor Don solo puso una condición: una rueda de prensa para una disculpa pública por el tema de la traducción.

Aquello no solo tendría un fuerte impacto en la carrera del profesor, también en la editorial, que tendría que renunciar a su libro más vendido.

El director le suplicó desesperadamente al señor Don que lo reconsiderase, porque eso no solo arruinaría la carrera del profesor, sino que conseguiría que todos sus compañeros perdieran el trabajo.

El señor Don, angustiado, le pidió consejo a Seung-ah. Llegó a la conclusión de que no podía poner en ese aprieto ni a sus compañeros ni al director, que le había dado un trabajo, y modificó los términos del acuerdo.

El profesor le pediría disculpas a Seung-ah y se incluiría su nombre como traductora a partir de la siguiente edición del libro.

Poco después le llegó una disculpa escrita del profesor y su nombre fue añadido a la portada del libro como cotraductora.

A pesar de todo lo ocurrido, el señor Don nunca desistió en su tarea de traducir El Quijote , impasible a las miradas frías y la presión del director y el resto de los empleados.

Seung-ah estaba harta y pensando en dimitir, pero no se quedaba tranquila abandonando la empresa si lo dejaba a él atrás.

Sin embargo, como si tras resolver el asunto del profesor ya hubiera cumplido con su cometido, el señor Don se marchó de la editorial.

El día antes de su renuncia, Seung-ah le agradeció haber peleado contra el profesor en su nombre y le preguntó una cosa: ¿cómo había tenido el coraje de enfrentarse a una figura tan poderosa?

Presenciarlo le había hecho reflexionar sobre su vergonzoso pasado.

Él pensaba que alguien como el profesor Han no debía ser reconocido como intelectual en sociedad y había querido romper con ese esquema. Porque ser intelectual no equivale a tener más estudios o un alto cargo, un intelectual es quien se compromete y asume su responsabilidad con el mundo.

Solo entonces Seung-ah se dio cuenta de que sus acciones no tenían el único objetivo de defenderla, sino que guardaban un significado más profundo.

Por último, ella le preguntó por la traducción de El Quijote .

«No es algo que pueda hacer solo. Es la travesía de una vida entera.

Puedo ser un buen profesor de inglés, pero traducir es otra cosa.

Ahora que conozco el sueño de don Quijote me embarcaré en una nueva aventura junto a él».

Dijo aquellas palabras con una amplia sonrisa.

Ella estaba decidida a apoyarlo en su aventura.

Cuando terminó el relato, Han-bin confesó que recordaba algo de la época. Recordaba la noche en que su madre se había puesto hecha una furia al ver llegar a su padre con un ojo vendado. Recordaba toda la tristeza acumulada tras aquello, que condujo a la separación.

Le pregunté a Seung-ah por las veces en las que se habían vuelto a ver.

Nos contó que se habían visto un par de veces para ponerse al día después de dejar la editorial.

En la primera, parecía rebosante de motivación y proclamaba con firmeza su intención de convertirse en director de cine.

En el segundo encuentro parecía deprimido; le había hablado de las dificul tades por las que atravesaba y que todo apuntaba al divorcio.

Seung-ah había intentado animarlo contándole que gracias a él había conseguido debutar como traductora y tenía un nuevo trabajo.

Él se alegró como si la dicha fuese suya.

Seung-ah esperaba volver a verlo convertido en un director de cine.

Él era consciente de que tenía por delante un camino mucho más largo y arduo, como el de don Quijote, y confiaba en que en la próxima ocasión pudiesen celebrar juntos la publicación de un libro traducido a nombre de Seung-ah. Así se lo prometió ella.