El club de los soñadores Parte 2. En busca de Don Quijote #8
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Parte 2. En busca de Don Quijote #8

Aceptamos su amable gesto y elegimos nuestras bebidas. Cuando ella se acercó al mostrador, Han-bin me preguntó si deberíamos empezar a grabar ahora que nadie estaba pendiente, pero yo me negué en redondo. Teníamos un acuerdo, no podía hacerlo.

Ella regresó con dos americanos fríos, y menudo alivio al ver que había pedido también dos trozos de tarta.

Se lo agradecí con una breve exclamación y desmoroné con el tenedor una esquina de la tarta de queso, que Han-bin, rapidísimo, se comió antes que yo.

Me contuve para no decir nada y seguí deshaciendo la tarta en trozos.

Ella nos dijo que nos tomásemos nuestro tiempo y volvió al mostrador para pedirse otro café.

Una vez saciada el hambre con tarta y café, empezamos la entrevista.

Nos contó que había trabajado con el señor Don en Byeokhae Publishing durante un año aproximadamente.

Él se marchó primero, y ella hizo lo mismo meses más tarde.

Después había trabajado en otras dos editoriales antes de dejar el mundo editorial y regresar a su casa en Tongyeong.

Actualmente se dedicaba a traducir manuales de equipos y suministros importados para empresas de Busan, Changwon y otras zonas de la provincia de Gyeongsang del Sur.

–No tengo muchos encargos de traducción ahora mismo, pero sí otras muchas cosas que hacer, como ayudar a mi marido en el restaurante de marisco, y a mi hijo, que está a punto de terminar la secundaria y presentarse a los exámenes de ingreso a la universidad.

–Esbozó una sonrisa autosuficiente antes de continuar–.

De hecho, me enteré de la publicación por una antigua compañera, que ahora lleva una pequeña editorial y lo vio de casualidad cuando publicó una oferta de trabajo.

Ah, sí, a ella también la conocí en Byeokhae.

–¿Esa persona trabajó directamente con él?

–Sí, aunque no tenían mucha confianza, así que no tenía mucho que decir. Asegura que yo era más cercana a él, y estoy de acuerdo.

–¿Alguna vez mi padre fue marginado dentro de la editorial?

–No creo que esa sea la expresión más acertada.

Veamos… Podría decirse que empezó estando un poco aislado.

Le habían metido a trabajar en el equipo de gestión solo por ser conocido del director, así, sin más.

En una editorial compuesta por una mayoría de mujeres, siendo él un hombre casado y ya entrado en años, es normal que estuviese un poco fuera de lugar.

Por aquel entonces, de los diez empleados que había, solo tres eran hombres.

El director y el jefe de ventas rara vez estaban en su oficina, por lo que él pasaba la mayor parte del tiempo con nosotras.

Vamos, que estaba un poco cortado, como suele decirse.

–Entonces, ¿cómo se hicieron amigos?

–¿Cómo se hacen amigos los empleados de una editorial? Pues trabajando –respondió ella muy segura, y bebió un sorbo de café.

Esperé en silencio. La mujer dejó la taza y empezó a hablar de su relación con el señor Don mientras coincidieron en la editorial y posteriormente; sin prisa, pero sin pausa.

Nos explicó que había dejado el doctorado del departamento de inglés para dedicarse al sector editorial y comenzó su carrera como editora de libros en inglés.

El de Byeokhae Publishing fue su segundo empleo en este ámbito, y allí se encargaba de revisar libros para publicarlos en inglés, contratar traductores y editar los manuscritos.

Seis meses después de unirse a la editorial le encargaron otra tarea: traducir un libro de un terapeuta conductual estadounidense sobre la superación personal.

Tradujo el libro en tan solo tres meses y este fue publicado a nombre de Ho-seok Han, presentador y profesor de filosofía de una prestigiosa universidad.

Él se encargó de promocionar el libro en televisión, logrando que fuese un éxito en ventas y que creciera su fama mientras recorría el país impartiendo conferencias sobre el tema.

Mientras tanto, ella quedó convertida en una traductora fantasma cuyo nombre no aparecía en el libro, ni tampoco obtuvo beneficio alguno por él.

De hecho, el director la amenazó con despedirla y presentar cargos judiciales si se le ocurría revelar algo sobre la traducción del libro, que ya era todo un éxito.

–De verdad que me sentía como un fantasma.

Todos en la editorial lo sabían, pero guardaron silencio, por lo que tampoco podía quejarme con ellos.

Me había dedicado por completo a aquella traducción tomándola como una oportunidad, sin pensar tanto en la recompensa, todo para que al final mi nombre no apareciese en el libro.

Puede que pensasen que no me iba a esforzar tanto al ser una traducción por encargo, o directamente consideraron que no merecía la pena explicarme las circunstancias.

Seung-ah relató aquella experiencia tan exasperante con total calma. Tal vez el tiempo había curado la herida o ella había alcanzado algún tipo de iluminación, pero el caso es que nos tenía cautivados con la historia.

El señor Don empezó en la editorial mientras ella estaba pasando por todo eso.

Su primera tarea fue escribir un manuscrito sobre su época como profesor de una academia privada en Daechi-dong, un proyecto que quedó abandonado en un par de meses.

Daba igual cómo lo editasen, el manuscrito era una crítica contundente a la problemática de la educación privada y a la corrupción en la educación pública.

El director lo había descartado argumentando que el libro no se vendería bien.

El siguiente encargo del señor Don consistiría en traducir y publicar una novela clásica con reconocimiento mundial, cuyos derechos de autor ya hubieran expirado y que aún no estuviese en Corea.

Así fue como acabó en sus manos El Quijote .

El director pensaba que, ya que solo existía un volumen traducido al coreano, publicar la colección completa de esta obra podría generar interés y ventas.

A sabiendas de que contratar a un traductor de español sería demasiado caro, optó por el enfoque ejecutivo de traducir la novela desde la versión inglesa y le encargó la traducción al señor Don, lo cual significaba que no tendría que pagar regalías ni honorarios y la traducción sería más rentable.

Tiempo después, Seung-ah supo por qué el señor Don había aceptado un acuerdo tan poco razonable.

Al principio había exigido una tarifa de traducción aparte de su sueldo, pero, al ver que no iba a conseguirla, aceptó el encargo con la condición de que su nombre figurase como traductor.

Ella se quedó atónita cuando el señor Don le dijo que, si bien sabía que el contrato era irrazonable, no se podía abandonar a un hijo.

Como mínimo, debía preservar el crédito por su trabajo.

¿Qué esfuerzos había hecho ella por proteger lo que era suyo?

¿Había hecho algo que pudiera considerarse esfuerzo siquiera o se había dejado llevar por el dolor abandonándose a sí misma?

Cada vez que cierto profesor aparecía en televisión se le revolvía el estómago y la sensación de injusticia la carcomía por dentro.

El señor Don se sumergió por completo en la obra mientras traducía El Quijote .

A menudo le preguntaba a Seung-ah porque ella tenía más recorrido editorial y él era consciente de sus carencias como traductor, ya que solo había sido profesor de inglés.

Trabajaron juntos en el manuscrito para pulir el resultado y hasta compraron la versión japonesa para leer las partes que no entendían bien en inglés.

«Traducir este libro es el mayor reto y la gran aventura de mi vida.

Lamento no saber español, pero, como especialista en inglés, me encargaré de dar a conocer la historia de Cervantes en Corea».

Solía repetirle aquello a Seung-ah y al resto de los empleados, aunque parecía más una promesa que se había hecho a sí mismo, una muestra inconsciente de fe de quien está inmerso en algo.

–Mientras lo ayudaba con la traducción fui testigo de cómo se iba mimetizando con el personaje de la novela.

Una vez adaptado empezó a denunciar injusticias en la empresa, y el director se quejó de que solo le había pedido que tradujese El Quijote , no que se convirtiera en él.

Pero a él le daba igual. Criticaba cosas que dejaban en evidencia al director, desde pequeñas prestaciones laborales hasta el impago de regalías a los autores.

Le recriminaba que un activista veterano del movimiento democrático como él estuviese contribuyendo a crear un sistema tan injusto.

El director se quitaba de en medio siempre que podía, pero como colega y jefe no podía limitarse a ignorarlo.

Yeong-su utilizó eso como escudo para protegernos al resto y, en determinado momento, todos habíamos empezado a seguirlo.

El verdadero incidente ocurrió en una fiesta de fin de año a la que había asistido el profesor Han.

Apareció con su carismático sentido del humor y su atractivo de presentador, pero no dejaba de ser el tipo de persona que se da aires de superioridad y se regodea en la admiración de quienes lo rodean.

Por eso todos en la editorial, desde los empleados hasta el mismísimo director, lo trataban con sumo respeto.

Seung-ah había aguantado aquella situación como pudo, sin apenas comer nada y evitando el contacto visual con aquel hombre, hasta que él la interceptó y le ofreció una cerveza.

Ella no quería beber, pero el hombre la miró con tanta fijeza que no tuvo más remedio que aceptar.

«El primer borrador era algo pésimo y tenía mucho que editar, pero agradezco tu esfuerzo».

Seung-ah se quedó de piedra, cuerpo y mente inmóviles.

Al ver que no respondía, el hombre sentado a su lado le tendió un sobre que ella apenas acertó a coger por inercia.