El club de los soñadores Parte 2. En busca de Don Quijote #6
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Parte 2. En busca de Don Quijote #6

En este proceso, yo también hacía de monitora para Sang-eun; me dedicaba a probar y evaluar el sabor del café y compartía estrategias de venta.

Estaba claro que teníamos una relación beneficiosa para ambas.

Sang-eun había estado pendiente de mí desde que me mudé al sótano, invitándome a cenar e incluso trayéndome guarniciones caseras.

Cuando bajó con las galletas y me oyó darle las gracias de corazón, se me quedó mirando sin comprender y se acercó a la estantería, seguramente buscando algún libro que llevarse ese día.

Le pregunté si podía mantener la cafetería cerrada tanto rato y ella me miró con un puchero en los labios, quejándose de que no había nadie por la lluvia, y luego siguió buscando un libro. Me levanté para acercarme.

–Todavía no has devuelto el último que te llevaste.

–Es que no me ha convencido del todo. El autor es un tiquismiquis.

–¿Quieres que te recomiende alguno?

–¡No! Ya lo tengo.

Sang-eun se incorporó con un libro: la autobiografía de un político que le habían dedicado al señor Don, el de la editorial donde había trabajado y el mismo del que trataba el vídeo anterior.

–¿En serio te lo vas a leer?

–Ni hablar. Es que lo enseñaste en el canal y dijiste que habías encontrado la editorial. Increíble. Por eso lo estaba buscando. Parece diferente a como sale en el vídeo. En serio.

Sang-eun jugueteó con el libro entre sus manos, fascinada, y empezó a tomarse fotos con él.

Me hizo reír, pero me puso de mal humor acordarme del intento fallido de Han-bin por entablar contacto con la editorial.

Le había pedido al muy cabeza hueca que fuese a la editorial, pero él se había limitado a llamar por teléfono queriendo hablar con el jefe, con lo que solo había co nseguido que le dijesen algo como que no volviese a llamar.

El asunto podría haberse resuelto fácilmente plantándose allí con una bebida de regalo y apelando a la buena voluntad…

Pero nada. Obviamente no iba a salir bien.

Cuando íbamos de camino a entrevistar a Park, le eché la bronca y creo que por eso luego se pasó el resto del tiempo de morros y poniéndome en un aprieto.

–Dime, ¿has contactado con la editorial? ¿No tenías que reunirte con alguien de allí para encontrar a Don Quijote?

–Puf… Ya. Se ha complicado la cosa.

–¿Y eso?

–Allí ya no queda nadie que haya trabajado con él, y el jefe se niega a responder las llamadas. Supongo que tendremos que buscar en otro lado.

–¿Por qué no intentas buscar en otra editorial?

–¿Pretendes que vaya por ahí preguntando?

–¿No hay algún tipo de asociación? ¿Una página web de editoriales o algo así? Ah, ¿y si preguntas en YES24? ¿No es la mayor librería online ?

Se me escapó una risita por la ternura que me provocaba ver la predisposición de Sang-eun y por lo agradecida que estaba con ella. Algo me vino a la mente: el buscador de empleo para profesores de academia. ¿No había encontrado así a Park?

Me apresuré a coger el móvil y escribí: «Búsqueda de empleo para editores». Sang-eun me estaba diciendo algo a lo que no tuve tiempo de responder. Nada. Fui más específica en la búsqueda: «Página de búsqueda de empleo para editores».

Al poco di con la página Book Editor. Pinché en el enlace, y el eslogan «Un nuevo mundo creado por editores» me dio la bienvenida, aunque la dirección ya estaba obsoleta y la web desactualizada. Me quedé pasmada.

–¿Has encontrado algo?

–Un momento.

Rebuscando encontré el apartado con el tablón de anuncios de empleo. ¡Anda! Justo aquel día había diez ofertas nuevas. No cabía duda de que los que las habían publicado parecían editoriales. Menos mal, la web seguía activa.

–Sang-eun Jang, esta noche te invito a cenar.

Le guiñé un ojo mientras me daba prisa en registrarme, y ella aceptó con una sonrisa.

Escribir en un sitio lleno de editores me puso un poco tensa.

Temía que me corrigieran la gramática o calificaran mi texto como inadecuado, pero seguí adelante.

Escribí una publicación para buscar al señor Don, explicándome con toda la sinceridad y detalle posible, y añadí mi contacto y mi canal de YouTube para que no pareciese una broma.

Es curioso cómo las mejores ideas siempre me vienen con resaca. Al igual que el loto, que florece en el fango, mis ideas florecen en la resaca, con la cabeza dándome vueltas.

Ya en la tarde volví a sentir la misma pesadez, que aplaqué con fideos para la resaca, y luego me puse a revisar el material del día anterior. Todo lo que grabamos en la oficina de Park era muy útil y apenas tenía que editar nada, así que estaba contenta.

El problema eran las imágenes de la primera y la segunda ronda de copas.

En la primera estábamos en el restaurante, y Park, con la cara roja entre la emoción y el alcohol, seguía vaciando su vaso y repetía que Han-bin le recordaba mucho al señor Don.

Ahí ya pensaba que estaba borracho, pero no fue hasta que lo vi en la segunda ronda, en otro bar, tomando cerveza de barril, cuando me di cuenta de que antes no lo estaba.

–Jin, que no se te olvide lo que te voy a pedir.

Desde el restaurante ya había empezado a hablarme como si fuéramos amigos de toda la vida y a levantar el brazo para brindar juntos.

Hablar así es, por decirlo de algún modo, muy típi co de los señores mayores.

Lo hacen para imponerse por encima de aquellos que le hablan con respeto.

Mientras que el resto se abstiene de tomarse confianzas y guarda las formas, los señores de su edad se vuelven unos imprudentes y revelan su verdadera naturaleza.

Vamos, que son unos descarados, y la forma de ganar terreno a los descarados no es avergonzarlos (su descaro no entiende de vergüenza), sino ser más descarado todavía.

Escuché en silencio.

–Tienes que incluir el logo de nuestra academia en el vídeo, que no se te olvide. Yo invito a la cena y las copas. ¿A eso no lo llaman patrocinador? Bueno, lo de patrocinador tiene sus matices. ¡Inversor! Eso.

–Su nombre y el de la academia aparecerán al final del vídeo como patrocinadores.

–Vaya… Pero es que me suena a poco. ¿No puedes ponerlo mejor?

–Déjemelo a mí. Pondré algo contundente, ya que ha contribuido tanto en el vídeo de hoy. Ya le digo que todo el que lo vea lo va a saber. Tiene usted un carisma impresionante –respondí con la mayor indiferencia posible, pero él, satisfecho, se acabó la cerveza de un trago.

Las imágenes siguientes eran tan penosas que no podía ni verlas.

Aparecía yo gritándole a Park que no podía enseñarle el vídeo antes de subirlo y que como editora tenía autonomía a la hora de editar, mientras él, con la cara roja como un tomate y resoplando, insistía en que cambiase lo del patrocinio por «inversor».

Luego empezó a desvariar con que podía interesarme trabajar como directora de gestión para su academia, que así podía promocionar la academia en YouTube.

Lo rechacé como pude y tuve que echarle el brazo al hombro para brindar con él y que se le pasase un poco el enfado.

Han-bin lo había grabado todo mientras se partía de la risa.

Hablando del rey de Roma (que de rey no tiene nada), me estaba llamando. Resoplé y contesté:

–¿Cómo está la borrachina?

–¿Y tú te haces llamar compañero?

Le conté que ya estaba despierta, que había revisado las grabaciones y estaba ultimando retoques de la edición.

Además, le eché la bronca por desentenderse y dejarme cargar con el muerto de Park.

Según él, debía cuidar mejor de mí misma, y se defendió con que al menos me había acercado a la estación.

Le di las gracias por eso, pero insistí en que, en adelante, siempre que hubiese que beber iríamos juntos donde fuera.

–A sus órdenes, Sancho. Como buen mulo de carga que soy, eso haré.

–Calla. Este episodio va a ser genial. Lo he editado muy bien a pesar del caos de anoche. Park declaró frente a la cámara que tenía permiso para usar lo que quisiera y lo firmó de su puño y letra.

–Eso también está grabado.

–Bien hecho. ¿Algo más?

–No fastidies. Encima de que he dejado el trabajo para ir contigo.

Todavía desconocía a qué se dedicaba ese mendrugo, pero hice la vista gorda.

–Ya. Bien hecho, caballero. En cuanto a lo de la editorial, he estado buscando en un sitio por internet y he publicado un comentario. Si resulta que alguien conoce al señor Don, ¿me acompañarás?

–Pues claro. Yo creo que vamos bien. La cosa se pone interesante.

–¿No lo echas de menos?

–¿Eh?

–A tu padre.

–Yo qué sé. –La inmediatez de su respuesta me dejó sin palabras. Al instante, añadió–: De todos modos, tengo que encontrarlo.

–Ya.

Para cuando acabé de editar el vídeo, el sótano estaba iluminado por las farolas de la calle.

Subí para ayudar a Sang-eun con las últimas tareas y nos fuimos a cenar juntas.

De vuelta, mientras me lavaba las manos antes de ponerme a grabar, el teléfono vibró en la mesa del ordenador donde lo había dejado, así que busqué una toalla para secarme rápido.

Tenía un mensaje. Con un rápido vistazo comprobé que era de un editor. Alabada sea la World Wide Web.

Me he enterado de que está buscando a Yeong-su Jang, Don Quijote.

He ido a mirar el enlace de YouTube y la verdad es que parece de verdad.

¡Genial! En la ventana brillaba la señal de que la persona seguía escribiendo. Esperé atenta con los ojos bien abiertos.

Ahora la gente se inventa todo tipo de cosas para promocionar su canal.

Dejad ya de hacer el tonto en el barrio, ja, ja, ja, ja.

Aish, de verdad. No todos los editores son intelectuales. No, de hecho, seguro que hay mucho rarito por ahí suelto. Exhalé un profundo suspiro que me salió de lo más hondo del pecho y bloqueé el número.

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De Daejeon a Tongyeong

Tras una larga batalla nocturna por fin puse título al vídeo: «El conmovedor testimonio de un colega del señor Don en la academia». En cuanto lo subí, me desplomé como un peso muerto y dormí por tiempo indefinido.