El club de los soñadores Parte 2. En busca de Don Quijote #5
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Parte 2. En busca de Don Quijote #5

–Así es. Como era de esperar, Jang era muy perspicaz.

Me enteré bien de la historia más tarde.

Al parecer, uno de los alumnos víctima del director se llevaba bien con Jang y había estado tomando sus clases de inglés.

El director le había obligado a apuntarse a dos más, pero Jang las canceló pensando que no las necesitaba.

¿Y qué hizo el director? ¡Le había herido el orgullo!

Menuda bronca le soltó por haber echado por tierra todo su esfuerzo convenciendo a los padres.

Jang ya llevaba tiempo al límite y aquello fue la gota que colmó el vaso y le plantó cara, le dijo que era inadmisible.

El director empezó con su repertorio habitual: que aquello era Daechi-dong y que estábamos en primera línea de las academias privadas y no sé qué más cosas que molestaron mucho a Jang.

Supongo que algo como… «¿Cómo pretendes aguantar en la cima con esa mentalidad de activista y tus clases nocturnas? ».

–¿También daba clases nocturnas?

–Creía que solo lo hacía en la universidad, pero no. En Guro-dong, en el complejo industrial de Guro, como se conocía entonces, al parecer daba clases a jóvenes que se preparaban para el examen del certificado académico.

Asentí en silencio.

–Siempre ha sido un metomentodo –intervino Han-bin con un tono entre el sarcasmo y la admiración.

–Bueno, un poco metomentodo sí era. El caso es que, cuando el director dijo eso, Jang lo cogió del cuello.

Y eso que el director era mucho más grande: medía más de uno ochenta y pesaba más de cien kilos.

Jang medía uno setenta y era delgaducho, así que acabó él en el aire.

El director lo sacudió, pero Jang se había aferrado a él para no caerse.

Los compañeros fuimos a detenerlos. La sala de profesores era un completo caos, y los estudiantes que lo habían visto empezaron a correr el rumor; madre mía.

–Imagino que fue tremendo –comenté.

–Igual que don Quijote dándose de bruces con los molinos –dijo Han-bin.

–¿Qué parentesco tienen con Jang? Noto cierto rencor hacia él desde hace un rato. Ejem.

Para evitar que el ambiente se enrareciera, decidí responder con la verdad:

–Han-bin es mi asistente de producción, pero también su hijo.

Park se quedó boquiabierto mirando a Han-bin, que se mantuvo inexpresivo mientras él lo observaba intrigado. Al poco, Park esbozó una sonrisa y extendió la mano para estrechar la suya, que aceptó a regañadientes. Aproveché para revisar la reserva del KTX de vuelta a Daejeon.

–Oiga, ¿podría terminar de contarnos por qué se fue de la academia?

–Ah, claro. No me llevará mucho tiempo. En fin, que, tras el incidente, Jang estaba en el punto de mira, pero no podía despedirlo sin más porque era un genio.

Al final renunció sin consultarlo con nadie.

Así que Kim y yo fuimos a pedirle que se uniera a nosotros, pero él estaba convencido de dejar el mundo académico definitivamente.

Le pregunté qué planes tenía y cómo iba a mantener a su hijo, y él se limitó a sonreír y respondió que ya se las apañaría con lo que fuera.

Entre copa y copa intenté convencerle de nuevo.

¿Por qué lo hacía? Tenía un futuro brillante como profesor de academia.

Me contó que, tras el altercado con el director, le costaba mirar a ese alumno a la cara y lo invadía una vergüenza inexplicable cuando subía al estrado.

El chico estudiaba en la academia, pero su familia tenía problemas económicos.

¿No dicen que hasta en el cielo alguien tiene que limpiar los baños?

En Gangnam no solo hay ricos. El padre de aquel alumno era repartidor de un supermercado, y su madre limpiaba edificios.

Vamos, que aquello le había hecho ver con sus propios ojos que mucha gente malgastaba en educación privada el dinero que tanto le costaba ganar, y eso le resultaba insoportable.

–Mi madre también lo pasó fatal por su culpa.

–Mmm…

–Y yo también. Por su culpa.

–Vaya. Has intentado seguir el rumbo contrario a tu padre, pero has acabado aquí. Eres digno de estudio.

–Me voy ahora mismo.

Han-bin se levantó. Yo apagué la cámara y el señor Park hizo un gesto con la mano y me fulminó con la mirada.

–No. Es inadmisible. Vosotros empezasteis esta entrevista y yo también tengo algo que decir.

Me escucharéis hasta el final o no os permitiré subir ese vídeo.

Charlemos un rato mientras comemos. Me daría vergüenza despedir al hijo de mi amigo si n siquiera invitarlo a comer.

¿No estamos intentando encontrarle? Pues vamos.

Todo sucedió rápido. Park nos recogió como si fuéramos ganado, salimos de la oficina y lo seguimos hasta un restaurante de barbacoa frente a la academia. Y mientras tanto, yo con un vídeo pendiente de subir.

En cuanto me senté volví a revisar el billete del KTX, que salía en tres horas. Han-bin había traído el coche y solo bebió sidra, pero Park no dejó de llenarme el vaso de soju . Ya con expresión más calmada, no paraba de brindar una y otra vez con voz potente.

El momento de bajar del coche en la estación de Seúl y correr hacia el andén del KTX fue lo último que recuerdo de aquel día.

21

Ideas que florecen en la resaca

Desperté en el estudio, acurrucada en el sofá cama sin abrir y con un dolor de cuerpo tremendo por haber dormido en la misma postura. Un instante después, me incorporé presa del pánico y busqué el móvil. Si todos tuviéramos una caja negra, la mía sin duda sería el móvil.

Por suerte lo había dejado cargando sobre la mesa.

Lo encendí teniendo un vago recuerdo de la noche anterior y encontré un mensaje de Han-bin a las 23:00.

«¡Ten cuidado al subir!». Y debajo otro mensaje: «¡No te quedes dormida y recuerda bajarte en Daejeon!

». Había respondido con el emoticono de un pato con un cartel que ponía OK. ¿Quién? ¡Yo! Mierda.

Abrí la aplicación de Korail y comprobé que estaban los billetes del KTX dirección Seúl-Daejeon.

Había tenido que retrasar el tren de las 18:00 a las 21:00 y luego a las 23:00 por culpa del viejo charlatán con ganas de beber.

Todavía resonaba en mis oídos resacosos la voz potente de Park pidiendo otra ronda e insistiendo en que la conversación no había terminado.

–Madre mía…

Park había sido auténtico y la entrevista no había ido nada mal.

Por las batallitas que había contado que recordaban al señor Don podía hacerme una idea de cómo era su vida como profesor de academia, pero no había sido de ninguna ayuda para averiguar su paradero actual, y encima había tenido que quedarme seis horas de más para grabar y beber.

Me iba a dar algo si aparecía yo borracha en los vídeos.

Editarlo todo iba a ser complicado, pero teníamos material de sobra para hacerlo entretenido.

Park era un auténtico caso perdido, con un carácter tan marcado que llamaría la atención de los espectadores.

Pero bueno, Park no era el único desastre y ahora tenía que hacer malabares con la edición.

Suspiré de puro alivio al ver que no había ocurrido nada grave la noche anterior y me volví a dormir.

A eso de mediodía unos porrazos en la puerta me espabilaron del todo. Me sentía algo más despierta que antes, pero seguía notando el mal cuerpo de la resaca. Me acerqué a la puerta y vi que anoche había cerrado todos los pestillos; la prueba de veinte años viviendo sola.

–Amiga, ¿estás ahí?

Abrí la puerta y vi a Sang-eun ahí plantada mirándome con una mezcla de preocupación y sorpresa, y un plato de galletas en la mano.

–Madre mía, ¿y esta peste a alcohol?

Me tambaleé de vuelta al sofá cama sin fuerzas para responder. Sang-eun no me siguió, sino que desapareció y regresó al momento con un café americano frío. Mi típico remedio para la resaca: americano frío con seis gotitas de sirope, sustituto de agua con miel.

Sang-eun arrastró una caja hacia el sofá y la usó de mesa para colocar la bebida.

–Gracias, vecina del primero.

–¿Por qué hablas como una señora?

Me incorporé para beberme el café de un trago y eructé como quien se toma una cerveza, para disgusto de Sang-eun.

A cambio del café para la resaca, le conté la batalla que había sido la entrevista del día anterior en Seúl y un avance del próximo vídeo. Ella, fiel seguidora del canal, soltaba ruiditos de sorpresa.

–¡Venga ya! ¡No puede ser!

En invierno, cuando todavía no sabía bien qué contenido crear, subía a la cafetería a por un café y buscaba la opinión de Sang-eun antes de decidir si subir un vídeo o no.

A diferencia de mí, que tengo espíritu de treintañera desde que era niña, ella contaba con la percepción de una mujer en sus veinte, era una gran monitora y compañera inquilina en este edificio del que podían desahuciarnos en cualquier momento.

–Este va a ser muy divertido, ¿eh? Ponte las pilas y súbelo ya.

–Ya estás otra vez haciendo de jefa. Se te sube lo de venir del piso de arriba. Fíjate si odio que me den órdenes que dejé mi trabajo y mi vida en Seúl para acabar en este sótano en Daejeon. Tú solo tráeme el cafecito, no me presiones.

–Pero si hasta te he traído galle… ¡Anda! Que me las he dejado arriba. Espera, enseguida vuelvo.

–Vale.

–Las he horneado esta mañana, pero se me han quemado un poquito. Es un regalo de tu fiel seguidora, sin presiones.

Sang-eun volvió a subir apresurada. Comer cosas ricas y no solo sobras… Qué más podía pedir. No solo eso; gracias a ella había aprendido el valor de una buena vecindad.

Sang-eun había estudiado en la universidad de artes culinarias de Daejeon.

Luego estuvo planteándose estudiar fuera, pero eligió montar la cafetería con sus ahorros y la ayuda de sus padres siendo aún relativamente joven.

Al principio hacía sus propios pasteles y sándwiches, pero cuando descubrió que eso era un requisito mínimo en la industria de las cafeterías empezó a aprender a hacer galletas y perfeccionó su habilidad para preparar café.