El club de los soñadores Parte 2. En busca de Don Quijote #3
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Parte 2. En busca de Don Quijote #3

El tercer capítulo era el más extenso, dedicado a la fundación y gestión de la academia Sky Avanza.

Tras graduarse y pasar siete años en prisión por participar en el activismo universitario, tenía pensado dedicarse a la política, pero la repentina muerte de su padre lo obligó a reflexionar sobre la vida y comprender que el poder no solo radica en la política, sino también en la educación.

Por eso decidió emprender y montar una academia.

Se juntó con antiguos compañeros con ideas afines para abrir una pequeña academia de refuerzo en el tercer piso de un edificio comercial en Daechi-dong.

Al principio no obtuvo grandes beneficios, eclipsada por las academias de a lrededor.

Sin embargo, gracias al esfuerzo constante y el ánimo que infundaba en sus colegas, estos mejoraron sus dotes como docentes.

Impartieron seminarios semanales sobre métodos de enseñanza y clases de prueba abiertas al público donde se evaluaba el progreso individual.

Al ser consciente de la influencia que tenían los padres en la captación de alumnos, el director sacrificó horas de sueño para encargarse él mismo de las entrevistas, gestionando decenas de reuniones y cientos de llamadas al día.

Gracias a su liderazgo, en tan solo cinco años la academia consiguió tener un edificio entero con el rótulo: S KY A VANZA HACIA LA GLORIA DE LA ADMISIÓN.

El cuarto capítulo estaba enfocado en sus ideales sobre la educación en Corea. Al ver la cantidad de notas al pie de página y caracteres chinos empecé a sospechar que había copiado y pegado su propia tesis doctoral sobre educación. Dejé esa parte a medio leer.

No me parecía necesario preguntarle a ese hombre por el paradero del señor Don.

Desde su posición no creo que llegase a entenderle o tuviese alguna pista.

Me temblaban las manos por haber desperdiciado tres horas de mi vida leyendo aquello y los cinco mil ochocientos wones gastados en la librería de segunda mano.

Solo por si acaso comprobé la página donde había marcado los nombres de los profesores de la academia.

Con gran pesar, busqué entre los fundadores y primeros colaboradores esperando dar con él, pero su nombre no aparecía por ninguna parte.

Al examinarlo más de cerca, leí una de las notas al pie, que decía: «Hoy en día, aún me apena pensar en los profesores K, J y P, que me acompañaron durante tantos años.

Si leen este libro, me encantaría que se pusieran en contacto conmigo a través de la editorial para poder invitarles a una copa».

En aquella frase –con la que me daban ganas de tirarle un vaso de soju a la cara– me llamó la atención el profesor J. Pondría la mano en el fuego a que se refería al señor Don. De saber quiénes eran K y P podría obtener alguna información, pero no tenía manera de encontrarlos.

Justo cuando estaba a punto de cerrar el libro, detuve la mano sin pensar.

En la página siguiente describía el proceso de selección de nuevos profesores y contaba que nunca recurría a contactos para buscar personal, sino que usaba una página de búsqueda de empleo, llamada Hunjang Maul, que servía de conexión entre las academias y los profesores.

Si publicaba un mensaje, podría dar con alguien que conociera a alguno de ellos, o incluso a Yeong-su Jang, antiguo profesor de inglés en la academia Sky Avanza.

El problema era que la página no tenía un tablón de anuncios donde publicar algo así. Pero no había llegado el momento de rendirse. Busqué en páginas similares y en foros de Daum Cafe, donde sí que encontré una publicación en Hakgangmo (foro de profesores de academia). Bingo.

Muy buenas. Pido disculpas si esta publicación resulta inapropiada para el foro.

Si trabajaron en la academia Sky Avanza, en Daechi-dong, Seúl, entre 1992 y 1997, o conocen al profesor de inglés Yeong-su Jang, ruego que se pongan en contacto conmigo por teléfono o correo electrónico.

Sus conocidos estamos haciendo todo lo posible para dar con su paradero.

Si le conocieron en aquella época o saben algo sobre su situación actual, no duden en ponerse en contacto.

Agradeceríamos cualquier recuerdo que tengan de él.

Una vez publicado el mensaje en el foro y dejada mi información de contacto, acabé tan exhausta que me eché un rato y me quedé profundamente dormida.

Al día siguiente tenía muchos comentarios en la publicación. Por desgracia, la mayoría eran negativos y lo que hacían e ra preguntar por qué había escrito algo así. Fue desalentador encontrar tantos comentarios negativos contra mi acto desesperado.

Llamé a Han-bin, presa de la frustración, pero no respondió.

Agotada, me desplomé en el sofá y me quedé con la mirada perdida en mi estudio, hasta que la detuve en la estantería llena de libros viejos.

Se encendió una chispa en mi cabeza. Vaya, ¿cómo no se me había ocurrido antes?

No todos esos libros eran de alquiler, algunos pertenecían al señor Don.

¿No debería haber algún ejemplar de la editorial para la que trabajaba?

Me levanté de un brinco del sofá y me lancé a la estantería en busca de los libros sin la pegatina de «D-V» amontonados al fondo.

Como estaban cerca del suelo parecían más polvorientos y mohosos que el resto, tanto que el polvo me hizo estornudar al sacar uno.

Los llevé con sumo cuidado al centro, como si se tratase de lingotes de oro, y los fui examinando uno por uno.

Toda esperanza se desvaneció; los libros eran de editoriales diferentes.

Si alguna coincidiese, podría significar que era la del señor Don, pero no.

No pasaba nada, era pronto para rendirse.

Calculamos que había trabajado allí entre 1997 y 1998, lo cual significaba que los libros publicados en esa fecha podrían ser de la editorial.

Opté por el método de descarte y fui revisando las páginas de créditos hasta que, de los diez libros, solo quedaron uno publicado en 1997 y otros dos en 1998.

Comprobé las editoriales y nombres de cada uno.

El de 1997 tenía una larga lista de nombres, entre los cuales no aparecía el del señor Don.

Fuera. Los otros dos solo tenían el nombre del autor y la editorial en la columna de derechos de autor, y no figuraba ningún otro miembro del personal, por lo que no me quedó muy claro.

Coloqué ambos libros, uno junto al otro, en el escritorio, para examinar las portadas como si fuesen rostros.

Uno era un ensayo que desconocía, y el otro, las memorias de un político del que tampoco sabía nada.

Ninguno de los autores parecía tener conexión con el señor Don, así que todo indicaba que me hallaba de nuevo en un callejón sin salida.

Abrí el ensayo en un arranque desesperado. Tenía la letra muy comprimida y era apenas legible, típica de los libros antiguos, y contenía confesiones de un hombre de mediana edad bastante inadecuadas para mi gusto. Luego abrí las memorias del político; mi última oportunidad.

Para mi sorpresa vi en la contraportada la firma del autor escrita en caracteres chinos y letra grande, algo de lo que no me había percatado antes. Debajo de la firma, ponía:

«29 de mayo de 1998. Para el señor Yeong-su Jang, Byeokhae Publishing».

Madre mía de mi vida. Le habría dado un beso a ese político con cara de sapo de la portada.

Saqué el móvil enseguida, busqué el nombre de la editorial en internet y apareció tanto una página web como la dirección.

Por lo tanto, todavía existía. Estaba en Seogyo-dong, Mapo-gu, Seúl.

Tenía entendido que la zona de Hongdae era donde más proliferaban las editoriales antes de que se trasladaran a Paju, la ciudad de los libros, a principios de los 2000.

Sin embargo, ahí permanecía la editorial desde los noventa; no se había ido a ningún sitio.

Vibró el teléfono. Era Han-bin, y contesté con un resoplido.

–Qué pronto me llamas.

–Je, je. ¿Sabes lo mucho que estoy trabajando? ¿Has tratado alguna vez con mi madre? He tenido que soportar sus quejas para conseguir algo decente. A ver si ahora me vuelves a acusar de que no trabajo, ¿eh?

–Bueno, ¿qué? ¿Has averiguado el nombre de la editorial?

–Mi padre dejó la academia en 1997 y trabajó en la editorial desde finales de ese año hasta el siguiente. Luego quería ser director de cine y fue de un lado para otro.

Guardó un silencio de autosuficiencia.

–¿Y la editorial?

–¿Qué? ¿Te pica la curiosidad?

–Es Byeokhae Publishing, ¿verdad?

–¿Qué? ¡Venga ya! No me jodas.

–Acabo de descubrirlo. ¿Qué hacemos ahora?

–Yo qué sé. Solo tenía que averiguar el nombre.

–Yo me tengo que quedar aquí para subir un vídeo. La editorial está en Seúl, en algún lugar por el barrio de Hongdae, así que deberías ir tú.

–Sí, vamos, ¿cómo voy a ir solo? Soy alérgico a las letras, odio esa clase de sitios.

–Y a mí qué. A mí me da miedo el síndrome hípster de Hongdae, no quiero ni pisarlo.

–¡Vaya tela!

–Tienes que ir tú, es tu padre. Y si el ambiente no está mal, entonces iré a grabar.

Colgué y me puse en pie. Han-bin y sus «vaya tela» . Si yo solo estaba haciéndole un favor al darle la oportunidad inigualable de conocer mejor a su padre.

Después de cenar tarde mi envase favorito de la tienda veinticuatro horas, la de la marca Sanhaejinmi, redacté el guion para la búsqueda del señor Don en la editorial Byeokhae y grabé algunas tomas.

Ya tenía contenido nuevo para subir al día siguiente.

Un número significativo de suscriptores había respondido al vídeo de «En busca de Don Quijote», y, gracias a los comentarios y el aumento de suscripciones, ahora tenía nuevos seguidores que apoyaban mi pasión.