El club de los soñadores Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #9
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Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #9

Pensé en Seong-min, que había sido un estudiante modelo.

A pesar de su atractivo evidente, tenía ese lado inaccesible y se le daban bien los deportes.

Recuerdo que siempre fue un poco tacaño con el dinero.

A pesar de ser el mayor y líder del club, ni una sola vez nos invitó a tteokbokki , pero bien que metía el tenedor en el plato cuando Dae-jun y yo invitábamos con nuestras pagas.

Para conocer mejor a Seong-min, tenía que conocer a su familia.

Al atardecer, me dirigí al restaurante de pollo en busca de alguna pista.

Mi madre seguía trabajando sola allí, para mi desgracia.

En la puerta había un cartel que decía: N ECESITAMOS A ALGUIEN A MEDIA JORNADA.

PREFERIBLEMENTE CON EXPERIENCIA ». Dudé, el corazón me latía con fuerza, hasta que ocurrió un cruce de miradas con mi madre.

Esa mirada penetrante, contenta de verme en ese momento, me arrastró al interior.

Pasé la noche sirviendo cerveza de barril y poniendo maíz en boles. Solo hubo cinco mesas ocupadas en toda la noche y me preocupaba que apareciese algún conocido. Sin embargo, tenía un objetivo que cumplir. Mientras yo fregaba los platos y ella freía pollo, le dije:

–Mamá. Al parecer la anciana dueña del edificio donde estaba el videoclub se lo ha dejado en herencia a su nieto. ¿Sabes algo de eso?

–¿Qué? –respondió ella, que no oía bien entre el ruido del agua corriendo y el pollo friéndose.

Dejé de lavar los platos y me acerqué para repetírselo. Ella soltó un suspiro.

–Hay una historia detrás de eso. Esa pobre abuela… Ay.

A principios de la década de 2000, el padre de Seong-min estuvo hospitalizado durante bastante tiempo debido a una enfermedad crónica, y la madre había dejado al niño a cargo de su abuela porque la economía no iba bien.

Me acuerdo de que Seong-min faltaba muchas veces a las reuniones del club porque tenía que visitar a su padre enfermo.

Según me contó mi madre, la abuela le había dejado el edificio a él con la esperanza de que su único nieto prosperara.

El padre había fallecido cuando él estaba en el instituto y su madre había vuelto a casarse, por lo que se había quedado prácticamente huérfano.

Mi madre insistía en que tenía que quedar con él ahora que trabajaba en una gran empresa.

Decidí no contarle que lo había visto el día anterior y que era un insoportable, porque ya se estaba montando la película de su hija en el altar.

A su parecer, Seong-min era el marido ideal: tenía un buen trabajo, era propietario de un edificio y no se llevaba bien con su madre, lo cual quitaba a la suegra de la ecuación.

Me estaba tomando una cerveza en el local ya vacío con la sensación de que tenía que evitar caer en la red de escenarios imaginarios que había tejido. Saqué algo con cuidado para enseñárselo y ella esbozó una sonrisa radiante, como si le estuviera mostrando un diploma.

–¿Ya os habéis visto? Vaya, mira qué tarjeta tan sofisticada. ¿Por eso me preguntabas? ¿Qué ha pasado?

–Me dio la tarjeta, pero me dijo que evitase escribirle porque a su pareja no le gustaría.

–¿Qué? Bueno, no adelantemos acontecimientos.

–Pues no lo hagas tú tampoco, mamá.

Mi madre chasqueó la lengua con fastidio y se acabó la cerveza.

–¿Por qué os habéis visto? Si no vas a ligar con un casado, ¿para qué?

Yo también me acabé la cerveza. Le dije que no tenía de qué alarmarse, que solo estaba intentando alquilar el sótano del edificio, porque ahora era youtuber y lo necesitaba como estudio para grabar.

Aunque fuese un sótano, era bastante útil.

Intenté convencerla de que era mejor salir y hacer algo por mí misma que quedarme en casa.

Me dio tal palmada en la espalda que me recordó a un matamoscas eléctrico.

Estaba enfadada y refunfuñaba con que mejor me fuera de casa si mi idea era seguir con esas tonterías, que era inútil y que se notaba que no había pasado hambre nunca. La palabra «inútil» me hizo hervir la sangre, y eso que había tomado poco alcohol.

Le grité que no se preocupara porque no iba a ser un estorbo, y me fui.

Nada más salir al frío del exterior me azotó una oleada de arrepentimiento y me planteé el riesgo que estaba corriendo.

Ya no podía echarme atrás. Sabía que perder el control frente a mi madre era algo que me perseguiría para siempre, y tampoco pensaba desperdiciar mi vida en un restaurante de pollo que servía a cinco mesas cada noche.

Hice la maleta con todo lo necesario. Poca cosa, como cabía esperar. Dejé las cosas que más abultaban, como el abrigo, el jersey y las botas.

Arrastré la maleta de vuelta al estudio con dificultad por las irregularidades del pavimento.

De noche, el sótano era un congelador. El radiador había muerto hacía mucho y no me atreví a tocar el único calentador de aceite, que temía que pudiese estallar en cuanto lo encendiera.

Tenía la nariz entumecida y me castañeteaban los dientes de frío.

Por un momento me arrepentí de haberme ido de casa, pero me recompuse enseguida.

Tenía que pasar la noche, sobrevivir al invierno. O espabilaba, o moriría congelada.

En primer lugar, desplegué el sofá cama encajado en la esquina. Todavía estaba decente. Recordé que había una manta al fondo del armario y rebusqué dentro, aunque el moho y el olor la hacían inservible. ¿Y ahora qué? Tenía que pillar algo de casa.

Por suerte regresé antes de que mi madre acabase de cerrar el restaurante. Envolví mi edredón y la manta eléctrica, me los colgué del hombro como Papá Noel con su saco, y volví al sótano a duras penas.

Enchufé la manta, la extendí en el sofá y me tumbé sobre ella, arropándome con el edredón.

¡Uf! Cuando recuperé el aliento, cogí el móvil y miré el saldo de mi cuenta.

Los cinco millones de wones que había conseguido de la fianza del estudio en Seúl se habían ido agotando poco a poco, dejándome con una cantidad de 3,81 millones.

Con ese dinero, ¿durante cuánto tiempo podría permitirme vivir ahí pagando un alquiler?

Mejor así; podría dedicarme por completo al canal.

Me la jugaría todo a una. Ya no era echar horas extras; era trabajar veinticuatro horas.

¿No empezaron así Steve Jobs y Elon Musk?

¿No dedicaban toda su vida al trabajo? Me faltaba convencer a Seong-min de pagar un alquiler mensual de trescientos mil wones.

Con esa cantidad al mes, en un año tendría un millón de wones.

Dos o tres dígitos marcaban la diferencia y daban una sensación distinta.

El calor de la manta eléctrica se extendió lentamente como una hoguera.

Cuando pensé en apagar las luces y dormir, me percaté de que el interruptor de la luz fluorescente estaba en la entrada.

Con un quejido, me atreví a salir de la manta como una serpiente que muda la piel.

La oscuridad, un ejército en plena ofensiva, se apoderó de todo al instante.

Regresé a las mantas orientándome con la tenue luz de las farolas y me acurruqué en posición fetal, de vuelta al calor y con las luces apagadas. A dormir. Entonces algo frío me ascendió por el cuerpo; la sensación de estar sola en la oscuridad de un sótano.

En otras palabras: el miedo.

¿Y si había fantasmas o entraban a robar? A un ladrón podía echarlo, pero no podía con los fantasmas o las pesadillas. Entonces recordé algo más aterrador que fantasmas y ladrones. ¡La cucaracha que había visto el otro día al mover el sofá! ¡Madre mía! Mi madre… ¡No! ¡Te odio, mamá!

Callar y dormir. No quedaba otra opción más que apretar los dientes y obligarme a dormir temblando de frío y miedo.

14

Prueba de caballería

Al despertar fui al baño a mirarme en el espejo de bordes oxidados y comprobé que, en efecto, estaba entumecida.

El espejo empañado de vaho había perdido su función. ¿Cómo podía hacer más frío por la mañana que por la noche? Salí del baño frotándome el jersey mullido como si fuera una compresa caliente. Sin caldera, el agua caliente era un lujo impensable.

Aquello parecía un basurero con restos de mi vida entre el desorden. Mejor dicho, parecía la zona de reciclaje de un complejo de apartamentos.

A pesar de todo, no me sentía tan mal. Haber sobrevivido a la noche me hizo sentir que recuperaba el control.

La falta de caldera y agua caliente, además de la luz medio fundida, eran un buen argumento para justificar el precio del alquiler.

Sin fantasmas, pesadillas ni ladrones, bastaba con llamar a CESCO, la empresa de control de plagas, por el tema de las cucarachas, aunque tendría que esperar a ganar algo de dinero.

Por el momento compraría algo para acabar con ellas yo misma.

Ese viejo y lúgubre espacio era mi nuevo hogar y estudio de grabación.

Me preguntaba cómo aguantaba los inviernos el señor Don. ¿Cómo pasaba los días en un espacio tan frío y lleno de moho, sin agua caliente, con la única luz del sol entrando por un pequeño respiradero? No pensaba en ello de pequeña, me parecía más una fortaleza subterránea.

Me salté el aseo y empecé a planear el contenido que tocaba subir al día siguiente. Luego cogí los cuadernos del señor Don y seguí leyendo la historia de don Quijote escrita de su puño y letra.

Y sacando en esto lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña.

Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca comida.

Subieron luego a caballo y diéronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese, pero faltoles el sol, y la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y, así, determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a poblado fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballería.