Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #8
–Entonces, ¿quiénes son el rey, el borracho, el empresario y el farolero con los que se encuentra el principito?
¿No serían ellos los otros adultos cansados de sus vidas?
–añadió Seong-min desafiándome a resolver esa cuestión.
–Silencio–. Hay una frase en el primer capítulo que dice: «Todas las personas mayores fueron al principio niños (aunque pocas de ellas lo recuerdan)».
Parece que el autor escribió el libro para que los lectores reconocieran a su niño interior, tal y como él hizo cuando conoció al principito.
Me quedé sin palabras. Mencionaba fragmentos del libro con pulcra exactitud e hizo comentarios algo sarcásticos a los que yo no supe responder.
–Vaya, vaya. Sois increíbles. He aprendido mucho hoy. Saint-Exupéry era un gran admirador de El Quijote . Dijo que se inspiró en él para contar cómo el principito dejaba su mundo y viajaba por el planeta conociendo a todo tipo de gente. Y por eso El Quijote es un clásico de la humanidad…
Mientras el señor Don volvía a lo suyo, a mí se me cayeron las lágrimas que había estado reprimiendo sin darme cuenta.
No había imaginado que perder un debate fuese una experiencia tan desgarradora.
Seong-min me ofreció un pañuelo de tela.
¡Madre mía! Un pañuelo… ¿Quién llevaba algo así encima?
Me sobresalté al descubrirme admirándolo mientras lloraba.
Acepté el pañuelo a regañadientes y noté el agradable aroma de la tela mientras me secaba las lágrimas.
Recuerdo con cariño haber lavado y secado el pañuelo sin que mi madre se enterase para devolvérselo a Seong-min.
Lo dejé tan limpio que me compró pan de Sungsimdang como agradecimiento.
Desde entonces, fuimos cogiendo confianza y empezó a gustarme.
Seguía siendo reservado y mostraba una amabilidad indiferente que me resultaba un poco decepcionante, pero siguió gustándome y me conformé con mi puesto de segunda al mando del club.
Me pasaba las semanas esperando el día en el que viera a Seong-min en el club, igual que el zorro de El Principito , que decía: «Si vienes a las cuatro de la tarde, estaré contento desde las tres».
Las famosas citas de El Principito que una vez me humillaron pasaron a ser frases conmovedoras que definían nuestra relación.
Al año siguiente, por culpa de su apretada agenda como aspirante a la universidad, Seong-min dejó de frecuentar las reuniones.
Le escribí una carta: «El Club de La Mancha se siente vacío sin ti.
Pásate de vez en cuando, por el club y por mí».
La esencia de una carta tan sencilla contenía toda mi vergüenza en el final de la frase.
No obtuve respuesta, pero meses más tarde Seong-min vino de viaje con nosotros.
Cuando me senté a su lado, me dedicó una sonrisa amable y estuvimos charlando como si nada.
Aunque me prestaba atención mientras hablaba, ahora que lo pienso, reaccionaba sin mayor interés.
Poco después, Seong-min se quedó dormido con la cabeza apoyada en la ventanilla y yo estuve un rato observándolo.
Íbamos de camino a Busan en la que sería la última reunión del Club de La Mancha.
Quién diría que después de quince años nuestro encuentro iba a ser tan raro. Ahí estaba él, que apenas me había reconocido, y aun después de hacerlo, seguía dudando y me hablaba como si fuésemos desconocidos. ¡No me jodas!
Subimos a la cafetería mientras el agente inmobiliario que venía con él se quedaba inspeccionando el semisótano. Me preguntó qué me apetecía beber y pidió dos cafés americanos a la empleada de pelo corto.
–Conque Han-bin te ha dado la llave –comentó en cuanto nos sentamos, clavando la mirada en mí.
–Así es. Me llevé una alegría al ver que siguen abajo las cosas del videoclub, por eso se lo he pedido.
–Hay que desalojarlo. A mí también me alegra, pero no es posible seguir usándolo…
–Seong-min. Habla con confianza, que soy Jin-sol –dije haciendo un esfuerzo por mirarle fijamente.
Él me sostuvo la mirada. De pequeños me sacaba una cabeza, pero ahora estábamos sentados a la misma altura.
–Has crecido mucho… Por eso no te había reconocido. Das una impresión diferente ahora. En fin, perdón.
¿Notaba cierta ironía sutil? Estaba a punto de saltar cuando trajeron el café, y me llevé la taza a los labios para calmarme un poco.
Han-bin se había quejado de lo exasperante que era Seong-min ahora que trabajaba en una gran empresa, y por fin comprendía a lo que se refería.
Tenía que hacer todo lo posible por convencerle.
–Me ha contado que quieres vaciarlo. ¿A qué viene tanta prisa? He oído que el barrio y el centro no están nada mal, son zonas en desarrollo.
Seong-min apretó los labios.
–Has trabajado en una emisora, ¿verdad? ¿En Yeouido? ¿Sangam?
–Empecé en Yeouido y terminé en Sangam.
–Si has vivido en Seúl, lo entenderás. Ya sabes cómo están las cosas allí.
En cuanto a bienes raíces, solo importa Seúl, y en la propia ciudad solo Gangnam o Yongsan.
No hay más. –Asentí, por mucha rabia que me diese–.
¿Cuánto tiempo crees que trabajaré en la empresa?
Hasta los cuarenta como mucho. Necesito libertad financiera para entonces, y para construir una red de distribución hace falta capital inicial. Para mí, es este edificio.
Mi falta de conocimiento en finanzas me dificultaba comprender conceptos como «red de distribución» o «capital inicial», y Seong-min pareció darse cuenta, porque se encogió de hombros.
–¿Qué tal el trabajo? Debe de ser complicado. Dicen que mejora con la experiencia.
Esta vez fui yo quien apretó los labios.
–Somos prácticamente autónomos. Cada uno se apaña y vive al día.
–¿Vivir al día?
–Sin parar, encadenando cosas.
Seong-min hizo una pausa tras dar un sorbo al café y me miró.
–Mmm… Por eso estás con YouTube.
¡¿Qué?! ¡Pero bueno! ¿El zoquete de Han-bin también le había pasado el enlace? Tuve que esconderme detrás de la taza para disimular mi cara.
–He visto un poco. Creía que eras presentadora, no productora. Se te da bien. Me gusta y me trajo recuerdos. No sabía que eso daba dinero. ¿Va bien?
–Da igual si lo da o no. Que algo que te gusta dé dinero lleva su tiempo.
Me quedé mirando a Seong-min, aferrada a mi último bote salvavidas, y luego bajé la mirada hacia la taza.
–Entiendo que sea un lugar que te trae recuerdos. Han-bin ya está recogiendo las cosas de su padre, pero te seré sincero: los de la inmobiliaria dicen que hay que arreglarlo cuanto antes para ponerlo en venta y que se pueda vender con facilidad.
–¿Y lo del contrato de permanencia que firmó con tu abuela?
–No es válido. He estado demasiado ocupado para ponerme con ello, pero hoy pretendo dejarlo listo.
–Ya, claro.
–En el tiempo que queda dedícate a recoger lo que te traiga recuerdos.
Fruncí el ceño ante ese comentario supuestamente considerado por su parte.
Una vez fuera, le pedí el número. Él dudó un momento, pero luego sacó una tarjeta de visita de su cartera de marca Montblanc y me la entregó. Añadió que, como tenía novia, solo podía escribirle entre semana.
Volví a entrar en la cafetería después de que se fuera con el agente inmobiliario. Pues ya estaría. Dentro, la empleada de pelo corto me miró algo desconcertada.
–Disculpe. Voy a pagar el café.
–No se preocupe. Es el dueño del edificio.
–¿No se va a enfadar el jefe?
–Yo soy la jefa.
–Oh, vaya. Pensaba que solo trabajaba aquí. Lo siento.
–Tranquila. Suelen pensarlo, je, je.
–Voy a pagar. Me sabe mal no hacerlo. Han sido dos cafés.
No le dejé opción a negarse, así que aceptó mi tarjeta y me cobró. Cuando cruzamos miradas y vi el agradecimiento en sus ojos, me sentí algo mejor. ¿Qué pasa, que por ser dueño de un edificio ya todo sale gratis? Seong-min podía saber mucho de gestión del dinero, pero no tenía vergüenza alguna.
«Vaya tela. ¿Conque esas te traes? Pues sí que has cambiado. Pero yo también lo he hecho. La gente que me conoce en sociedad ya no me llama Sol. Capullo redomado».
13
24/7
Lo primero que hice al día siguiente fue ir a la cafetería. La dueña me saludó muy entusiasmada y amable, y yo le devolví el saludo y pedí mi café. Mientras ella lo preparaba, pensé en cómo iniciar una conversación.
–¿Puedo preguntarle algo? –dije cuando me trajo un americano con hielo.
–¿De qué se trata?
–No sé si se ha enterado de que estoy en el semisótano. Conozco al dueño del edificio, el que vino ayer, y por eso lo estoy usando como estudio. Llevo un tiempo haciéndolo, pero creo que ya debería pagarle el alquiler.
–Ah, vaya.
–Por más que le pregunto, él insiste en que no. Me gustaría hacer un cálculo aproximado.
–La verdad… Tengo entendido que lo va a poner en venta. ¿Qué le dijo ayer el dueño? Si esto se vende, me tocará cerrar. Lo alquilé barato con la condición de que tendría que irme si se vendía…
¡Toma ya! Amiguísimas. Aplaudí para mis adentros mientras por fuera me mostraba preocupada.
–Ay, qué mal. Me imagino que estará preocupada.
Ayer intenté sonsacarle algo, pero no me dijo nada.
El caso es… Yo creo que no van a remodelar el edificio en cuanto se venda.
Podríamos intentar llegar a un acuerdo con el nuevo propietario y mantener el alquiler de la cafetería y del semisótano. Hay que ganar tiempo como sea.
–¿Eso podría hacerse? Pues menos mal, qué alivio. Sobre la pregunta… Sí. El alquiler no es muy caro. Ahora mismo pago setecientos mil wones.
–De acuerdo. Me lo anoto para fijar el mío. Muchas gracias.
–No es nada. Ya que viene tanto a por café, lo mejor es que nos ayudemos.
–Muchísimas gracias. Seguiré viniendo.
Me fui a dar la vuelta y me llamó:
–Yo también tengo una pregunta… ¿A qué se dedica en el sótano? Porque dudo que sea una tienda…
Cogí el móvil y abrí YouTube, disimulando una sonrisa satisfecha.
Pronto tendría un nuevo suscriptor.
Bajé al semisótano. Después de aquel encuentro con Seong-min, dediqué el día a idear un plan para mantener el estudio, ahora que el canal se iba consolidando poco a poco.