El club de los soñadores Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #4
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Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #4

Estaba igual. El mismo zapatero de la entrada, el sofá de cuero marrón, la mesa desvencijada frente a un fregadero, y el mismo armario de almacenamiento encima.

Delante del sofá había un estante con un televisor que quizá ya no encendiese, y en la esquina estaba la misma estantería de color marrón oscuro.

Me alegró comprobar que también seguía estando el tocadiscos Eroica, con los altavoces y una caja de colores llena de vinilos.

Me quité rápido los zapatos y entré, el suelo crujía a cada paso que daba.

No era lo mismo. Cuanto más me adentraba, más percibía restos del videoclub en su interior. Las estanterías anteriormente vacías estaban repletas de novelas y cómics que solían estar expuestos en la tienda. Pasaba igual con la vitrina bajo el televisor, que ahora contenía cintas de vídeo.

–Mira esto.

Me giré al oír la voz orgullosa de Han-bin y entonces me fijé en algo que no había visto antes y que ocupaba parte de la pared.

El letrero rojo del videoclub estaba colgado algo torcido. Leí las tres palabras que lo formaban: V IDEOCLUB D ON Q UIJOTE .

La mugre que rodeaba las letras escritas con fuente Gulim le daba un efecto de sombreado y la mitad de la última palabra tenía parte de la cubierta de plástico arrancada, exponiendo la bombilla, que parecía a punto de encenderse.

El videoclub Don Quijote me llamaba con voz lejana preguntándome qué hacía allí, a qué había ido, de qué servía un don Quijote sin su Sancho.

Me acerqué a rozar el cartel con los dedos y sentí que estaba esperando esa caricia.

–¿Sigue aquí? –le pregunté a Han-bin, plantado a mi lado con expresión satisfecha, y él ladeó la cabeza.

–No.

–Pues, si no está aquí, ¿dónde está? –pregunté mirándolo directamente.

–He intentado ponerme en contacto contigo, que por algo eres Sancho. ¡Se supone que Sancho va detrás de don Quijote! ¿No te ha dicho nada?

–No. Pero tú eres su hijo y deberías saberlo mejor que yo.

–Hace tiempo que no parecemos padre e hijo. Pensaba que al menos a ti te habría dicho dónde está. ¿De verdad no lo ha hecho?

–Deja de decir tonterías. Cuéntamelo todo. ¿Cómo ha estado tu padre este tiempo?

–¿Me vas a ayudar a encontrarlo? Porque, si es así, te lo cuento todo. Con lo lista que eres, seguro que averiguas dónde está.

No respondí porque sabía que estaba a punto de caer en su trampa. Entonces sonó el móvil de Han-bin y él salió un momento, pidiéndome que esperase allí.

El silencio invadió la estancia, y a mí me sobrevino una emoción extraña.

Me acerqué a la estantería para echar un vistazo a los libros que Don había dejado.

Había una incontable y desordenada cantidad de novelas románticas, de acción y de fantasía que yo ya había leído.

Y muchos bestsellers . Al abrir las estanterías aparecieron libros llenos de polvo: Crónicas del exorcismo , Unplugged Boy , El código Da Vinci , El hombre matutino , Pez espinoso , Aquel chico era genial , entre muchos otros.

También me quedé absorta indagando entre las cintas de vídeo. Encontré películas que solíamos ver juntos nosotros dos, y con el Club de La Mancha; todas las que me dejaba ver gratis, y sobre las que decía que esperase hasta la universidad porque aún no tenía edad para verlas.

Dejé atrás la vitrina y me acerqué al tocadiscos, de un negro inmaculado, que había sido una de las posesiones más preciadas del señor Don.

Contenía un disco en su interior, así que me agaché para ver el título.

Me invadió una oleada de alivio; ahí estaba, la canción.

Cuando lo encendí, una pequeña luz empezó a parpadear en cada rincón de la estancia.

Moví el brazo del tocadiscos y coloqué con sumo cuidado la aguja sobre la primera pista. Se oyó un chisporroteo agradable y al poco comenzó a sonar la suave melodía de una guitarra y unas voces masculinas cantando con la ternura de quien te susurra al oído.

Si existen en este mundo sueños felices, caerá una nevada de amor. *

Y, si nuestra pasión tiene canción, hallaremos una hermosa vida.

Si existen en este mundo sueños tristes, la lluvia empapará los corazones solitarios.

Y, si nuestra añoranza tuviera alas, seríamos pensamientos errantes.

Si amo con todo mi corazón, no habrá más que tristeza y un adiós.

Si entrego toda mi ternura, no habrá más que verdad y confianza.

Si fuera un vagabundo silencioso, acabaría convertido en piedra.

Si fuera yo errante en busca de un ser amado, llegaría hasta el fin del mundo.

La canción me transportó al videoclub de antaño como una máquina del tiempo y me encontré saboreando la letra igual que cuando la cantaba para animar al señor Don.

Siempre la había cantado sin ser consciente de la belleza de aquella letra merecedora de ser disfrutada, pero en ese momento me di cuenta. Durante el clímax del estribillo y su animada melodía el corazón me latía con fuerza.

¿Y si él también quería ser errante? ¿Y si anhelaba ser un errante pensador igual que don Quijote y cantar a voz en grito las injusticias del mundo? ¿Había acabado siendo un errante sin voz desaparecido en alguna parte?

Cuando acabó la canción, lo echaba de menos con más fuerza que antes.

6

El oscuro reino de los recuerdos

–¡Tengo que encontrar a mi padre para conseguir ese dinero!

–exclamó Han-bin mientras removía los fideos del estofado de tofu en Casa Jinro.

Luego echó unos cuantos en su cuenco y se los tragó de golpe–.

Uf, no sabía que tenía tanto antojo de comer esto.

De pequeño, papá y el viejo Rocinante, de la ferretería, venían a comer estofado de tofu y a beber makgeolli , y yo tenía que comerme el kalguksu.

–Rocinante no era el de la ferretería, era el abuelo de la tienda de bicis.

–¿En serio? Vaya memoria tienes. Bueno, ¿cómo lo encontramos? ¿Se te ocurre algo?

Han-bin vació un vaso de soju con expresión turbada, mientras yo le daba un sorbo al makgeolli y reflexionaba sobre lo que acababa de contarme.

El videoclub Don Quijote había cerrado en 2010.

Alquilar vídeos y DVD era cosa del pasado y la vida del videoclub, que apenas se sostenía con el alquiler de libros y cómics, llegó a su fin.

Por suerte, la anciana dueña del edificio permitió al señor Don mantener el semisótano y pudieron trasladar algunos de los enseres allí, donde él se quedó viviendo hasta que un día desapareció. Hacía ya tres años de eso.

La anciana propietaria había fallecido el verano pasado, y su nieto, heredero del edificio, no había conseguido contactar con él.

Por eso había llamado a su hijo, para darle las llaves y pedirle que fuese desalojando aquello.

Mientras ordenaba todo, Han-bin había encontrado en un cajón el contrato de su padre con la dueña del edificio; un papel escrito a mano sellado con tinta gruesa en el que estipulaba que le cedía el semisótano al señor Don de forma permanente y gratuita.

Han-bin le había enseñado el contrato al nuevo propietario del edificio y exigía una indemnización por la orden de desalojo, algo con lo que el nieto no contaba.

Hasta la fecha seguían intentando llegar a un acuerdo.

Ese día se había reunido en la cafetería con un tasador para medir el valor del edificio, dispuesto a conseguir la indemnización.

El caso era que tras negociarlo tendrían que dejar el semisótano libre de todos modos y por eso tenía que encontrar a su padre: para devolverle sus preciadas pertenencias y cobrar el dinero con el que abriría un negocio.

¿Por qué la propietaria habría firmado un contrato de permanencia gratuito con el señor Don? ¿Cómo el nieto tenía el contacto de Han-bin si ni siquiera tenía el del señor Don?

–¿Pues no va y me llama delincuente?

–¿Seong-min?

–Sí. El muy desgraciado solo me habla a través de la inmobiliaria. En fin, si me propusiera hablarlo tomándonos una copita, lo mismo le perdonaba y todo.

–No creo que lo hicieras.

–No lo haría. Pero tampoco llegaría hasta este punto. Lo suyo no es socializar, desde luego.

Exacto. El nieto de la anciana era Seong-min, líder del antiguo Club de La Mancha que se juntaba para ver películas en el videoclub.

Y mi maldito primer amor.

El Club de La Mancha era una organización privada dentro del videoclub Don Quijote y nos llamábamos Amigos entre nosotros.

Seong-min estaba en tercero de bachillerato y era el líder; Dae-jun y yo estábamos en segundo, y Han-bin y Se-rom en primero.

De vez en cuando había algún miembro más, pero esos éramos los principales.

Aun pasando por la pubertad y agobiados con el instituto, siempre encontrábamos tiempo para juntarnos, con el señor Don como puente de unión, ya que fue él quien nos nombró Amigos del Club de La Mancha.

Delante de mí tenía a otro de los Amigos del club, con la cabeza apoyada contra la pared y hurgándose la nariz con una expresión somnolienta en la que podía distinguir algunos rasgos de su padre.

El señor Don, el defensor del barrio, se hacía llamar el Don Quijote coreano y andaba siempre ocupado con sueños inalcanzables, nunca trabajando en el videoclub, sino que deambulaba entre los barrios de Seonhwa-dong y Daeheung-dong.

Por muy defensor que fuera, carecía de autoridad y tenía una capacidad pésima para pelear, por lo que muchas veces acababa en el hospital o en comisaría.

Así era él, embistiendo contra molinos de viento como el personaje de la novela.

Iluminé el pomo de la puerta con la linterna del móvil, que sostenía en la mano izquierda, e introduje la enorme llave con la derecha, pero no giró.

Han-bin me la había dejado, antes de irse a la estación, para que buscara alguna pista en el semisótano que nos ayudara a dar con el paradero de su padre.

Insistí con la llave y solo entonces, a presión, giró.