El club de los soñadores Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #5
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Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #5

Claro que, si no había ni llave electrónica, tampoco iba a haber luz automática.

Así que primero tuve que encontrar y encender la luz de la entrada, y luego la del salón, aunque solo q uedaban encendidos dos de los cuatro fluorescentes.

La oscuridad, sumada al frío nocturno, llenaba la estancia con una atmósfera inquietante.

¿Qué hacía otra vez allí? Aunque tuviese las llaves para buscar pistas sobre el paradero del señor Don, de noche no podría buscar en condiciones. Entonces, ¿por qué?

En realidad, quería cuadrar un buen ángulo de grabación en mi nuevo estudio, el estudio donde grabaría para YouTube. Y el nombre del canal…

Cogí el cable enrollado al borde del cartel, miré alrededor y di con una regleta junto a la nevera. Lo enchufé y el cartel se encendió. Apagué el resto de las luces y comprobé cada una de las letras que brillaban en la oscuridad.

V IDEOCLUB D ON Q UIJOTE .

Así nació el canal.

Mi breve pero intensa carrera como productora me había enseñado que el contenido audiovisual consistía en encontrar, mostrar y hablar de personas especiales.

El proceso de encontrar al señor Don sería un contenido excepcional en sí mismo, y como mínimo serviría para localizarlo y ayudar a Han-bin y Seong-min.

Podía imaginar a la perfección la reacción del señor Don al enterarse de que estaba compartiendo esta historia en YouTube.

«¡Qué divertido, Sol!».

7

Trabajar por cuenta propia

A la mañana siguiente, mientras me preparaba temblando de los nervios, mi madre me seguía, mirándome atentamente con los ojos como platos.

–¿Sales con alguien? –me preguntó en el pasillo inclinada hacia mí, agarrándome del brazo mientras yo me ponía las Converse.

–Mamá, ¿qué tontería es esa?

–Bueno… Anoche llegaste tarde y borracha, y hoy te vas bien arreglada…

–Empiezo a trabajar. Volveré cuando acabe, no me esperes para la cena.

En ese momento, la ametralladora de preguntas que era mi madre disparó en mi dirección. «¿En qué trabajas? ¿Cuánto cobras? Tú verás como sea algo raro, qué disgusto. Dime la verdad. ¿Qué es? ¿Es para la tele?».

Antes de responder a su interrogatorio, levanté ambas manos para formar una gran «X» con ellas y mi madre se me quedó mirando sin cerrar el pico.

–Trabajo por cuenta propia, así que no hay un sueldo fijo y tampoco es nada raro.

–¿Que no es raro? Lo de cuenta propia ya suena raro.

–Bueno, mamá, tu hija es un poco rara, así que la jefa, es decir, yo, también lo es. Si me paso de la raya, soy yo conmigo misma, y si me retraso con el pago seré yo conmigo misma también. ¿De acuerdo?

Lo de ser una ametralladora no es cosa solo de mamá. Me fui de casa pisando fuerte con los zapatos a medio anudar tras haberle soltado esa retahíla.

A trabajar. A mi propio estudio. Estaba bastante contenta de disponer de un espacio para trabajar a cinco minutos de casa.

Tras cruzar el callejón vi la cafetería Pastel Tone.

La que debía de ser una empleada a media jornada que me había atendido el día anterior estaba organizando las mesas exteriores. Entré y pedí un café con leche.

Al poco salí con el café para llevar y bajé las escaleras que había junto a la entrada de la cafetería.

Era un café barato, pero me dio la sensación de estar entrando en un estudio del barrio de Cheongdam-dong con un café del Starbucks.

Ya escarmentada por la experiencia de la noche anterior, forcé la puerta al abrir.

Ah. Mi… estudio.

Sentarme en el escritorio del señor Don despertó sensaciones nuevas en mí.

Me recordaba a los tantísimos días que había visto al señor Don detrás de ese escritorio marrón que hacía de mostrador, transcribiendo pasajes de un libro muy grueso.

En un principio había creído que el libro era la Biblia, pero luego supe que se trataba de la novela española El Quijote .

Ya conocía a don Quijote como un viejo caballero loco que se lanzaba contra molinos de viento, por eso me impresionó tanto ver el libro en persona.

–¿Va a copiarlo entero?

–Se llama transcribir a mano.

–¿Por qué lo hace?

–Pues… para aprender del espíritu de don Quijote. Y porque no creo que nadie más en Corea haya transcrito El Quijote , así que este debe de ser el primer y único manuscrito transcrito en coreano.

–Pero ¿para quién? Si los españoles no van a entenderlo en coreano, ¿no?

–Uno no se embarca en una aventura por el reconocimiento de otros. Debe seguir su propio camino sin importar lo que piensen los demás, ¿no crees, Sol?

–Vale. Termínelo pronto. ¡Ánimo!

–Claro, gracias. Aunque tiene dos volúmenes. Después de acabar con este tengo que transcribir el segundo.

–Uy. ¿Y es así de grande?

–Pues… diría que lo es aún más, ja, ja, ja.

Me senté en el escritorio y abrí el portátil. Por suerte, cogía la red wifi de la cafetería e introduje la contraseña. Vale. Conectada. Problema de internet resuelto por el precio de un café con leche.

Me puse manos a la obra. Primero, compré por internet varias cosas que necesitaba.

Al fijarme en el móvil, que había dejado junto al portátil, se me escapó un chillido.

¡La cámara! Busqué un minitrípode, un soporte, luces led y un micrófono, todo especializado para grabar con el móvil.

Solo necesitaría una GoPro con estabilizador para grabar en exteriores, así que por el momento con eso bastaba.

Por último, como no barajaba la idea de tener que pagar por el software de edición que usaba antes, descargué en el móvil una aplicación de edición de vídeo gratuita. Con eso bastaría para empezar.

Lo siguiente fue crear el canal de YouTube.

Busqué un vídeo de cómo hacerlo y fue bastante sencillo.

Entré en mi cuenta de Google, para la que necesitaba una foto de perfil de usuario, y opté por hacerle una foto al cartel del videoclub.

Se veía decente, incluso con los bordes borrosos y ensombrecidos.

Listo. Ahora tocaba añadir la descripción.

¡En el canal Videoclub Don Quijote encontrarás tus películas, series, novelas y cómics favoritos de antes!

Para cuando acabé de redactar la introducción ya tenía hambre.

Qué alegría volver a tener hora del almuerzo. ¿Y qué iba a comer? Pues kalguksu .

Almorcé en Shindo Kalguksu y me di una vuelta por el centro comercial NC para comprar algunos productos de limpieza y material de oficina.

Me pasé la tarde barriendo el estudio y llenando bolsas de basura de 50 L.

Como en invierno anochecía a las seis, el estudio pronto quedó a oscuras.

Me quité los guantes de goma con un suspiro.

Con lo que me quedaba por limpiar aún, ¿cuándo podría ponerme a crear contenido?

Me quedé a echar horas extras.

A poco de acabar la limpieza descubrí una maleta de mano dentro del armario esquinero. ¿Qué podía ser? Dividida entre el miedo y la curiosidad, la abrí y se me escapó un grito ahogado.

Dentro había decenas de los típicos cuadernos de apuntes de universidad, y bajo la pila de cuadernos había un par de libros gruesos como piedras. Supe lo que eran sin necesidad de abrirlos: los volúmenes uno y dos de El Quijote .

Me quedé pasmada al abrir uno de los cuadernos y ver la caligrafía cursiva y oblicua del señor Don; cada letra era un caballero con armadura marchando en formación dentro del cuaderno.

Conforme pasaba las páginas, más me maravillaba, y los fui ojeando uno a uno hasta la última página, hasta el final.

El último cuaderno transcrito con la historia de don Quijote guardaba el sueño del señor Don de viajar a España con su manuscrito bajo el brazo. Ver aquellas páginas que eran como su alter ego me hizo echarlo más de menos.

¿Adónde habría ido dejando atrás el rastro de sus sueños? No podía perder el tiempo. Convertiría mi canal Videoclub Don Quijote en el medio oficial para encontrarle.

8

Sancho Panza

¡Hola, amigos! Encantada de veros aquí en el canal Videoclub Don Quijote, ¡donde todos somos Amigos!

¿Quién soy yo? ¿Don Quijote? Desafortunadamente, soy Sancho, su fiel ayudante.

Me veis demasiado alta y femenina para ser Sancho, ¿no?

Tenéis que darle a la imaginación, porque el único Sancho de la Corea del siglo XXI está aquí presente y soy yo, la creadora de este canal. Mucho gusto. ¡Encantada!

Os preguntaréis: «¿Es Sancho por su panza?». En absoluto. Es un juego de palabras, porque mi apellido, Jin, suena parecido a como llamamos a Sancho Panza en coreano. A partir de ahora os adentraréis junto con Sancho en el mundo lleno de aventuras del Videoclub Don Quijote.

A ver. ¿A qué os recuerda el cartel que tengo detrás?

Exacto. Pertenecía a un videoclub. Un videoclub es un lugar donde se alquilan cintas de vídeo de películas increíbles, además de novelas románticas, cómics y otras obras de la época.

Aunque ya son una especie extinta. Donde yo vivo, en Daejeon, en el barrio de Seonhwa-dong, el videoclub que había hace mucho tiempo estaba aquí mismo.

Por supuesto, sucumbió al declive de las cintas de vídeo y los DVD y cerró.

Pero yo, Sancho, pasé aquí mis años de instituto cuando los videoclubs estaban en pleno auge, allá por 2003 y 2004.

Recuerdo con claridad los tormentos de la adolescencia por la edad del pavo que pasé disfrutando de este espacio cultural.

Madre mía, ¿sabéis cuánto hace de eso? Ahora tengo más o menos el doble de la edad que tenía entonces, porque soy una treintañera que está de vuelta en su ciudad.

En cuanto descubrí que el videoclub seguía aquí con el cartel intacto, aunque ahora esté en el sótano del mismo edificio, decidí que quería compartir mi historia con todos vosotros.

¿Adónde habrá ido el dueño del videoclub Don Quijote?

¿Dónde se habrá metido el hombre que llevaba este negocio y al que todos los chavales del barrio, yo incluida, llamábamos señor Don?

Pues eso mismo me pregunto yo. Por eso los vídeos de Sancho van a ser tanto un homenaje al señor Don como una forma de embarcarse en la aventura de encontrarlo.