El club de los soñadores Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #3
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Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #3

Vaya descarada. Sin nada que temer y nada que envidiar.

¿Tan fuerte me había dado la edad del pavo como para ir por ahí creyéndome la mandamás?

A ver, no. Ya no estaba en la edad del pavo.

¿Sería simplemente que el señor Don confiaba en mí tanto como para dejarme a cargo del videoclub?

Pues supongo que sí. Aquel espacio era mi escondite, un lugar donde podía respirar con libertad.

Quién me iba a decir que estaría ahí tomándome un café y disfrutando de las vistas.

Si parecía que había sido ayer mismo, una tranquila tarde de domingo en la que el señor Don tomaba café y yo un chocolate caliente, y nos dedicábamos a criticar a los clientes.

Como el chaval que pagaba más por retrasos que por alquilar cintas, o la anciana que estaba convencida de que había que hacerle un descuento por la puntualidad.

Había una familia de la que sospechábamos que no se llevaban bien porque alquilaban la misma película varias veces, e incluso llegamos a acertar con que la chica que alquilaba novelas románticas a mansalva quería ser escritora.

La verdad es que el tiempo que pasé en el videoclub fue probablemente lo mejor de mi estancia en Daejeon.

Mis padres estaban ocupados con el restaurante de pollo, y mi hermana, que ya era universitaria, se fue a visitar a nuestra tía a Estados Unidos.

Mi hermano estaba en el último año de instituto, por lo que pasaba la mayor parte del tiempo estudiando y en clases de refuerzo preparándose para la universidad.

Así que solía cocinar fideos sola en la oscuridad de mi casa y luego venía aquí, al único lugar que frecuentaba una pequeña y solitaria yo sin sentido de pertenencia a ningún lugar.

Decidí que debía volver cada día y que en este lugar donde guardo tan buenos recuerdos sería donde escribiría el guion del Segundo Acto de mi vida.

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Han-bin y el semisótano

–Reto de un Pan al Día en Sungsimdang: probar cada tipo de pan de la panadería con más ventas de Corea y símbolo de Daejeon. No comer mucho. Mostrar en detalle.

–Tour de Restaurantes de kalguksu en Daejeon: Daejeon es la ciudad de la harina, famosa por su pan, pero el kalguksu también es un plato estrella.

Un recorrido por el kalguksu de Daejeon, con sus similitudes y diferencias, como el kalguksu de agua dulce, de almejas, bibim kalguksu , jang kalguksu , con perilla, etc.

–Hasta dónde llegar en Tash: el Ttareungi de Seúl, pero en Daejeon. No hay lugar en Daejeon al que no se pueda llegar con las bicis de Tash. Descubrir las joyas ocultas de Daejeon en Tash.

–Daejeon Blues - Viaje en tren desde Daejeon: coger el KTX en Daejeon. Hoy, la línea Gyeongbu; mañana, la línea Honam; pasado mañana, la línea Chungbuk. Llegar a cualquier parte del país en un solo día. Subirse a un tren y comenzar el viaje de ida y vuelta de un día.

Me pasé todo el día en la cafetería anotando planes en mi libreta.

Costaba encontrar contenido para YouTube relacionado con Daejeon teniendo la cuenta del banco casi pelada.

Eso era todo cuanto podía publicar. Tras darle varias vueltas decidí no hacer la ruta de exploración de las aguas termales de Yuseong, ni participar en el proyecto de apoyo al equipo Hanhwa Eagles, porque el contenido sobre aguas termales no me daría para mucho y animar al equipo de béisbol me parecía demasiado estresante.

Alternaría el contenido cada tres días entre Sungsimdang, kalguksu , rutas en bicicleta y el KTX.

La clave era el entretenimiento; necesitaba que la gente se suscribiera y le diese a «me gusta» por curiosidad o diversión.

El título también importaba. ¿Cómo debería llamarlo?

¿ Explorando Daejeon ? ¿ Diversión en Daejeon ? ¿ Exploradores de Daejeon ?

Cutre. Sentía que estaba imitando mi propio programa después de que me echasen de él. Cansada, taché todos los planes que había escrito en el cuaderno.

Todo va sobre personas, al fin y al cabo. Sobre personajes. Exploradores urbanos trataba de Hye-sung Joo, la líder de una expedición que te hacía desternillarte de risa.

En YouTube solo triunfa quien tiene talento y carisma al nivel de una celebridad.

¿Cómo podría llamar la atención alguien normal y corriente como yo?

¿Por qué decidiría llevar un canal y contribuir a esta era de exceso de contenido?

Una repentina oleada de dudas se llevó hasta la última gota de motivación en mi interior.

Crear contenido propio significaba creer en mí misma.

Cerré el cuaderno aguantando las ganas de llorar. Justo entonces, la puerta de la cafetería se abrió y entraron dos hombres, que se sentaron en una mesa charlando acaloradamente como en una partida de ping-pong . Me fijé en el que se levantó para pedir en el mostrador porque me resultaba familiar.

–Ponme dos.

Me encogí al reconocer aquella voz clara y aguda.

Era Han-bin.

Después de mudarme a Seúl, fue con la plataforma Cyworld como seguí en contacto con mis amigos de Daejeon.

Cyworld era ahora un recuerdo lejano, pero en aquel entonces nos permitía buscar nuestros nombres, conectar y compartir cosas en internet.

¿Qué clase de contenido publicaba un adolescente?

Pues escribíamos un diario, comprábamos con bellotas música, decoraciones para el muro y demás, y a veces actualizábamos nuestros perfiles con fotos hechas con cámaras digitales.

Así, personalizando nuestras minipáginas, podíamos pasar horas frente al ordenador.

«¿Qué tal, Sancho?».

Han-bin solía dejar ese mismo mensaje en el libro de visitas o en la sección de comentarios cuando se acordaba, aunque pronto comprendí que preguntaba más por costumbre que por interés real.

«¿Qué tal, Dae-jun?».

«¿Qué tal, Seong-min?».

«¿Qué tal, Se-rom?».

Iba perfil por perfil dejando el mismo mensaje a cada uno.

Un día me dio por revisar mi página después de haberla descuidado con tanto lío en el trabajo y vi su nombre.

Me hizo sentir algo extraña aquella misma pregunta que repetía cada año, pero le respondí con un: «Ahí vamos, ¿y tú?

». Lo más raro fue que me respondió enseguida con su número de teléfono para que nos llamáramos.

Nos pusimos un poco al corriente y me propuso vernos, así que quedamos días más tarde en una cafetería del centro comercial IFC.

Lo reconocí de inmediato; solo había crecido un poco desde que éramos pequeños y tenía el mismo aire vivaz y espabilado, lo que seguramente llamaría la atención de muchas chicas.

Han-bin parecía bastante interesado en mi vida como productora, pero cuando le pregunté a qué se dedicaba comentó con una sonrisa aburrida que no iba a ponerse a venderme coches precisamente a mí.

–Vaya chiste. ¿Has quedado conmigo para venderme un coche?

–Quería saber cómo estabas.

–¿Intentabas vendérmelo el año pasado cuando me escribiste?

–No. Lo de entonces era un seguro. Uno variable bastante decente.

–Estás fatal. ¿Siempre quedas con la gente para venderles cosas?

–Sí y no. ¿Acaso se queda con la gente por una sola razón? Dime, ¿tienes novio? Porque tengo un amigo muy majo.

–¿También me lo estás queriendo vender?

–El tío es un máquina vendiendo coches. Lo mismo te vende un Kia Morning que un Bentley. Es todo un éxito en la industria.

–Deja de intentar venderme la moto.

–Aish, sigues igual de borde.

–No soy borde, es una metáfora. Por cierto, ¿cómo está él?

–¿Él? ¿Quién?

–Tu padre, el señor Don.

La verdadera razón por la que había accedido a quedar era que quería saber algo del señor Don. Y sí, desafortunadamente, Han-bin era su hijo. Vivían separados porque sus padres se habían divorciado, pero Don siempre lo traía en vacaciones y veíamos películas todos juntos en el videoclub.

Han-bin parecía reacio a responder y solo comentó que su padre seguía escribiendo en el semisótano de Daejeon. Pronto volvieron las risas mientras me contaba sus movidas para ganar dinero y las citas a ciegas que había tenido. Después de aquello volvimos a perder el contacto.

Me agaché un poco para cotillear bajo la mesa.

Han-bin estaba organizando unos documentos con otra persona mientras hablaban de tasas, ratios de deudas y no sé qué más.

¿En qué estaría metido? Al inclinarme un poco más, la silla se tambaleó.

¡Ay! Recuperé el equilibrio a tiempo, muerta de la vergüenza, y me dispuse a salir por patas.

–¡Sancho!

Me quedé helada en el sitio.

–¿Eres tú?

Al oír que se levantaba, recuperé la compostura y me giré. Se había acercado tanto que ya lo tenía justo delante.

–¡Cuánto tiempo! Has crecido mucho, ¿no? ¿Qué mides ahora? ¿Metro setenta y tres? ¿Metro setenta y cinco? –exclamó muy vivaracho.

–¡Anda ya!

–¿Qué haces por aquí? ¿Ya no vives en Seúl?

–¿Qué haces tú aquí? –Han-bin soltó una carcajada y señaló el suelo–. ¿El semisótano? ¿Sigue ahí? Entonces…, ¿está el señor Don?

–Sigue, pero él no está.

Un remolino de pensamientos se formó en mi cabeza. El señor Don solía vivir en el semisótano y bajábamos allí de vez en cuando a comer rappokki y ver la tele. Si el lugar permanecía igual, ¿seguirían dentro también todos mis recuerdos?

Le pregunté si podía bajar a verlo y Han-bin accedió a cambio de un alto precio. Pensaba regresar a Seúl por la tarde, pero me hizo el lío con que no se iría hasta que le invitase a algo. Acepté con la condición de tener libertad para elegir el menú yo misma.

Salimos de la cafetería y bajamos al semisótano. La entrada estaba cubierta por un tapiz de hojas pegadas, tan sombría y apagada como quince años atrás.

Han-bin sacó la llave, la metió en la cerradura y forzó un poco al abrir.

–Que no te sorprenda, Sancho.

Abrió la puerta y alargó el brazo para que entrase, como quien recibe a un invitado en su hogar.

Tragué saliva con fuerza y entré en casa del señor Don.

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Pensamientos errantes