Parte 1. El antiguo videoclub del barrio #2
«Se acabaron los restaurantes, y se acabaron las empresas que recalcan el sentido de pertenencia mientras se llenan los bolsillos a tu costa. Estudiar otra cosa a mi edad es impensable y me resulta inadmisible la idea de ser mantenida por un hombre».
Pues lo único que me quedaba entonces era mi experiencia como productora.
Recordé el dicho de que hay que trabajar de lo que te gusta para que sea duradero, y que tras hacerlo el tiempo suficiente se alcanza la maestría.
De hecho, nunca perdí el interés en viajar por islas remotas y asistir a caóticos festivales rurales, igual que recordaba la emoción que sentí al crear un programa que dejó huella en la industria.
Tenía que trabajar de ello. La cuestión era: ¿cómo?
Yo sola.
Hasta hacía un rato estaba tirada en un rincón de mi habitación navegando por el océano de YouTube, analizando el contenido de otros. Fue entonces cuando me di cuenta de que era allí donde tenía que publicar el mío.
Solía desconfiar de YouTube cuando trabajaba en producción. Ni siquiera me fiaba de que las emisoras apostasen por ello con el programa My Little Television , y eso que tuvo bastante éxito. Hasta me reí cuando el mukbang se puso de moda y todos los famosos empezaron a grabarse comiendo.
Al final acabé por comprender que tenía su gracia y que no cualquiera podía hacerlo.
Alguien dijo una vez que YouTube es la casa de cambio más grande del mundo, un lugar donde poder publicar lo que sea y, si la gente reconoce su valor, cobrar por ello.
Así es. Decidí empezar la segunda etapa de mi vida en YouTube.
Sin embargo, avanzar era complicado. Crear contenido interesante por cuenta propia no era fácil. Había que ser famoso, un cantante o comediante, o tener un contenido concreto que destacase, como el mukbang o los viajes.
Pensé en mí misma y en mi metro setenta y dos de altura, con un físico tipo araña: larguirucha y con una barriga promi nente.
Vamos, que ni a mí me interesaría ver vídeos de mí misma.
Sabía que tengo cierto talento para hacer reír a la gente cuando bailo, canto o hago cualquier actividad física, pero eso no me garantizaba suscripciones.
No cualquiera puede hacer mukbang, y viajar requiere un gran sentido de la aventura y habilidades sociales, algo fuera del alcance de alguien como yo, que solo había viajado por trabajo.
¿Tendría que repasar el Acto 1 para empezar el Acto 2? Así que me encaminé a la zona comercial de Seonhwa-dong, que había estado evitando por miedo a que el pasado me persiguiera como un zombi.
3
Hace quince años
Acabé la universidad ahogada en créditos y con varios trabajos de media jornada.
Cuanto más avanzaba en mis estudios de administración de empresas, más segura estaba de que nunca trabajaría de ello.
Después de graduarme me paré a pensar en lo que me gustaba y se me ocurrió buscar en una agencia de viajes.
Como nunca había viajado de mochilera ni había hecho la Working Holiday, a diferencia de la mayoría de la gente, me pareció una idea fantástica trabajar en una agencia de viajes.
Por casualidad, di con la empresa Nomad Enterworks.
Sin embargo, era una productora de contenido audiovisual sobre viajes, cosa que no supe al presentar mi candidatura.
Más adelante descubriría que figuraba en una categoría errónea en la página de búsqueda de empleo.
«Necesitamos en Nomad a un especialista en viajes de ocio y de negocios».
Con ese eslogan me habían atrapado. Me daba igual que se encargara de llevar a la gente de vacaciones, de viaje de negocios o directa al infierno, porque resultó un soplo de aire fresco para mi juventud.
En cuanto me contrataron, me enviaron de viaje por todo el país.
Quiero ir a las islas fue mi primer programa, por el que me pasé un año recorriendo el mar del Oeste, del Sur, del Este y la isla de Jeju.
Aunque fue extenuante, quedé cautivada por la belleza de las islas y el encanto de los recursos marinos d el país, rodeado de mar por tres de sus lados y…
Una mierda. Vomitaba en cada barco al que me subía y temía acabar muriendo ahogada en medio de un tifón.
El siguiente proyecto fue un programa en el que visitaba festividades locales, presentado por un cantante veterano de música trot .
Resultó algo mejor que ir de isla en isla, aunque igual de agotador, y la cantidad de festividades rurales parecía no tener fin.
Durante el primer programa me atormentó la crudeza implacable de la naturaleza, y en el segundo tuve que enfrentarme a la crueldad humana en estado puro.
Anfitriones que desaparecen sin avisar, invitados indisciplinados, organizadores cambiando planes… Vamos, una experiencia terrible.
Aguantaba solo por el sueldo. Saber que podía pagar el alquiler, los impuestos y las deudas me daba fuerzas.
He cambiado por dinero toda la energía y pasión de mi veintena.
Afortunadamente, además de dinero, también gané experiencia y ascendí al puesto de productora.
Con ese nuevo puesto, el director me obligó a usar la cabeza además del cuerpo, para que pensase algo nuevo, y esa idea de proyecto que presenté casi por obligación acabó siendo un bombazo.
Exploradores urbanos .
Todavía me pregunto cómo se me ocurrió semejante idea. ¿A ese nivel llegaba mi anhelo por la ciudad después de tanta travesía por el vasto océano y la campiña local?
El plan consistía en lo siguiente: buscar famosos de segunda categoría con hambre de fama que hablasen mucho (ya que no podíamos permitirnos contratar a gente de primera) y enviarlos cada semana a una ciudad para que explorasen el encanto de los lugares más recónditos.
Nunca imaginé que se haría realidad, como tampoco imaginé que lo emitirían en una cadena generalista en horario de máxima audiencia y con la estrella Hye-sung Joo y todo su equipo.
Mucho menos había imaginado que acabaría siendo todo un éxito, el programa de entretenimiento más visto de la emisora por cinco años consecutivos.
Exploradores urbanos se convirtió en el contenido estrella de Nomad Enterworks e impulsó la economía de la compañía.
Sin embargo, era el productor principal quien aparecía a menudo en pantalla junto a Hye-sung Joo, e incluso ganó la suficiente popularidad para crear una comunidad de fans, mientras que al director ejecutivo apenas se le veía el pelo.
O sea que me pasé cinco años ganándome la vida con el programa, pero eso fue todo.
Por mucho que fuese yo quien lo había creado, la atención se la llevó el productor principal, mientras el director se beneficiaba de ello.
Mi único privilegio fue quedar al margen del despido, un salvoconducto que con el tiempo me resultó inservible.
Mientras caminaba absorta en mis pensamientos, la escuela de primaria Seonhwa apareció ante mí.
La rodeé siguiendo la valla, recordando cuando vine a Daejeon.
Como no es una ciudad con un fuerte carácter regional, a nadie le causó recelo ni sorpresa el hecho de que viniera de Seúl.
Solo había un chico que no paraba de acosarme, hasta que un día exploté y le tiré el estuche.
Recuerdo sentir más terror que alegría al verle llorar como si se acabase el mundo por el golpe que se llevó en la nariz.
¿Dónde estaría ahora ese estuche? Le había dado en la nariz para asustarlo, pero el precio fue alto.
No tenía mucha estrategia ni precisión para la defensa personal, pero sí un temperamento heredado de mi padre, aunque ya era mayor como para asumir mi responsabilidad en vez de culparlo a él o a mi carácter.
Alguien me dijo una vez que la personalidad no se puede cambiar pero el carácter puede moldearse, que controlase mi temperamento para ajustar mi carácter. Como él mismo, que había pasado de ser alguien irascible a una persona muy serena.
Fue el señor Don.
«Pero usted no es así… ¿No discutió con la policía hace poco?». Ante mi alusión a los hechos, el señor Don había carraspeado fingiendo no saber a qué me refería.
Aceleré y pasé el cruce de Seonhwa-dong en dirección a casa. Por allí solía verlo barriendo cada día. ¿Por qué no lo había visitado antes? Me encontré ante el edificio de ladrillo marrón de dos plantas que seguía allí, tan indiferente a mi incomodidad.
El videoclub del bajo se había transformado en una cafetería llamada Pastel Tone.
Tenía la sensación de que el señor Don saldría en cualquier momento cargado con una caja de cintas de vídeo.
Él y su afán por repartir las cintas, lo cual le suponía un exceso de trabajo.
Mientras él iba en bicicleta a hacer los repartos, yo me quedaba vigilando la tienda.
Recuerdo a los niños del barrio entrando en tropel como si llevasen mucho esperando.
Pasaron ante mis ojos las películas, cómics y novelas románticas que solía ver y leer.
Entré en el local convertido en cafetería.
Donde antes había una serie de asientos empotrados se encontraba la barra; un montón de mesas habían reemplazado a la zona de las vitrinas, y el suelo, antes de moqueta, ahora era de madera. A la vez todo y nada había cambiado.
Me senté en una mesa junto a la ventana con un café americano extragrande. Al mirar por la ventana y encontrar el mismo paisaje de aquel entonces, sentí como si una cinta de vídeo rebobinase en algún rincón de mi cabeza.
«Hola. Le llamo del videoclub Don Quijote.
Veo que tiene un retraso con la entrega de una cinta alquilada.
¿Cuándo podrá traerla? Necesitamos que sea cuanto antes, ya que se trata de un estreno.
No tenemos servicio de recogida. ¿Quién soy yo?
La encargada del videoclub. ¿Que cuántos años tengo? Pues estoy en el instituto, ¿por qué?».