Parte 1. El antiguo videoclub del barrio
EL ANTIGUO VIDEOCLUB DEL BARRIO
Campo grande
Había pasado una semana desde que dejé el trabajo y volví a casa de mi madre, y no había hecho absolutamente nada desde entonces.
Ni siquiera recordaba cuánto hacía desde la última vez que había pasado una semana entera sin hacer nada.
En mis treinta años de vida nunca me había permitido un descanso como ese.
Hacerlo significaba no cumplir con mis deberes.
Sin embargo, fue por eso mismo, por no poder cumplir con ellos, por lo que acabé echándolo todo a perder.
Una semana desde que había tomado la decisión de parar.
No era una coma en el tiempo, sino un punto.
El mundo seguía funcionando sin mí, y yo me sentía como una piedra inútil en medio del camino.
–Pues no veas lo que come la piedra –soltó mi madre cuando le expresé cómo me sentía.
La verdad es que esa semana me harté de comer; acababa con los dos cuencos de arroz que me servía en cada comida.
Devoré cuencos enteros de todo tipo de kalguksu de los restaurantes especializados de la zona; kalguksu picante, con almejas y con navajas.
También platos de duruchigi con salteado de tofu, cerdo o calamares.
Para rematar, arramplé con el streusel frito y pan de cebollino en la emblemática pana dería.
Me atiborré de todo como si fuera medicina para mi cuerpo.
Mis papilas gustativas habían confirmado mi vuelta a casa.
Pero ¿de verdad era mi casa? ¿Podía llamar así a un lugar donde había vivido tan solo cinco años, desde quinto de primaria hasta tercero de secundaria?
La respuesta de mi madre fue bastante clara:
–Tu casa está donde viva tu madre.
Daejeon, el campo grande. Ciudad de la EXPO y los sueños. Ciudad de las ciencias y el KAIST. Ciudad administrativa y de edificios gubernamentales. Centro de transporte donde se cruzan las líneas Gyeongbu y Honam. Ciudad del aburrimiento con una panadería como principal atracción turística.
Todo era tan aburrido como siempre. Después de varios días dando vueltas por el barrio, degustando la nostalgia, no me quedaba nada más por hacer.
No iba a pasar el rato en el museo de ciencia ni en el O-World rodeada de niños, o a subir las montañas Bomunsan y Jangtaesan en compañía de la tercera edad.
Tampoco era plan de ir a animar a los equipos locales, que no estaban obteniendo muy buena clasificación.
El día anterior gasté parte de mi energía en salir del barrio hacia el oeste, a Dunsan, para ver una película.
Luego me bañé en unas aguas termales en Yuseong.
Fin. Cuando mi madre me dijo que debería haber dado un paseo por el arroyo Gapcheon, a ver si perdía algo de peso, sentí la tiranía de mi casera y decidí no volver a pasarme por allí.
La razón en sí no era por estar de vuelta. Daejeon era mi ciudad natal, donde estaba la casa de mi madre, y un lugar lleno de recuerdos de mi infancia, pero no era una ciudad de oportunidades laborales ni cosas emocionantes para una treintañera desempleada como yo.
Pero no tenía adónde ir.
Cuando participaba en el programa Exploradores urbanos , sentía que podía ir a cualquier parte.
Iba a la vanguardia de un equipo de expedición que me seguía por calles recónditas de la ciudad que tocaba explorar, y así cautivamos a los espectadores.
Yo era la líder; líder del programa con mayor audiencia de su franja horaria.
Todas las veces que el director me preguntó si quería ir a explorar Daejeon, que era mi ciudad, siempre le respondí lo mismo: que no, que era un rollo. Quizá por eso los espíritus de la ciudad me habían traído de vuelta, como castigo.
¿Cómo había acabado así? ¿Sería por la muerte de mi padre, dos años atrás?
¿Porque mi novio me había puesto los cuernos y se había largado hacía un año?
¿Porque ya no aguantaba al rancio de mi jefe y le había plantado cara hacía medio año?
¿O porque, un par de semanas atrás, un día desperté agotada y con dificultad para respirar?
Recuerdo el día en que mi hermana se fue a Estados Unidos, hace ya mucho tiempo, y la habitación pasó a ser solo mía.
En ese momento, tanto espacio me llevó a saltar de alegría, pero ahora se me antojaba pequeña.
Acurrucada en ese espacio claustrofóbico, me puse a pensar y llegué a una conclusión: las desgracias provocadas por mis descuidos se habían ido acumulando hasta convertirse en infelicidad.
En el instante en que mi implacable y frenética carrera se fue a pique, me di cuenta de que lo había dado todo por algo que ni siquiera me pertenecía.
El programa que había ideado no era mío, como tampoco lo fue el reconocimiento que obtuvo.
Había estado corriendo como un caballo de carreras sin preocuparme de mí misma, cosa que tendría que haber hecho, ya fuese astuto o malintencionado por mi parte.
Y así había acabado, tirada en la habitación de mi infancia comiendo migajas de tteokbokki frito, recordando mi vida con arrepentimiento, hasta que mi madre gritó que ya estaba la comida lista y me hizo recordar que en el instituto me preparaba la comida yo solita antes de salir de casa a toda prisa.
Sí, eso pasó. Me levanté decidida tarareando: «Prefiero ser una coma que un punto». *
2
¿Qué voy a hacer?
Salí de casa y me dirigí al parque Yangji.
Lo encontré vacío; no había nadie paseando a su perro, imagino que por el frío de finales de otoño.
Subí al pabellón y contemplé el casco antiguo.
También vi mi barrio, que estaba cerca, el distrito comercial y el arroyo.
La zona que conecta el parque Yangji con el arroyo es Seonhwa-dong, un barrio que me trae muchos recuerdos.
Me senté en el pabellón a pensar, dejando que la brisa me refrescase.
¿Qué iba a hacer con mi vida?
«Tengo treinta años, soy como una actriz retirada en el primer acto de su vida. ¿Qué papel me tocará interpretar en el segundo acto? ¿Qué actuación puede generarme ingresos?».
Para ganarse la vida hay que convertir el dinero de los demás en dinero propio, por lo que tenía que conseguir que otros quisieran pagarme, ya fuese un público, un jefe o quien fuera.
¿Me veía capaz de competir contra recién graduados para conseguir empleo en una prestigiosa empresa?
No. ¿Tiraba de experiencia previa y volvía a trabajar para una cadena?
¡Jamás! Un puesto que me sobrecargase de trabajo y no me recompensara por ello quedaba fuera de la ecuación.
Entonces, ¿la solución era emprender? Dicen que basta con tener una idea buena, pero ¿qué pasaba con el capital de inversión? Porque yo estaba a cero.
Mi madre insistía en que opositara para funcionaria, o que me casara y fuera ama de casa. ¡Como si las oposiciones fueran tan sencillas! Y ser ama de casa, además de ser algo horriblemente tedioso, me parecía la fantasía menos probable de alcanzar para mi yo de ese momento.
¿A que al final iba a acabar friendo pollo?
Todavía no sentía la presión, pero sabía que mi madre tomaría medidas si seguía holgazaneando en casa.
Primero empezaría poniéndome a trabajar a tiempo parcial, y luego a tiempo completo, y yo acabaría haciéndome cargo del negocio familiar como hija de la propietaria de una franquicia de pollo poco conocida.
«Lo siento mucho por el pollo y la cerveza que me tomé ayer en el restaurante de mi madre, pero yo soy más de ternera. Quiero ganar mucho dinero para comer carne de todo tipo: chuletones, filetes de aguja, solomillo, lomo, costillas, cruda y todo lo que aún no haya probado…».
Pensar en la carne vacuna me recordó al segundo acto de la vida de mi padre.
El banco donde tenía un trabajo estable quebró de pronto en 1998, al entrar en el sistema del Fondo Monetario Internacional (FMI), y él, que había sido banquero toda su vida y jamás se imaginó en un segundo acto, gastó todos los ahorros de su jubilación para montar un restaurante de carne a la parrilla, considerándolo un negocio estable.
Sin embargo, ¿quién iba a disfrutar de la carne cuando el país estaba arruinado? En menos de un año, su complaciente y poco estratégica aventura de empresario fracasó estrepitosamente.
Pero no se rindió y probó con un restaurante especializado en carne de cerdo.
Aprendió de su fracaso, hizo un estudio de mercado y abrió una franquicia de panceta de cerdo llamada Soñar con Cerdos.
Durante mucho tiempo, los coreanos han dependido del samgyeopsal y el soju para impulsar su desarrollo económico, y la estrategia de mi padre de que un negocio así prosperaría en tiempos difíciles resultó ser acertada.
El restaurante funcionaba bien y mis padres volvían cada noche tarde a casa con una sonrisa en sus caras, como si de verdad hubieran soñado con cerdos.
Sin embargo, el brote de fiebre aftosa del año 2000 asestó un golpe devastador a las granjas porcinas y a los restaurantes, y mi padre volvió a enfrentarse al dolor de cerrar su negocio, del cual ya no logró reponerse.
Ese año, mi familia dejó Seúl para instalarse en Daejeon, en la casa de Seonhwa-dong.
Con las dificultades que estábamos pasando, mi madre no dejaba de insistir a mi padre en que buscase otro trabajo.
Él se marchó de casa enfadado y regresó al cabo de unas semanas para anunciar que abriría un nuevo negocio con fondos de procedencia desconocida, y así nació la franquicia de pollo tan poco conocida que lleva mi madre hoy en día.
Recuerdo a mi hermana quejándose y preguntando qué carne sería la siguiente cuando el restaurante de pollo quebrase.
Por suerte no hubo que recurrir a más tipos de carne, ya que el restaurante dio para mantener a nuestra familia de cinco.
Por supuesto que mi padre estaba destinado a abrir un negocio de pollo siendo del 57, año del gallo.
Y yo, en vacaciones, bajaba a Daejeon para ayudar sirviendo platos de pollo con rábanos y cerveza de barril.
Es lo que tienen los negocios familiares.