Capítulo 10La librería que decidió quedarse
La librería que decidió quedarse
La mañana posterior a la confesión de Bruno, Vera encontró el cartel de SE VENDE detrás del mostrador.
No recordaba haberlo retirado del escaparate.
Quizá lo había hecho durante la madrugada, cuando todavía era incapaz de dormir y necesitaba ocupar las manos. Quizá Mauro lo había despegado mientras preparaba café. También era posible que Tinta, movido por una repentina inquietud inmobiliaria, hubiese decidido arrancarlo.
El cartel estaba doblado por la mitad.
Tinta dormía encima.
Vera consideró aquello una declaración suficientemente clara.
Afuera, Puerto Lumbre amanecía limpio después de la tormenta. Los adoquines conservaban el brillo del agua, las gaviotas discutían sobre los tejados y desde La Miga llegaba el olor a pan tostado. La vida había retomado sus costumbres con una rapidez casi ofensiva.
Leandro Ferrer seguía muerto.
Bruno Alcázar estaba detenido.
Celia Salcedo continuaba sin haber visto su nombre impreso en la cubierta de su novela.
Y, sin embargo, el pescadero levantaba la persiana, el autobús de las ocho doblaba la esquina y dos mujeres discutían frente a la farmacia sobre si el viento obligaba o no a usar bufanda.
Vera abrió las ventanas.
Después preparó tres tazas de café.
Adela llegó a las nueve en punto.
Mauro apareció un minuto más tarde con una bolsa de bollos de canela.
—No sabía que habíamos quedado —dijo Vera.
—No hemos quedado —respondió Adela—. Hemos venido.
Mauro dejó la bolsa sobre el mostrador.
—Es distinto.
Tinta despertó, abandonó el cartel de venta y se acercó a inspeccionar el desayuno.
Durante las siguientes dos horas revisaron las notas de Amalia.
Había cuadernos de cuentas, fichas de lectores, listas de pedidos y observaciones que solo podían haber resultado comprensibles para su autora.
Don Ernesto devuelve tarde, pero devuelve.
La señora Marín dobla las esquinas. Vigilar sin humillar.
No volver a colocar poesía junto a autoayuda. Los poetas se ofenden.
Entre aquellas frases aparecían referencias a Celia, al concurso literario y a una copia de la autorización original.
Amalia la había escondido dentro de un libro.
El problema era que La Buena Letra contenía más de ocho mil.
—Podría habernos dejado el título —protestó Vera.
Adela levantó una ceja.
—Entonces cualquiera podría haberlo encontrado.
—Esa es la función habitual de una pista.
—Para ti. Amalia disfrutaba de las dificultades innecesarias.
Vera no pudo discutirlo.
Revisaron las fichas relacionadas con faros, naufragios, falsificaciones, escritores y concursos.
Abrieron viejas ediciones de novelas marítimas.
Sacudieron diccionarios jurídicos. Mauro encontró tres billetes caducados, una receta médica, siete flores prensadas y la fotografía de una boda en la que ninguno reconoció a los novios.
Tinta encontró una polilla.
Fue el único que pareció satisfecho con el avance de la investigación.
Al mediodía, Vera regresó al cuaderno de Amalia. Había leído tantas veces la anotación que las palabras empezaban a perder el significado.
Copia de la autorización guardada.
La verdad sigue donde siempre estuvo la luz.
Debajo aparecía una letra:
F.
—Ferrer —dijo Mauro.
—Demasiado evidente.
—Falsificación —propuso Adela.
—También.
Vera miró las estanterías.
Donde siempre estuvo la luz.
No donde estaba.
Donde había estado siempre.
Su tía se sentaba cada tarde en un sillón junto al ventanal para leer. En aquella esquina, el sol entraba hasta última hora y convertía el polvo en partículas doradas. Junto al sillón había una mesa pequeña, una lámpara verde y un estante reservado para los libros que Amalia releía.
Vera se acercó.
Quedaban diecisiete volúmenes.
Sacó el primero. Después el segundo. En el lomo del tercero leyó:
Al faro.
—F —murmuró.
El libro estaba colocado bajo la letra F.
Un error que Amalia jamás habría cometido. Ni siquiera muerta.
Vera abrió el volumen. No cayó ningún papel.
Pasó las páginas una por una. Había frases subrayadas, esquinas dobladas y una mancha antigua de café. Nada más.
—Quizá no sea ese —dijo Mauro.
Vera cerró el libro.
La tapa trasera produjo un sonido extraño.
No el golpe rígido del cartón, sino un crujido suave.
Introdujo la uña bajo la tela interior. El revestimiento había sido despegado y vuelto a colocar con una capa fina de cola. Mauro le alcanzó un abrecartas.
Vera levantó la tela con cuidado.
Dentro había un sobre plano.
Durante unos segundos, ninguno habló.
Tinta saltó al sillón de Amalia y observó la operación con una expresión que sugería que la solución le había parecido obvia desde el principio.
Vera extrajo el sobre.
En el interior encontró una copia al carbón de la autorización firmada por Celia. El documento conservaba su forma original: permiso para presentar La última luz del puerto a un concurso, sin ninguna cesión de derechos y sin el texto añadido después por Bruno.
Había también una declaración manuscrita.
Vera reconoció la letra de su tía.
Vi a Celia Salcedo firmar esta autorización en La Buena Letra. Lo hizo para presentar su novela al Premio Bahía de Puerto Lumbre. No vendió ni cedió su obra a Leandro Ferrer ni a ninguna otra persona.
Debajo aparecían la fecha y la firma de Amalia Luján.
Adela se sentó en el sillón.
—Lo sabía —dijo, aunque la voz se le quebró al pronunciarlo.
Mauro tomó la copia. La sostuvo con ambas manos, como si el papel pudiera sufrir un nuevo daño después de tantos años.
—¿Por qué no lo denunció entonces?
Adela contempló el ventanal.
—Porque tuvo miedo.
La respuesta permaneció entre ellos sin adornos.
—Leandro ya había ganado el premio —continuó—. La editorial preparaba una segunda edición. Bruno negó todo y amenazó con demandarnos. Celia acababa de morir. Tú y tu madre estabais destrozados. Amalia pensó que necesitábamos más pruebas.
—Las tenía.
—No creyó que fueran suficientes. Después pasaron los meses. Luego los años. Y cuanto más tiempo callaba, más difícil resultaba explicar el silencio.
Mauro dejó el papel sobre la mesa.
—Entonces tampoco fue una heroína.
—No —dijo Vera—. Fue una mujer que tuvo miedo y trató demasiado tarde de reparar lo que no hizo a tiempo.
Adela asintió.
—Las personas no se dividen entre valientes y cobardes. A veces somos ambas cosas en días diferentes.
Vera volvió a leer la declaración de Amalia.
Durante años había convertido a su tía en una figura sencilla: la mujer fuerte que conservó la librería, cuidó de ella y nunca dudó de nada. Descubrir sus errores no la hacía más pequeña.
La hacía verdadera.
—Llamaré a Elena —dijo.
Mauro guardó la copia dentro del sobre.
—Primero vamos a desayunar.
—Son casi las doce.
—Hemos estado investigando un documento escondido durante veintiséis años. Sigue contando como desayuno.
Abrió la bolsa de bollos.
Adela tomó uno.
Vera preparó más café.
Por primera vez desde la muerte de Leandro, comieron sin que nadie tuviera que vigilar la puerta.
Seis meses después, La última luz del puerto regresó a La Buena Letra.
No volvió dentro de una carpeta ni escondida detrás de un atlas.
Llegó en doce cajas.
Cada ejemplar llevaba el mismo nombre en la cubierta:
CELIA SALCEDO
Mauro abrió la primera caja con tanta cautela que Simón terminó quitándole las tijeras.
—Es cartón, no material explosivo —dijo.
—Tú robaste el último manuscrito que tocaste.
Simón le devolvió las tijeras.
—Buena observación.
La publicación no había sido rápida ni sencilla.
El testimonio de Bruno, los documentos del sobre verde y la copia escondida por Amalia demostraron la falsificación.
La editorial de Leandro suspendió las nuevas ediciones de El último faro y alcanzó un acuerdo con la familia de Celia.
El antiguo premio fue revocado por unanimidad, aunque veintiséis años tarde.
Marina presentó su renuncia antes de que el ayuntamiento pudiera exigirla. Después compareció ante la comisión cultural y reconoció que había silenciado las coincidencias entre el manuscrito premiado y los fragmentos publicados por Celia.
No pidió que la perdonaran.
Por una vez, se limitó a contar la verdad.
Simón escribió un reportaje titulado La autora a la que borraron del puerto . Antes de publicarlo, entregó el texto a Mauro y Adela. Ellos eliminaron las frases más dramáticas, dos adjetivos innecesarios y una fotografía del almacén.
El artículo fue leído por miles de personas.
Simón recibió ofertas para convertir el caso en una serie documental. Las rechazó todas.
Al menos, las tres primeras.
Adela preparó la edición de la novela. Comparó versiones, ordenó las páginas y añadió un prólogo breve en el que no mencionaba el asesinato de Leandro. Escribió sobre Celia: sus lecturas, su inteligencia, su tinta violeta y la costumbre de corregir diálogos en voz alta.
Bruno esperaba juicio.
El proceso sería largo, pero ya no dependía de una única confesión. Había una nota, una grabación, sangre bajo la solapa, tinta en el puño, documentos ocultos y una historia que por fin podía leerse en el orden correcto.
La tarde de la presentación, Puerto Lumbre llenó la librería.
Llegaron antiguos alumnos de Adela, vecinos que nunca habían comprado un libro, periodistas, pescadores, turistas y personas que aseguraban haber conocido a Celia aunque nadie recordara haberlas visto antes.
Mauro preparó unos hojaldres en forma de faro. Los llamó luces del puerto y se negó a admitir que había tardado cuatro intentos en conseguir que se mantuvieran erguidos.
Elena Valcárcel apareció sin uniforme.
Tomó un ejemplar de la mesa y dejó el dinero junto a la caja.
—Podrías aceptar uno de regalo —dijo Vera.
—Después de esta investigación, no quiero deberle nada a ningún librero.
—Eso es ofensivo.
—Eso es experiencia.
Tinta se acercó a olfatearla. Elena lo acarició detrás de una oreja.
—Y tú no recibirás ninguna parte del mérito oficial.
El gato se marchó, manifiestamente indiferente a los reconocimientos institucionales.
Vera había cambiado algunas cosas en La Buena Letra.