Capítulo 9El lector que conocía el final #3
—Cuando entré en el almacén, Leandro estaba leyendo la página de Celia. La frase violeta. Se rio al verme.
La voz le cambió. Ya no describía una estrategia. Había vuelto a aquel cuarto oscuro.
—Le pedí el sobre. Dijo que era tarde. Que el final ya estaba escrito. Le dije que podía denunciarlo, que si caía yo, él caería conmigo.
—¿Qué respondió? —preguntó Vera.
Bruno cerró los ojos.
—Que la diferencia era que él sabía contar una historia.
La lluvia empezó de nuevo, suave contra los cristales.
—Me dijo que el público perdona casi cualquier cosa si uno escoge bien las palabras. Que él sería el viejo escritor que, antes de morir, devolvía la voz a una mujer olvidada. Y que yo sería el hombre que había intentado enterrarla.
Adela sostuvo con más fuerza el manuscrito.
—Entonces Leandro te agarró —dijo Vera.
—Le quité el sobre. Él me sujetó por la manga. Tenía esa tinta en los dedos. Dijo que había copias. Que no importaba lo que yo hiciera.
Bruno abrió los ojos y contempló la figura de bronce.
—Vi el faro.
—Y lo golpeaste.
—Una vez.
Mauro apartó la cara.
Marina cerró los párpados.
Bruno parecía esperar que la precisión disminuyera el crimen.
Una vez.
Como si la muerte contara los golpes y concediera indulgencia a quien no necesitaba un segundo.
—Después tomaste el sobre —dijo Elena.
—Y los capítulos.
—Limpiaste el faro.
—Sí.
—Lo devolviste a la estantería.
—Sí.
—Restableciste la corriente e intentaste regresar a tu asiento antes de que los demás entendieran lo ocurrido.
Bruno asintió.
—La página doscientos ochenta y siete quedó atrapada en el forro de tu abrigo —dijo Vera—. La llevaste contigo durante días.
Por primera vez, Bruno miró a Tinta.
—Hasta que ese animal…
Tinta bostezó.
Vera casi sonrió.
—Tinta no resolvió el asesinato. Solo se negó a respetar tu versión.
Elena se acercó a Bruno.
—Bruno Alcázar, queda arrestado por el asesinato de Leandro Ferrer, falsificación documental, ocultación de pruebas y allanamiento. Tendrá oportunidad de completar su declaración en presencia de su abogado.
Uno de los agentes le pidió que se levantara.
Antes de hacerlo, Bruno miró el manuscrito que Adela sostenía.
—Nada de esto hará famoso el libro de Celia.
Mauro volvió la cabeza lentamente.
—No —dijo—. Pero llevará su nombre.
Aquello fue lo único que Bruno no pudo discutir.
Los agentes se lo llevaron por el pasillo. Esta vez sus pasos no quedaron escondidos por una tormenta. Sonaron claros sobre la madera y después sobre las baldosas, hasta que la puerta se cerró.
Durante unos instantes, nadie supo qué hacer con el espacio que había dejado.
Simón fue el primero en hablar.
—No voy a publicar el episodio del pódcast.
Elena arqueó una ceja.
—Qué gesto tan generoso.
—No me refiero a ocultarlo. Escribiré sobre Celia, si Mauro y Adela me lo permiten. Pero no convertiré la reunión ni el asesinato en un espectáculo.
—¿Y por qué deberíamos creerte? —preguntó Mauro.
Simón miró sus manos vacías.
—No deberían. Tendré que escribir algo que no les obligue a hacerlo.
Marina se acercó a Adela.
—Yo puedo solicitar la revisión del premio —dijo—. Y hacer pública mi intervención. No solo la de Leandro.
—Perderás tu cargo.
—Probablemente.
—¿Lo haces por Celia?
Marina tardó en responder.
—Quisiera decir que sí. Pero también lo hago porque estoy cansada de que mi miedo tome decisiones y luego las firme con mi nombre.
Adela la observó con la severidad de una maestra que todavía esperaba una respuesta mejor.
Al final, abrió la carpeta que protegía el manuscrito.
En la portada, escrito con tinta violeta, se leía:
LA ÚLTIMA LUZ DEL PUERTO Celia Salcedo
—Entonces empiece por leerlo —dijo.
Marina tocó el nombre con la punta de los dedos.
No pidió perdón.
Todavía no.
Quizá había culpas que necesitaban hechos antes de soportar una disculpa.
Mauro sirvió el café que había traído de La Miga. Estaba tibio, pero nadie se quejó. Repartió los panecillos. Adela aceptó medio. Marina sostuvo el suyo sin comer. Simón preguntó antes de tomar uno, como si estuviera aprendiendo una norma básica de convivencia.
Elena guardó las pruebas en la caja.
—Falta una cosa —dijo Vera.
Todos la miraron.
—La copia que hizo Amalia de la autorización original. Sus notas dicen que la escondió dentro de un libro.
—Con el sobre y la confesión de Bruno será suficiente —respondió Elena—. Pero encontrarla ayudaría a cerrar el fraude sin depender solo de su declaración.
Adela pasó una página del manuscrito.
—Amalia nunca ocultaba algo sin dejar una forma de recuperarlo.
—Dejaba formas que solo parecían claras para ella —dijo Vera.
Tinta bajó de la mesa, cruzó la sala y saltó a la sexta silla.
La que había ocupado Leandro.
Dio dos vueltas sobre el cojín y se acomodó con la cola alrededor del cuerpo.
Vera contempló las estanterías.
Miles de lomos. Miles de posibles escondites.
Durante semanas, aquella librería le había parecido una herencia demasiado grande, una suma de facturas, goteras y decisiones aplazadas. Había imaginado el cartel de venta en el escaparate. Había pensado que marcharse sería una manera de recuperar una vida que nunca había escogido.
Ahora veía otra cosa.
Amalia no le había dejado solo un negocio.
Le había dejado preguntas.
Nombres que debían ser devueltos.
Historias que no podían defenderse solas.
Vera tomó la taza que había pertenecido a su tía. En el fondo había una grieta fina que nunca se atrevía a ensancharse.
—Encontraremos la copia —dijo.
Mauro la miró.
—¿“Encontraremos”?
—El club necesita un último libro.
Simón señaló la silla ocupada por Tinta.
—No parece que quede sitio.
—Él no lee.
Tinta abrió un ojo.
—Retiro lo dicho —añadió Vera.
Adela sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero transformó su rostro.
Afuera, las nubes empezaban a separarse sobre Puerto Lumbre. Entre ellas apareció una franja de claridad que cayó sobre los tejados mojados y alcanzó el cristal de la librería.
Por primera vez desde la muerte de Leandro, la sexta silla no pareció guardar una ausencia.
Pareció estar esperando el comienzo de otra historia.