El club de lectura de los sospechosos Capítulo 9El lector que conocía el final #2
88%

Capítulo 9El lector que conocía el final #2

Luego los tacones de Marina.

Uno de ellos golpeaba con más fuerza que el otro.

—Te levantaste después —dijo Elena.

Marina asintió.

—Quería impedir que Leandro hiciera otra estupidez.

—¿Hasta dónde llegaste?

—Hasta el arco de la cocina.

Marina se puso en pie y caminó en la oscuridad. Sus tacones produjeron el mismo ritmo desigual de la grabación. Se detuvo bajo el arco.

—Desde aquí vi una luz —dijo—. Muy débil. Supuse que era un teléfono o una linterna.

—Era la de Bruno —dijo Vera—. Había llegado al almacén.

Bruno soltó una risa sin humor.

—O la del asesino.

—No. El asesino no necesitaba luz para esperarlo allí. Pero tú necesitabas ver el sobre que ibas a robar.

El abogado levantó la voz:

—Eso es una interpretación.

—Todavía no hemos llegado a la interpretación —dijo Elena.

Reanudó el audio.

La voz de Mauro sonó junto a la mesa:

—Cuidado, hay una taza en el suelo.

Casi al mismo tiempo, Adela preguntó:

—Vera, ¿dónde guarda las cerillas?

Vera se oyó a sí misma contestar desde el mostrador:

—En el cajón de la caja.

Simón maldijo porque su teléfono no encendía a la primera.

Cuatro voces.

Cuatro posiciones.

Mauro, Adela, Vera y Simón permanecían en la sala principal.

Los tacones de Marina se encontraban detenidos bajo el arco.

Bruno era el único que había recorrido el pasillo entero.

Entonces, debajo del rumor de la lluvia, apareció una voz.

Leandro.

Distante, amortiguada por las paredes.

—No puedes certificar el silencio.

Hubo un murmullo imposible de comprender.

Y después el golpe.

Seco.

Metálico.

La respiración de Marina se quebró en la oscuridad, igual que la primera noche.

Elena encendió las luces.

Nadie habló.

Incluso Tinta permanecía quieto sobre el mostrador.

Vera miró a Bruno.

—Dices que otra persona llegó antes que tú.

—Eso ocurrió.

—¿Por dónde entró?

—Pudo esconderse en el almacén antes de la reunión.

—Yo estuve allí esa tarde —dijo Vera—. Moví tres cajas, busqué las velas y saqué una mesa plegable. Tinta pasó más de una hora durmiendo sobre el archivador. No había nadie.

—Pudo entrar por la puerta trasera.

—Estaba cerrada por dentro —respondió Elena—. Sin señales de manipulación. La ventana no se abre desde que Amalia mandó pintar el marco hace doce años.

—Entonces fue Marina. Ella misma admite que estaba en el pasillo.

Marina palideció, pero no bajó la mirada.

Vera caminó desde el arco hasta la puerta del almacén.

—Desde el lugar donde Marina se detuvo hay nueve metros. En la grabación, sus tacones dejan de avanzar seis segundos antes del golpe. Para llegar hasta Leandro habría tenido que recorrer esos nueve metros, golpearlo y volver al arco sin producir un solo sonido.

—Pudo quitarse los zapatos.

—¿En seis segundos?

Bruno apretó la mandíbula.

—La grabación es confusa.

—La grabación es lo único que ninguno de nosotros tuvo tiempo de corregir —dijo Vera—.

Todos mentimos después. Mauro ocultó su amenaza.

Marina, su relación con Leandro. Adela, la página que devolvió.

Simón, el manuscrito que robó. Tú ocultaste el sobre y los capítulos.

Pero el grabador conservó el orden. Y el orden dice que, en el momento del golpe, solo dos personas estaban en el almacén.

Señaló la silla vacía de Leandro.

—Una murió allí.

Después miró a Bruno.

—La otra volvió.

Elena reprodujo los segundos posteriores al golpe.

Primero se escucharon unos pasos rápidos sobre las baldosas. Al alcanzar la madera, dos llaves chocaron entre sí.

El mismo tintineo.

Bruno regresaba a la mesa.

Siete segundos después, Simón consiguió encender la luz de su teléfono y se levantó. Sus pasos eran más cortos. Llegó hasta el almacén, vio el cuerpo y tomó el manuscrito que Leandro había dejado caer junto a una caja.

Luego volvió.

El primer hombre que regresó había sido Bruno.

El segundo, Simón.

No hubo un tercero.

—Elena —dijo Vera—, enséñale la nota.

La inspectora dejó sobre la mesa la reproducción de las marcas encontradas en el bloc de la notaría.

El abogado intentó interrumpir, pero Bruno alzó una mano.

Leyó el mensaje sin tocarlo.

—Sabías que Adela devolvería una página de Celia —dijo Vera—. Ella te lo contó porque pensaba que, como notario, aún podías ayudar a demostrar el fraude. En cambio, utilizaste esa información para atraer a Leandro al almacén.

—Quería el sobre.

—Querías los documentos, los últimos capítulos y la página escrita por Celia. Por eso cortaste la luz. Por eso llevabas una linterna pequeña. Por eso sabías exactamente qué debías buscar.

—Y cuando llegué, él estaba muerto.

Elena colocó la fotografía del abrigo junto a la nota.

—Tres gotas de sangre bajo la solapa —dijo—. No encima. Debajo. Para que llegaran allí, el tejido tuvo que estar abierto en el momento del impacto. Cuando te inclinaste sobre el cuerpo, según tu versión, la chaqueta ya había vuelto a su posición natural.

Bruno miró la imagen.

—Eso lo decidirá un perito.

—Lo ha decidido —respondió Elena—. Sangre proyectada. La misma dirección en las tres gotas.

Vera recordó las manos de Leandro.

La tinta violeta en sus dedos.

Entonces entendió lo que aún le molestaba.

—También hay tinta en el puño de su camisa —dijo.

Elena la miró.

—¿De qué hablas?

—Cuando encontramos a Leandro, tenía tinta violeta en los dedos. La de la frase que Adela escribió en la página: Devuelve el nombre . Pero la página no estaba junto al cuerpo. Bruno se la llevó con el sobre.

Se volvió hacia él.

—Leandro tocó la frase. La tinta todavía estaba húmeda. Después te agarró.

Elena abrió otra bolsa de la caja. En ella se encontraba la camisa que Bruno había usado la noche del crimen. Hasta aquel momento, las manchas del puño parecían simples marcas oscuras.

—El laboratorio estaba analizando eso —dijo.

Vera no necesitó esperar el resultado.

Bruno sí.

Su mirada cayó sobre la manga dentro de la bolsa. Cerca del botón había una mancha violeta en forma de media luna.

Los dedos de Leandro.

No los de un cadáver al que Bruno hubiera tocado.

Los de un hombre que, un instante antes de morir, había tratado de sujetarlo.

El silencio se hizo tan completo que desde la calle llegó el chirrido de una bicicleta atravesando un charco.

Bruno se hundió un poco en la silla.

No fue una rendición espectacular. No gritó. No volcó la mesa ni acusó a los demás. Simplemente perdió esa rigidez que durante años le había permitido parecer más seguro que honrado.

—Él iba a publicarlo —dijo al fin.

El abogado le pidió que guardara silencio.

Bruno ni siquiera pareció oírlo.

—Leandro iba a publicarlo todo. Pero a su manera.

Mauro cerró los dedos alrededor del asa de su taza.

—¿Qué significa eso?

—Que pensaba convertir su confesión en otro éxito.

—Bruno miró el manuscrito de Celia entre las manos de Adela—.

Se presentaría como un muchacho ambicioso que cometió un error.

Diría que lo presionaron, que no comprendió lo que firmaba, que pasó media vida arrepentido.

Habría entrevistas. Un documental. Derechos de traducción. Quizá una serie.

Simón bajó la vista.

Seguramente podía imaginar los titulares.

—¿Y a ti? —preguntó Vera.

Bruno sonrió con amargura.

—A mí me reservaba el papel del hombre que lo había organizado todo. El notario sin escrúpulos. El que convirtió una autorización en una cesión y convenció al pobre escritor de que no había vuelta atrás.

—¿Era mentira?

—No toda.

La respuesta pareció herirlo más que una acusación.

Bruno observó sus manos.

—Yo era auxiliar en la notaría de mi padre. Leandro llegó con el manuscrito de Celia y el formulario del concurso. Dijo que ella había muerto, que la editorial quería publicar la novela y que la familia no entendería la oportunidad. Necesitaba demostrar que tenía los derechos.

—Y tú fabricaste la cesión —dijo Mauro.

—Completé el espacio vacío. Mi padre selló documentos sin revisarlos cuando ya estaba enfermo. Leandro pagó por el favor.

—Siguió pagando durante años —añadió Elena.

Bruno miró el sobre verde.

—Al principio por gratitud. Después para asegurarse de que yo recordaba la historia de la forma correcta.

—Eso no es gratitud —dijo Adela—. Es comprar silencio.

—El silencio siempre se compra así. En pequeñas cuotas, hasta que uno olvida cuál fue el primer precio.

Mauro se puso de pie.

La silla retrocedió con violencia.

Elena dio un paso, pero Adela fue más rápida. Extendió una mano y sujetó la muñeca del panadero.

—No —dijo.

Mauro respiraba con la boca abierta.

—Celia murió pensando que nadie quería su libro.

—Y ahora sabemos que era suyo.

—Eso no le devuelve los años.

—No —admitió Adela—. Pero golpearlo tampoco.

Mauro permaneció inmóvil unos segundos. Después volvió a sentarse.

Bruno no había levantado la vista.

—Leandro me llamó una semana antes de la reunión —continuó—. Dijo que había terminado un libro que por fin lo haría libre. Quería el sobre para incluir reproducciones de los documentos. Le dije que lo había destruido.

—Pero lo conservabas —dijo Vera.

—Soy notario.

—Eres un hombre que guarda pruebas para poder seguir controlando a quienes las temen.

Bruno aceptó el golpe con un movimiento casi imperceptible.

—Le di el sobre. Creí que podríamos llegar a un acuerdo.

Después leí las últimas páginas. Me había convertido en el único culpable.

Él se quedaba con el remordimiento, que es una forma elegante de inocencia.

Marina quedaba como una mujer enamorada.

Adela, como la guardiana digna del secreto.

Mauro, como el hermano herido. Incluso Celia recibía al final unas páginas de homenaje.

Su voz se endureció.

—Y yo cargaba con todo.

—Cargabas con tu parte —dijo Vera.

—Él había vivido de aquel libro. Yo no. Él tuvo casas, premios, viajes. Cuando las ventas bajaron, decidió vender también la verdad. Quería lucrarse con el robo y luego lucrarse con la confesión.

—Por eso arrancaste los últimos capítulos.

—Quería obligarlo a reescribirlos.

Elena señaló el bloc.

—Y preparaste el apagón.

—Para recuperar el sobre. Solo eso.

Nadie respondió.

Bruno miró el faro de bronce.