El club de lectura de los sospechosos Capítulo 9El lector que conocía el final
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Capítulo 9El lector que conocía el final

El lector que conocía el final

A las siete y doce de la mañana, Elena Valcárcel llamó a la puerta de La Buena Letra con una caja de cartón bajo el brazo y una expresión que no anunciaba buenas noticias para nadie.

Vera llevaba despierta desde que se habían llevado a Bruno.

No había conseguido cerrar la librería. Tampoco se había atrevido a subir al piso de arriba.

Había pasado la madrugada sentada detrás del mostrador, escuchando cómo el viento empujaba la lluvia contra los cristales y cómo Tinta recorría los estantes con la inquietud de quien sabe que aún queda algo por tirar al suelo.

En la mesa del club seguían las seis tazas de la noche anterior.

Una conservaba una marca de carmín. Otra, un poso oscuro. La de Bruno estaba intacta.

Vera había pensado en retirarlas varias veces, pero hacerlo le parecía demasiado parecido a admitir que todo había terminado.

Y no era así.

Bruno Alcázar había entrado de noche, había cortado la luz y había ido directamente al libro que Elena le había señalado como escondite.

Había utilizado una copia de la llave de la librería.

Llevaba en el forro del abrigo una página arrancada del manuscrito de Leandro Ferrer.

Había admitido que, durante el primer apagón, siguió al escritor hasta el almacén, tomó el sobre verde y arrancó los capítulos donde aparecía su nombre.

También había reconocido que devolvió el faro de bronce a la estantería.

Pero no que lo hubiese usado para matar.

Según él, Leandro ya estaba muerto cuando llegó.

Según él, otra persona había entrado primero en el almacén, había golpeado al escritor y había desaparecido antes de que Bruno alcanzara el cuerpo.

Una explicación cobarde, pero no imposible.

Todavía.

Elena dejó la caja sobre el mostrador.

—Han registrado la notaría.

Tinta apareció desde la sección de viajes y olfateó una esquina del cartón.

—¿Y?

—Encontramos el sobre verde.

Vera sintió que el cansancio abandonaba su cuerpo sin pedir permiso.

Elena abrió la caja. Dentro había varias bolsas transparentes, etiquetadas y numeradas. En una de ellas descansaba el sobre de papel grueso que Vera había visto en manos de Leandro antes de la reunión.

El lacre verde estaba roto.

Junto a él se encontraban los capítulos octavo, noveno y el epílogo de El lector que conocía el final . Había recibos bancarios, cartas, una autorización para participar en un concurso literario y una cesión de derechos fechada apenas dos semanas después.

Los documentos tenían la misma firma.

Pero no habían sido firmados el mismo día.

La autorización de Celia Salcedo acababa justo por encima de un espacio vacío. La cesión utilizaba aquel espacio como comienzo de un segundo texto añadido después.

Una firma verdadera debajo de una mentira.

Vera acercó la mano, pero no tocó la bolsa.

—Amalia tenía razón.

—Y Adela también. Celia firmó una autorización para presentar su novela a un premio. Nunca cedió los derechos.

—Bruno convirtió una cosa en la otra.

—Con ayuda de la notaría de su padre y bastante confianza en que una mujer muerta no iba a reclamar nada.

Elena sacó otra bolsa.

Contenía un bloc de notas pequeño, de tapas negras. La primera hoja estaba en blanco.

O parecía estarlo.

—Lo encontramos en el cajón de Bruno —explicó—. La hoja superior había sido arrancada. En el laboratorio inclinaron la luz y fotografiaron las marcas de presión que quedaron debajo.

Le entregó una reproducción.

Vera leyó:

Sé quién escribió de verdad El último faro. Cuando se apaguen las luces, venga al almacén. Solo.

Era el mismo mensaje que la policía había encontrado doblado en el bolsillo de Leandro.

El que lo había hecho levantarse de la mesa.

El que lo había llevado hasta el lugar donde murió.

—Bruno escribió la nota.

—Eso parece.

—Entonces sabía que habría un apagón.

—Porque pensaba provocarlo.

Vera miró hacia el pasillo. Desde allí no podía ver el cuadro eléctrico ni la puerta del almacén. Solo una franja de oscuridad entre dos estanterías, demasiado estrecha para todos los secretos que había escondido.

—¿Ha confesado?

—Ha cambiado la historia. Ahora admite que escribió el mensaje y cortó la corriente, pero dice que solo quería recuperar los papeles. Sostiene que esperó unos segundos antes de seguir a Leandro y que, cuando entró, alguien ya lo había matado.

—¿Quién?

—Cualquiera que estuviera en la librería.

—Eso no es una respuesta.

—Para Bruno sí. Una duda razonable no necesita nombre.

Tinta apoyó las patas delanteras sobre la caja. Elena la apartó con una paciencia que probablemente no habría concedido a ningún ser humano.

—Hay algo más —dijo.

Sacó una fotografía ampliada del abrigo de Bruno. En el borde interior de la solapa se distinguían tres puntos oscuros, minúsculos.

—Sangre de Leandro. Salpicaduras, no manchas de contacto.

Vera levantó la vista.

—Estaba cerca cuando recibió el golpe.

—Muy cerca. Bruno afirma que se manchó al inclinarse sobre el cuerpo. Su abogado sostendrá que unas gotas pequeñas no bastan para diferenciar una salpicadura de una transferencia accidental.

—Pero tú no lo crees.

—No importa lo que yo crea. Importa lo que pueda demostrar.

En el patio, una canaleta dejó caer de golpe el agua acumulada. Tinta se sobresaltó y fingió de inmediato que había sido idea suya.

Vera volvió a observar las seis tazas.

—La grabación.

—La hemos limpiado todo lo posible. Sigue siendo mala.

—Pero conserva el orden de los sonidos.

Elena no respondió.

—Bruno necesita que alguien llegara antes que él —continuó Vera—. No que alguien quisiera matar a Leandro. No que tuviera un secreto o una razón. Necesita que una persona recorriera el pasillo, entrara en el almacén, lo golpeara y saliera sin que nadie la oyera.

—Eso es lo que dice.

—Entonces no tenemos que descubrir de nuevo quién odiaba a Leandro. Tenemos que averiguar quién podía estar junto a él en el momento del golpe.

Tinta saltó a la mesa del club y metió la cabeza en la taza de Bruno.

Vera se la quitó.

—Y para eso necesitamos volver a sentarnos.

A las nueve, La Buena Letra abrió sus puertas para una reunión que no figuraba en ningún calendario del club.

Mauro llegó primero con una cesta de panecillos calientes y una cafetera. Dijo que nadie resolvía bien un asesinato con el estómago vacío. Elena le recordó que aquello era una reconstrucción policial. Mauro respondió que la policía también desayunaba.

Adela entró poco después, apoyada en su bastón y con el manuscrito original de Celia protegido contra el pecho. No parecía haber dormido, pero llevaba el cabello recogido con la misma severidad de siempre.

Simón apareció sin cámara, sin mochila y sin nada que pudiera guardar en secreto. Se sentó con las dos manos a la vista.

Marina fue la última. Vestía el mismo abrigo claro de la noche de la muerte de Leandro. Había aceptado llevar también los zapatos que usó entonces: tacones bajos, duros, fáciles de reconocer sobre la madera.

Dos agentes condujeron a Bruno.

Ya no llevaba el abrigo rasgado. Le habían permitido ponerse una chaqueta oscura y una camisa limpia, pero el cuello torcido y la barba sin afeitar le quitaban aquella pulcritud de documento oficial que siempre parecía acompañarlo.

Su abogado caminaba a su lado.

Bruno miró la mesa, las seis sillas y los faros de bronce. Solo uno era auténtico. El otro había sido reemplazado por Vera con una figura de madera del mismo tamaño.

—Esto es innecesario —dijo el abogado.

—Su cliente afirma que otra persona llegó antes que él —respondió Elena—. Vamos a comprobar si eso pudo suceder.

Bruno se sentó.

Tinta, desde el mostrador, lo observó con las orejas inclinadas hacia atrás.

Vera tomó el lugar que había ocupado la noche del crimen. Mauro se sentó cerca de la ventana. Adela junto al aparador. Simón en el extremo de la mesa. Marina frente al pasillo.

Elena colocó el pequeño grabador de Leandro en el centro.

—La tormenta cortó la electricidad de media calle —dijo Bruno—. No pueden reproducir las condiciones.

—La tormenta no cortó la electricidad de la librería —replicó Vera—. Tú lo hiciste desde el cuadro del pasillo. La Miga continuó iluminada. Las casas de enfrente también.

Elena apagó las lámparas.

La oscuridad cayó sobre ellos.

A plena mañana no era absoluta. Una claridad gris entraba por los ventanales, pero dos agentes bajaron las persianas hasta dejar solo una línea de luz junto al suelo.

—La noche del crimen —dijo Elena—, el apagón empezó a las veinte horas, cuarenta y un minutos y doce segundos.

En la grabación sonó un clic.

Después, la voz de Vera:

—No se muevan. Hay velas detrás del mostrador.

Un trueno ahogó las siguientes palabras.

Se oyó una silla.

Elena detuvo el audio.

—Leandro.

Mauro ocupó el lugar del escritor y repitió el movimiento. Se levantó, rozó la mesa y caminó hacia el pasillo.

La madera crujió cinco veces bajo sus pasos. Luego el sonido cambió al alcanzar las baldosas del corredor.

Elena reanudó la grabación.

Una segunda silla se movió.

Hubo un golpe ligero, metálico.

Dos notas breves.

Vera había escuchado aquel sonido muchas veces sin saber qué era. Ahora lo reconoció: las llaves de Bruno chocando contra el respaldo de la silla.

El notario permaneció inmóvil.

—Tú te levantaste once segundos después que Leandro —dijo Vera.

—Ya he admitido que lo seguí.

—Dijiste que esperaste hasta oír el golpe.

—Esperé en el pasillo.

—No.

Elena reprodujo el fragmento más despacio.

Tras el sonido de las llaves se escuchaban los pasos de Bruno. No eran rápidos. Tampoco vacilantes. Atravesaban la madera, alcanzaban las baldosas y continuaban alejándose.

Uno.

Dos.

Tres.

Hasta desaparecer al fondo.

Elena detuvo la grabación.

—Catorce pasos audibles —dijo—. Los hemos comparado con la reconstrucción de anoche y con la que hicimos esta mañana antes de que llegaran. Catorce pasos llevan desde tu silla hasta la puerta del almacén.

El abogado se inclinó hacia Bruno, pero él no apartó los ojos de Vera.

—Eso no demuestra que entrara.

—Demuestra que no esperaste junto a la mesa —dijo ella—. Y tampoco en el comienzo del pasillo.

La grabación siguió.

Sonó una tercera silla.