El club de lectura de los sospechosos Capítulo 8Una prueba para cada sospechoso #2
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Capítulo 8Una prueba para cada sospechoso #2

La imagen no tenía sonido, pero Vera vio la discusión. Marina abrió el bolso, entregó el paquete y se cubrió el rostro con las manos.

Diez minutos después, Elena recibió el informe.

—Eran las cartas originales que escribió a Leandro —dijo.

—¿Estaban en el archivo del festival?

—Él las depositó junto con otros documentos para una exposición autobiográfica. Marina sabía que podían encontrarlas durante la búsqueda.

—Fue a ocultar algo, pero no la autorización.

—Como todos.

—Entonces la trampa no distingue asesinos. Solo personas con secretos.

Elena miró las pantallas.

—Nunca dije que fuera una buena trampa.

—Yo sí.

—Ese era el primer indicio del problema.

La medianoche llegó sin noticias de Bruno.

Las cámaras de la notaría mostraban el despacho vacío. Su automóvil permanecía en el garaje del edificio donde vivía. Un agente vigilaba la entrada principal.

A las doce y veinte, Elena pidió otro café.

A las doce y cuarenta, Mauro encontró la cesta vacía.

—¿Dónde está Tinta?

Vera miró debajo de la mesa.

—Estaba durmiendo.

Revisaron la cocina, la despensa y el baño. La ventana del patio estaba entreabierta.

—Ha salido —dijo Mauro.

—No puede cruzar la calle con todo esto.

—Es un gato. No reconoce investigaciones oficiales.

Vera fue hacia la puerta.

Elena la sujetó por el brazo.

—Tú no sales.

—Tinta está fuera.

—Hay agentes en la calle.

—Ninguno sabe cómo llamarlo.

—Se llama Tinta.

—No responde a su nombre cuando no respeta a la persona.

Mauro abrió una lata y golpeó el borde con una cuchara. El sonido normalmente hacía aparecer al gato desde cualquier lugar situado a menos de dos edificios.

Nada.

A las doce y cincuenta y siete, la cámara del patio de La Buena Letra registró movimiento.

No era Tinta.

Una figura vestida con un abrigo oscuro se aproximó a la puerta trasera. Llevaba guantes, una linterna pequeña y un manojo de llaves.

—Tenemos a alguien —dijo el agente por radio.

La persona probó la segunda llave.

La cerradura se abrió.

Vera se inclinó hacia la pantalla.

—Bruno conservaba una copia.

—Todavía no sabemos quién es —advirtió Elena.

La figura entró y cerró la puerta.

Pocos segundos después, las cámaras principales perdieron la imagen.

—Ha cortado la electricidad —dijo Vera.

Las pantallas volvieron a encenderse utilizando las baterías de respaldo. La imagen era más oscura, pero seguía transmitiendo.

La figura permanecía junto al cuadro eléctrico.

Después caminó directamente hacia la escalera.

No miró la falsa edición preparada para Simón.

No entró en la cocina donde supuestamente estaba el recetario de Mauro.

Subió al despacho de Amalia.

Elena habló por radio:

—Esperen hasta que toque el libro.

—¿Cuánto necesitamos esperar? —preguntó Vera.

—Lo suficiente para demostrar que conoce la ubicación.

La figura llegó al último estante. No encendió la linterna inmediatamente. Conocía la habitación y avanzaba sin chocar con los muebles.

Apartó el archivador de contratos.

Extrajo el Tratado práctico de documentos privados .

—Es Bruno —dijo Vera.

—Es alguien que recibió la versión de Bruno.

La persona abrió la cubierta trasera y retiró la hoja falsa.

En ese instante, una sombra naranja saltó desde lo alto del estante.

Tinta cayó sobre el hombro del intruso.

La figura soltó un grito, el libro y la linterna.

El manojo de llaves golpeó el suelo.

Dos piezas metálicas chocaron entre sí.

El mismo sonido registrado después del golpe que mató a Leandro.

—Tinta —dijo Vera.

Se levantó.

Elena volvió a sujetarla.

—Los agentes están entrando.

En la pantalla, el intruso intentaba apartar al gato. Tinta clavó las uñas en el abrigo y tiró del cuello de la prenda. La tela interior se rasgó.

Algo cayó al suelo.

Un rectángulo de papel.

La figura lo recogió antes de que la cámara permitiera leerlo.

Después descubrió el dispositivo instalado sobre el archivador.

Levantó el rostro.

Bruno Alcázar miró directamente a la cámara.

No pareció sorprendido.

Solo decepcionado consigo mismo.

Tomó el aparato y lo arrancó de la pared.

La pantalla quedó negra.

—Ahora —ordenó Elena.

Los agentes entraron por la puerta principal y el patio. La inspectora salió de La Miga con otros dos policías.

Vera esperó cuatro segundos.

Después cruzó la calle.

La puerta principal de La Buena Letra estaba abierta.

Vera escuchó pasos en el piso superior, una orden policial y el sonido de algo pesado cayendo.

Subió.

Encontró a Bruno junto al escritorio de Amalia. Dos agentes le sujetaban los brazos. Elena recogía el libro y la hoja falsa con guantes.

Tinta estaba debajo de una silla, con el lomo erizado.

—¿Estás bien?

El gato maulló.

—Hablaba con Tinta —aclaró Vera.

Bruno llevaba el abrigo abierto. La tela interior estaba rasgada desde el hombro hasta el bolsillo.

—Ha entrado sin autorización en una propiedad vigilada —dijo Elena—. Ha utilizado una llave que afirmó no conservar y ha retirado un documento del lugar que solo usted conocía.

—Pensé que intentaban fabricar pruebas contra mí.

—Por eso decidió entrar de madrugada, cortar la electricidad y destruir la cámara.

—No destruí nada.

—La cámara discrepa.

Un agente examinó el suelo con una linterna.

—Aquí hay un papel.

Bruno reaccionó.

Fue mínimo. Un movimiento de la mano antes de recordar que estaba inmovilizado.

Elena lo vio.

—No lo toque nadie.

El papel había quedado debajo del escritorio. Probablemente era el mismo que Tinta arrancó del forro del abrigo.

Un técnico subió, lo fotografió y lo introdujo en una bolsa.

Era un fragmento doblado varias veces, rasgado en ambos extremos.

En la parte superior aparecía el número de página:

287

El manuscrito encontrado en la mochila de Simón terminaba en la página 264.

Vera se acercó lo suficiente para leer algunas líneas:

Bruno Alcázar no me vendió un servicio. Me vendió el derecho a seguir llamándome autor. Cada enero pagaba para que una firma falsa continuara pareciendo más verdadera que trescientas doce páginas escritas por una mujer muerta.

Nadie habló.

Elena miró a Bruno.

—¿Cómo llegó una página desaparecida del manuscrito al forro de su abrigo?

El notario contempló el fragmento como si intentara corregirlo mentalmente.

—No lo sé.

—Estuvo dentro de su ropa desde la noche del asesinato.

—Eso no pueden demostrarlo.

—La página contiene una mancha de lacre verde y estaba atrapada en una costura rota por el gato. No parece algo que haya colocado esta noche.

Bruno miró a Tinta.

El gato le mostró los dientes.

—Queda detenido —dijo Elena.

Uno de los agentes comenzó a informarle de sus derechos.

—Esperen.

La voz de Bruno ya no tenía la calma del notario que había interrogado cada palabra. Sonaba cansada.

—Puedo explicar la página.

—Lo hará en la comisaría.

—También puedo explicar el sobre.

Elena levantó una mano para que el agente se detuviera.

—Hable.

—Seguí a Leandro durante el apagón.

Vera sintió que la habitación se hacía más pequeña.

—¿Por qué? —preguntó Elena.

—Vi el sobre. Sabía que contenía los comprobantes de los pagos y la cesión original. Quería recuperarlo antes de que los mostrara.

—¿Bajó usted el interruptor?

Bruno no respondió.

—¿Mató a Leandro Ferrer?

—No.

La palabra fue inmediata.

Casi convincente.

—Cuando entré en el depósito —continuó—, Leandro ya estaba en el suelo. Tomé el sobre y los últimos capítulos porque me implicaban en la falsificación. Regresé a la sala, devolví el sujetalibros a la estantería y encendí otra vez las luces.

—¿Devolvió el objeto que había matado a un hombre, pero no lo mató? —preguntó Vera.

—Lo encontré junto al cuerpo. Entré en pánico.

—Un pánico extraordinariamente organizado.

—Cometí un fraude hace veintiséis años. Oculté pruebas y seguí recibiendo dinero de Leandro. Pero no lo golpeé.

Elena se acercó.

—Entonces, según usted, otra persona entró antes, mató a Ferrer y salió sin que Marina, usted o la grabación la identificaran.

—Sí.

—¿Quién?

Bruno miró hacia la puerta del despacho.

Abajo, la sexta silla permanecía vacía.

—La persona que escribió la nota —respondió—. Quien sabía que Leandro encontraría la página detrás del atlas.

Vera pensó en Adela, en el mensaje que no había escrito y en todos los que conocían el antiguo escondite.

Habían atrapado al hombre que cortó la luz.

Al hombre que retiró el sobre.

Al hombre que llevaba una página desaparecida dentro del abrigo.

Pero Bruno Alcázar acababa de admitir todos los delitos necesarios para explicar las pruebas, excepto uno.

El asesinato.