Capítulo 8Una prueba para cada sospechoso
Una prueba para cada sospechoso
El problema de preparar una trampa con cinco mentiras era que dos de los sospechosos ya sabían que se trataba de una trampa.
—Tu plan es inútil —dijo Elena.
Estaban en el despacho de Amalia, frente al tablero del club de lectura. Vera había escrito los cinco nombres en fichas separadas.
—Hace una hora dijiste que era arriesgado.
—He tenido tiempo para empeorar mi opinión.
—Mauro y Adela solo conocen la idea general.
—También conocen tres de los ejemplos que propusiste.
—Entonces utilizamos otros.
Elena se apoyó contra el escritorio.
—No podemos detener a alguien por buscar un documento después de decirle dónde encontrarlo.
—Podemos saber qué información utilizó.
—Eso demuestra que recibió una versión concreta. No que matara a Ferrer.
—El asesino retiró la cesión, los últimos capítulos y la página original dejada por Adela. Cree que Amalia conservó una copia de la autorización firmada en blanco. Si piensa que la encontramos, intentará recuperarla.
—O consultará a un abogado.
—Bruno es el abogado.
—Notario.
—Eso explica por qué corrige hasta las sospechas.
Elena miró las cinco fichas.
—Mauro y Adela sabrán que sus versiones son controles. Permanecerán vigilados y no conocerán lo que diremos a los demás.
—Marina, Simón y Bruno recibirán una ubicación diferente.
—Nadie entrará en la librería sin autorización. Instalaremos cámaras, utilizaremos documentos falsos y habrá agentes en cada lugar.
—¿Puedo observar?
—Desde La Miga.
—¿Y si alguien viene?
—No te moverás.
—Eso reduce bastante el atractivo.
—No estamos organizando una función.
Vera contempló el tablero del club.
—En una función, al menos sabríamos quién interpreta al asesino.
Elena tomó la ficha de Mauro.
—Empecemos.
A Mauro le contaron que la copia de la autorización podía estar dentro de un antiguo recetario titulado Comidas para días de tormenta , guardado en la despensa de La Miga.
Él miró a Vera.
—Ese libro existe.
—Por eso lo elegimos.
—Era de mi madre.
—Y nadie debe tocarlo.
—¿Ni siquiera yo?
—Especialmente tú —dijo Elena—. Tu función consiste en mantener abierta la cafetería, comportarte con normalidad y no contarle nada a nadie.
—Llevo dos días siendo observado por periodistas. Ya no recuerdo cómo me comportaba antes.
—Servías café y discutías con los clientes.
—Eso puedo hacerlo.
Adela recibió una historia diferente. Según Elena, la copia había sido localizada dentro de una antología escolar conservada en la biblioteca del antiguo instituto.
—No iré —dijo la profesora.
—Eso esperamos.
—¿Y si la persona que vigila mi casa se aburre?
—Puede leer.
Adela señaló tres cajas junto a la puerta.
—Tengo exámenes de 1998 que todavía necesitan una segunda corrección.
El agente asignado a la vigilancia pidió otra tarea.
Marina fue citada en el teatro municipal. Elena le enseñó una fotografía de una caja rotulada como FESTIVAL DEL PUERTO — 2000 — CORRESPONDENCIA Y JURADO .
—Creemos que Amalia entregó a Cultura una copia de la autorización junto con los documentos de la primera edición del premio —explicó.
Marina miró la fotografía.
—Ese archivo está cerrado desde el asesinato.
—Permanecerá así hasta mañana. Después retiraremos la caja.
—¿Por qué me lo cuenta?
—Porque necesitamos que identifique los documentos del festival sin alertar a nadie.
—¿Sospecha de alguien dentro del ayuntamiento?
—Sospecho de cualquiera que intente acceder antes de que lleguemos.
Marina comprendió la advertencia.
—No saldré de casa.
Simón recibió la información en presencia de su abogado. Había sido puesto en libertad mientras continuaba la investigación por ocultación de pruebas, con la obligación de permanecer localizable.
Elena colocó sobre la mesa una fotografía de la primera edición de El último faro que Adela había llevado al club.
—La copia de la autorización está pegada bajo la cubierta trasera.
Simón se inclinó.
—La policía ya tiene ese libro.
—La cubierta está dañada. Los técnicos la devolverán temporalmente a La Buena Letra para que un restaurador la retire mañana sin destruir el documento.
—Eso no tiene sentido. Si es una prueba, deberían abrirla en el laboratorio.
—Por eso no puedes publicar nada.
—No he publicado nada.
Su abogado lo miró.
—Todavía —añadió Simón.
—El libro quedará dentro de la vitrina del escaparate —continuó Elena—. Nadie debe saberlo.
Simón amplió la fotografía con dos dedos.
—¿Puedo ver la autorización cuando la extraigan?
—No.
—Celia merece que se publique.
—Primero merece que no la roben otra vez.
La última conversación fue con Bruno.
El notario recibió a Elena y Vera en su despacho. Sobre la mesa había preparado las facturas solicitadas, una relación de servicios prestados a Leandro y copias de varias transferencias bancarias.
—Todo está documentado —dijo—. Asesoramiento contractual, planificación patrimonial y representación en compraventas.
—Algunos pagos son anuales y por cantidades idénticas —observó Elena.
—Una tarifa de mantenimiento.
—Leandro los llamaba el alquiler de su propio nombre.
—Leandro escribía novelas.
—También guardaba comprobantes.
Bruno miró a Vera.
—¿Encontraron la autorización original?
—Una copia —respondió ella.
Elena no había querido que hablara. Vera decidió que una palabra no contaba como desobediencia completa.
—¿Dónde? —preguntó Bruno.
—Dentro de un libro.
—Amalia tenía varios.
—Un manual notarial —dijo Elena—. Tratado práctico de documentos privados , edición de 1998.
Bruno conocía el título. La reacción apareció antes de que pudiera contenerla: sus ojos se movieron hacia el estante donde guardaba obras jurídicas semejantes.
—Recuerdo ese libro.
—¿Por qué?
—Se lo presté a Amalia cuando comenzó a revisar contratos editoriales.
—La copia está pegada en el interior de la última página —continuó Elena—. Mañana la retiraremos para compararla con la cesión.
—Si realmente existe, debería ser entregada ahora.
—La librería sigue parcialmente precintada. Los técnicos llegarán por la mañana.
—Puedo acompañarlos.
—No será necesario.
Bruno recogió las facturas y alineó cuidadosamente sus bordes.
—Una fotocopia de una autorización no invalida por sí misma otro documento firmado.
—Pero demostraría que Celia firmó una hoja con una finalidad distinta —dijo Vera—. Y permitiría comprobar si alguien imprimió la cesión sobre aquella misma firma.
—Eso requiere un peritaje.
—Lo tendrá.
Bruno la observó durante unos segundos.
—Estás disfrutando demasiado.
—Llevo cuatro días sin poder vender un libro. Necesito alguna satisfacción.
—¿Dónde está el manual?
Elena respondió antes que Vera.
—En el último estante del despacho de Amalia, detrás del archivador de contratos.
Bruno asintió.
—Conozco el lugar.
—Lo sabemos.
A las nueve de la noche, La Buena Letra parecía vacía.
Las persianas estaban bajadas y las luces apagadas. Una cámara apuntaba hacia la estantería donde se encontraba la falsa primera edición de El último faro . Otra vigilaba la escalera y una tercera había sido instalada en el despacho de Amalia, frente al supuesto manual notarial.
Dentro de cada libro habían colocado una hoja marcada con un compuesto visible bajo luz ultravioleta. Las hojas reproducían una autorización incompleta, suficiente para atraer a alguien que creyera que podía ser auténtica.
En el teatro municipal, dos agentes vigilaban la caja del festival.
Un tercero permanecía cerca del antiguo instituto.
Mauro, Adela y Simón eran observados desde vehículos sin distintivos.
Elena instaló el puesto de vigilancia en la trastienda de La Miga. Tres pantallas mostraban las cámaras.
Vera estaba sentada a su lado.
Tinta dormía dentro de una cesta sobre el mostrador.
—Cuando algo ocurra, permanecerás aquí —repitió Elena.
—Es la cuarta vez que lo dices.
—Y no has prometido obedecer ninguna.
—Prometo evaluar las circunstancias.
—Eso significa que no.
Mauro dejó tres tazas de café.
—Si van a pasar la noche mirando pantallas, al menos finjan que son clientes.
—Cierra a la hora habitual —dijo Elena.
—Mi hora habitual cambia según quién siga bebiendo.
A las diez y doce, la cámara frente al instituto mostró a Adela abriendo una ventana.
El agente informó que solo pretendía entregar una manta al policía que vigilaba su casa.
A las diez y treinta y seis, Mauro entró en la despensa.
Elena activó la radio.
—¿Qué está haciendo?
Mauro apareció en la puerta con una lata de comida para Tinta.
—El gato tiene hambre.
—La comida estaba en el estante superior, lejos del recetario.
—Me siento honrado por tu conocimiento de mi despensa.
—No toques el libro.
—Ni siquiera lo he mirado.
Tinta salió de la cesta al escuchar la lata.
A las once menos cuarto, una silueta apareció frente al escaparate de La Buena Letra.
Simón llevaba gorra y mantenía el teléfono levantado.
—No puede ser tan estúpido —dijo Vera.
—Puede —respondió Elena—. Tenemos bastante documentación.
Simón fotografió la vitrina desde la acera. Utilizó el zoom para intentar ver la cubierta del libro falso. Después llamó a alguien.
El agente que lo seguía escuchó parte de la conversación.
—Está hablando con un colaborador del canal —informó por radio—. Le pide que compruebe si las cámaras de la librería transmiten por internet.
—Adviértale que regrese a casa —ordenó Elena.
Un policía se acercó. Simón protestó, señaló el escaparate y terminó alejándose bajo vigilancia.
—No intentó entrar —dijo Vera.
—Solo intentó conseguir que otra persona lo hiciera.
—El periodismo ha cambiado.
A las once y veinte, sonó la alarma silenciosa del teatro municipal.
En una de las pantallas apareció Marina.
Había entrado utilizando su tarjeta del ayuntamiento. Caminó directamente hacia la caja del festival y cerró la puerta del archivo detrás de ella.
—Es su ubicación —dijo Vera.
Elena ya hablaba por radio.
—No intervengan hasta que abra la caja.
Marina retiró la tapa y apartó carpetas. Encontró el sobre falso marcado por la policía, pero no lo tomó. Continuó buscando hasta localizar un paquete más pequeño atado con una cinta blanca.
Lo guardó dentro del bolso.
Los agentes entraron.