Capítulo 7Los márgenes de Amalia #2
Adela recorrió la última frase con la mirada.
—Amalia no escribía “guardada aparte” sin dejar alguna indicación.
Vera examinó el margen. Debajo de la nota había tres pequeñas líneas verticales y una curva, como un dibujo incompleto.
—¿Esto es una marca?
—Pensé que era una mancha —dijo Adela.
Vera giró ligeramente la página.
No era una mancha.
Parecía un libro abierto visto desde arriba. En la página derecha, Amalia había trazado una pequeña cruz junto al borde inferior.
—Un libro —dijo.
—Hay cuatro mil en La Buena Letra —respondió Elena.
—Eso explica por qué lo consideró un buen escondite.
Adela miró el dibujo.
—La cruz está al final.
—¿Última página?
—O epílogo.
Vera recordó las reglas de Amalia, sus preguntas para el club y la frase escrita en el cuaderno de cuentas:
Una librería puede sobrevivir sin dinero durante un tiempo. Sin conversación, no.
—Tal vez guardó la copia dentro de un libro que nadie terminaba.
Adela sonrió.
—Eso reduce muy poco las opciones.
Mauro llegó media hora después.
Elena había preferido que viera el manuscrito en casa de Adela antes de trasladarlo formalmente. Como hermano de Celia, tendría que identificar objetos, escritura y fotografías.
Entró sin saludar.
Cuando vio la carpeta azul sobre la mesa, se detuvo.
Durante unos segundos volvió a parecer mucho más joven. No porque cambiara su rostro, sino porque desapareció todo lo que había aprendido a ocultar desde la muerte de su hermana.
—Es esa —dijo.
Nadie necesitó preguntarle cómo lo sabía.
Se acercó, pero no tocó las páginas.
—Celia cosió las cintas. Se quejaba de que las carpetas compradas se abrían dentro del bolso.
Adela le mostró una de las anotaciones violetas.
Mauro leyó en silencio.
—Su letra era más bonita cuando estaba enfadada.
—Estaba bastante enfadada durante este capítulo —dijo Adela.
Él sonrió apenas. Después la miró.
—La encontraste hace tres semanas.
—Sí.
—Y no me lo dijiste.
—Quería protegerla.
—Era mi hermana.
—También mi alumna.
—No tenías derecho.
—No.
Otra respuesta sin defensa.
Mauro apoyó las manos sobre la mesa.
—Todos llevan veintiséis años protegiendo a Celia sin dejar que su familia sepa dónde está.
Adela bajó la cabeza.
—Tienes razón.
—Amalia esperó. Tú escondiste. Bruno certificó una mentira. Marina mantuvo el premio. Leandro vendió el libro. Todos decidieron qué era mejor para ella cuando ya no podía decir nada.
—Lo siento.
—No necesito que lo sientas.
—¿Qué necesitas?
Mauro miró la página de título.
—Que su nombre vuelva a estar donde debía.
Vera sintió que aquella era la primera petición sencilla desde el asesinato.
No significaba que fuera fácil.
Mauro reconoció la escritura de Celia, el modo en que numeraba las páginas y una pequeña marca de quemadura cerca del capítulo cuatro. Explicó que ella había apoyado un cigarrillo sobre el papel mientras discutía con él y luego lo culpó durante años.
—No fumabas —dijo Adela.
—Por eso le pareció más razonable culparme.
Entre los sobres de la caja encontraron cartas de editoriales, una fotografía de Celia trabajando en La Buena Letra y una postal nunca enviada.
No encontraron la copia de la autorización original.
—Si aparece, demostraría que la hoja firmada por Celia no contenía la cesión —dijo Elena—. Compararíamos distribución, márgenes, tinta y mecanografía.
—Y destruiría la versión de Bruno —añadió Vera.
—También ofrecería un motivo para que alguien registrara la librería.
—O matara a Leandro para recuperar el sobre antes de que pudiera mostrar ambos documentos.
Mauro miró a Vera.
—¿Crees que Bruno lo mató?
—Creo que sabía dónde estaba el cuadro, conocía la página detrás del atlas, recibía pagos de Leandro y mintió sobre el sobre.
—Eso parece un sí bastante largo.
—Elena no me deja enamorarme de las explicaciones.
—Solo intento mejorar su criterio sentimental —dijo la inspectora.
Adela cerró la caja vacía.
—Si Bruno cree que Amalia conservó una copia, regresará a buscarla.
—La librería está vigilada —respondió Elena.
—No para siempre.
Vera volvió a observar el pequeño dibujo del libro abierto.
—No necesitamos esperar a que la encuentre.
Elena reconoció el tono.
—¿Qué estás pensando?
—Que no sabemos en qué libro está la copia.
—Correcto.
—Pero el asesino tampoco.
—Continúa.
—Podemos decir que la encontramos.
Mauro frunció el ceño.
—¿Mentir?
—Todavía no he perdido todas mis habilidades editoriales.
Elena cruzó los brazos.
—Si todos reciben la misma información, no sabremos quién reacciona.
Vera miró los estantes de Adela.
—Entonces no les contamos la misma historia.
Señaló cinco zonas diferentes de una librería imaginaria.
—A Mauro le decimos que Amalia escondió la copia dentro de un recetario.
—No necesito que me uses como sospechoso —protestó él.
—Hasta que sepamos quién mató a Leandro, sigues siéndolo.
—Gracias.
—A Marina le contamos que está en el archivo del primer festival. A Simón, dentro de una edición anotada de El último faro . A Adela…
—Ya estoy escuchando —dijo la profesora.
—A Adela le damos otro lugar. Y a Bruno le contamos algo diferente.
Elena comenzó a comprender.
—Vigilamos todos los sitios.
—Quien intente entrar en uno de ellos demostrará qué versión recibió.
—Puede demostrar curiosidad, no asesinato.
—Pero si lleva la página perdida del manuscrito, el sobre verde o una llave que no debería tener, tendremos algo más.
Elena guardó las fotografías de los márgenes.
—Es arriesgado.
—También esperar a que destruya la prueba verdadera.
La inspectora miró a Mauro y Adela.
—Nadie comentará esta conversación. Nadie improvisará, seguirá a un sospechoso ni intentará enfrentarlo.
—Eso último era para Vera —dijo Mauro.
—Era para todos. Pero especialmente para Vera.
Vera volvió a mirar el nombre de Celia en la primera página.
Durante veintiséis años, una firma falsa había convertido un robo en carrera literaria. Un sello había dado apariencia de verdad a una mentira. Y varias personas habían decidido que callar era una forma de proteger a los muertos.
Ahora utilizarían cinco mentiras para encontrar a quien había matado por conservar la primera.
Elena cerró la carpeta azul.
—Prepararemos una prueba para cada sospechoso.
—¿Y si ninguno aparece? —preguntó Mauro.
Vera pensó en la persona que había retirado los últimos capítulos, guardado el sobre bajo el abrigo y devuelto el faro a su lugar antes de encender nuevamente las luces.
Había corregido demasiados detalles en menos de tres minutos.
Las personas así no soportaban dejar una prueba fuera de su control.
—Vendrá —dijo—. Solo necesitamos contarle en qué libro está su final.