Capítulo 7Los márgenes de Amalia
Los márgenes de Amalia
Adela vivía en una casa estrecha de la calle del Faro, detrás de una puerta azul que necesitaba dos empujones para abrirse y uno más para volver a cerrar.
Cuando Vera y Elena llegaron, la profesora ya había preparado té.
—Han tardado —dijo.
—En las investigaciones suele ocurrir cuando todos mienten —respondió Elena.
Adela las condujo hasta una sala rodeada de libros. Había estantes en todas las paredes, incluso sobre las ventanas, y pequeñas etiquetas escritas a mano en cada balda.
—¿También ordenas tu casa como una biblioteca? —preguntó Vera.
—Las bibliotecas son casas que han aprendido a no desperdiciar paredes.
Sobre la mesa aguardaban tres tazas, un plato de galletas y una caja metálica cerrada.
Elena no se sentó.
—¿Qué contiene?
Adela sirvió el té.
—La razón por la que Leandro Ferrer murió.
La inspectora colocó el teléfono sobre la mesa y activó la grabación.
—Antes de abrirla, quiero que responda algunas preguntas.
—Si ya conoce las respuestas, no serán preguntas.
—¿Retiró el manuscrito de Celia Salcedo de La Buena Letra?
Adela sostuvo la tetera sobre la última taza.
—Sí.
No hubo excusa ni intento de corregir la palabra.
Elena se sentó.
—¿Cuándo?
—Hace tres semanas.
—¿Antes o después del funeral de Amalia?
—Después.
—¿Tenía autorización de Vera?
—No.
Vera miró la caja.
—Me ayudaste a ordenar los papeles porque dijiste que conocías el sistema de mi tía.
—Lo conocía.
—Y aprovechaste para llevarte algo que pertenecía a la librería.
Adela dejó la tetera.
—El manuscrito pertenecía a Celia.
—Estaba bajo mi responsabilidad.
—También estabas preparando una tasación.
—Eso no te autorizaba a robarlo.
—No.
La respuesta desarmó parte de la rabia de Vera, pero no la hizo desaparecer.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Adela miró hacia la ventana.
—No sabía si habías vuelto para cuidar La Buena Letra o para cerrarla.
—Yo tampoco lo sabía.
—Precisamente.
Elena intervino:
—¿Dónde encontró el manuscrito?
—Detrás del atlas náutico, dentro de una caja de cartón cubierta con tela. Amalia había escrito el nombre de Celia en la parte inferior, donde nadie pudiera verlo sin levantarla.
—¿Por qué lo buscó?
—Porque recordaba que existía.
—En su primera declaración afirmó no haber leído la versión completa.
—Mentí.
—Empiezo a agradecer las respuestas sencillas.
Adela apoyó una mano sobre la caja metálica.
—Leí la novela cuando Celia la terminó. Hice observaciones en los márgenes. Después se la devolví.
—¿Guardó una copia?
—No. Creí que Amalia la había enviado a una editorial. Cuando Celia murió y Leandro publicó El último faro , buscamos durante meses. El original ya no estaba detrás del atlas.
—Pero apareció otra vez.
—Amalia debió recuperarlo después. Nunca me lo contó.
—¿Por qué lo ocultaría durante veintiséis años? —preguntó Vera.
—No lo ocultó de mí. Murió antes de que pudiéramos hablar de todo lo que había guardado.
Adela tomó una pequeña llave que llevaba en una cadena alrededor del cuello.
Elena levantó una mano.
—Espere.
Se colocó guantes y pidió a Adela que abriera la caja sin retirar nada.
Dentro había una carpeta de tela azul, varios sobres, fotografías y un paquete de hojas sujeto con dos cintas.
En la primera página mecanografiada se leía:
LA ÚLTIMA LUZ DEL PUERTO
Celia Salcedo
El nombre no estaba escrito a lápiz ni añadido después. Formaba parte de la página original.
La tinta de la máquina había perdido intensidad, pero seguía siendo legible.
Vera sintió algo parecido a la vergüenza. Habían pasado días hablando del manuscrito como prueba, objeto robado y posible motivo. Frente a ella no había un documento. Había un libro.
Un libro completo que había sobrevivido a la muerte de su autora, a la apropiación de Leandro y al silencio de quienes sabían que existía.
—Trescientas doce páginas —dijo Adela—. Faltan dos, pero hice copias antes de retirarlas.
—¿Por qué faltan? —preguntó Elena.
—Una la dejé detrás del atlas la tarde de la reunión. La otra está en un lugar seguro.
—¿Qué página dejó en la librería?
—La primera del capítulo final.
—¿Para qué?
—Para que Leandro supiera que el manuscrito había aparecido.
—¿Él sabía que asistiría al club?
—Me llamó aquella tarde. Bruno le había contado que yo pregunté por la cesión.
—Bruno afirma que no sabía que tenía el manuscrito.
—No se lo dije. Solo pregunté qué ocurriría si apareciera.
—¿Mencionó el atlas?
—Le dije que devolvería una página al lugar donde Amalia guardaba los originales.
Elena dejó de escribir.
—¿Bruno conocía ese lugar?
—Preguntó si seguía detrás del atlas.
Vera y Elena intercambiaron una mirada.
—¿Y qué respondió? —preguntó la inspectora.
—Le dije que Amalia nunca cambiaba de escondites, solo acumulaba otros nuevos.
—Entonces Bruno sabía que habría al menos una página en el depósito.
—Sí.
—¿Escribió usted la nota que recibió Ferrer?
—No.
—¿Cómo esperaba que encontrara la página?
—Se lo dije por teléfono.
—Acaba de afirmar que Ferrer la llamó.
—Me llamó después de hablar con Bruno. Quería saber qué había encontrado. Le dije que, si tenía valor, fuera al depósito durante la reunión y buscara detrás del atlas.
—¿Le dijo que fuera solo?
—No.
—¿Por qué no contó esto antes?
Adela bebió un sorbo de té.
—Porque había sustraído el manuscrito de la librería, ocultado una prueba y preparado una confrontación con un hombre que apareció muerto.
—Una preocupación razonable —dijo Elena—. También inútil.
Vera miró las hojas.
—Simón vio tinta violeta en los dedos de Leandro.
Adela asintió.
—Escribí una frase en la página que dejé para él.
—¿Con tinta nueva?
—Sí.
—¿Qué frase?
Adela señaló el manuscrito.
En varios márgenes aparecían correcciones antiguas trazadas con tinta violeta. Algunas sustituían palabras; otras discutían el comportamiento de los personajes. La letra pertenecía a Celia.
Las observaciones de Adela estaban escritas con lápiz azul.
—Celia utilizaba violeta porque decía que el rojo convertía una corrección en castigo —explicó—. Yo conservé un frasco parecido. Antes de esconder la página, escribí en el reverso:
DEVUELVE EL NOMbrE.
—Ferrer encontró la página y tocó la tinta todavía húmeda —dijo Elena.
—Eso supongo.
—Después alguien se la llevó junto con el sobre y los capítulos finales.
Adela apoyó ambas manos alrededor de la taza.
—Yo permanecí sentada durante el apagón.
—La grabación recoge su voz después del golpe —reconoció Elena—. Preguntó a Vera si tenía velas.
—No camino lo bastante rápido para llegar al depósito, matar a Leandro y regresar antes de terminar una pregunta.
—Pudo colaborar con otra persona.
—Podría haber hecho muchas cosas más sencillas si quisiera matarlo. Le preparé té durante veinte años.
Vera estuvo a punto de sonreír.
Elena no.
—¿Quién escribió la nota?
—No lo sé.
—Alguien que conocía la existencia del original y su ubicación.
—Bruno lo sabía.
—También Ferrer, Mauro y usted.
—Leandro no necesitaba escribirse una nota.
—Podría utilizarla para atraer a otra persona.
—Murió él.
—Los planes salen mal.
Adela miró a Vera.
—¿Siempre es así?
—Desde que apareció el cadáver, sí.
Elena fotografió cada página antes de retirar el manuscrito de la caja. Adela no permitió que lo manipulara un agente hasta que este cambió los guantes dos veces.
—No sobrevivió veintiséis años para terminar con café policial —dijo.
—No existe el café policial —respondió Elena.
—Lo he probado. Existe.
Vera examinó las primeras páginas desde el otro lado de la mesa.
Reconoció párrafos reproducidos casi literalmente en El último faro , pero el texto de Celia era más íntimo. Leandro había añadido persecuciones, retirado silencios y convertido algunos personajes en versiones más fáciles de vender.
No había mejorado la novela.
La había hecho más parecida a él.
—Aquí están las tres escrituras —dijo Adela.
Señaló las anotaciones violetas de Celia, sus correcciones azules y varias frases en rojo oscuro.
La tercera letra era la de Amalia.
En la página inicial había escrito:
Recibido el 14 de marzo de 2000. Versión completa. Celia pide no mostrar a L. F.
Unas páginas después aparecía otra nota:
18 de abril. Celia firmó una autorización para presentar el relato al Premio de la Bahía. La hoja tenía espacios en blanco. Le dije que no lo hiciera.
Elena fotografió el margen.
—La cesión está fechada el veinte de abril.
—Dos días después —dijo Vera.
En la página siguiente, Amalia había añadido:
22 de abril. Celia fue al despacho Alcázar para recuperar la autorización. B. dijo que Arturo no estaba y que el documento ya había sido enviado.
—B. —repitió Elena.
—Bruno trabajaba allí —dijo Adela.
—También podría ser otra persona.
—En aquel despacho solo había un Bruno.
La nota continuaba:
Celia asegura que nunca cedió la obra ni aceptó retirar su nombre. Hacer copia de la autorización si vuelve a aparecer.
Vera pasó varias hojas.
—Esto confirma lo que Leandro escribió.
—Confirma que Amalia registró una versión parecida —corrigió Elena—. Todavía necesitamos analizar la tinta, el papel y las fechas.
—¿Crees que falsificaron también los márgenes de trescientas páginas?
—Creo que una investigación no puede depender de cuánto me emocione una historia.
Adela contempló a la inspectora con un nuevo respeto.
—Habrías sido una profesora insoportable.
—Eso me han dicho.
En el capítulo final, las anotaciones eran más numerosas. Celia había cambiado el destino de uno de los personajes y escrito junto al último párrafo:
Nadie debería sobrevivir con el nombre de otra persona.
Debajo, Amalia añadió años después:
Encontré copia de la autorización original. Guardada aparte. No confiar en la cesión del despacho Alcázar.
Elena se inclinó sobre la página.
—¿Dónde está esa copia?
Adela negó con la cabeza.
—No estaba en la caja.
—¿La buscó?
—En el despacho, el depósito y los libros contables.
—¿Podría haberla encontrado otra persona?
—Bruno tuvo acceso a la librería después de la muerte de Amalia. Administró la sucesión.
—Mauro también entraba —recordó Vera.
—Y Marina organizó una exposición con documentos del club —añadió Elena—. Simón entrevistó a Amalia y fotografió parte del archivo.