El club de lectura de los sospechosos Capítulo 6El ladrón de manuscritos #3
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Capítulo 6El ladrón de manuscritos #3

La grabación comenzaba diecisiete minutos antes de la llegada de Leandro.

Se escuchaba a Mauro hablando sobre el bizcocho, a Adela criticando la puntualidad y a Bruno preguntando por el cuadro eléctrico.

Elena detuvo el audio.

—Lo preguntó antes del asesinato.

—Dijo que quería revisar la instalación —respondió Vera.

—También confirmó que el cuadro seguía en el mismo lugar.

Reanudaron.

La voz de Leandro llenó la librería una vez más.

La frase sobre el crimen real.

La pregunta de Simón.

El comentario de que algunos crímenes terminaban con un cadáver.

Después, la afirmación:

Una de las personas sentadas en esta mesa ya conoce el final.

El ruido de la lluvia creció.

Leandro preguntó por el baño.

Se escuchó su silla.

A las ocho y cuarenta y un minutos con dieciséis segundos, desapareció el zumbido de las lámparas.

—Nadie se mueva —dijo Bruno en la grabación.

Una silla rozó el suelo.

Después otra.

Marina exclamó cuando cayó la taza.

Se escucharon pasos alejándose.

A las ocho y cuarenta y un minutos con cincuenta y ocho segundos, un trueno cubrió casi por completo un impacto metálico.

Elena retrocedió y aumentó el volumen.

Primero llegó el golpe seco.

Después el trueno.

Leandro había sido atacado antes de que el ruido de la tormenta pudiera ocultarlo por completo.

A las ocho y cuarenta y dos minutos con once segundos, unos pasos regresaron hacia la sala.

Algo metálico chocó dos veces.

Llaves, monedas o el borde de un objeto de bronce contra una hebilla.

A las ocho y cuarenta y dos minutos con veintisiete segundos, la voz de Simón se escuchó junto a la mesa.

—Mi teléfono.

—Todavía estabas allí después del golpe —dijo Elena.

—Eso llevo horas intentando explicar.

—Llevas horas intentando explicar solo lo que ya podemos demostrar.

Una cremallera se abrió. Simón encontró el teléfono.

A las ocho y cuarenta y dos minutos con cuarenta segundos, su silla se movió.

La linterna se había encendido.

Comenzaron otros pasos hacia el depósito.

La grabación confirmaba la existencia de dos recorridos separados.

La persona que regresó después del golpe ya estaba en la sala cuando Simón salió en busca del manuscrito.

Un minuto más tarde, sus pasos volvieron. La mochila se abrió y cerró.

Bruno habló desde algún punto próximo al mostrador:

—Voy a revisar los fusibles.

Quince segundos después regresó la electricidad.

Elena detuvo la reproducción.

—La grabación no identifica a quien dio el golpe. Pero confirma que Simón seguía junto a la mesa cuando ocurrió.

—Entonces no mató a Leandro.

—Pudo preparar el apagón o colaborar con otra persona.

—No te enamoras de ninguna explicación.

—Es una de mis pocas virtudes.

Elena guardó una copia del audio.

—También confirma que alguien regresó del depósito con un objeto antes de que Simón encontrara el cuerpo.

—El sobre, los últimos capítulos y el faro.

—El faro apareció otra vez en la estantería.

—Quien regresó tenía las manos bastante ocupadas.

La inspectora se levantó.

—Necesitamos hablar con Adela.

—¿Por la tercera copia?

—Por mentir sobre ella.

Elena miró hacia Simón. El abogado le explicaba en voz baja qué ocurriría después. El joven ya no parecía un investigador satisfecho con su exclusiva. Parecía alguien que acababa de comprender que había ocultado las únicas páginas capaces de señalar a un asesino.

—El manuscrito no estaba completo cuando lo encontré —dijo Simón.

Su abogado intentó detenerlo.

—No importa —continuó él—. Hay algo que no les he contado.

Elena no disimuló el cansancio.

—Naturalmente.

—Cuando entré en el depósito, Leandro tenía una mancha violeta en los dedos.

Vera se acercó.

—¿Tinta?

—No. Era tinta de verdad. En el índice y el pulgar de la mano derecha.

—¿Había algún bolígrafo cerca?

—No lo vi.

Vera pensó en los márgenes descritos por Leandro.

Celia corregía con tinta violeta.

La tercera copia conservaba aquellas anotaciones.

—Leandro tocó el manuscrito original antes de morir —dijo.

—El original no estaba detrás del atlas cuando encontramos el cuerpo —respondió Elena.

—Pero alguien pudo llevarlo al depósito para atraerlo.

—O retirarlo después.

Vera recordó a Adela llegando al club con el libro envuelto. La forma en que había mirado a Leandro. La seguridad con la que identificó frases que no aparecían en la revista encontrada por Simón.

La profesora no había llevado la tercera copia aquella noche. La policía había revisado su libro.

Pero sabía dónde estaba.

Elena recogió el impermeable.

—Vamos a verla.

—¿Crees que mató a Leandro?

—Creo que tiene la única versión del texto que puede demostrar cuándo fue escrito y por quién.

—Eso no responde.

—Estoy aprendiendo de todos ustedes.

Tinta bajó de la tasación y caminó hacia la puerta.

—Tú no vienes —dijo Vera.

El gato se sentó sobre el felpudo.

En el manuscrito de Leandro faltaba el capítulo titulado La persona sentada a la mesa .

Pero todavía quedaba una persona que había leído la historia antes que todos los demás.

La mujer que corrigió sus primeras páginas.

La que llevó al club un libro lleno de acusaciones.

Y la que acababa de mentir sobre la copia escrita en los márgenes con tinta violeta.