Capítulo 6El ladrón de manuscritos #2
—Una persona regresó del depósito antes de que tú entraras. Marina también la vio. Esa persona llevaba algo pequeño bajo el abrigo. Tú encontraste el cuerpo y robaste el manuscrito. Cuando regresaste, Bruno estaba junto al mostrador y después restableció la luz.
—Sí.
—¿Por qué no viste a Mauro?
—Estaba junto a la mesa.
—¿Adela?
—Sentada.
—¿Marina?
—Regresó antes que yo.
—¿Vera?
—Junto al mostrador, buscando su teléfono.
—¿Y Bruno?
Simón sostuvo la mirada de Elena.
—No estaba donde debía.
La inspectora no escribió aquella frase.
No lo necesitaba.
El abogado de Simón tardaría cuarenta minutos en llegar desde la ciudad vecina. Elena prohibió continuar el interrogatorio formal, pero permitió que los técnicos fotografiaran y numeraran las páginas del manuscrito.
Vera observaba desde detrás del mostrador.
Tinta intentó subir a la mesa. Esta vez dos agentes lo apartaron.
—Has perdido acceso a tu propia prueba —le explicó Vera.
El gato se instaló sobre la sexta silla.
El manuscrito tenía doscientas sesenta y cuatro páginas. En el índice figuraban nueve capítulos y un epílogo, pero la carpeta solo contenía los siete primeros.
Faltaban las páginas de la doscientos sesenta y cinco a la trescientos doce.
Los cortes eran limpios. Alguien había retirado los dos últimos capítulos de la pinza metálica antes de que Simón encontrara el resto.
—El final no estaba en la mochila —dijo Vera.
El técnico negó con la cabeza.
—Tampoco dentro de la carpeta.
—¿Simón pudo quitarlo?
—Pudo hacer muchas cosas.
El joven escuchó desde la silla donde aguardaba a su abogado.
—No retiré ninguna página.
—Ya has demostrado que tu concepto de colaboración es creativo —respondió Elena.
—El manuscrito estaba así cuando lo encontré.
—¿Comprobaste la numeración?
—Lo vi después, cuando lo leí.
—¿Cuándo tuviste tiempo de leer doscientas sesenta páginas?
—No dormí.
—Ninguno de nosotros lo hizo. Tú aprovechaste mejor la noche.
Los técnicos autorizaron a Elena a examinar las copias digitales. No podían sacar el original de la sala hasta terminar de procesarlo, pero ya habían fotografiado cada página.
La inspectora se sentó frente al portátil.
Vera permaneció de pie a su lado.
—No eres parte de la investigación —dijo Elena.
—Conozco los nombres reales detrás de los personajes.
—Y por eso no comentarás nada hasta que terminemos.
—Puedo leer en silencio.
—Lo dudo.
El primer capítulo del manuscrito narraba la historia de una joven llamada Cecilia que escribía durante las noches en la trastienda de una librería frente al mar.
Leandro ni siquiera se había esforzado por ocultar el nombre.
El narrador era un escritor anciano que regresaba a su ciudad para confesar cómo había construido una carrera utilizando la novela de una mujer muerta. No se describía como ladrón. Prefería palabras como heredero, continuador y superviviente.
En una de las páginas había escrito:
No robé una novela. Acepté que la muerte me la entregara. Durante años confundí aquella cobardía con el destino porque el destino, a diferencia de la culpa, no exige que uno devuelva nada.
—Incluso confesando intenta parecer profundo —dijo Vera.
—Estás leyendo en silencio de una manera muy particular.
El capítulo siguiente describía la muerte de Celia. Según Leandro, había sido un accidente. Ella había salido a caminar bajo la lluvia después de discutir con él y cayó desde la escollera.
—¿Sobre qué discutieron? —preguntó Elena.
Vera buscó unas páginas más adelante.
—Celia había descubierto que Leandro envió uno de sus relatos a un concurso bajo su propio nombre. Quería dejar de enseñarle lo que escribía.
—Eso le da un motivo anterior a la muerte.
—Pero Leandro asegura que no estaba con ella cuando cayó.
—Su palabra no prueba nada.
—Tampoco estaba intentando protegerse cuando escribió esto. Esperaba publicarlo.
—Las confesiones también pueden corregirse.
La frase le gustó a Vera, aunque decidió no decirlo.
El tercer capítulo trataba sobre el manuscrito de La última luz del puerto . Celia había preparado tres copias.
Una quedó en La Buena Letra.
Otra fue enviada a una editorial y devuelta pocos días antes de su muerte.
La tercera fue entregada a una profesora.
Leandro no utilizaba el nombre de Adela, pero la descripción resultaba inequívoca:
La profesora corregía con lápiz azul, mientras Cecilia utilizaba tinta violeta. Entre ambas dejaron en los márgenes una conversación que valía más que cualquier contrato firmado después.
Vera volvió a leer.
—Adela afirmó que nunca vio el manuscrito completo.
—Dijo que recordaba fragmentos porque Celia había sido su alumna.
—Leandro asegura que tenía una copia.
—Leandro también asegura que la muerte le entregó una novela. No confundas literatura con declaración jurada.
—Pero explica las ochenta páginas que marcó en la primera edición.
Elena tomó nota del fragmento.
Los capítulos siguientes implicaban a Marina. Leandro reproducía partes de sus cartas, describía la intervención en el premio de Puerto Lumbre y reconocía que ella había sospechado la apropiación desde el principio.
La confesión no la trataba con afecto.
Tampoco con justicia.
Leandro parecía incapaz de asumir una culpa sin distribuir una parte entre todos los presentes.
Después aparecía el contrato.
El notario era identificado únicamente como B. , “el hombre que comprendió que una firma podía resultar más rentable que la verdad”.
Según el manuscrito, la cesión no había sido firmada por Celia.
Leandro afirmaba que B. utilizó una hoja firmada en blanco que Celia había dejado meses antes para autorizar el envío de una obra a un concurso. El texto de la cesión fue impreso después.
—¿Eso es posible? —preguntó Vera.
—Posible no significa demostrado.
—Amalia escribió que no entregaran el original a Leandro sin Celia presente.
—Eso demuestra que desconfiaba de él.
—Y el documento apareció después de la muerte.
Elena continuó leyendo.
El narrador describía pagos periódicos al notario desde la publicación de El último faro . Los llamaba “el alquiler de mi propio nombre”.
No había cifras ni documentos reproducidos en aquellas páginas. Leandro aseguraba que incluiría las pruebas como anexo.
El anexo no estaba.
Probablemente había estado dentro del sobre verde.
—Bruno dijo que cobraba por servicios profesionales —recordó Vera.
—Y algunas facturas existen.
—¿Durante veintiséis años?
—Las personas ricas pagan por cosas más extrañas.
—Leandro llamaba a esos pagos silencio.
—Leandro estaba escribiendo una versión de su vida en la que seguía siendo el protagonista. Necesitamos documentos bancarios, fechas y correspondencia.
—Todo estaba en el sobre que alguien retiró después de matarlo.
Elena cerró temporalmente el archivo.
—Por eso el manuscrito no basta.
—Pero da un motivo.
—Da motivos a Bruno, Marina, Mauro y quizá Adela. También convierte a Simón en la persona que podía destruir varias reputaciones con un solo video.
—Simón quería publicar.
—Y Ferrer quería controlar cómo se publicaría. Podían haber discutido.
Vera miró las páginas que faltaban.
—¿Qué contenían los dos últimos capítulos?
—El final.
—La persona sentada a la mesa que ya lo conocía.
—O una nueva frase publicitaria.
Elena abrió el índice.
Los capítulos desaparecidos se titulaban:
VIII. EL HOMbrE QUE CObrABA POR EL SILENCIO
IX. LA PERSONA SENTADA A LA MESA
Después figuraba el epílogo:
LOS NOMbrES DEVUELTOS
—El asesino no se llevó todo —dijo Vera—. Solo la parte en la que Leandro dejaba de hablar mediante personajes.
—Y el anexo documental.
—Mató para retirar su propio nombre.
—Esa es una explicación.
—Una bastante buena.
—Sigues enamorándote demasiado rápido.
Tinta saltó sobre el mostrador y se acostó encima de la tasación de la librería.
Vera no lo apartó.
El abogado de Simón llegó cuando los técnicos terminaban de copiar el grabador. Después de hablar con su cliente, aceptó entregar la contraseña del archivo almacenado en la nube.