El club de lectura de los sospechosos Capítulo 6El ladrón de manuscritos
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Capítulo 6El ladrón de manuscritos

El ladrón de manuscritos

Simón regresó a La Buena Letra a las seis de la tarde y cometió el error de dejar la mochila en el suelo.

Elena lo había llamado quince minutos antes.

—Vuelve a la librería con el teléfono, el equipo de grabación y la mochila que llevabas durante el asesinato.

—Ya presté declaración.

—Ahora quiero una que incluya la verdad.

—Todo lo que dije era verdad.

—Eso no significa que dijeras todo.

Simón apareció con la expresión ofendida de alguien que consideraba la obediencia una concesión personal. Conservaba la mochila colgada sobre el pecho y no se la quitó hasta que Elena señaló la silla frente al mostrador.

Vera estaba detrás de la caja registradora, ordenando facturas que ya estaban ordenadas. Era la única actividad permitida que no implicaba mirar la puerta del depósito.

Tinta dormía sobre una pila de catálogos.

Al menos fingía dormir.

En cuanto la mochila tocó el suelo, el gato abrió los ojos.

—Otra vez no —dijo Simón.

Tinta bajó de un salto y caminó hacia él.

—Déjalo —ordenó Elena.

—Va a arañarla.

—La mochila sobrevivirá.

—Hay equipo caro dentro.

Tinta olió una de las costuras laterales. Después apoyó una pata sobre la cremallera.

Simón levantó la bolsa.

—He dicho que no.

—Y él no trabaja bien bajo presión —respondió Vera.

El gato saltó, enganchó una uña en una fina tira de cuero que sobresalía junto al compartimento trasero y tiró.

La costura se abrió unos centímetros.

Apareció el borde de varias hojas mecanografiadas.

Simón intentó cerrar la abertura.

Elena le sujetó la muñeca.

—Deja la mochila.

—No puedes registrarla sin una orden.

—Puedo impedir que destruyas lo que acabamos de ver.

—Son papeles míos.

Vera leyó la parte visible de una línea:

…una persona sentada en aquella mesa ya conocía el final.

La misma frase pronunciada por Leandro.

—No son tuyos —dijo.

Simón soltó la mochila.

Tinta se sentó junto a ella como si acabara de entregar una orden judicial.

Elena pidió a uno de los agentes que trajera guantes y bolsas para pruebas. Simón permaneció inmóvil mientras retiraban el contenido sobre la mesa.

Primero aparecieron una cámara, dos baterías externas, un portátil y varios cables.

Debajo había una carpeta de cuero oscuro.

Vera reconoció la marca de una de las esquinas. Era la misma que Leandro había mantenido contra el pecho al entrar en la librería.

El agente abrió la carpeta.

No había ningún sobre verde.

Solo un manuscrito de casi trescientas páginas, sujeto con una pinza metálica.

En la primera hoja se leía:

EL LECTOR QUE CONOCÍA EL FINAL

Leandro Ferrer

Debajo del título había una dedicatoria:

A quien escribió primero.

Elena miró a Simón.

—Empieza a hablar.

Él observó el manuscrito como si todavía evaluara la posibilidad de recuperarlo y escapar.

—Lo encontré en el depósito.

—Eso ya lo sabemos.

—Estaba en el suelo, junto a Leandro.

—Cuando encontramos el cuerpo, la carpeta había desaparecido.

—Porque yo la tomé.

—¿Antes o después de comprobar si Ferrer estaba vivo?

Simón bajó la vista.

—Después.

—Nadie te vio entrar.

—Estaba oscuro.

—Marina te vio.

Él levantó la cabeza.

—No pudo verme.

—Vio a alguien pasar con un teléfono encendido.

—Podía ser cualquiera.

—Tu teléfono apareció encendido durante el apagón. Tus correas tenían polvo del depósito. El gato lleva dos días intentando abrir tu mochila y ahora hemos encontrado dentro el manuscrito desaparecido.

Simón miró a Tinta.

—Eso último no debería contar.

—Cuéntame tú algo mejor —dijo Elena.

El joven se pasó ambas manos por el cabello.

—Necesito un abogado.

—Puedes llamarlo. Mientras llega, quedas detenido por sustraer y ocultar una prueba relacionada con un homicidio.

—No la oculté para destruirla.

—Qué alivio.

—Quería protegerla.

Vera soltó una risa breve.

—La guardaste dentro del forro de una mochila.

—Precisamente. Nadie sabía que estaba allí.

—Eso suele significar ocultar.

—Si la entregaba, desaparecía en un archivo y nadie conocería lo que hizo Leandro.

—Leandro ya había desaparecido en un depósito —dijo Elena—. Lo que necesitábamos era saber quién lo dejó allí.

Simón se dejó caer en la silla.

—Yo no lo maté.

—Entonces explica lo que hiciste.

Él miró el teléfono situado sobre la mesa. Elena había activado la grabación.

—Cuando se apagaron las luces, vi a Leandro levantarse.

—Ya se había levantado antes.

—Empezó a caminar antes. Pero cuando todo quedó oscuro, siguió hacia el pasillo.

—¿Llevaba la carpeta?

—Sí.

—¿Lo seguiste inmediatamente?

—No.

—¿Cuánto esperaste?

—No lo sé. Menos de un minuto.

—En dos minutos y cincuenta y tres segundos, un minuto es bastante.

Simón respiró profundamente.

—Escuché una silla. Después pasos. Pensé que Mauro iba detrás de él.

Mauro no estaba presente. Elena lo había enviado a La Miga y ordenado que permaneciera allí. La inspectora no quería repetir la experiencia de reunir a todos alrededor de una mesa.

—¿Por qué Mauro? —preguntó.

—Por cómo lo miraba.

—¿Viste quién se levantó?

—No.

—¿Escuchaste a Bruno decir que nadie se moviera?

—Sí.

—¿Dónde estaba cuando lo dijo?

—En la mesa. Cerca.

—¿Y después?

—No volvió a hablar durante un rato.

Elena tomó nota.

—Continúa.

—Escuché el golpe. Pensé que había caído algo. Después alguien regresó desde el pasillo.

—¿Lo viste?

—Solo una sombra.

—Marina dice lo mismo.

—Entonces no lo inventé.

—Podrían haberlo acordado.

—No hablé con Marina.

—Todos dijeron eso sobre todos, y sin embargo siguen apareciendo conversaciones anteriores al asesinato.

Simón miró hacia la puerta.

—La persona pasó junto al mostrador.

—¿Hombre o mujer?

—No lo sé. Llevaba algo bajo el brazo o dentro del abrigo.

—¿La carpeta?

—Era más pequeño.

—¿Un sobre?

—Tal vez.

—¿Viste el rostro?

—No.

—¿Altura?

—Más alta que Adela. Más baja que Mauro.

—Acabas de describir a la mitad de Puerto Lumbre.

—Estaba oscuro.

—¿Escuchaste algo?

Simón dudó.

—Metal.

—¿El sujetalibros?

—No. Algo chocó cuando esa persona pasó junto a mí. Como unas llaves o monedas dentro de un bolsillo.

Vera recordó el manojo encontrado en el cajón de Amalia. Después pensó en Bruno cerrando su cartera, en Marina llevando pulseras finas, en las llaves de la panadería de Mauro.

Una pista que sonaba igual en demasiados bolsillos.

—¿Dónde estabas tú? —preguntó Elena.

—Junto a la mesa. Buscaba el teléfono.

—Vera recuerda que estaba sobre la mesa antes del apagón.

—Lo había guardado en la mochila.

—¿Por qué?

—Porque estaba grabando con otro dispositivo.

Elena dejó el bolígrafo.

—Anunciaste que no estabas grabando.

—No estaba grabando con el teléfono.

—No conviertas una mentira en un problema gramatical.

Simón metió la mano lentamente en un bolsillo.

Dos agentes dieron un paso hacia él.

—Es solo el grabador.

Extrajo un pequeño dispositivo negro, del tamaño de una caja de fósforos. Lo dejó sobre la mesa.

—Lo coloqué debajo del mantel antes de que llegara Leandro. Cuando la policía ordenó que escribiéramos las declaraciones, conseguí recuperarlo.

—¿Cuándo?

—Mientras todos miraban el cuerpo.

—Todos no mirábamos el cuerpo cuando llegó la policía.

—Antes. Cuando Mauro llevó a Tinta al despacho y Vera estaba al teléfono.

—¿Grabaste toda la reunión?

—Sí.

—¿Y ocultaste esto durante dos interrogatorios?

—No sabía qué contenía.

—¿Lo escuchaste?

Simón no respondió.

—Lo escuchó —dijo Vera.

—Hice una copia.

—¿Dónde?

—En la nube.

Elena cerró los ojos durante un instante.

—Naturalmente.

—Si alguien destruía el dispositivo, la grabación seguiría existiendo.

—Has ocultado un manuscrito, sustraído pruebas de una escena y copiado clandestinamente una conversación vinculada a un homicidio.

—Cuando lo dices así, parece malo.

—Estoy haciendo un esfuerzo por ser precisa.

Uno de los agentes colocó el grabador dentro de una bolsa.

—Necesito la contraseña de la copia —dijo Elena.

—Primero quiero hablar con mi abogado.

—Hablarás con él. Mientras tanto, seguiremos con lo que ya has decidido contar.

Simón miró el manuscrito.

—Después de que la persona regresara del pasillo, encendí la linterna del teléfono. Caminé hacia el depósito.

—Marina dice que pasaste a su lado.

—Noté que alguien se apartaba junto a la cocina. Vi una manga clara.

—Su abrigo era color crema.

—Entonces era ella.

—¿Por qué no lo dijiste antes?

—Porque no sabía qué hacía allí.

—Tú ibas a robar un manuscrito de junto a un muerto.

—Todavía no había decidido robarlo.

Vera lo miró.

—¿Decidiste después de ver el cadáver?

—Vi a Leandro en el suelo. La carpeta estaba abierta. El manuscrito había caído parcialmente fuera.

—¿Y el sobre verde?

—No estaba.

—¿Estás seguro?

—Sí. Había leído la página de título cuando Tinta abrió la carpeta durante la reunión. Sabía que el sobre estaba encima. Cuando llegué, solo quedaban las páginas.

—¿Comprobaste si Leandro respiraba?

—Me agaché. No encontré pulso.

—¿Tocaste su cuello?

—Con dos dedos.

—No encontramos tus huellas en la piel.

—Llevaba guantes finos para la cámara. Están en la mochila.

Uno de los agentes localizó un par de guantes negros en el compartimento delantero.

—¿Por qué tomaste el manuscrito?

—Porque sabía lo que contenía.

—Todavía no lo habías leído.

—Sabía de qué trataba. Leandro me había enviado fragmentos. Era la confesión sobre Celia, la cesión y las personas que lo ayudaron.

—También podía contener el nombre de su asesino.

—No sabía que lo habían asesinado. Pensé que podía haberse golpeado durante el apagón.

—¿Y el objeto pesado que alguien devolvió a la estantería?

—No lo vi.

—Porque ya lo habían retirado del depósito —dijo Vera—. Cuando llegaste, el asesino había vuelto a la sala con el sobre y probablemente con el faro.

Simón asintió.

—Tomé la carpeta, regresé y guardé todo en la mochila. Después Bruno dijo que iba a revisar el fusible. Las luces volvieron.

—¿Bruno estaba en la mesa cuando regresaste?

—Estaba cerca del mostrador.

—¿Sentado?

—No.

—¿Qué hacía?

—No lo sé. Escuché su voz. Después fue hacia el cuadro.

Elena dejó el bolígrafo sobre la libreta.