El club de lectura de los sospechosos Capítulo 5La noche en que nadie leyó #2
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Capítulo 5La noche en que nadie leyó #2

Elena colocó el teléfono sobre una butaca y activó la grabación.

—¿Por qué mintió sobre su encuentro con Ferrer?

—No mentí.

—Afirmó que no sabía que asistiría al club.

—No sabía que entraría.

—La cámara muestra que habló con él doce minutos antes.

Marina miró a Vera.

—¿Mauro conserva grabaciones de la calle?

—Desde que le robaron las mesas.

—Creí que había sido una broma.

—Las mesas nunca regresaron.

—Esto no es sobre las mesas —interrumpió Elena—. ¿Qué habló con Ferrer?

Marina subió al escenario y retiró uno de los carteles. En la fotografía, Leandro sonreía bajo la frase LAS HISTORIAS QUE NOS SObrEVIVEN .

—Le pedí que no entrara en la librería.

—¿Por qué?

—Porque Mauro estaría allí.

—¿Cómo lo sabía?

—Yo ayudé a Vera a divulgar el club. Conocía la lista de confirmados.

—¿Y Ferrer?

—Me llamó por la tarde. Dijo que había decidido presentar parte del nuevo libro durante la reunión.

—¿Usted lo invitó?

—No.

—¿Intentó quitarle la carpeta?

Marina miró otra vez hacia Vera.

—Solo quería ver qué llevaba.

—En la grabación parece que forcejean —dijo Elena.

—No fue un forcejeo.

—¿Cómo llamaría a intentar tomar algo que la otra persona no quiere entregar?

—Una discusión.

—¿Qué había en el manuscrito?

Marina bajó del escenario.

—Cartas.

—¿De Celia?

—Mías.

La palabra permaneció suspendida en la sala vacía.

Elena dejó de escribir.

—¿Qué cartas?

—Las que envié a Leandro hace muchos años.

—¿Qué relación tenía con él?

Marina retiró otro cartel de una butaca y lo apoyó contra la pared, con la imagen hacia abajo.

—Fuimos amantes.

Vera recordó la forma en que Leandro la había mirado durante el club. La familiaridad en su comentario sobre Puerto Lumbre. El silencio de Marina cuando él afirmó que escribía sobre lugares con nombres falsos.

—¿Cuándo? —preguntó Elena.

—Después de la muerte de Celia. Durante casi tres años.

—¿Sabía que había utilizado su manuscrito?

—No al principio.

—¿Y después?

Marina se abrazó a sí misma.

—Reconocí algunas frases. Celia había leído fragmentos en el club. Leandro me enseñó la cesión firmada y dijo que ella le había entregado la novela para que la terminara.

—¿Lo creyó?

—Quería creerlo.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

Marina miró hacia las filas de butacas vacías.

—Yo acababa de empezar a trabajar en Cultura.

Conseguí que El último faro entrara en el premio de Puerto Lumbre.

Convencí al jurado de que necesitábamos apoyar a un escritor local.

Después organicé las primeras presentaciones, conseguí entrevistas y utilicé el festival para convertir el libro en un acontecimiento.

—Construiste su carrera —dijo Vera.

—Ayudé a construirla.

—Sabiendo que podía haber robado el libro de Celia.

Marina tardó en responder.

—Sí.

En el escenario, uno de los focos parpadeó.

—¿Qué decían las cartas? —preguntó Elena.

—Todo. Lo que sospechaba, lo que había hecho por él, las personas a las que presioné. También había cosas personales.

—¿Ferrer las conservó?

—Conservaba todo lo que podía utilizar después.

—¿La amenazó?

—No necesitaba hacerlo. Me envió un fragmento del nuevo libro.

Marina sacó el teléfono y buscó un mensaje. Se lo entregó a Elena.

En la pantalla había una fotografía de una página impresa. El encabezado decía:

CAPÍTULO CINCO: LA MUJER QUE PREMIÓ UN LIbrO ROBADO

Debajo se leían algunas líneas.

Leandro había cambiado el nombre de Marina, pero conservado las fechas, el cargo y varias frases de sus cartas.

—Cualquiera en Puerto Lumbre sabría que soy yo —dijo—. Perdería el trabajo. Mi familia leería cosas que nunca quise mostrar. Y todos sabrían que sospeché la verdad sobre Celia y preferí protegerlo.

—¿Por eso intentó quitarle el manuscrito? —preguntó Elena.

—Quería que eliminara ese capítulo.

—¿Qué respondió?

—Que la confesión solo tenía valor si arrastraba a todos.

Vera pensó que incluso el arrepentimiento de Leandro necesitaba público.

—¿Qué hizo durante el apagón? —preguntó Elena.

—Ya lo conté.

—Dijo que permaneció junto a la mesa limpiando el café.

Marina bajó la vista.

—No fue exactamente así.

—Empiezo a cansarme de esas palabras.

—Cuando las luces se apagaron, escuché que Leandro se levantaba. Pensé que intentaría marcharse con el manuscrito. Lo seguí.

—¿Hasta dónde?

—Hasta la entrada del pasillo.

—¿Llevaba teléfono?

—No. Me guié tocando la pared.

—¿Vio a alguien?

—Solo una luz cerca del depósito.

—¿Quién la llevaba?

—No lo sé.

—¿Bruno?

—No le vi la cara.

—¿Escuchó voces?

Marina cerró los ojos, reconstruyendo.

—Leandro dijo algo.

—¿Qué?

—No entendí. Tal vez un nombre.

—¿Celia?

—No lo sé.

—¿Y después?

—Escuché un golpe.

Vera recordó el sonido metálico cubierto por el trueno.

—¿El sujetalibros?

—No sabía qué era. Pensé que había caído una caja.

—¿Entró en el depósito? —preguntó Elena.

—No.

—¿Por qué?

—Porque oí a alguien regresar.

—¿Desde el depósito hacia la sala?

—Sí.

—¿Lo vio?

—Una silueta. Me aparté y volví a la mesa antes de que llegara.

—¿Hombre o mujer?

—No pude distinguirlo.

—¿Llevaba algo?

Marina respiró lentamente.

—Parecía guardar algo bajo el abrigo.

El sobre.

Elena anotó.

—¿Y el manuscrito?

—La persona no llevaba la carpeta. Era algo más pequeño.

—¿Qué ocurrió después?

—Cuando regresaba a mi silla, alguien pasó junto a mí en dirección al depósito.

—¿La misma persona?

—No.

—¿Cómo lo sabe?

—Esta llevaba un teléfono. La luz estaba encendida.

—¿Vio la cara?

—Solo una mano y parte de la ropa.

—¿Qué ropa?

Marina miró a Vera.

—Una manga oscura. Podría ser cualquiera.

—¿Escuchó algo más?

—Una cremallera.

Vera pensó en la mochila de Simón.

En el modo en que la había colocado entre sus pies. En el sonido pesado al caer. En Tinta intentando alcanzarla desde la noche del asesinato.

—¿Por qué no contó nada? —preguntó Elena.

—Porque tendría que explicar por qué seguí a Leandro.

—En lugar de eso, permitió que investigáramos creyendo que nadie había entrado detrás de él.

—Tenía miedo.

—Mauro está siendo tratado como principal sospechoso por una amenaza escrita.

—No sabía que lo detendrían.

—No está detenido.

—Todavía —dijo Marina.

Elena detuvo la grabación.

—Entregará el teléfono, las cartas y cualquier mensaje de Ferrer. Después repetirá todo esto en una declaración formal.

—¿Voy a ser detenida?

—Dependerá de cuántas veces más cambie su historia.

Marina se quedó sola en el escenario, rodeada por los carteles del hombre al que había ayudado a convertir en escritor.

Cuando Vera y Elena salieron del teatro, el cielo sobre Puerto Lumbre empezaba a despejarse. El mar seguía oscuro, pero entre las nubes aparecía una franja de luz.

—Marina tenía motivo —dijo Vera.

—También mintió sobre sus movimientos.

—Y estuvo cerca del depósito cuando Leandro murió.

—Lo suficiente para matarlo, tomar el sobre y regresar.

—Pero dice que otra persona salió.

—Dice muchas cosas que no podemos confirmar.

Caminaron hacia La Buena Letra.

—Si dice la verdad, el apagón tuvo tres recorridos —continuó Vera—. Leandro entró primero. Alguien lo siguió, lo mató y regresó con el sobre. Después otra persona entró con un teléfono y se llevó el manuscrito.

—Marina podría haber inventado a ambos.

—La cámara muestra dos luces moviéndose.

—Muestra reflejos bajo la lluvia.

—Tinta muestra una mochila.

Elena suspiró.

—No volveré a discutir pruebas con un gato.

Al otro lado de la calle, Simón salía de la comisaría.

Llevaba la mochila colgada sobre el pecho.

Cuando vio a Elena, cambió de dirección.

Tinta observaba desde el escaparate de La Buena Letra. Golpeó el cristal con una pata y siguió con la mirada la mochila hasta que desapareció en la esquina.

Vera ya no creía que el ladrón del manuscrito fuera necesariamente el asesino.

Pero si Marina decía la verdad, había entrado en el depósito segundos después de la muerte de Leandro.

Tal vez no había visto quién lo mató.

Pero podía haber encontrado algo mucho más peligroso:

la historia completa que todos los demás estaban dispuestos a matar para que nadie leyera.