Capítulo 5La noche en que nadie leyó
La noche en que nadie leyó
El apagón duró dos minutos y cincuenta y tres segundos.
La compañía eléctrica podía precisarlo porque el contador de La Buena Letra había registrado la interrupción a las ocho y cuarenta y un minutos con dieciséis segundos, y el regreso de la corriente a las ocho y cuarenta y cuatro con nueve.
Dos minutos y cincuenta y tres segundos para abandonar una mesa, atravesar el pasillo, matar a un hombre, retirar dos documentos y devolver un sujetalibros de bronce a la estantería.
Vera había corregido novelas en las que asesinos entrenados necesitaban tres capítulos para conseguir menos.
—Quiero repetirlo —dijo Elena.
Estaban en La Buena Letra a primera hora de la mañana. La inspectora había sustituido a los miembros del club por cinco agentes y colocado etiquetas con nombres en los respaldos.
brUNO ocupaba la silla más cercana al pasillo.
MARINA estaba a la derecha de Leandro.
SIMÓN, frente a él.
MAURO permanecía junto al escaparate.
ADELA, entre Mauro y Simón.
Un sexto agente representaba a Leandro. No parecía satisfecho con el papel.
Vera ocupó su lugar junto al mostrador.
Tinta se sentó en la silla de Adela.
—El gato no estaba allí —dijo Elena.
—Explícaselo.
La inspectora lo tomó en brazos. Tinta permitió que lo depositara en el suelo y volvió inmediatamente a la silla.
—Déjalo —dijo Vera—. Adela fue la única que asegura no haberse movido. Puede representarla.
Elena miró al gato.
—Es el testimonio más estable que tenemos.
Sobre la mesa habían colocado tazas vacías, una carpeta de cartón para sustituir la de Leandro y un teléfono junto a cada participante. Uno de los sujetalibros de bronce había sido reemplazado por una bolsa de harina de tamaño parecido.
Mauro se había negado a prestar el faro decorativo de La Miga.
—La víctima se levanta aquí —explicó Elena—. Lleva la carpeta bajo el brazo y camina hacia el pasillo. Diez segundos después, se corta la electricidad.
—No sabemos si llegó al pasillo antes del apagón —dijo Vera.
—Tú lo viste levantarse.
—Lo vi levantarse. Después miré hacia la mesa porque Tinta intentaba beber café.
El agente que representaba a Leandro regresó a la silla.
—Entonces empezamos antes.
Elena apagó las luces.
La librería no quedó completamente oscura. La mañana entraba por el escaparate y dibujaba las estanterías, pero los agentes habían cerrado parcialmente las persianas para aproximarse a las condiciones de la tormenta.
—Ahora —dijo.
El falso Leandro se levantó. Su silla raspó el suelo.
Vera escuchó sus pasos.
Al llegar al pasillo, Elena inició el cronómetro.
—Bruno se encontraba aquí.
El agente correspondiente se levantó. En siete segundos alcanzó el cuadro eléctrico. En cuatro más llegó a la puerta del depósito.
—Marina —ordenó Elena.
La agente sentada junto a Leandro repitió el recorrido.
Doce segundos.
Simón necesitó diez.
Mauro, quince porque la mesa bloqueaba su salida.
Adela tardó dieciocho ayudándose con un bastón prestado, aunque protestó porque el agente caminaba demasiado deprisa para interpretarla.
—Todos pudieron llegar al depósito —concluyó Vera.
—Eso ya lo sabíamos.
—Entonces la reconstrucción está siendo un éxito.
Elena ignoró el comentario.
—La persona que bajó el interruptor tuvo que abandonar la mesa antes o inmediatamente después de Ferrer. El cuadro no falló por una sobrecarga y la cafetería de Mauro conservó la electricidad.
—Bruno fue quien devolvió la luz.
—Eso no demuestra que la cortara. Durante el apagón anunció que iría a revisar los fusibles.
—Después de que todos lleváramos un rato a oscuras.
—¿Cuánto rato?
Vera intentó recordar.
El tiempo dentro de una habitación sin luz no se comportaba como el tiempo registrado por un contador. Había voces, teléfonos que no aparecían, una taza derramada y la sensación de que el pasillo se había vuelto mucho más largo.
—Tal vez un minuto.
—En tu primera declaración dijiste que Bruno habló inmediatamente.
—Dijo “nadie se mueva” cuando se apagaron las luces. Después no volvió a hablar hasta que anunció que revisaría el fusible.
—¿Escuchaste dónde estaba cuando dijo la segunda frase?
—Cerca del mostrador. O en el pasillo.
—¿Podría haber regresado del depósito?
—Sí.
Elena reinició el cronómetro.
El agente que representaba a Bruno tomó la bolsa de harina de la estantería, pasó junto al cuadro, entró en el depósito, dejó caer la bolsa sobre un cojín, recogió un sobre y regresó. Colocó otra vez la bolsa entre los libros, volvió al cuadro y subió el interruptor.
Un minuto y veintinueve segundos.
—Incluso sin correr —dijo Vera.
—Y sabiendo exactamente qué hacer.
—Quien escribió la nota sabía dónde estaba el atlas. Quien bajó el interruptor sabía dónde estaba el cuadro. Quien tomó el faro sabía que podía matar con él.
—No necesitamos tres personas diferentes.
—Pero podemos tenerlas.
Elena señaló la mochila colocada bajo la silla de Simón.
—Falta el manuscrito.
Después señaló un sobre verde de utilería junto al depósito.
—Y falta la documentación notarial.
—Simón pudo llevarse el manuscrito después del asesinato. El sobre pudo llevárselo quien mató a Leandro.
—¿Por qué separar ambos robos?
—Porque Tinta no deja de interesarse por la mochila de Simón.
—Una teoría forense impecable.
—También tiene polvo. Anoche, cuando regresó la luz, las correas de la mochila estaban cubiertas de polvo del depósito.
—Podría haberla dejado en el suelo.
—Estaba junto a la mesa antes del apagón.
Elena detuvo el cronómetro.
—¿Por qué no mencionaste eso en tu primera declaración?
—Mencioné que Simón aseguró haber guardado el teléfono cuando yo recordaba haberlo visto sobre la mesa. No sabía todavía qué era importante.
—Todo es importante hasta que podemos demostrar que no lo es.
Tinta bajó de la silla y olió la bolsa de harina.
—Eso explica muchos libros largos —dijo Vera.
Elena ordenó a los agentes repetir la escena. Esta vez introdujeron los movimientos descritos por cada testigo.
Mauro se levantaba al escuchar la taza.
Marina intentaba contener el café con una servilleta.
Adela permanecía sentada.
Simón buscaba el teléfono.
Bruno caminaba hacia el cuadro eléctrico.
Vera tanteaba el mostrador.
Leandro desaparecía por el pasillo.
La representación produjo una confusión tan parecida a la original que, durante unos segundos, Vera sintió otra vez la tormenta alrededor de la librería.
Escuchó el golpe de una silla.
Unas pisadas.
La taza cayendo.
Una voz que pedía que nadie se moviera.
Después, un silencio breve en el que cualquiera podía haber hecho cualquier cosa.
Cuando Elena encendió las luces, dos agentes estaban fuera de sus posiciones y ninguno supo decir cuándo se habían movido.
—Exactamente —dijo Vera.
—¿Exactamente qué?
—Nadie estaba leyendo. Nadie miraba a la misma persona. Todos recuerdan la oscuridad como si fueran el único personaje dentro de ella.
Elena observó la mesa.
—El asesino contaba con eso.
La cámara de seguridad de La Miga apuntaba hacia la acera y captaba parte del escaparate de La Buena Letra.
Mauro había instalado el sistema después de que alguien robara dos mesas de la terraza y dejara en su lugar una bicicleta sin ruedas. Desde entonces, las cámaras habían registrado tres discusiones matrimoniales, un perro que entraba cada martes a pedir comida y ninguna actividad criminal relevante.
Hasta aquella noche.
Mauro reprodujo el video en el portátil de la cafetería.
A las ocho y cuarenta y un minutos, las ventanas de La Buena Letra se oscurecieron. La Miga continuó iluminada. El reloj situado sobre el horno no perdió ni un segundo.
—No hubo ningún apagón en la calle —dijo Elena.
—El técnico ya lo confirmó —respondió Mauro.
—Quiero verlo.
En la grabación, la lluvia transformaba el escaparate de la librería en un espejo irregular. No se distinguían rostros, pero varias luces de teléfonos aparecieron dentro.
Una se movió hacia el pasillo.
Después, otra.
—Pausa —dijo Vera.
Mauro detuvo la imagen.
Había dos puntos de luz separados por unos metros. El primero casi había desaparecido al fondo. El segundo acababa de abandonar la mesa.
—Podría ser un reflejo —dijo Elena.
—O dos personas siguiendo a Leandro.
La inspectora tomó nota del tiempo.
—Continúa.
La segunda luz desapareció. Después apareció una tercera cerca del mostrador. Era imposible saber quién llevaba cada teléfono.
A las ocho y cuarenta y cuatro, la librería volvió a iluminarse.
Nadie había abierto la puerta principal.
Elena pidió retroceder hasta antes de la reunión.
Mauro movió la grabación a las siete y media. Aparecieron Bruno con el paraguas seco, después el propio Mauro cargando el bizcocho. Adela llegó con el libro envuelto. Marina cruzó la calle unos minutos más tarde.
—Detén ahí —dijo Vera.
Marina no entró inmediatamente en La Buena Letra.
Se quedó bajo el toldo de la tienda cerrada de al lado, mirando hacia el extremo de la calle. Alguien apareció fuera del alcance de la cámara. Solo se veía una sombra y el borde de un abrigo azul.
Marina avanzó hasta desaparecer de la imagen.
Volvió tres minutos después.
Estaba sola.
—Leandro llevaba un abrigo azul —dijo Vera.
Mauro adelantó la grabación. Doce minutos más tarde, Ferrer apareció por el mismo extremo de la calle con la carpeta de cuero contra el pecho.
—Marina habló con él antes de entrar —dijo Elena.
—Y cuando lo vio en la librería fingió sorpresa.
Mauro cerró el portátil con más fuerza de la necesaria.
—Esa mujer sabía que vendría.
La campanilla sonó.
Marina estaba en la puerta.
Nadie supo cuánto tiempo llevaba allí.
—Quiero hablar contigo —dijo, mirando a Vera.
Elena cerró su libreta.
—Primero hablará conmigo.
Marina no quiso sentarse en la cafetería.
Dijo que había demasiados ojos en la calle y condujo a Elena y Vera hasta el pequeño teatro municipal donde se celebraría la apertura del festival literario. El escenario estaba cubierto de cajas, rollos de cable y carteles con el rostro de Leandro Ferrer.
Dos empleados retiraban su nombre de una lona.
—Déjenlo por ahora —ordenó Marina.
Los trabajadores salieron por una puerta lateral.