Capítulo 4Tinta y el sobre verde #2
—Vera vio un sobre con lacre verde dentro de la carpeta de Ferrer.
—Vera vio un sobre. No leyó su contenido.
—Usted acaba de asegurar que era la cesión.
Bruno la miró.
Por primera vez desde que habían entrado, pareció haber elegido una frase equivocada.
—Era una deducción razonable.
—Muy rápida —dijo Vera.
Elena no la reprendió.
—¿Qué relación profesional mantuvo con Ferrer durante los últimos veintiséis años?
—Administré contratos, compraventas y algunos asuntos patrimoniales.
—¿Le pagaba regularmente?
—A veces.
—¿Cuánto?
—Depende del servicio.
—Necesitaré las facturas.
—Necesitará una orden.
—La solicitaré.
Bruno volvió a colocarse las gafas, aunque no miró ningún documento.
—¿Me consideran sospechoso porque mi padre autenticó un contrato hace veintiséis años?
—Lo considero una persona que sabía dónde estaba el cuadro eléctrico, se ausentó durante el apagón y omitió decir que había entregado documentos a la víctima —respondió Elena—. También fue quien devolvió la luz.
—Fui a revisar el fusible después de que se cortara.
—¿Estaba bajado?
—Sí.
—¿Como consecuencia de una sobrecarga?
—Supuse que sí.
—El técnico no encontró ninguna sobrecarga. El interruptor general había sido bajado manualmente.
Bruno permaneció inmóvil.
Vera tampoco conocía ese dato.
—Cualquiera pudo hacerlo —dijo él.
—Cualquiera que supiera dónde estaba.
—Vera lo sabía.
—Vera estaba junto a la mesa cuando se apagaron las luces.
—Eso afirma ella.
Elena cerró la libreta.
—¿Quién más consultó la cesión recientemente?
Bruno no respondió de inmediato.
Miró a Vera antes de contestar.
—Adela Ríos.
—¿Cuándo?
—El lunes.
—¿Qué quería?
—Saber si el documento podía ser impugnado.
—¿Por qué?
—Dijo que había aparecido nueva información sobre la obra de Celia.
—¿Un manuscrito?
—No fue tan concreta.
—¿Le pidió una copia?
—Sí.
—¿Se la entregó?
—No tenía autorización de las partes ni de sus herederos. Le expliqué que debía presentar una solicitud formal.
—¿Mencionó dónde estaba el original de Celia?
—Preguntó qué ocurriría si apareciera.
Vera pensó en el libro de tapas verdes que Adela había llevado al club. En la manera en que Leandro lo reconoció. En la frase escrita por Amalia:
No entregar a L. F. sin la presencia de Celia.
—Adela sabía que el manuscrito seguía existiendo —dijo.
—Adela sospechaba —corrigió Bruno—. Hay una diferencia.
—Tú pareces vivir dentro de las diferencias.
—Es donde suelen encontrarse las consecuencias.
Elena se levantó.
—No salga de Puerto Lumbre. No destruya ningún documento y prepare la relación completa de servicios prestados a Leandro Ferrer.
—Cuando reciba la orden correspondiente.
—La recibirá.
Antes de salir, Vera miró el sello colocado junto al borde de la mesa. Era metálico, pesado, con el nombre actual de la notaría grabado alrededor de una balanza.
Junto a él había una pequeña caja abierta.
Dentro quedaban tres barras antiguas de lacre verde.
Encontraron a Adela en la plaza, sentada en un banco frente al monumento a los pescadores.
Algunas personas leían las noticias en sus teléfonos. Otras hablaban junto a la fuente. Cuando Elena y Vera se acercaron, Adela cerró el libro que tenía sobre las rodillas.
—Supongo que no vienen a preguntarme qué estoy leyendo.
—Visitó la notaría el lunes —dijo Elena.
—La discreción profesional de Bruno mejora con cada cadáver.
—Preguntó por la cesión de derechos de Celia.
—Sí.
—¿Por qué?
Adela colocó ambas manos sobre el bastón.
—Porque encontré el ejemplar de la revista donde publicaron su relato. Quería saber si aquel contrato impedía que su familia reclamara la autoría.
—Simón encontró otro ejemplar hace dos meses.
—Simón encuentra cosas después de buscarlas en internet. Algunos las conservamos durante años.
—¿Era eso lo que llevó al club? —preguntó Vera.
—No.
—El libro de tapas verdes.
—Era una primera edición de El último faro .
—Leandro lo reconoció.
—Se lo regaló a Amalia cuando fue publicado.
—¿Por qué lo llevaste?
Adela abrió el bolso y sacó una fotografía. Mostraba varias páginas llenas de marcas en tinta violeta.
—Para enseñarle todo lo que había firmado sin escribir.
En la primera página fotografiada, Adela había subrayado frases y anotado junto a ellas el nombre de Celia. Había decenas.
—El libro está en poder de la policía —dijo Elena.
—Lo sé.
—¿Cómo pudo identificar tantos fragmentos?
—Escuché a Celia leerlos.
—¿También leyó el manuscrito completo?
Adela miró hacia la fuente.
—No.
Vera reconoció la pausa.
—No te he preguntado si lo leíste. Te he preguntado cómo conocías tantos fragmentos.
—Fue mi alumna.
—Simón encontró siete páginas. Tú marcaste casi ochenta.
Adela dobló la fotografía antes de devolverla al bolso.
—Una profesora recuerda la voz de los alumnos que tenían algo que decir.
—¿Dónde está el manuscrito? —preguntó Elena.
—Si lo supiera, se lo diría.
La frase estaba demasiado bien construida. No afirmaba que no lo supiera. Solo describía lo que, según Adela, haría en una situación hipotética.
Vera se sentó junto a ella.
—Alguien lo retiró de la librería hace poco.
—Eso parece.
—Tú ayudaste a ordenar el despacho después de la muerte de Amalia.
—También Mauro, Marina y Bruno.
—Y el lunes preguntaste qué ocurriría si el original apareciera.
Adela volvió el rostro hacia Vera.
—¿Estás interrogándome?
—Estoy intentando comprender por qué mi tía guardó durante veintiséis años la prueba de que Leandro había robado un libro.
—Amalia no guardó silencio.
—Entonces ¿qué hizo?
Adela observó la estatua de los pescadores. El bronce estaba cubierto de gotas de lluvia.
—Fue a ver a la madre de Celia. Le enseñó las páginas publicadas por Leandro y le habló del manuscrito. Teresa le pidió que no continuara.
—¿Por qué?
—Había perdido una hija. Leandro tenía una editorial, abogados y un contrato con la firma de Celia. Teresa no quería convertir el nombre de su hija en una disputa pública que no podía pagar.
—¿Y Amalia aceptó?
—Aceptó esperar.
—Veintiséis años.
—Los muertos esperan de una manera que los vivos no sabemos soportar.
Elena no pareció satisfecha.
—¿Escribió usted la nota que llevó a Ferrer al depósito?
—No.
—¿Sabía que el manuscrito había estado detrás del atlas?
Adela pasó el pulgar por el mango del bastón.
—Amalia guardaba allí los originales importantes.
—¿Quién más lo sabía?
—Cualquiera que hubiera trabajado con ella.
—Bruno.
—Sí.
—Mauro.
—Probablemente.
—Marina.
—No lo sé.
—¿Y Leandro?
—Celia escribía en aquel depósito. Claro que lo sabía.
La respuesta ampliaba el número de sospechosos, pero no alejaba a Adela de ellos.
—Encontramos un fragmento del antiguo sobre de la notaría junto al cuadro eléctrico —dijo Elena—. El sobre que llevaba Ferrer desapareció con el manuscrito.
Adela no mostró sorpresa.
—Entonces buscan dos cosas distintas.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Vera.
—Porque el manuscrito demostraba quién había escrito el libro. El contrato explicaba cómo otra persona consiguió firmarlo.
—¿Crees que era falso?
Adela la miró.
—Creo que Celia habría vendido una novela si necesitaba dinero. Creo que podría haber cedido los derechos para publicarla. Pero nunca habría aceptado desaparecer de la cubierta.
—El contrato no cedía la autoría —dijo Vera.
—Exactamente.
Adela se puso de pie.
—Leandro no murió por un libro. Los libros sobreviven incluso cuando alguien cambia el nombre de la portada.
—Entonces ¿por qué murió?
—Por el papel que permitía fingir que el libro siempre había sido suyo.
Se alejó por la plaza antes de que Elena decidiera impedírselo.
Vera permaneció sentada.
—Está ocultando algo.
—Todos están ocultando algo —respondió Elena.
—Mauro amenazó al muerto. Simón robó o sabe dónde está el manuscrito. Bruno conocía el documento y el cuadro eléctrico. Adela buscaba la cesión. Marina todavía no ha contado qué escribió Leandro sobre ella.
—Has progresado. Ya sospechas de todos.
—Excepto de Tinta.
—Tinta retiró una prueba de la escena y la mordió.
—Eso lo convierte en investigador privado.
El teléfono de Elena vibró.
Leyó el mensaje sin levantarse.
—Los técnicos han comparado el fragmento del sobre con los sellos conservados en la notaría. Pertenece al diseño antiguo, el de Arturo Alcázar.
—Entonces era el sobre original.
—O un sobre antiguo reutilizado.
—Ni tú te crees eso.
—No importa lo que crea. Importa lo que pueda demostrar.
Elena guardó el teléfono.
—También revisaron el reverso del papel. Hay restos de escritura.
—¿Qué dice?
—Muy poco.
Abrió la fotografía ampliada. En la cara interior del fragmento aparecían tres palabras incompletas, escritas a mano:
…pagos realizados desde…
Vera recordó la pregunta de Elena en la notaría.
¿Leandro pagaba regularmente a Bruno?
A veces, había respondido él.
Dependía del servicio.
—La cesión no era lo único que había dentro —dijo Vera.
Elena amplió la imagen.
Debajo de las palabras se distinguía el comienzo de una cifra y dos iniciales:
B. A.
Bruno Alcázar.
El sobre verde no contenía únicamente el documento que había permitido a Leandro firmar un libro ajeno.
También contenía la relación de todo lo que había pagado para mantener aquella firma en la cubierta.