Capítulo 4Tinta y el sobre verde
Tinta y el sobre verde
La policía devolvió a Vera las llaves de la entrada principal a las cuatro de la tarde.
No significaba que pudiera reabrir.
El depósito continuaba precintado, la mesa del club seguía rodeada de pequeños números amarillos y dos agentes trabajaban en el pasillo. Elena le permitió entrar para recoger documentos, alimentar a Tinta y comprobar si la tormenta había provocado alguna filtración.
—No limpies nada —le advirtió.
—Mi tía estaría encantada.
—No muevas muebles, no ordenes libros y no intentes reconstruir el crimen.
—¿Puedo respirar?
—Sin alterar las corrientes de aire.
Elena se marchó para interrogar a Simón por segunda vez.
Vera entró con Tinta dentro del transportín. Había intentado llevarlo en brazos, pero el gato se aferró al marco de la puerta de La Miga y convirtió el traslado de veinte metros en una escena de secuestro.
En cuanto abrió la rejilla, Tinta salió disparado.
—No puedes entrar en el depósito.
El gato no miró atrás.
Atravesó la sala, pasó bajo la cinta que bloqueaba el pasillo y desapareció detrás de la cortina del cuadro eléctrico.
—Tinta.
Uno de los agentes levantó la cabeza.
—¿Eso era el gato?
—No. Era un perito independiente.
Vera se acercó sin cruzar la cinta. La cortina se movía.
—Sal de ahí.
Tinta respondió con un ruido de uñas contra la pared.
—Si electrocutarte forma parte de tu plan para evitar la dieta, debo reconocer que es elaborado.
El gato apareció unos segundos después. Tenía polvo en los bigotes y algo verde entre los dientes.
Vera se agachó.
—Suéltalo.
Tinta retrocedió.
—No sé lo que es, pero estoy segura de que no se come.
El agente se aproximó.
—No intente quitárselo con la mano.
—¿Tienes experiencia negociando con gatos?
—Con pruebas.
Vera tomó una cucharilla de la mesa del club y la ofreció a Tinta como si contuviera comida. El gato abrió la boca para comprobarlo y dejó caer el objeto.
No era tela.
Era un pequeño fragmento de lacre verde, curvado en uno de los extremos y cubierto de polvo. En la superficie se distinguía parte de una letra rodeada por una línea circular.
El agente pidió una bolsa para pruebas.
Tinta intentó recuperarlo.
—Ahora sí le interesa —dijo Vera.
—Apártelo.
—Tinta, la policía acaba de confiscar tu primera aportación a la justicia.
El gato se sentó y comenzó a lavarse una pata, satisfecho con la posibilidad de que todo hubiera ocurrido gracias a él.
El fragmento estaba demasiado deteriorado para mostrar el sello completo. Podía ser una A, una R o parte de una figura. Vera recordó el sobre amarillento dentro de la carpeta de Leandro.
—El lacre era verde —dijo.
—¿Qué lacre?
—El del sobre que desapareció.
El agente llamó a Elena.
Mientras esperaban, Tinta volvió a meterse detrás de la cortina. Esta vez salió con un pedazo de papel crema pegado al pelaje del pecho.
—No te muevas.
Vera utilizó otra cucharilla para separarlo.
El papel tenía un borde rasgado y una línea impresa casi ilegible:
…TARÍA ARTURO ALCÁ…
El agente dejó de considerar a Tinta una molestia.
—Voy a necesitar otra bolsa.
Elena regresó veinte minutos después.
Examinó las dos bolsas bajo la luz del escaparate. Después ordenó retirar completamente la cortina y fotografiar el hueco detrás del cuadro eléctrico.
Entre la pared y el rodapié había una abertura estrecha. El fragmento de sobre probablemente había quedado atrapado allí durante el apagón. Tinta, que consideraba cualquier espacio inferior al ancho de su cabeza una invitación, lo había alcanzado.
—¿La persona que llevaba el sobre pasó junto al cuadro? —preguntó Vera.
—Todas las personas que fueron al depósito pasaron junto al cuadro.
—Leandro, el asesino, Simón y Bruno.
Elena la miró.
—¿Por qué has separado a Bruno del asesino?
—Para demostrar que no me he enamorado de una explicación.
—No pareces del todo sincera.
La inspectora acercó la bolsa a la ventana.
—La notaría de Arturo Alcázar pertenecía al padre de Bruno.
—Lo sé.
—El papel parece antiguo.
—También el sobre.
—¿Viste el nombre del despacho?
—No. Solo el lacre.
—Entonces todavía no sabemos si es el mismo.
Vera señaló la pared.
—El fragmento apareció junto al cuadro que Bruno sabía manejar.
—Y el sobre pertenecía a Leandro, que caminó por el mismo pasillo.
—Pero no regresó.
Elena guardó las bolsas dentro de una carpeta rígida.
—Eso es más interesante.
—El asesino volvió con el sobre.
—Alguien volvió con el sobre. Puede ser la persona que mató a Ferrer, quien robó el manuscrito o una tercera persona que decidió aprovechar la oscuridad.
—¿Cuántos delitos pueden cometerse en tres minutos?
—Depende de cuántas personas estén mintiendo.
Tinta cruzó por debajo de la cinta y se sentó sobre los zapatos de Elena.
La inspectora bajó la mirada.
—¿Siempre encuentra cosas?
—Sobre todo cuando no deberían estar en su boca.
—Tal vez deba interrogarlo.
—Pedirá un abogado y dos latas de atún.
Elena entregó las bolsas al agente.
—Vamos a visitar a Bruno.
—¿Vamos?
—Tú viste el sobre y conoces la librería. Pero no hablarás si no te pregunto.
—Eso reduce bastante mi utilidad.
—Es la intención.
La notaría Alcázar ocupaba la planta baja de un edificio blanco frente al ayuntamiento. Una placa de bronce junto a la entrada todavía conservaba el nombre de Arturo Alcázar, aunque debajo se había añadido el de su hijo.
Dentro olía a madera encerada, papel nuevo y café que nadie había tenido tiempo de beber.
Las paredes estaban cubiertas de estantes con carpetas idénticas. Cada una llevaba un número, un año y una cinta de color. Las correspondientes a documentos históricos estaban atadas con cordones verdes.
Vera miró a Elena.
La inspectora ya los había visto.
Una secretaria los condujo hasta el despacho de Bruno. Él estaba detrás de una mesa amplia, leyendo un documento con gafas que no había utilizado durante el club.
—Inspectora.
Después miró a Vera.
—Pensé que la librería seguía cerrada.
—Lo está.
—Entonces supongo que no vienes por la tasación.
—He venido porque mi gato encontró algo.
Bruno se quitó las gafas.
—Es una frase que preferiría no escuchar de una clienta.
Elena colocó una fotografía del fragmento de papel sobre la mesa.
—¿Reconoce el membrete?
Bruno no necesitó acercarse.
—Es del antiguo despacho de mi padre.
—¿De qué época?
—Dejamos de utilizar ese nombre en 2004, cuando la notaría pasó formalmente a mi cargo.
—¿Y el lacre verde?
Elena mostró la segunda fotografía.
Bruno la examinó con mayor atención.
—También era nuestro.
—¿Era?
—Ahora utilizamos sellos adhesivos numerados. El lacre es decorativo y poco práctico.
Vera miró las carpetas con cordones verdes.
—Pero conservaste el color.
—Era una forma sencilla de identificar documentos certificados.
Elena se sentó sin esperar invitación.
—¿Qué contenía el sobre que Leandro Ferrer llevó a La Buena Letra?
Bruno apoyó las gafas sobre la mesa.
—Una copia de la cesión firmada por Celia Salcedo.
Vera lo miró.
—Anoche no dijiste que sabías lo que había dentro.
—Anoche nadie me lo preguntó.
—Simón dijo lo mismo esta mañana.
—Tal vez la policía deba formular preguntas más precisas.
Elena no pareció ofendida.
—¿Cómo sabía que Ferrer llevaba esa copia?
—Porque me la solicitó hace unas semanas.
—¿Por qué?
—Dijo que trabajaba en un libro autobiográfico y necesitaba revisar documentos antiguos.
—¿Usted preparó la copia?
—Mi secretaria localizó el archivo digital. Yo la certifiqué.
—¿Se la entregó personalmente?
—Vino a recogerla anteayer.
—¿En un sobre verde?
—En un sobre blanco con el membrete actual.
Elena volvió a mostrar la fotografía del fragmento antiguo.
—Entonces esto no pertenecía a la copia que usted entregó.
Bruno tardó apenas un segundo en responder.
—No.
Vera recordó el sobre dentro de la carpeta. Amarillento, con lacre verde. No era un documento preparado anteayer. Era algo que había permanecido cerrado durante años.
—Leandro tenía el original —dijo.
Bruno entrelazó las manos.
—Tal vez.
—¿Dónde pudo conseguirlo?
—No lo sé.
—La nota lo envió al depósito buscando el manuscrito de Celia —continuó Vera—. Llevaba el original de la cesión que supuestamente demostraba que ella se lo había entregado. Alguien se llevó ambos documentos.
—El manuscrito no estaba allí.
—Quien escribió la nota no lo sabía.
Elena levantó una mano.
—Hablará cuando le pregunte.
—Todavía no has preguntado nada útil.
—Vera.
Ella guardó silencio.
Elena volvió a dirigirse a Bruno.
—Explíqueme la cesión.
—Es un contrato privado autenticado aquí el veinte de abril de 2000. Celia Salcedo cedía a Leandro Ferrer los derechos de explotación de una obra titulada La última luz del puerto .
—¿Le cedía la autoría?
—La autoría no funciona así. Se pueden ceder derechos económicos en los límites que permita la ley. No se convierte a otra persona en autora por contrato.
—Sin embargo, Ferrer publicó una novela basada en ese texto y la firmó solo.
—La notaría no participó en la publicación.
—¿Su padre comprobó que Celia había escrito y firmado el documento?
—Comprobó su identidad y autenticó la firma. No tenía obligación de analizar el contenido literario ni determinar quién había escrito la obra.
—¿Usted estaba presente?
Bruno bajó la mirada hacia sus manos.
—Era auxiliar del despacho.
—Eso no responde.
—No recuerdo estar en la sala cuando firmó.
—¿Recuerda a Celia?
—Claro. Puerto Lumbre era más pequeño y ella venía a la librería de Amalia. Todos la conocíamos.
—¿También era miembro del club?
—Durante una época.
—¿Y Leandro?
—Sí.
—¿Eran amigos?
—Lo fuimos.
La respuesta carecía de la precisión que Bruno exigía a las preguntas.
Elena abrió su libreta.
—¿Dónde está el documento original?
—El protocolo correspondiente sufrió daños en la inundación de 2007. Conservamos una digitalización realizada antes.
—¿Se perdió?
—Se dañaron varios documentos.
—Eso tampoco responde.
Bruno respiró lentamente.
—No puedo asegurar qué ocurrió con cada hoja. Cuando Leandro pidió la copia, consultamos la imagen digital.
—Pero el fragmento encontrado en La Buena Letra pertenece a un sobre de su antiguo despacho.
—Puede contener cualquier documento de aquella época.