El club de lectura de los sospechosos Capítulo 3Un libro firmado por otra persona #3
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Capítulo 3Un libro firmado por otra persona #3

Elena dejó de escribir.

—¿Notarial?

—Tenía un sello.

—¿De qué despacho?

Mauro miró hacia la librería, al otro lado de la calle.

—Alcázar.

Durante unos segundos nadie habló.

—Bruno trabajaba entonces con su padre —continuó Mauro—. Nos dijeron que Celia había vendido el texto antes de morir y aceptado no aparecer como autora. Mi madre no quiso luchar. No tenía el manuscrito, no tenía dinero y acababa de enterrar a una hija.

—¿Conservan una copia de esa cesión? —preguntó Elena.

—No.

—¿Quién la firmó como notario?

—El padre de Bruno. O eso parecía.

—¿Y Bruno?

—Dijo que recordaba el documento, pero no la firma. Que él solo era empleado.

Vera pensó en el sobre amarillento que había visto dentro de la carpeta de Leandro.

En el lacre verde.

—Leandro llevaba la cesión anoche —dijo.

Elena la miró.

—No puedes saberlo.

—Llevaba un sobre antiguo junto al nuevo manuscrito. Bruno reaccionó cuando Tinta abrió la carpeta. Después, alguien escribió que el original estaba detrás del atlas.

Simón palideció.

Fue leve, pero Vera lo vio.

—Tú sabías que existía un original —dijo ella.

—Sabía que Celia había escrito algo.

—Le enviaste un mensaje a Leandro, ¿verdad?

Simón miró a Elena.

—Eso no tiene relación con su muerte.

—Permite que yo decida —respondió la inspectora.

Él retiró las gafas y las dejó sobre la mesa.

—Le escribí hace dos semanas. Le envié las páginas de la revista y le pregunté quién había escrito realmente El último faro .

—¿Respondió?

—Dijo que algunas historias tardan demasiado en encontrar a su autor.

—Otra frase preparada —murmuró Vera.

—Después me llamó. Me pidió que no publicara nada hasta el festival. Dijo que traería la respuesta a La Buena Letra.

—¿Por qué no contaste eso anoche? —preguntó Elena.

—No preguntaste si había investigado a Leandro. Preguntaste si lo había amenazado.

—¿Lo amenazaste?

—Le dije que publicaría las pruebas si él no hablaba.

Mauro avanzó hacia Simón.

—Querías convertir a Celia en contenido.

—Quería que la gente supiera la verdad.

—Querías ser el primero en contarla.

—Una cosa no excluye la otra.

Mauro lo agarró por la sudadera.

Elena se interpuso inmediatamente.

—Suéltalo.

—Mi hermana no es una exclusiva.

—He dicho que lo sueltes.

Mauro obedeció.

Simón se acomodó la ropa y se inclinó para recoger las fotocopias. La mochila cayó de la silla.

El golpe produjo un sonido sordo, demasiado pesado para una bolsa que, según él, solo contenía un teléfono y una pequeña cámara.

Tinta saltó hacia ella.

Simón la levantó antes de que el gato pudiera acercarse.

—Tengo un portátil —explicó.

Nadie había preguntado.

Elena lo miró durante unos segundos.

—Tú vienes conmigo.

—¿Detenido?

—Todavía no. Pero tu definición de la verdad necesita supervisión.

Simón guardó las páginas.

Antes de salir, se volvió hacia Vera.

—Compara el resto. No solo copió frases. El libro es de ella.

La campanilla sonó cuando Elena y Simón abandonaron la cafetería.

Marina permaneció junto a la mesa.

—Esto destruirá el festival.

Mauro soltó una risa sin humor.

—Leandro está muerto, Celia fue borrada y tú piensas en el festival.

—Pienso en lo que ocurrirá cuando lleguen los periodistas. En las personas que perderán trabajos. En la ciudad convertida en escenario de un escándalo.

—Siempre pensaste que los escándalos eran peores que las cosas que los causaban.

Marina recogió su bolso.

—No sabes lo que pienso.

—Sé lo que Leandro escribía.

Ella se detuvo.

Vera reconoció la pausa. Había corregido suficientes diálogos para saber cuándo una frase había encontrado una herida.

—¿Qué escribió sobre ti? —preguntó.

Marina miró a Mauro y después a Vera.

—Demasiado.

Se marchó sin explicar nada más.

El agente encargado de vigilar La Buena Letra encontró la ficha poco después del mediodía.

No estaba en el despacho.

Había caído detrás de un archivador y quedado atrapada entre la madera y la pared. Elena llamó a Vera para que estuviera presente cuando la fotografiaran y retiraran.

La cartulina estaba doblada por una esquina. La tinta azul se había desvanecido, pero la letra de Amalia seguía siendo reconocible.

Vera leyó:

SALCEDO, CELIA

LA ÚLTIMA LUZ DEL PUERTO

ORIGINAL MECANOGRAFIADO — 312 PÁGINAS

RECIBIDO: 14 DE MARZO DE 2000

GUARDADO EN DEPÓSITO. ESTANTE DEL ATLAS.

Debajo, escrito con tinta roja, había una segunda anotación:

NO ENTREGAR A L. F. SIN LA PRESENCIA DE CELIA.

Elena fotografió ambos lados.

—¿Cuándo murió Celia?

—En mayo de ese año —respondió Vera.

—¿Y cuándo se publicó la primera novela de Ferrer?

Vera buscó la información en el teléfono.

—Diciembre.

Siete meses después de la muerte de Celia, Leandro había publicado el libro que lo hizo famoso.

Un libro con sus personajes.

Sus imágenes.

Sus frases.

Y la firma de otra persona en la cubierta.

Vera volvió a mirar la ficha.

El manuscrito había existido. Había estado guardado en La Buena Letra, exactamente donde aseguraba la nota utilizada para atraer a Leandro durante el apagón.

Pero ya no estaba allí.

Alguien lo había retirado antes del asesinato.

Y Leandro Ferrer había muerto intentando recuperarlo.