Capítulo 3Un libro firmado por otra persona #2
Vera abrió el primer cajón del escritorio. Encontró sobres, dos lupas, un juego de llaves sin identificar y veintisiete bolígrafos que no escribían.
—Amalia guardaba los libros por orden alfabético y todo lo demás por razones emocionales.
—¿Dónde pondría algo relacionado con una escritora muerta?
—Probablemente junto a las declaraciones de impuestos.
Elena abrió un archivador.
Durante veinte minutos revisaron carpetas de proveedores, recibos, contratos de consignación y cartas de lectores que Amalia había decidido conservar.
Encontraron una fotografía de Tinta cuando todavía cabía dentro de una taza, tres avisos de deuda y una invitación al primer premio recibido por Leandro Ferrer.
Nada sobre Celia.
—Tal vez Mauro se equivoca —dijo Elena.
—No inventaría el título.
—La gente recuerda títulos que nunca existieron.
Vera se sentó frente al escritorio. Desde allí veía el mar entre los tejados.
Su tía había trabajado durante cuarenta años en aquella habitación.
Había comprado libros que nadie pedía, prestado dinero que nadie devolvía y anotado cada venta en cuadernos que, de alguna forma, siempre coincidían con la caja.
Sobre la pared permanecía un tablero de corcho con varias fichas amarillentas. Vera había supuesto que eran encargos antiguos.
Sacó una.
ÁLVAREZ, TOMÁS. POEMAS DE LA CASA VACÍA. DOS COPIAS. DEVUELTO.
Debajo había otra.
BENITO, LUCÍA. RECETAS PARA INVIERNOS LARGOS. ORIGINAL. RECHAZADO POR LA AUTORA.
—Aquí —dijo.
Elena se acercó.
Las fichas registraban manuscritos que los habitantes de Puerto Lumbre habían dejado en la librería para que Amalia los leyera, corrigiera o enviara a editoriales. Estaban ordenadas alfabéticamente por apellido.
Vera recorrió la tercera fila.
No encontró ninguna ficha bajo la letra S.
—Falta.
—¿Cómo lo sabes?
—Hay espacio entre Romero y Torres. Las marcas de las chinchetas siguen aquí.
Elena observó el corcho.
—Alguien retiró una ficha.
—Podría haberlo hecho Amalia.
—O quien se llevó el original.
Vera revisó el suelo, el escritorio y el espacio detrás del tablero. Nada.
—Necesitamos saber quién tuvo acceso a esta habitación —dijo Elena.
—Bruno. Mauro algunas veces. Adela ayudó a ordenar después del funeral. Marina vino a buscar documentos para una exposición. Simón estuvo aquí entrevistando a Amalia el año pasado.
—Es decir, todos.
—Te dije que era un club bien elegido.
Elena tomó fotografías del tablero.
—No toques nada más. Revisaremos la habitación completa.
Cuando bajaron, uno de los técnicos salía del depósito con el atlas náutico dentro de una bolsa. Era enorme, de tapas azules y esquinas metálicas.
—No había ningún manuscrito detrás —informó—. Pero el polvo indica que retiraron algo rectangular hace poco. Aproximadamente treinta por veinte centímetros.
Elena miró a Vera.
—El tamaño de una carpeta.
En el suelo, cerca del lugar donde había estado el atlas, los técnicos habían marcado una pequeña fibra verde.
Vera pensó en la cartera de Bruno.
Y en el sobre con lacre.
—¿Eso estaba allí anoche?
—No podemos saberlo todavía —respondió Elena.
—El cordón de la cartera de Bruno era verde.
—La cortina del cuadro eléctrico también.
Vera miró el tejido. Tenía razón.
Una pista capaz de señalar dos cosas no señalaba ninguna.
Todavía.
Cuando regresaron a La Miga, Simón ya no fingía haber ido por el café. Había colocado varias hojas sobre la mesa y discutía con Mauro en voz baja.
Tinta permanecía sentado a su lado, mirando la mochila.
—Les dije que no hablaran —dijo Elena.
—No hablamos del asesinato —respondió Simón—. Hablamos de literatura.
—Anoche la diferencia se volvió bastante pequeña.
Simón señaló las hojas.
—Esto puede explicar por qué mataron a Leandro.
Elena extendió una mano.
Simón no le entregó los documentos.
—Son míos.
—Entonces guárdalos y acompáñame a la comisaría.
Él cedió.
Las páginas eran fotocopias de una antigua revista cultural. En la portada se leía Cuadernos del Faro — Primavera de 2000 . Una fotografía en blanco y negro mostraba a varios jóvenes sentados en las escaleras del puerto.
Entre ellos estaban Leandro y Celia.
—Encontré un ejemplar en el archivo de la biblioteca provincial —explicó Simón—. Hace dos meses.
Elena examinó la primera página señalada. En la parte superior aparecía el nombre de Celia Salcedo y el título de un relato: Las casas que miran al mar .
—Lee el primer párrafo —pidió Simón.
Vera tomó la fotocopia.
El faro no giraba para guiar a los barcos. Giraba para comprobar que el pueblo seguía allí. Cada noche pasaba su luz sobre los tejados, contaba las chimeneas y regresaba al mar con la tranquilidad de no haber perdido todavía ninguna casa.
Conocía aquellas palabras.
No porque hubiera leído la revista.
Había corregido una edición conmemorativa de El último faro cinco años antes, cuando aún trabajaba para una editorial. Era la novela que había convertido a Leandro Ferrer en un fenómeno internacional.
Abrió en el teléfono una copia digital disponible en la biblioteca pública. Buscó el inicio.
El párrafo era casi idéntico.
Leandro había cambiado “pueblo” por “ciudad”, eliminado una oración y añadido el nombre de su protagonista.
Nada más.
—Puede ser una cita —dijo Marina desde la puerta.
Nadie la había visto entrar.
Llevaba el mismo abrigo crema y un pañuelo sobre el cabello. Se aproximó a la mesa.
—Los autores se citan entre sí.
—Las citas llevan el nombre de quien las escribió —respondió Simón.
—Tal vez Celia se lo regaló.
Mauro golpeó la barra con la palma.
—Mi hermana no le regaló su libro.
—No estaba hablando del libro completo.
Simón pasó otra página.
—No es solo el comienzo. Hay siete fragmentos publicados en esta revista. Todos aparecen en El último faro . Algunas frases están completas. También coinciden los nombres originales de dos personajes, la descripción del puerto y una escena en la que una mujer esconde cartas dentro de una pared.
Marina dejó de mirar las páginas.
—Eso no demuestra que Leandro robara una novela.
—Demuestra que publicó como propias palabras escritas por Celia.
—Tal vez trabajaban juntos.
—Celia nunca apareció en los agradecimientos.
Mauro tomó una de las fotocopias.
Sus dedos recorrieron el nombre de su hermana sin tocarlo.
—Celia escribía en la trastienda de La Buena Letra —dijo—. Amalia le dejaba quedarse después del cierre porque en casa no tenía espacio. Yo venía a buscarla por la noche. A veces Leandro estaba con ella.
—¿Eran pareja? —preguntó Elena.
—Durante un tiempo. Después dejaron de serlo, pero él continuó leyendo todo lo que escribía.
—¿Viste el manuscrito de La última luz del puerto ?
—Vi cientos de páginas. Celia llevaba una carpeta azul y escribía correcciones en los márgenes con tinta violeta.
—¿Qué ocurrió con la carpeta?
—Desapareció después de su muerte.
—¿Registraron su habitación?
—Mi madre buscó durante semanas. Amalia dijo que Celia había dejado una copia preparada para enviar, pero tampoco la encontró.
Simón volvió a señalar la revista.
—Seis meses después, Leandro publicó El último faro .
—Y ustedes no hicieron nada —dijo Marina.
Mauro levantó la cabeza.
—Fuimos a la editorial. Nos enseñaron una cesión de derechos firmada por Celia.