El club de lectura de los sospechosos Capítulo 3Un libro firmado por otra persona
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Capítulo 3Un libro firmado por otra persona

Un libro firmado por otra persona

La noticia llegó al resto de Puerto Lumbre antes del amanecer.

A las seis de la mañana ya existían tres versiones del asesinato.

En la primera, Leandro Ferrer había muerto mientras leía en voz alta el último capítulo de una novela inédita.

En la segunda, un admirador obsesionado lo había seguido desde la capital y escapado por los tejados durante la tormenta.

En la tercera, la librera era la asesina.

Vera se enteró de esta última porque una mujer se detuvo frente a La Buena Letra , leyó la cinta policial y dijo a su acompañante:

—Siempre me pareció demasiado callada.

Vera estaba a menos de tres metros, sentada junto a la ventana de La Miga , con Tinta dormido sobre sus piernas.

—No eres callada —dijo Mauro desde la barra.

—Eso es lo que hace inverosímil la historia.

—Deberías agradecerlo. Las primeras versiones eran peores.

Mauro había abierto la cafetería a la hora habitual, aunque llevaba la misma ropa de la noche anterior. Tenía los ojos enrojecidos y una taza de café intacta frente a él.

La policía había terminado las primeras declaraciones poco después de las tres. Elena les permitió marcharse con la prohibición de abandonar Puerto Lumbre y la recomendación de no hablar entre ellos.

La recomendación había durado hasta que Mauro preguntó dónde dormiría Vera.

El piso sobre la librería no estaba formalmente dentro de la escena del crimen, pero el único acceso interior cruzaba el pasillo acordonado.

Elena le había permitido subir acompañada por un agente para recoger ropa, el transportín de Tinta y un cepillo de dientes.

Después, Vera se instaló en la pequeña habitación que Mauro conservaba sobre la cafetería para empleados que ya no tenía.

No había dormido.

Cada vez que cerraba los ojos veía la sexta silla vacía.

Tinta se removió sobre sus piernas y ocultó la nariz bajo una pata. El gato sí había dormido, comido y exigido que Mauro le abriera la puerta de la despensa. Su adaptación al asesinato había sido admirable.

—Tienes que comer algo —dijo Mauro.

—Tú también.

—He probado el bizcocho.

—Eso fue antes de que lo fotografiaran como prueba.

—Estaba bueno.

Vera miró hacia la librería. Dos agentes permanecían frente a la puerta. Varias personas fingían caminar por la calle mientras observaban el escaparate. Un fotógrafo había llegado hacía media hora y esperaba bajo un toldo.

—¿Qué le dijiste a Elena?

Mauro limpió una mancha inexistente de la barra.

—Nos pidió que no habláramos.

—Nos pidió que no comparáramos declaraciones.

—Eso es hablar.

—No para una persona que sirve café.

Mauro no sonrió.

—Le conté la verdad.

—¿Qué parte?

—La que preguntó.

Vera acarició el lomo de Tinta.

—“Si vuelves a La Buena Letra con ese manuscrito, no saldrás de allí” no parece una frase que admita muchos contextos favorables.

—No lo maté.

—No he dicho que lo hicieras.

—Pero lo has pensado.

—He pensado que fuiste lo bastante estúpido para amenazar por escrito a un hombre que apareció muerto unas horas después.

—Eso no es pensar. Es describir.

Mauro se sirvió café. Lo bebió de pie.

—Leandro me llamó el lunes.

—¿Por qué?

—Dijo que quería hablar de Celia. Que había escrito algo sobre lo ocurrido y deseaba enseñármelo antes de publicarlo.

—¿Ese era el manuscrito?

—Supongo.

—¿No te explicó qué contenía?

—Leandro nunca explicaba nada cuando podía convertirlo en un anuncio.

Mauro apretó la taza entre las manos.

—Le pregunté si pensaba utilizar a mi hermana otra vez. No respondió. Ayer supe que vendría al club y le envié el mensaje.

—¿Quién te dijo que vendría?

Mauro dudó.

—Él mismo.

—Anoche aseguraste que no sabías que seguía entrando en la librería.

—No sabía si tendría el valor de aparecer.

—Eso no fue lo que dijiste.

—No estaba prestando declaración. Estaba enfadado.

Vera recordó algo que Elena había dicho: el orden era una cortesía que los hechos rara vez tenían. Las personas tampoco parecían sentir gran obligación de ofrecerla.

—¿Qué ocurrió con Celia?

Mauro dejó la taza.

—No esta mañana.

—Leandro entró en mi librería, habló de un crimen real, apareció muerto junto a un atlas y dejó una carpeta desaparecida. Tu hermana estaba con él en una fotografía tomada en el mismo lugar. Creo que esta mañana ya ha empezado.

La campanilla de La Miga sonó.

Elena Valcárcel entró acompañada por un agente joven que intentaba cerrar un paraguas rebelde. Tinta levantó la cabeza, comprobó que ninguno traía comida y volvió a ocultar la nariz.

La inspectora se acercó a la mesa.

—¿Han estado hablando del caso?

—No —respondieron Vera y Mauro al mismo tiempo.

Elena miró primero a uno y después al otro.

—Excelente. Además de sospechosos, son malos actores.

—Yo no soy sospechosa —dijo Vera.

—Eres la propietaria del lugar donde murió, tocaste el cuerpo y no sabes si venderás un inmueble cuya tasación llevaba uno de los presentes.

Vera miró a Mauro.

Él dejó de secar la barra.

—¿Vas a vender La Buena Letra?

—Estamos hablando de un asesinato.

—Bruno trajo una tasación —continuó Elena—. Lo dijiste en tu declaración.

—Todavía no he decidido nada.

—Amalia no la habría vendido.

—Amalia te debía tres facturas de harina.

—Y siempre las pagaba.

—Tarde.

—Las pagaba.

Elena golpeó suavemente la mesa con dos dedos.

—Pueden discutir la herencia cuando terminemos de investigar el cadáver.

Mauro recogió su taza y se alejó.

La inspectora ocupó la silla frente a Vera.

—Hemos encontrado el papel que Ferrer leyó antes del apagón.

Sacó una bolsa transparente del bolsillo interior del impermeable. Dentro había un rectángulo doblado y arrugado.

Vera no intentó tocarlo.

—¿Dónde estaba?

—En su mano izquierda.

—¿Qué dice?

Elena giró la bolsa.

Las palabras estaban escritas con letras mayúsculas:

AMALIA GUARDÓ EL ORIGINAL DETRÁS DEL ATLAS NÁUTICO. VEN SOLO.

Vera leyó dos veces.

—El atlas estaba en el depósito.

—Lo sabemos.

—Entonces alguien lo llevó hasta allí.

—O sabía que Ferrer lo buscaría.

—¿Encontraron algún original?

—Encontramos el atlas, polvo y un espacio vacío en la estantería.

Mauro regresó.

—¿Qué original?

Elena volvió a guardar la bolsa.

—Eso es lo que venimos a preguntar.

—¿Por qué a nosotros?

—Porque el mensaje menciona a Amalia, el atlas pertenecía a la librería y usted amenazó a Ferrer por un manuscrito.

—No era ese.

—¿Cuántos manuscritos hay?

Mauro miró a Vera.

—El de Celia.

La inspectora esperó.

—Mi hermana escribió una novela —explicó él—. Hace veintiséis años.

—¿Título?

— La última luz del puerto .

—¿Qué ocurrió con ella?

—Con la novela o con mi hermana.

—Con las dos.

Mauro pasó una mano por la barba.

—Celia murió antes de publicarla. El manuscrito desapareció.

—¿Cómo murió?

—Cayó al mar desde la escollera.

—¿Un accidente?

—Eso dijo la policía.

—¿Usted cree otra cosa?

—Creo que estaba lloviendo, que las piedras eran resbaladizas y que Celia caminaba allí desde niña. Puedo creer varias cosas al mismo tiempo.

Elena anotó el título.

—¿Qué relación tenía Leandro Ferrer con el manuscrito?

Mauro apoyó ambas manos en la mesa.

—La suficiente para hacerse famoso.

La campanilla volvió a sonar.

Simón Vidal entró con una gorra, gafas oscuras y la misma mochila de la noche anterior. El disfraz habría resultado más eficaz si no llevara impreso en la sudadera el nombre de su canal.

Se detuvo al ver a Elena.

—Solo venía a tomar café.

—En una ciudad con nueve cafeterías, ha elegido la que pertenece al principal sospechoso —dijo la inspectora.

—Es el mejor café.

Mauro se cruzó de brazos.

—Anoche era demasiado fuerte.

—Eso lo dijo el muerto.

Elena señaló una mesa alejada.

—Siéntate. Después hablaré contigo.

Simón obedeció. Dejó la mochila entre sus pies y mantuvo una mano sobre ella.

Tinta abrió los ojos.

El gato descendió de las piernas de Vera, se estiró y caminó hacia Simón.

—No —dijo él.

Tinta olió la mochila.

—Está vacía.

Nadie había preguntado.

Simón la apartó con el pie.

—No le gustan los gatos —observó Mauro.

—Me encantan. No quiero que arañe el equipo.

—Tiene mejores criterios que tus seguidores.

Elena se levantó.

—Quiero entrar en el piso superior de la librería. Necesitamos los registros de Amalia, inventarios, correspondencia y cualquier documento relacionado con Celia Salcedo.

—Puedo buscarlos —dijo Vera.

—Buscarás conmigo.

—¿Y Tinta?

—Puede quedarse aquí.

El gato había apoyado las dos patas delanteras sobre la mochila de Simón.

—Parece tener otros planes —dijo Mauro.

Simón levantó la bolsa y la colocó sobre sus rodillas.

Elena lo observó un instante.

—No te marches.

—¿Estoy detenido?

—No hagas que me arrepienta de la respuesta.

El agente levantó la cinta para que Vera y Elena entraran en La Buena Letra .

La sala conservaba el olor a café frío de la noche anterior. La mesa seguía en el mismo lugar, pero habían retirado las tazas, los vasos, los libros y los sujetalibros. Sobre la madera quedaban pequeños marcadores numerados.

La sexta silla estaba junto a la pared.

Vera evitó mirarla.

La puerta del depósito permanecía cerrada. Ya no había nadie dentro. Se habían llevado el cuerpo de Leandro poco antes de las cinco.

—¿Saben qué lo mató? —preguntó mientras subían.

—Un golpe fuerte en la cabeza. La autopsia determinará el resto.

—¿Con uno de los faros?

—Podría ser.

—El de la derecha había sido movido.

—También tenía una marca que podría ser sangre.

Vera se detuvo a mitad de la escalera.

—¿Sangre?

—He dicho podría.

—Entonces alguien lo utilizó, lo limpió y lo devolvió al estante.

—O tenía una mancha antigua. O lo movieron por otro motivo. Ya te pedí que no te enamoraras de una explicación.

—Es difícil no enamorarse cuando la explicación sostiene un objeto pesado junto a un cadáver.

Elena continuó subiendo.

El despacho de Amalia ocupaba una habitación estrecha con vistas al puerto. Había archivadores metálicos, un escritorio cubierto de papeles y estantes donde las facturas convivían con novelas que nunca debieron subir allí.

—¿Tenía algún sistema? —preguntó Elena.

—Sí.

—¿Lo entiendes?

—No.