El club de lectura de los sospechosos Capítulo 2El hombre que había escrito demasiado #2
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Capítulo 2El hombre que había escrito demasiado #2

Vera intentó reconstruirlas.

—Mauro estaba furioso desde que Leandro llegó. Adela no parecía sorprendida. Marina se puso nerviosa cuando él habló de escribir sobre Puerto Lumbre. Simón quería grabarlo todo.

—¿Y Bruno?

—Miró la carpeta.

—¿Solo él?

Vera recordó el sobre amarillento y el lacre verde.

—Tinta la abrió un poco. Dentro había un manuscrito y un sobre antiguo. Cerrado con lacre verde.

—¿La carpeta estaba junto al cadáver?

—No.

—¿En la sala?

—Tampoco.

Elena anotó algo.

—¿Quién sabía lo que contenía?

—Leandro. Yo lo vi. Probablemente Bruno también.

—¿Por qué Bruno?

—Ayudó a cerrar la carpeta cuando Tinta estuvo a punto de tirar el café.

Elena levantó la cabeza.

—Antes no mencionaste que se acercó.

—Estoy intentando recordar en orden.

—El orden es una cortesía que los hechos rara vez tienen.

Vera continuó. El papel doblado que había aparecido sobre las rodillas de Leandro. La pregunta sobre el baño. El apagón.

—¿Viste qué decía el papel?

—No.

—¿Quién pudo entregárselo?

—Cualquiera que se acercara.

—¿Quién se acercó?

Vera recordó a Bruno secando el café. Mauro colocando la taza. Simón inclinándose para acariciar a Tinta. Marina observando la carpeta. Adela no se había levantado.

—Bruno estuvo más cerca.

—Eso no significa que fuera él.

—No he dicho que lo fuera.

—Pero lo has pensado.

—Soy correctora. Sospecho de cualquiera que se acerque demasiado a un texto ajeno.

Elena casi sonrió.

—Durante el apagón, ¿qué escuchaste?

—Una silla. Pasos hacia el fondo. Una taza cayendo. Después, un golpe metálico.

—¿Antes o después del trueno?

—Durante. No estoy segura.

—¿Cuánto duró el apagón?

—Tres o cuatro minutos.

—¿Quién devolvió la luz?

—Bruno. Dijo que había subido un fusible.

—¿Sabía dónde estaba el cuadro eléctrico?

—Sí.

—¿Por qué?

—Había ayudado a mi tía con el seguro de la librería.

Elena cerró la libreta.

—Enséñamelo.

Salieron de la cocina. Vera la llevó hasta la cortina del pasillo. El cuadro estaba cerrado, pero no tenía llave. Elena no lo tocó.

—¿Las luces habían fallado antes?

—Parpadearon dos veces.

—¿En todo el barrio?

—No lo sé.

—¿Viste alguna luz fuera durante el apagón?

Vera recordó la mancha amarilla detrás de los cristales. En aquel momento la había confundido con un relámpago.

—Tal vez la panadería de Mauro.

—¿Tal vez?

—Estaba lloviendo y todo ocurrió muy rápido.

—Después hablaremos con los vecinos.

Elena llamó a un agente y le indicó que fotografiara el cuadro antes de revisarlo.

—Ahora los sujetalibros —dijo Vera.

La inspectora la siguió hasta la estantería.

—Los limpié esta tarde. Los dos apuntaban hacia los libros. El de la derecha ha sido movido.

Elena se agachó sin tocarlo.

—¿Podría haberlo hecho alguno de los asistentes antes del apagón?

—Adela tocó el izquierdo. Nadie admitió haber tocado el otro.

—¿Cuánto pesa?

—Bastante.

—¿Suficiente para causar la herida?

—Tú eres la policía.

—Y tú has leído más asesinatos que yo.

—Eso espero.

Elena observó la base de bronce.

—La lectura no produce experiencia forense.

—Deberías ponerlo en un cartel.

La inspectora llamó a otro agente y ordenó que ambos sujetalibros fueran fotografiados y recogidos por separado.

—No significa que sea el arma —advirtió—. Solo significa que alguien lo movió.

—¿Durante un apagón?

—O antes. O después. No te enamores de la primera explicación.

—Nunca me ha ido bien enamorándome de nada.

Elena no respondió. Miraba a Mauro, que escribía apoyando la hoja contra el escaparate.

—¿Qué relación tenía con Ferrer?

—Leandro conocía a su hermana.

—¿La mujer de la fotografía?

—Celia.

—¿Dónde está?

Vera tardó una fracción de segundo.

—Murió hace mucho.

—¿Cómo?

—No lo sé.

Elena guardó silencio, esperando.

Era una técnica sencilla. Vera la había utilizado con escritores que juraban no tener nada más que añadir a un capítulo. Si uno aguardaba lo suficiente, siempre aparecía otra frase.

—Cuando Leandro llegó —continuó Vera—, Mauro dijo que él ya no debería entrar en esta librería.

—¿Algo más?

—Leandro dijo que no sabía que Mauro vendría. Mauro respondió que tampoco sabía que él seguía entrando aquí.

—¿Parecía sorprendido de verlo?

—Parecía querer golpearlo.

—Eso sí es una interpretación.

—Una bastante buena.

Uno de los agentes apareció en el pasillo.

—Inspectora.

Le entregó una bolsa transparente. Dentro había un teléfono.

—Estaba en el bolsillo del abrigo de la víctima. Sin bloquear.

Elena se colocó guantes y encendió la pantalla. Había varias llamadas perdidas y una notificación de mensaje.

La inspectora no abrió nada inmediatamente.

—¿Quién tocó el abrigo?

—Lo retiraron los sanitarios para comprobar si llevaba documentación. El teléfono ya estaba en el bolsillo.

Elena miró a Vera.

—¿Ferrer utilizó el teléfono durante la reunión?

—No lo vi.

—¿Y la carpeta desaparecida? ¿Qué tamaño tenía?

Vera indicó con las manos.

—Cuero oscuro. Lo bastante grande para un manuscrito.

—¿Alguien llevaba algo parecido al salir del depósito?

—Nadie salió del depósito con nosotros. Leandro ya no la tenía cuando lo encontramos.

Elena miró las pertenencias alrededor de la sala: el bolso de Marina, el abrigo de Bruno, la mochila de Simón, el paquete vacío de Adela, las chaquetas colgadas.

—Nadie se marcha hasta que terminemos.

Bruno levantó la vista desde su hoja.

—¿Estamos detenidos?

—Todavía no.

—Entonces no puede impedir que nos vayamos indefinidamente.

—Hay un hombre muerto en una habitación cerrada, un posible arma junto a ustedes y pruebas desaparecidas. Si desea ser el primero en discutir cuánto tiempo puedo retenerlo, también será el primero en prestar declaración formal.

Bruno sostuvo la mirada de Elena.

—Solo preguntaba.

—Y yo solo respondía.

Mauro dejó de escribir.

—No necesitamos abogados para contar lo que ocurrió.

Bruno se volvió hacia él.

—Algunas personas los necesitan precisamente cuando deciden contar demasiado.

—¿Es una advertencia?

—Es una observación profesional.

—Basta —dijo Elena.

Mauro apretó el bolígrafo entre los dedos. Vera temió que lo partiera.

La inspectora volvió al teléfono de Leandro. Abrió las notificaciones y revisó la pantalla sin modificar el ángulo.

Su expresión no cambió.

—Mauro —dijo.

Él no respondió.

—Necesito que vengas conmigo.

—Todavía no he terminado.

—Puedes terminar después.

Mauro dejó la hoja en el alféizar.

—¿Qué ocurre?

Elena mostró el teléfono, pero mantuvo la pantalla lejos de los demás.

—¿Este número es tuyo?

Mauro apenas miró.

—Sí.

—Enviaste varios mensajes a Leandro Ferrer esta tarde.

—Le envié uno.

—Hay cuatro.

—Los demás eran de antes.

—¿Antes de qué?

Mauro miró hacia la puerta del depósito.

—De que supiera que iba a volver.

—¿Por qué no querías que volviera?

—Eso es entre él y yo.

—Él ya no está en condiciones de conservar el secreto.

Adela cerró los ojos.

Marina se levantó.

—Mauro, responde.

—Tú no te metas.

—Si lo encontraron muerto después de que lo amenazaras, ya estamos todos metidos.

Mauro la miró con algo parecido a una traición.

—No sabes de qué hablas.

—Entonces explícalo.

Elena se colocó entre ambos.

—No aquí. Mauro, ven conmigo.

—¿Qué decía el mensaje? —preguntó Simón.

La inspectora no respondió.

Vera observó a Mauro. Había palidecido.

—¿Qué le escribiste? —preguntó ella.

Mauro bajó la cabeza.

Durante unos segundos solo se oyó la lluvia.

Elena giró el teléfono para que él pudiera leer la pantalla. Vera no alcanzó a ver las palabras, pero no lo necesitó. Mauro las repitió de memoria.

—Le dije que, si volvía a La Buena Letra con ese manuscrito, no saldría de aquí.

Simón miró hacia su mochila.

Fue un movimiento mínimo.

Vera lo vio.

Después miró otra vez a Mauro, a la puerta cerrada del depósito y a la sexta silla vacía.

El hombre al que habían amenazado con impedirle salir de la librería seguía dentro.

El manuscrito no.