Capítulo 2El hombre que había escrito demasiado
El hombre que había escrito demasiado
Durante siete segundos, nadie dijo nada.
Después, todos hablaron al mismo tiempo.
—Llama a emergencias —ordenó Marina.
—Hay que comprobar si respira —dijo Mauro.
—No toquen nada —advirtió Bruno.
—¿Está muerto? —preguntó Simón desde el pasillo.
Adela no dijo nada. Se limitó a mirar el cuerpo de Leandro Ferrer con una expresión que Vera no consiguió interpretar. No parecía sorpresa ni miedo. Parecía la confirmación de algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Vera se arrodilló junto al escritor.
—Has oído lo que he dicho —insistió Bruno—. No deberías tocarlo.
—Y yo he oído que tal vez siga vivo.
Acercó dos dedos al cuello de Leandro. No encontró pulso, pero sus manos temblaban demasiado para confiar en ellas.
Mauro se agachó a su lado.
—Déjame.
Colocó una mano cerca de la nariz del escritor y la otra sobre su pecho. Permaneció así unos segundos.
—No respira.
Tinta olió el zapato de Leandro.
—Saca al gato —dijo Bruno.
—Vuelve a ordenarle algo y tendremos dos cadáveres —respondió Mauro.
Vera marcó el número de emergencias. La mujer que contestó le hizo repetir dos veces la dirección y después comenzó a formular preguntas con una calma que parecía pertenecer a otro mundo.
—¿La persona responde?
—No.
—¿Respira?
Vera miró a Mauro.
Él negó con la cabeza.
—No.
—¿Hay alguna herida visible?
La pequeña mancha oscura junto a la sien de Leandro parecía mayor bajo la luz blanca del depósito.
—En la cabeza.
—¿Sangra?
—Muy poco.
La operadora le pidió que no moviera el cuerpo y que comprobara otra vez la respiración. Después le indicó que mantuviera despejado el acceso a la librería.
Vera colgó.
—La ambulancia está en camino.
—La puerta principal sigue cerrada —dijo Marina.
Todos la miraron.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Simón.
—Que nadie ha abierto el pestillo.
La lluvia golpeaba los cristales con tanta fuerza que el sonido llegaba hasta el depósito. La puerta que comunicaba con el patio interior también permanecía cerrada. Vera veía el cerrojo desde donde estaba.
—Tal vez estaba abierto antes del apagón —dijo Simón.
—No —respondió Vera—. Lo cerré cuando empezó la tormenta.
—Podría haber salido por el patio.
—El cerrojo se coloca desde dentro.
—Entonces el asesino sigue aquí —dijo Adela.
No elevó la voz. No fue necesario.
Simón dio un paso hacia atrás.
Bruno se volvió hacia él.
—Nadie ha confirmado que sea un asesinato.
Adela señaló la herida de Leandro con el bastón.
—¿Crees que estaba leyendo y una metáfora le cayó sobre la cabeza?
—Creo que debemos esperar a la policía.
—Tú siempre crees que las cosas empiezan a existir cuando alguien las registra.
Bruno apretó los labios.
Vera se levantó. Las piernas le temblaban, pero no quería que nadie lo notara.
—Todos a la sala principal.
—Yo me quedo —dijo Mauro.
—No. Cerramos esta puerta y nadie vuelve a entrar.
—El gato sigue dentro.
Tinta, como si hubiera entendido, pasó entre ellos y salió al pasillo.
Mauro fue el último en abandonar el depósito. Antes de hacerlo, miró otra vez a Leandro. Su rostro había perdido toda la rabia de la reunión. Ahora solo quedaba algo más antiguo.
Vera cerró la puerta sin tocar el picaporte con los dedos. Utilizó el extremo de la manga, aunque sabía que ya la habían abierto, empujado y contaminado entre todos.
—¿Dónde aprendiste eso? —preguntó Simón.
—En novelas malas.
—En las buenas también funciona.
—En las buenas, nadie explica de dónde lo aprendió.
Tinta comenzó a rascar la puerta del depósito.
—No puedes volver a entrar —le dijo Vera.
El gato la miró y rascó otra vez.
Mauro lo tomó en brazos. Tinta protestó con un sonido que parecía excesivo incluso para un animal recién expulsado de la escena de un crimen.
—Lo llevaré a la oficina.
—Ponle agua.
—Sé cuidar un gato.
—La última vez le diste crema de naranja.
—La pidió.
Mauro desapareció con él por la escalera que conducía al pequeño despacho del piso superior.
Vera regresó a la sala de lectura.
La mesa conservaba la apariencia de una reunión interrumpida: cinco vasos, seis tazas, platos con restos de bizcocho y una servilleta hundida en el café derramado. La silla de Leandro estaba apartada. La de Bruno también, aunque él la había colocado casi en su sitio después del apagón.
Simón mantenía la mochila colgada de un hombro.
—Déjala donde estaba —dijo Vera.
—¿Por qué?
—Porque nadie se lleva nada.
—Solo tengo mi equipo.
—Entonces no tendrás problemas en dejarlo.
Simón miró a Bruno, quizá esperando una objeción jurídica.
El notario no se la ofreció.
—Tiene razón —dijo—. Hasta que llegue la policía, es mejor que nadie modifique la escena.
Simón dejó la mochila bajo su silla.
Lo hizo con demasiado cuidado.
Vera miró hacia la estantería de ediciones antiguas.
Los dos sujetalibros de bronce seguían allí.
Sintió un alivio absurdo. Había temido encontrar uno de los faros desaparecido, manchado o tirado en el pasillo. Ambos sostenían la misma fila de libros que había organizado aquella tarde.
Entonces vio que el faro de la derecha apuntaba hacia fuera.
El haz esculpido en el bronce miraba a la sala, no a los libros.
—¿Alguien ha tocado esto?
Se acercó a la estantería.
—¿El qué? —preguntó Marina.
—Los sujetalibros.
—Yo los toqué cuando llegué —respondió Adela—. Solo el de la izquierda.
—¿Estás segura?
—A mi edad una aprende a no desperdiciar certezas.
Vera no tocó el faro de la derecha. Se inclinó para observarlo. La base no encajaba del todo en la marca limpia que había quedado sobre la madera. Alguien lo había levantado y vuelto a colocar unos centímetros más atrás.
—¿Qué ocurre? —preguntó Bruno.
—Nada.
—No parece nada.
—Por eso no quiero que nadie se acerque.
Bruno permaneció donde estaba.
A lo lejos se escuchó una sirena.
Marina se abrazó a sí misma.
—No pueden encontrarnos alrededor de una mesa con vino y un muerto en el depósito.
—Pueden —dijo Adela—. Es exactamente como van a encontrarnos.
—Lo decía porque parece terrible.
—Ha sido terrible antes de parecerlo.
Vera fue hasta la puerta principal y retiró el pestillo. La lluvia entró con los dos sanitarios que transportaban una camilla. Detrás de ellos aparecieron dos agentes uniformados.
En menos de un minuto, La Buena Letra dejó de pertenecerle.
Uno de los agentes ordenó que todos permanecieran sentados y anotó sus nombres. El otro revisó las puertas y subió al despacho para comprobar que no hubiera nadie más.
Los sanitarios entraron en el depósito. Salieron poco después sin mover la camilla.
No necesitaban decir nada.
Un automóvil oscuro se detuvo frente a la librería. De él bajó una mujer con impermeable gris, el cabello recogido y una expresión de profundo desacuerdo con la existencia de la lluvia.
Vera la reconoció.
Elena Valcárcel había comprado novelas en La Buena Letra desde antes de convertirse en inspectora. Amalia decía que leía los finales primero, una acusación que Elena nunca había confirmado ni negado.
Entró, cerró el paraguas y observó la mesa.
—Vera.
—Elena.
—Me alegra que hayas reabierto.
—Podrías haber elegido una noche mejor para venir.
—No me invitaron.
Elena mostró su identificación, aunque nadie se la había pedido. Tenía cuarenta y tantos años y hablaba con una serenidad que no parecía indiferencia. Era la calma de alguien que sabía que, cuando todos tenían prisa, convenía que al menos una persona no la tuviera.
Uno de los agentes se acercó y le resumió lo ocurrido en voz baja.
Elena escuchó sin interrumpir. Después miró a las cinco personas alrededor de la mesa, la sexta silla vacía y la puerta cerrada del depósito.
—¿Alguno ha salido del local desde que encontraron el cuerpo?
—No —respondió Bruno.
Elena lo miró.
—Le he preguntado a la dueña.
—Nadie ha salido —dijo Vera.
—¿Y antes de encontrarlo?
—La puerta principal estaba cerrada con pestillo. La del patio también.
—¿Había alguna otra salida?
—Una ventana en el baño, pero apenas cabría Tinta.
Desde el piso superior llegó un maullido.
Elena levantó la vista.
—¿Quién es Tinta?
—El único presente que no necesitará abogado.
—Todavía.
Elena se quitó el impermeable y lo entregó a uno de los agentes.
—Necesito que nadie hable con nadie. Ni sobre lo que vio ni sobre lo que cree haber visto. Escribirán por separado todo lo que recuerden desde su llegada hasta el momento en que apareció el cuerpo.
Simón alzó una mano.
—¿Podemos utilizar el teléfono?
—No.
—Escribo más rápido.
—Y borra todavía más rápido.
Un policía repartió hojas tomadas de la impresora del despacho.
Elena pidió que cada persona se sentara en un lugar diferente.
Mauro fue enviado junto al escaparate; Marina, detrás del mostrador; Adela permaneció en la mesa; Bruno se instaló cerca de la puerta y Simón en una banqueta de la sección infantil.
—Mi mochila —dijo él.
—Se queda donde está —respondió Elena.
La inspectora señaló a Vera.
—Tú vienes conmigo.
La llevó hasta la pequeña cocina. Cerró la puerta, pero no por completo.
—Empieza por el principio.
—Heredé la librería hace tres meses.
—El principio de esta noche.
—Eso es el principio de esta noche.
—Entonces intenta no convertirlo en una autobiografía.
Vera respiró.
Contó la llegada de Bruno, la tasación, las luces que habían parpadeado. La entrada de Mauro con el bizcocho. La fotografía antigua. Adela, Marina y Simón. La sexta silla. La aparición de Leandro con la carpeta de cuero.
Elena no tomó notas al principio. Escuchó con los brazos cruzados.
—¿Ferrer había sido invitado?
—No por mí.
—¿Alguien sabía que vendría?
—Nadie lo dijo.
—Eso no responde a la pregunta.
—No lo sé.
Vera describió la tensión con Mauro, el libro que Adela había llevado y la afirmación de Leandro sobre un crimen real.
—Repítela exactamente.
—Dijo: “Mi próxima novela está basada en un crimen real”.
—¿Algo más?
—Simón preguntó si era un asesinato. Leandro respondió que no todos los crímenes empiezan con un cadáver.
Elena levantó una ceja.
—Le gustaban las frases preparadas.
—Vivía de ellas.
—¿Y después?
—Dijo que una de las personas sentadas a la mesa ya conocía el final.
Ahora Elena tomó su libreta.
—¿Reacciones?