Capítulo 1La sexta silla #3
Sobre sus rodillas había un pequeño rectángulo de papel doblado.
Vera no recordaba haberlo visto antes.
El escritor lo abrió debajo de la mesa. Mientras leía, su expresión cambió. No fue miedo exactamente. Fue reconocimiento.
Cerró el papel dentro del puño.
—¿Dónde está el baño? —preguntó.
—Al fondo, después del depósito.
—Lo recuerdo.
—Entonces no necesitabas preguntar.
Leandro se levantó con la carpeta bajo el brazo.
Mauro lo siguió con los ojos.
—Si buscas una salida, la puerta está detrás de ti.
—Todavía no he terminado.
—Ese es el problema.
Un trueno sacudió los cristales.
Las luces se apagaron.
La oscuridad fue completa durante menos de un segundo. Después, los teléfonos comenzaron a iluminar rostros desde abajo.
Alguien golpeó una taza.
Marina soltó una exclamación.
—Nadie se mueva —dijo Bruno.
Una silla rozó el suelo.
Vera buscó su teléfono sobre el mostrador, pero no estaba donde lo había dejado.
—Tinta —llamó.
Escuchó pasos en dirección al pasillo.
—¿Quién va hacia el fondo? —preguntó.
Nadie respondió.
Otro trueno cubrió un sonido metálico, breve y pesado.
Después llegó el maullido de Tinta.
No era el sonido indignado que hacía cuando una puerta estaba cerrada. Era más agudo.
—Vera —dijo Adela—. ¿Tienes velas?
—En el mostrador.
Una luz apareció junto a la mesa. Simón había activado la linterna de su teléfono.
—Estaba en mi mochila.
—El teléfono estaba sobre la mesa —dijo Vera.
—Lo guardé.
La luz se movió demasiado deprisa para que pudiera verle bien la cara.
Mauro encendió su propio teléfono. Marina hizo lo mismo.
Bruno no estaba sentado.
—¿Bruno? —llamó Vera.
—Aquí.
Su voz llegó desde algún punto entre la mesa y el mostrador.
—Voy a revisar los fusibles.
—Espera.
Pero ya había desaparecido hacia el pasillo.
A través de los cristales cubiertos por la lluvia, Vera distinguió una mancha amarilla al otro lado de la calle. Durante un instante pensó que era un relámpago. Después la luz desapareció detrás de la silueta de Mauro.
El maullido volvió a oírse.
Más lejos.
—¿Dónde está Leandro? —preguntó Marina.
Nadie respondió.
Las luces regresaron de repente.
Todos parpadearon.
Bruno apareció junto al extremo del pasillo, ajustándose el puño derecho de la camisa.
—Un fusible antiguo —explicó—. Lo he vuelto a subir.
En la mesa había una taza volcada. Marina sostenía una servilleta contra el mantel. Mauro permanecía de pie. Adela no se había movido. Simón guardaba el teléfono en la mochila, cuyas correas estaban cubiertas por una fina capa de polvo.
La sexta silla estaba vacía.
La carpeta de cuero había desaparecido con Leandro.
—¿Se ha ido? —preguntó Marina.
Vera miró la puerta principal.
Seguía cerrada con el pestillo que había colocado al comenzar la tormenta.
—No por ahí.
Mauro ya caminaba hacia el fondo.
—Leandro —llamó.
Adela se levantó con ayuda del bastón.
—Tinta tampoco está.
Vera tomó su teléfono, que encontró debajo de una servilleta, y activó la linterna aunque las luces hubieran regresado.
El pasillo era estrecho. A la izquierda estaba la pequeña cocina. Después, el depósito. Al fondo, el baño y una puerta que daba al patio interior.
La cortina que ocultaba el cuadro eléctrico estaba abierta.
Bruno la cerró al pasar.
—Déjala —dijo Vera.
Él retiró la mano.
La puerta del depósito estaba entornada. Detrás se escuchaba un roce insistente.
Tinta arañaba la madera desde dentro.
—¿Cómo ha entrado? —preguntó Marina.
—La puerta no estaba cerrada —respondió Bruno.
—No he preguntado eso.
Vera empujó la puerta.
El depósito olía a papel húmedo, madera y sal. Las cajas se acumulaban contra las paredes. El viejo atlas náutico permanecía sobre una mesa, debajo de una lámpara apagada.
Tinta estaba junto a la estantería del fondo.
A sus pies yacía Leandro Ferrer.
Había caído de lado, con un brazo doblado bajo el cuerpo. Una pequeña herida oscura asomaba entre el cabello blanco, cerca de la sien. Sus ojos estaban abiertos, pero ya no parecían buscar ninguna cámara.
La carpeta de cuero no estaba allí.
Vera avanzó un paso.
Bruno le sujetó el hombro.
—No lo toques.
Mauro apartó su mano de un golpe.
—No la agarres.
—La escena debe conservarse.
—Cállate —dijo Mauro.
Vera no escuchó el resto.
Miraba el lugar vacío junto al atlas. Durante la limpieza de aquella tarde había dejado allí uno de los sujetalibros de bronce mientras reorganizaba una caja. Recordaba haberlo llevado después a la sala principal. Recordaba haber colocado los dos faros apuntando hacia los libros.
Ahora no estaba segura de nada.
Tinta olió la mano inmóvil del escritor y retrocedió. Después se sentó junto al cadáver, envolviéndose las patas con la cola.
Al otro lado del pasillo aguardaban cinco lectores.
Cinco personas que, apenas unos minutos antes, habían hablado de los libros que les habría gustado escribir.
La sexta silla permanecía vacía bajo las luces recién encendidas.
Vera recordó las últimas palabras de Leandro.
Una de las personas sentadas a la mesa ya conocía el final.
Lo que él no había dicho era cuánto estaba dispuesta a hacer para impedir que los demás lo leyeran.