Capítulo 1La sexta silla #2
La campanilla sonó de nuevo.
Simón Vidal apareció con el cabello mojado, una mochila cruzada sobre el pecho y un teléfono sujeto a una pequeña empuñadura.
—No estoy grabando —dijo antes de saludar.
—Nadie te ha acusado —respondió Bruno.
—Lo dices con tono de alguien que ya prepara la acusación.
Simón tenía veintinueve años y dirigía un canal dedicado a reseñar novelas policiales. Sus seguidores eran más numerosos que los habitantes de Puerto Lumbre, una información que mencionaba con falsa vergüenza y auténtica frecuencia.
Guardó el teléfono, pero no la empuñadura.
—¿De verdad volvió el club de Amalia?
—Si te sientas y lees, sí —dijo Vera.
—He leído.
—El libro de este mes se elegirá hoy.
—Entonces he leído preventivamente.
Mauro le sirvió una porción de bizcocho.
—Come también preventivamente.
Las cinco sillas quedaron ocupadas. Vera se mantuvo de pie, junto al lugar que había reservado para sí misma, y miró el pequeño círculo que acababa de formarse.
Bruno, impecable y erguido.
Mauro, demasiado grande para la silla y demasiado tenso para alguien que había llegado con un bizcocho.
Adela, con las dos manos apoyadas sobre el bastón.
Marina, que había vuelto a mirar la fotografía antigua.
Simón, cuyo teléfono permanecía sobre la mesa con la pantalla hacia abajo.
No era el club de Amalia. Todavía no. Pero había conversación, y eso bastaba para cumplir al menos una de las reglas.
Vera llenó los vasos.
—Mi tía guardaba una lista de preguntas para las reuniones. Pensé que podríamos empezar con una.
—¿Hay respuestas correctas? —preguntó Simón.
—Solo respuestas que hacen que los demás te juzguen en silencio.
—Es decir, como en internet.
Vera abrió el cuaderno de Amalia.
—La pregunta es: ¿qué libro les habría gustado escribir?
Mauro soltó una risa breve.
—Eso es fácil. Uno que se venda.
—Tu relación con la literatura es conmovedora —dijo Adela.
—Mi relación con el alquiler es todavía más intensa.
—No elegiría ninguno —intervino Bruno—. Escribir un libro parece una manera muy lenta de explicar algo.
—Y redactar un contrato es una manera muy larga de ocultarlo —replicó Adela.
Marina sonrió detrás de su vaso.
Vera estaba a punto de leer la siguiente anotación de Amalia cuando la campanilla sonó por sexta vez.
Esta vez nadie entró inmediatamente.
La puerta quedó entreabierta y el viento empujó hacia el interior unas gotas de lluvia. Después apareció un hombre alto, de abrigo azul oscuro, sosteniendo una carpeta de cuero contra el pecho.
Vera lo reconoció antes de que levantara el rostro.
Leandro Ferrer había envejecido mejor que en las fotografías de sus libros y peor que en las entrevistas. Tenía el cabello completamente blanco, el rostro delgado y una mirada que parecía ensayada para encontrar una cámara incluso cuando no había ninguna.
Cerró la puerta.
—Espero no llegar demasiado tarde.
Nadie respondió.
Leandro observó la mesa, las cinco personas sentadas y la silla todavía vacía frente a Vera.
—¿Puedo ocupar la sexta?
Mauro dejó el tenedor sobre el plato.
Adela fue la única que sostuvo la mirada del escritor sin sorpresa.
—Siempre te gustaron los lugares que no te correspondían —dijo.
Leandro sonrió, aunque la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Y tú siempre esperaste demasiado para decirlo, profesora.
Vera apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—La reunión no era pública.
—La anunciaste en una página pública.
—Eso no es lo mismo.
—En estos tiempos, me temo que sí.
Leandro levantó la carpeta.
—Además, he traído una lectura.
Simón ya tenía el teléfono en la mano.
—¿Es su próxima novela?
—Todavía no.
—¿Puedo grabar?
—Todavía menos.
Leandro miró a Mauro.
El reconocimiento fue inmediato. Algo se endureció bajo la expresión amable del escritor.
—No sabía que vendrías.
—Yo tampoco sabía que tú seguías entrando aquí —respondió Mauro.
—La puerta estaba abierta.
—Ese nunca fue tu problema.
Vera pensó en pedirle a Leandro que se marchara. Después miró a Adela, que no parecía querer perderse lo que estaba a punto de ocurrir. Marina sostenía el vaso sin beber. Bruno permanecía inmóvil, pero había cerrado la cartera de documentos y colocado una mano sobre el nudo verde.
Solo Simón parecía feliz.
Aquello podía acabar mal.
También podía ser la primera reunión interesante del club.
Vera soltó el respaldo.
—Siéntate.
Leandro se quitó el abrigo y ocupó la sexta silla. Dejó la carpeta de cuero en el suelo, apoyada contra su pierna.
Tinta salió de debajo de la mesa y olió sus zapatos.
—Hola —dijo Leandro.
El gato retrocedió.
—No te recuerda —comentó Vera.
—Los gatos recuerdan todo.
—Por eso no perdonan.
Leandro observó la librería. Los estantes altos, la escalera de madera, la fotografía junto a la caja registradora. Cuando descubrió la imagen, el aire de suficiencia desapareció durante un instante.
—¿La encontraste aquí?
—En un cajón.
—Amalia guardaba las cosas donde podían sobrevivirla.
Adela desenvolvió por fin el libro que había llevado. Era una vieja edición de tapas verdes, con páginas amarillentas y el lomo reparado varias veces.
Leandro la reconoció.
—No puedes estar hablando en serio.
—Nunca hablo tan en serio como cuando alguien desea que no lo haga.
Mauro se levantó.
—Voy a traer café.
—Puedo ayudarte —dijo Marina.
—No.
La respuesta fue más brusca de lo necesario. Mauro desapareció hacia la pequeña cocina del fondo.
Vera se sentó en el borde del mostrador.
—La pregunta era qué libro les habría gustado escribir.
Leandro miró la edición de Adela.
—Una pregunta peligrosa.
—¿Para un escritor?
—Sobre todo para un escritor.
—¿Cuál elegirías? —preguntó Simón.
Leandro apoyó la mano sobre la carpeta de cuero.
—El que estoy a punto de terminar.
Mauro regresó con una cafetera y varias tazas. Colocó una delante de cada persona, pero pasó de largo junto a Leandro.
—Yo también bebo café —dijo el escritor.
—Hay una cafetería dos puertas más abajo.
—Mauro —intervino Vera.
Él volvió a la cocina y regresó con otra taza. La dejó frente a Leandro sin mirarlo.
—Gracias.
—No te acostumbres.
Leandro bebió un sorbo. Cerró los ojos brevemente.
—Sigue siendo demasiado fuerte.
—Y tú sigues hablando demasiado.
Marina intervino antes de que el silencio se volviera irreversible.
—¿De qué trata el nuevo libro?
Leandro apoyó ambas manos sobre la carpeta.
—De Puerto Lumbre.
—Nunca escribes sobre Puerto Lumbre —dijo ella.
—No con su verdadero nombre.
Algo en la manera en que Marina bajó la vista hizo que Vera quisiera preguntar más. No tuvo oportunidad.
Simón inclinó el cuerpo hacia delante.
—¿Es otro misterio?
—Supongo que sí.
—¿Supone?
—Hay crímenes que tardan tanto tiempo en ser descubiertos que dejan de parecer crímenes. Se convierten en carreras, reputaciones, edificios con placas en la entrada.
Bruno movió apenas la cabeza.
Tinta saltó sobre la mesa.
—Abajo —dijo Vera.
El gato caminó entre los vasos, ignorándola. Olió la taza de Leandro, después apoyó una pata sobre la carpeta de cuero.
Leandro intentó apartarlo. La carpeta cayó de lado y se abrió unos centímetros.
Vera vio un bloque de páginas impresas y, encima, un sobre amarillento cerrado con lacre verde.
Bruno se levantó tan deprisa que su silla rozó el suelo.
—Va a derramar el café.
Sujetó la taza de Leandro antes de que Tinta pudiera alcanzarla y la desplazó hacia el centro de la mesa. Con la otra mano, empujó la carpeta hasta cerrarla.
El movimiento pareció atento. Casi afectuoso.
Leandro levantó la carpeta del suelo y la mantuvo sobre las rodillas.
—El gato tiene curiosidad.
—El gato tiene antecedentes —dijo Vera.
Bruno secó con una servilleta una gota de café que había caído junto a los zapatos de Leandro. Al incorporarse, apoyó durante un instante una mano en el lateral de la carpeta.
Después regresó a su asiento.
Tinta se instaló junto al plato de Simón.
—Decía que algunos crímenes se transforman en reputaciones —recordó Adela—. Continúa.
La lluvia empezó a golpear los cristales.
Leandro miró uno por uno a quienes estaban sentados alrededor de la mesa. Cuando llegó a Mauro, se detuvo. Después miró a Bruno.
—Mi próxima novela está basada en un crimen real.
Simón dejó de acariciar al gato.
—¿Un asesinato?
—No todos los crímenes empiezan con un cadáver.
—¿Cuál fue el crimen? —preguntó Marina.
Leandro pasó el pulgar por el borde de la carpeta.
—Eso sería contar el final.
Una ráfaga hizo temblar la puerta. Las luces parpadearon otra vez.
Vera miró hacia el pasillo que conducía al depósito. La cortina que ocultaba el cuadro eléctrico se movió ligeramente, aunque allí no debería haber corriente de aire.
—Será mejor encender algunas velas —dijo.
—Yo puedo revisar el cuadro —se ofreció Bruno.
—Después.
Leandro bajó la vista.