El club de lectura de los sospechosos Capítulo 1La sexta silla
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El club de lectura de los sospechosos

El club de lectura de los sospechosos

Por Mateo Cendral

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Capítulo 1La sexta silla

La sexta silla

La primera regla de la librería de Amalia era que ningún libro debía colocarse donde no pudiera alcanzarlo un lector.

La segunda era que nunca debía venderse un libro a alguien que preguntara si quedaría bien en su salón.

La tercera, escrita con tinta roja en la primera página del cuaderno de cuentas, decía:

Una librería puede sobrevivir sin dinero durante un tiempo. Sin conversación, no.

Vera Luján había heredado las tres reglas, la librería que nunca las cumplía del todo y un gato naranja llamado Tinta porque tenía una mancha negra en el hocico.

También había heredado las deudas.

—No me mires así —le dijo al gato mientras limpiaba el polvo de uno de los sujetalibros de bronce—. Yo tampoco inventé los impuestos.

Tinta, sentado sobre una caja de novelas románticas, la miró como si los impuestos fueran otra decisión humana de la que prefería no participar.

Fuera, el mar estaba del color de una cuchara vieja.

Las nubes avanzaban sobre Puerto Lumbre y ocultaban la línea del horizonte, mientras el viento hacía vibrar el letrero de La Buena Letra sobre la puerta.

El pronóstico anunciaba lluvia para después de medianoche, pero el cielo llevaba toda la tarde expresando una opinión distinta.

Vera pasó el paño por el segundo sujetalibros. Ambos tenían forma de faro: dos pequeñas torres de bronce, pesadas y bastante feas, que su tía colocaba a cada extremo de las ediciones antiguas. Amalia insistía en que apuntaran hacia dentro, como si iluminaran los libros.

Vera los dejó en su posición habitual.

—Si esta noche no viene nadie, mañana los vendemos.

Tinta saltó de la caja.

—Era una broma.

El gato se alejó con la cola en alto.

Vera había anunciado la recuperación del club de lectura apenas cuatro días antes, utilizando una fotografía antigua encontrada en el cajón de la caja registradora.

En la imagen, Amalia aparecía veinticinco años más joven, sentada en aquella misma librería junto a ocho personas que sostenían libros y copas de vino.

Algunas miraban a la cámara. Otras parecían estar discutiendo.

Una de ellas era Leandro Ferrer.

Vera reconoció al escritor porque su rostro aparecía en las solapas de suficientes libros como para no necesitar presentación. En la fotografía tenía más pelo, menos seguridad y un brazo apoyado sobre los hombros de una muchacha que Vera no conocía.

En la parte posterior, Amalia había escrito:

Primer encuentro. Leímos a quienes todavía no sabían que serían olvidados.

Nada más.

La publicación anunciando el regreso del club había recibido cincuenta y tres reacciones, diecinueve comentarios, seis promesas de asistencia y un mensaje de una empresa inmobiliaria que deseaba hablar sobre “el enorme potencial comercial de la propiedad”.

Las seis promesas se habían convertido en cinco aquella mañana, cuando una mujer llamada Raquel explicó que no podría acudir porque su esposo tenía fiebre. Dos horas después, el esposo publicó una fotografía pescando en el espigón.

Vera no la juzgó. Después de quince años corrigiendo manuscritos, sabía que las ficciones más débiles no siempre eran las publicadas.

A las siete y cuarto dispuso seis sillas alrededor de la mesa central. Cinco para los miembros confirmados y una para ella. Extendió un mantel azul, colocó vasos, servilletas y un jarrón con flores que empezaban a inclinarse hacia la muerte sin haber perdido todavía la dignidad.

La reunión empezaría a las ocho.

A las siete y veinte llegó Bruno Alcázar.

No llamó. La campanilla sonó y el notario entró cerrando un paraguas negro que no parecía haber sido utilizado nunca.

—Todavía no llueve —dijo Vera.

—Por eso sigue seco.

Bruno tenía cincuenta y tantos años, el cabello gris cortado con precisión y la costumbre de vestirse como si en cualquier momento alguien pudiera pedirle que certificara una defunción. Aquella noche llevaba un abrigo oscuro, guantes de cuero y una cartera de documentos atada con un cordón verde.

—Pensé que vendrías a la reunión —dijo Vera.

—He venido.

—Faltan cuarenta minutos.

—También traigo esto.

Depositó la cartera sobre el mostrador.

Tinta apareció de inmediato.

—No —dijo Bruno.

El gato puso una pata sobre el cordón.

—Ha dicho que no —tradujo Vera—. Eso significa que tienes aproximadamente diez segundos antes de perder la propiedad jurídica de la cartera.

Bruno la levantó justo cuando Tinta intentaba morder el nudo.

—Sigue igual.

—Ahora tiene más derechos.

—Me refería al gato.

Bruno había administrado la sucesión de Amalia y conocía cada documento de la librería mejor que Vera. Durante las últimas semanas la había ayudado a entender qué debía pagar, qué podía aplazar y qué parte de la herencia consistía únicamente en problemas que habían cambiado de propietario.

Abrió la cartera y extrajo una carpeta.

—La tasación preliminar.

Vera miró hacia la mesa, aunque sabía que todavía no había nadie que pudiera escuchar.

—No esta noche.

—Tú pediste que se hiciera rápido.

—Pedí rapidez. No una emboscada durante el club de lectura.

—Podemos hablar mañana.

Bruno volvió a guardar la carpeta. Tinta aprovechó para tirar del cordón verde.

—Tinta.

El gato salió corriendo con un extremo entre los dientes. Bruno logró recuperar la cartera, pero un pequeño hilo quedó enganchado en una de las uñas del animal.

—Tu tía no habría vendido —dijo él.

Vera se agachó para liberar la pata de Tinta.

—Mi tía tampoco pagó tres recibos de electricidad.

—Los pagaba tarde. Es distinto.

En ese momento, las luces parpadearon. Una vez. Después otra.

Bruno alzó la mirada.

—La instalación sigue dando problemas.

—El electricista dijo que podía durar seis meses o incendiarse mañana. Fue muy tranquilizador.

—¿El cuadro continúa en el pasillo del depósito?

Vera lo miró.

—No sabía que lo conocías.

—Ayudé a Amalia con el seguro del local después de una inundación. El cuadro estaba detrás de una cortina horrible.

—La cortina sigue siendo horrible.

Bruno dejó el paraguas junto a la puerta y se quitó los guantes.

—Puedo echar un vistazo.

—Esta noche no. Si lo tocas y nos quedamos sin luz, te obligaré a leer poemas a la luz del teléfono.

—Eso podría considerarse trato degradante.

La campanilla volvió a sonar antes de que Vera pudiera responder.

Mauro Salcedo entró sosteniendo una bandeja cubierta por un paño y trayendo consigo el olor a mantequilla, naranja y pan caliente de La Miga , la panadería-cafetería situada dos puertas más abajo.

—He traído soborno —anunció.

Era un hombre grande, de barba oscura salpicada de blanco y manos capaces de sostener tres bandejas al mismo tiempo. Vera lo conocía desde niña. Mauro había sido una de esas personas que parecían adultas incluso en las fotografías de juventud.

Dejó la bandeja sobre la mesa y retiró el paño.

—Bizcocho de naranja.

—Dije club de lectura, no última cena —respondió Vera.

—Nadie regresa a una reunión por el libro. Regresa por lo que comió mientras fingía haberlo terminado.

Mauro vio a Bruno y su sonrisa perdió una fracción de calidez.

—Alcázar.

—Salcedo.

No se dieron la mano.

Vera observó el intercambio y decidió archivarlo. Su trabajo como correctora le había enseñado que una palabra fuera de tono podía revelar más que una página entera.

—¿Necesitas ayuda con algo? —preguntó Mauro.

—Puedes llevar los platos a la trastienda. Hay más servilletas junto al atlas grande.

Bruno volvió la cabeza hacia el pasillo.

El gesto fue breve. Vera solo lo notó porque estaba mirando.

—¿El atlas náutico de Amalia? —preguntó Mauro.

—Creo que sí.

—Pensé que lo había tirado.

—Amalia no tiraba libros. Los condenaba a vivir en habitaciones donde nadie podía encontrarlos.

Mauro llevó los platos al fondo. Cuando regresó, se había quitado la chaqueta. La colgó en el respaldo de una silla y eligió el lugar más alejado de Bruno.

A las ocho menos veinte llegó Adela Ríos con un libro envuelto en un pañuelo. Tenía setenta años, caminaba con un bastón que utilizaba más para subrayar opiniones que para apoyarse y había enseñado literatura a tres generaciones de Puerto Lumbre.

—Llegas pronto —dijo Vera.

—Llegas tarde a partir de la hora anunciada. Antes de eso, una llega cuando quiere.

Adela besó a Vera y entregó a Tinta la atención que no había ofrecido a ningún ser humano.

—Estás más gordo.

Tinta se dejó acariciar.

—A mí no me dices nada parecido —se quejó Mauro.

—Tú no eres un gato.

—No está demostrado.

Adela descubrió a Bruno junto al mostrador.

—Veo que también aceptan géneros jurídicos.

—Solo las noches de tormenta —respondió él.

Adela dejó su libro sobre la mesa sin desenvolverlo. Miró los sujetalibros de bronce, pasó un dedo por el faro de la izquierda y comprobó si tenía polvo.

—Los has puesto bien.

—Sé seguir instrucciones —dijo Vera.

—No siempre.

La tasación pareció aumentar de peso dentro de la cartera de Bruno.

Marina Soler llegó a las ocho menos diez, envuelta en un abrigo color crema y con el cabello recogido de una manera que la lluvia todavía no había conseguido destruir.

Trabajaba como responsable de Cultura del ayuntamiento y hablaba incluso de las averías públicas como si formaran parte de una programación cuidadosamente diseñada.

Llevaba una botella de vino.

—Es de la recepción del festival del año pasado —explicó—. Antes de que preguntes, no fue pagada con dinero público.

—No iba a preguntar —dijo Vera.

—Bruno sí.

El notario levantó ambas manos.

Marina dejó la botella junto al bizcocho, saludó a todos y dedicó a Mauro un abrazo más prolongado que a Bruno. Cuando vio la fotografía antigua colocada sobre el mostrador, se detuvo.

—¿Dónde encontraste esto?

—En la caja registradora.

Marina acercó el rostro.

—Es el primer club.

—Eso escribió Amalia.

Adela observó la fotografía desde su silla.

—No fue el primero. Fue el primero que ella decidió recordar.

—¿Conocías a todos? —preguntó Vera.

—A casi todos.

Vera señaló a la joven que aparecía junto a Leandro Ferrer.

—¿Y a ella?

Adela se tomó un instante antes de responder.

Mauro retiró el cuchillo del bizcocho y lo colocó al otro lado de la bandeja.

—Celia —dijo.

—Mi hermana.