Capítulo 10La librería que decidió quedarse #2
Las paredes tenían una nueva capa de pintura color crema. Mauro había reparado la canaleta. Simón creó una página en internet que, contra todo pronóstico, funcionaba. Marina consiguió que la librería fuese incluida en una ruta cultural, aunque su nombre no aparecía en ninguna parte del proyecto.
No había ocurrido un milagro.
Las facturas seguían llegando. Algunos meses eran mejores que otros. La cafetera continuaba haciendo un ruido alarmante y el techo del almacén aún necesitaba una reparación demasiado cara.
Pero la librería vendía suficientes libros para pagar sus gastos.
Era el tipo de milagro que no descendía del cielo envuelto en luz.
Llegaba en forma de facturas vencidas, pedidos confirmados y dinero suficiente por muy poco.
Sobre la mesa del club, Vera había colocado seis sillas.
En una de ellas descansaba un ejemplar de La última luz del puerto .
La sexta silla ya no pertenecía a Leandro.
Tampoco estaba vacía.
A las siete, Adela se levantó frente a los lectores.
Las conversaciones cesaron poco a poco.
—Celia Salcedo escribió esta novela cuando tenía treinta y dos años —dijo—. Durante mucho tiempo, otros decidieron que su nombre podía ser separado de sus palabras. Hoy ambas cosas vuelven a estar juntas.
No habló del éxito que quizá tendría el libro.
No prometió justicia completa.
No dijo que las historias pudieran devolver la vida a sus autores.
Abrió el primer ejemplar y comenzó a leer:
—“En Puerto Lumbre, los faros no servían únicamente para guiar a los barcos. También recordaban a quienes se quedaban en tierra que toda luz era una forma de espera”.
Mauro bajó la cabeza.
Vera le tomó la mano.
Él no la miró, pero cerró los dedos alrededor de los suyos.
La voz de Adela llenó la librería.
No se parecía a la de Celia. Nadie podía saber ya con exactitud cómo habría leído aquellas frases. Sin embargo, las palabras eran suyas. Después de veintiséis años, eso bastaba.
Cuando Adela terminó el primer capítulo, nadie aplaudió inmediatamente.
Hubo unos segundos de silencio.
No el silencio comprado por Leandro.
No el que Bruno había certificado y guardado entre documentos.
Era el silencio de los lectores cuando una historia les había llegado a un lugar para el que todavía no tenían palabras.
Después comenzó el aplauso.
Mauro se cubrió los ojos con una mano.
Adela cerró el libro.
Marina, al fondo de la sala, lloraba sin esconderse.
Simón no tomó ninguna fotografía.
Vera miró las estanterías, las paredes recién pintadas y la lámpara verde de Amalia encendida junto al ventanal.
Pensó que su tía debería haber estado allí.
Luego se corrigió.
Amalia estaba en la copia que había conservado. En las notas rojas de los márgenes. En el sillón gastado. En cada error que no pudo reparar y en las pistas que dejó para que otros lo intentaran.
No era una presencia.
Era una responsabilidad.
Y Vera había decidido aceptarla.
Cuando el último visitante se marchó, ya había oscurecido.
De las doce cajas solo quedaban tres sin abrir. La mesa estaba cubierta de tazas, migas y ejemplares esperando una dedicatoria que Celia nunca podría escribir.
Adela se llevó uno.
Marina compró dos.
Simón pagó por tres después de que Mauro le advirtiera que comprobaría el extracto bancario.
Elena compró uno y se negó nuevamente a aceptar el descuento.
En la puerta, un cartel escrito con la letra de Vera anunciaba:
NUEVAS INSCRIPCIONES CLUB DE LECTURA DE LOS SOSPECHOSOS LOS JUEVES A LAS OCHO NO ES NECESARIO TENER COARTADA
—El nombre sigue siendo terrible —dijo Vera.
Simón se puso el abrigo.
—Había una fila para apuntarse.
—Eso no lo mejora.
—Había una fila que daba la vuelta a la esquina.
—Lo mejora un poco.
Simón sonrió.
—¿Cuál será la primera lectura?
—Todavía no lo he decidido.
—Elige un misterio.
—Después de lo ocurrido, pensaba en algo sin cadáveres.
—Los libros sin cadáveres también esconden cosas.
Adela le dio un golpe suave en la pierna con el bastón.
—Váyase antes de decir algo inteligente y arruinar su reputación.
Simón obedeció.
Adela y Marina salieron juntas. No parecían amigas, pero habían empezado a caminar al mismo ritmo. Elena se despidió con un movimiento de cabeza y prometió regresar al club siempre que nadie muriera durante la discusión.
Cuando quedaron solos, Mauro recogió las tazas.
Vera miró el escaparate.
—¿Sabes qué pasó con el cartel de venta?
—No.
—Mauro.
—Tinta parecía incómodo encima de él. Quizá lo confundió con una decisión equivocada.
Vera cruzó los brazos.
—¿Lo quitaste tú?
—Solo despegué una esquina. El resto fue cooperación felina.
Tinta, sobre una caja de libros, continuó lavándose una pata.
—Podrías haber preguntado si había cambiado de opinión.
—Si preguntaba, podías asustarte y volver a colocarlo.
—Eso es manipulador.
—Mucho menos que fingir una cesión de derechos.
—El listón ha quedado bastante bajo.
Mauro dejó la última taza en el fregadero.
—¿Vas a venderla?
Vera observó La Buena Letra.
El suelo seguía crujiendo en los mismos lugares. Había humedad junto a la sección de historia. La caja registradora necesitaba dos golpes para abrirse y Tinta había arañado una esquina de la pintura nueva.
También había una lista de espera para el club.
Una mesa llena de libros de Celia.
Y una lámpara encendida junto al sillón de Amalia.
—No —dijo—. No voy a venderla.
Mauro asintió, como si acabara de confirmar algo que sabía desde hacía meses.
—Bien.
—¿Eso es todo?
—Puedo fingir sorpresa, si quieres.
—Un poco de entusiasmo no sería humillante.
Mauro se acercó.
—Me alegra que te quedes.
Lo dijo sin bromear.
Vera sintió el impulso de responder con alguna ironía, pero estaba cansada de utilizar el humor para esconder las frases que importaban.
—A mí también —dijo—. Aunque todavía no sé si me quedo por la librería.
—¿Por Tinta?
—Tinta es uno de los argumentos en contra.
El gato levantó la cabeza.
Mauro quedó muy cerca de ella.
—Entonces tendrás que seguir investigando.
—No soy detective.
—Eso ya lo has dicho.
—Y tú sigues siendo sospechoso.
—¿De qué?
Vera le quitó una miga de harina del cuello de la camisa.
—De retirar carteles ajenos. Entrar con café sin invitación. Intentar sobornar a la propietaria con bollos de canela.
—Las pruebas son circunstanciales.
—Tengo un testigo.
Ambos miraron a Tinta.
El gato saltó de la caja y desapareció entre las estanterías.
—Poco fiable —dijo Mauro.
—Se deja comprar con atún.
—Como casi todos en este pueblo.
Mauro inclinó la cabeza y la besó.
Fue un beso breve, cálido y sin ninguna de las complicaciones que Vera había imaginado para aquel momento. Cuando se separaron, Mauro parecía tan sorprendido como ella.
—Eso no demuestra mi inocencia —dijo.
—La empeora considerablemente.
—Puedo repetirlo durante la reconstrucción.
Vera sonrió.
—Fuera de mi librería.
—Creía que querías que me quedara.
—Mañana. Con café.
Mauro tomó su abrigo.
Antes de salir, señaló la lámpara del ventanal.
—¿No vas a apagarla?
Vera miró la luz verde.
Amalia la dejaba encendida cuando esperaba que algún lector regresara a buscar un libro. También cuando llovía, por si alguien necesitaba refugiarse. Decía que una librería completamente oscura se parecía demasiado a una puerta cerrada.
—Todavía no.
—¿Esperas a alguien?
Vera observó el cartel del club, las cajas de La última luz del puerto y las huellas que Tinta había dejado sobre el mostrador.
—Siempre.
Mauro salió.
Vera cerró la puerta sin apagar la lámpara.
Después tomó uno de los ejemplares de Celia, se acomodó en el sillón de Amalia y comenzó a leer desde la primera página.
Tinta apareció al cabo de unos minutos. Se instaló sobre sus piernas, ocultando exactamente la mitad del texto, y empezó a ronronear.
Afuera, las luces de Puerto Lumbre se apagaron una tras otra.
La del ayuntamiento.
La del café.
La de las casas frente al mar.
Hasta que, en la calle silenciosa, solo quedó encendida la lámpara de La Buena Letra.
Aquella noche, la última luz del puerto fue la de una librería que había decidido quedarse.