El Club de las Renacidas CAPÍTULO 6 — EL JUEZ | SELAH
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CAPÍTULO 6 — EL JUEZ | SELAH

Selah llevaba cuatro días trabajando en el bazar cuando el juez Pruitt decidió recordarle que Bellhaven seguía siendo suyo.

Ocurrió a plena luz del día.

Eso fue lo que más le molestó.

Si Everett Pruitt la hubiera esperado en un callejón, si hubiese enviado a un hombre a golpear la puerta de Miriam después de medianoche o si hubiera dejado una nota debajo de una piedra, Selah habría podido odiarlo con simplicidad.

Pero el juez prefería las amenazas que podían confundirse con buenos modales.

Selah acababa de salir de la oficina de correos con un paquete de sellos y dos sobres para Idella cuando lo vio cruzar Main Street.

No era un hombre especialmente alto. Su poder hacía que pareciera más grande de lo que era.

Traje gris. Sombrero claro. Bastón que no necesitaba y que utilizaba como si fuera un signo de puntuación.

En el porche del café, dos hombres se levantaron para estrecharle la mano.

Pruitt habló con ellos, sonrió y continuó caminando.

Directamente hacia Selah.

Ella podría haber cruzado la calle.

No lo hizo.

Él se detuvo a un brazo de distancia.

—Señorita Marsh.

—Juez.

—Me dijeron que había vuelto.

—El pueblo está perdiendo velocidad. Llevo cuatro días aquí.

La sonrisa de Pruitt no llegó a sus ojos.

—También me dijeron que Idella le ha dado empleo.

—Paga poco, pero todavía no me ha mandado a prisión.

Uno de los hombres del café tosió.

El juez inclinó apenas la cabeza.

—Siempre tuvo usted una tendencia a confundir insolencia con inteligencia.

—Y usted a confundir autoridad con razón.

La sonrisa desapareció.

Solo un instante.

Después volvió.

—Espero que su regreso sea tranquilo.

—Yo también.

—Bellhaven puede ser generoso con quienes aceptan empezar de nuevo.

Selah miró los edificios alrededor. El farmacéutico fingía ordenar botellas detrás del escaparate. Una mujer empujaba un cochecito más despacio de lo necesario. Nadie quería perderse la conversación, pero todos querían conservar el derecho a decir que no habían escuchado.

—¿Empezar de nuevo significa olvidar lo anterior? —preguntó Selah.

Pruitt apoyó ambas manos sobre el pomo del bastón.

—Significa comprender que los errores tienen consecuencias.

Selah sintió el olor del juzgado.

No estaba allí.

Aun así lo sintió.

Barniz viejo. Papel. Sudor atrapado debajo de lana demasiado gruesa.

Tres años antes, el juez se había sentado frente a ella en una oficina lateral, sin toga, y había pronunciado casi las mismas palabras.

Los errores tienen consecuencias, Selah.

Entonces había utilizado su nombre.

Porque entonces necesitaba algo.

—Algunos errores —dijo Selah— tienen consecuencias para la persona equivocada.

El juez la observó.

El tráfico siguió pasando detrás de ellos.

—Tenga cuidado.

—¿Con qué?

—Con convertir el resentimiento en fantasía.

—Estuve presa. Tuve bastante tiempo para distinguir una cosa de la otra.

La punta del bastón golpeó una vez el suelo.

—Mi hijo ya ha sufrido bastante por todo aquello.

Selah casi se rio.

Thomas.

Ahí estaba, aunque no lo hubiera nombrado.

El muchacho de manos temblorosas y camisa blanca. El hombre de veintiocho años que había entrado en la oficina de depósitos del juzgado una noche de lluvia y había salido con dinero que no le pertenecía.

El hijo que apareció en la cocina de Selah dos horas después.

El hijo que lloró.

El hijo que dijo que lo devolvería.

El hijo que juró que nadie podía saberlo porque su padre lo destruiría.

Y después, cuando alguien descubrió el faltante, fue el padre quien decidió exactamente a quién destruir.

Selah no había pensado aceptar la culpa.

Al principio.

Después Pruitt mencionó a June.

Mencionó la custodia.

Mencionó que una madre soltera con trabajo irregular, vinculada a un robo del condado, podía perder mucho más que la libertad.

Mencionó a Miriam, que dependía del empleo de su marido en una empresa cuyos contratos pasaban por el tribunal.

Y Thomas le había dicho, con la voz rota, que si ella aceptaba una declaración menor no iría a prisión.

«Mi padre puede arreglarlo».

Su padre lo arregló.

Tres años.

—¿Thomas ha sufrido? —preguntó Selah.

Pruitt bajó la voz.

—No pronuncie su nombre.

Eso fue lo más sincero que había dicho.

Selah lo miró con calma.

—Thomas.

El juez dio un paso hacia ella.

Ahora estaban lo suficientemente cerca para que cualquier observador pensara que compartían una confidencia.

—Ha recuperado la libertad hace menos de una semana —dijo—. Sería desafortunado que la perdiera por no saber cuándo dejar enterrado el pasado.

Selah no se movió.

—¿Eso es una amenaza?

—Es un consejo.

—La última vez que me aconsejó algo terminé en una celda.

El juez se apartó.

Volvió a colocarse el sombrero.

—Buenos días, señorita Marsh.

—Buenos días, Everett.

El nombre de pila lo detuvo.

Selah sintió un placer pequeño y oscuro.

No suficiente para llamarlo victoria.

Selah no volvió inmediatamente al bazar después del encuentro con Pruitt.

Caminó hasta la plaza del juzgado y se sentó en un banco bajo una magnolia. Necesitaba esperar a que las manos dejaran de temblar antes de que Idella las viera.

El edificio estaba a treinta metros.

Tres años antes había entrado por la puerta lateral entre dos agentes.

Ahora podía entrar por la principal.

La libertad, pensó, tenía gestos ridículos.

Cruzó la calle.

En la planta baja estaba la oficina de registros. No iba a pedir todavía su expediente; quería saber el terreno.

Un joven detrás del mostrador levantó la cabeza.

—¿Puedo ayudarla?

—Busco información sobre expedientes judiciales cerrados.

El muchacho la reconoció a mitad de frase.

Selah vio cómo sus ojos cambiaban.

—Necesita solicitud.

—¿Dónde?

—Aquí.

—¿Y quién la aprueba?

—Depende del caso.

—El mío.

El muchacho miró hacia una puerta interior.

—Tal vez el juez.

Selah sonrió sin humor.

—Claro.

—Puede hablar con el señor Pike mañana. Él lleva los archivos viejos.

—¿Vernon Pike?

—Sí.

Selah recordó el nombre. Pike había estado en el juicio, sentado detrás del fiscal durante dos días, tomando notas que nadie pareció leer.

—Gracias.

Al salir, escuchó voces en el corredor lateral.

Una era de Pruitt.

Se detuvo antes de la esquina.

—…no quiero que ese expediente se mueva sin que yo lo sepa.

Otra voz respondió algo demasiado bajo.

Pruitt continuó:

—Marsh está buscando problemas. No se los faciliten.

Selah sintió un frío satisfecho.

Había estado libre menos de una semana y ya lo había hecho reaccionar.

Eso era información.

Salió por la puerta principal.

En la plaza, una mujer mayor la reconoció.

—Selah Marsh.

Selah se detuvo.

Era la señora Avery, antigua maestra de escuela.

—Señora Avery.

La mujer sostuvo su bolso contra el pecho.

—Escuché que volviste.

—Sí.

—Espero que esta vez encuentres un camino mejor.

El comentario podía haber sido amable.

No lo fue.

Selah respiró.

—Yo también.

La señora Avery pareció esperar disculpa, arrepentimiento, algo.

Selah no se lo dio.

Continuó caminando.

En la esquina, dos mujeres de su edad salieron de la farmacia. Una había sido compañera de escuela.

—Selah.

—Margaret.

Margaret sonrió con incomodidad.

—Te ves… bien.

—Gracias.

—Nos preguntábamos si volverías.

—¿Quiénes?

La mujer se puso roja.

—La gente.

—La gente siempre tiene muchas preguntas y pocas direcciones.

Margaret miró a su amiga.

—No quise ofenderte.

—No lo hiciste.

Selah siguió.

No era exactamente verdad.

Pero también comprendió algo. Si reaccionaba a cada mirada como una pelea, Pruitt podía quedarse sentado en su oficina y dejar que el pueblo hiciera su trabajo por él.

En casa de Miriam, June estaba en el porche coloreando.

Selah se sentó en el escalón inferior.

—¿Qué haces?

June cubrió el dibujo con un brazo.

—Nada.

—Parece competitivo.

La niña dudó y luego le mostró la hoja.

Era una casa con un árbol enorme y cuatro ventanas.

—Bonita.

—Es para la escuela.

—¿Tu casa?

June negó.

—Una inventada.

Selah sintió alivio y una pequeña tristeza.

—Tiene muchas ventanas.

June la miró.

—Sí.

La referencia a la conversación del primer día estaba allí.

Selah la aceptó sin tocarla demasiado.

—Las ventanas son buenas.

June siguió coloreando.

—Tía Miriam dice que trabajas con Idella.

—Empiezo mañana.

—¿Vas a estar mucho allí?

—Probablemente.

—Puedo ir después de la escuela a veces.

Selah miró a su hija.

—Si quieres.

June se encogió de hombros.

—Idella da caramelos.

—Ah. Entonces soy secundaria.

La niña sonrió.

Fue la primera sonrisa completa que Selah recibió de ella.

Duró apenas un segundo.

Selah no intentó ampliarla.

Aprendía.

Dentro, Miriam preparaba cena.

—¿Cómo fue el pueblo? —preguntó.

Selah se lavó las manos.

—Pruitt me encontró.

Miriam se giró.

—¿Qué quería?

—Que olvide.

—Quizá deberías.

Selah levantó la cabeza.

Su hermana se puso tensa.

—No digo que tenga razón. Digo que acabas de volver. June está empezando a…

—Lo sé.

—¿Entonces por qué meterte con él?

Selah secó sus manos.

—Porque si no descubro qué hizo, voy a pasar el resto de mi vida esperando que pueda hacerlo otra vez.

Miriam bajó la voz.

—¿Y si puede?

La pregunta era honesta.

Selah pensó en las amenazas del juez.

—Entonces necesito que más gente lo sepa antes.

Su hermana se sentó.

—Tengo miedo.

Selah se arrodilló frente a ella.

—Yo también.

Miriam parecía sorprendida.

Quizá esperaba la Selah de antes, la hermana que confundía fortaleza con no admitir nunca la palabra.

—No quiero que vuelvas allí —dijo.

—Yo tampoco.

—Entonces prométeme que no harás nada estúpido.

Selah sonrió.

—Eso es demasiado amplio.

Miriam la golpeó suavemente en el hombro.

—Selah.

—Prometo no hacer nada sola si puedo evitarlo.

Fue una promesa nueva.

Y cuando más tarde llegó al bazar y miró el Libro, empezó a comprender cómo podría cumplirla.

Idella estaba cortando tela.

Le bastó mirar a Selah una vez.

—¿Quién?

—Pruitt.

Las tijeras se detuvieron.

—¿Qué quería?

—Ser amable.

—Ese hombre nunca ha sido amable sin factura.

Wren, sentada en el suelo junto a una caja de botones, levantó la cabeza.

—¿El juez?

—No es asunto tuyo —dijo Selah.

—Eso significa que sí.

Selah dejó los sellos sobre el mostrador.

—No te acostumbres a tener razón.