CAPÍTULO 5 — EL LIBRO | WREN #3
Idella miró la portada azul.
—¿Práctica de qué?
—Del Libro.
—No.
Wren abrió la primera página.
Había escrito:
IDA BELL — debe enseñarme.
Idella corrigió con lápiz rojo:
IDELLA.
—Ni siquiera sabes mi nombre.
—Eso es porque todo el mundo te llama Tía.
Selah, al fondo, soltó una risa.
Idella empujó el cuaderno.
—Si quieres aprender cuentas, empieza con las reales.
Le entregó una lista de ventas del día anterior.
Wren se sentó.
Quince minutos después había encontrado un error de treinta centavos.
Idella revisó.
Frunció el ceño.
Revisó otra vez.
—Selah.
—¿Sí?
—¿Tú sumaste esto?
—Sí.
Wren sonrió con insoportable satisfacción.
Selah se acercó.
—Traición.
—Talento —dijo Wren.
Idella le puso otra hoja delante.
—Encuentra dos más y consideraré que eres útil.
Wren trabajó una hora sin levantar la cabeza.
Aquello sorprendió incluso a ella.
Los números tenían una cualidad que le gustaba. Una cifra no fingía ser otra por educación. Diez menos cuatro eran seis aunque la señora Hargrove desaprobara el resultado.
Al mediodía, Idella le explicó crédito, margen y cuentas pendientes.
No el Libro secreto.
Pero la frontera empezó a moverse.
—¿Por qué algunas personas pueden comprar hoy y pagar después? —preguntó Wren.
—Porque sé que pagarán.
—¿Y si no?
—Entonces decido si fue una deuda o un regalo que ninguna quiso nombrar.
—Eso parece mala contabilidad.
—Es excelente vida de pueblo.
Una clienta entró, la señora Pearl Simmons, con un niño pequeño de la mano. Compró medio metro de tela y dejó solo una parte del precio.
Idella escribió el resto en la libreta normal.
Cuando Pearl salió, Wren preguntó:
—¿Por qué confías en ella?
—Porque durante la guerra cosió uniformes doce horas al día y nunca dejó una cuenta sin pagar.
—Eso no significa que pueda pagar ahora.
—Exacto.
Wren frunció el ceño.
Idella continuó:
—Conocer la diferencia entre quien no quiere pagar y quien no puede es una habilidad más importante que sumar.
Wren pensó en sus robos.
Había tratado el mundo como si todo estuviera dividido entre cosas que podía tomar y cosas que no.
Quizá existían más categorías.
Esa tarde llegó una mujer que Wren no conocía.
No entró por la puerta principal.
Golpeó detrás.
Idella la hizo pasar al almacén.
Selah estaba atendiendo la caja. Wren organizaba sobres de agujas.
—Quédate aquí —ordenó Idella.
Por supuesto, Wren la siguió cinco minutos después.
Escuchó detrás de la puerta.
La mujer lloraba.
—No puedo volver.
—Entonces no vuelvas —decía Idella.
—Él va a buscarme en casa de mi madre.
—Ya hablé con Louise. Puedes dormir allí esta noche. Mañana hay autobús a las siete veinte.
—No tengo suficiente.
—Eso se arregla.
—No quiero deberte.
Idella respondió algo que Wren recordaría:
—No me debes salir viva de una casa.
Hubo silencio.
Después Idella habló de dinero, billete, una dirección en Chattanooga.
Wren retrocedió antes de que abrieran.
Cuando Idella regresó, encontró a Wren exactamente donde la había dejado, demasiado exactamente.
—Escuchaste.
—No.
—Mientes peor cuando estás intentando parecer inocente.
Wren bajó la voz.
—¿Se va esta noche?
Idella la miró largo rato.
—Mañana.
—¿Su marido la golpea?
—No es tu historia.
—Pero la ayudas.
—Sí.
—¿Lo escribes en el Libro?
Idella no respondió.
Wren entendió que sí.
—¿Qué le pondrás?
—Nada que alguien pueda usar contra ella si encuentra la página.
—Por eso las claves.
Idella se apoyó en el mostrador.
—Una clave no sirve solo para ocultar. Sirve para recordar suficiente sin conservar demasiado.
Wren abrió su cuaderno azul.
—Enséñame.
Idella negó con la cabeza.
—Todavía no.
—¿Qué falta?
—Que entiendas que saber secretos no te hace importante.
Wren cerró el cuaderno.
La frase la molestó porque probablemente era cierta.
—¿Y qué me hace?
—Responsable.
Wren no tuvo respuesta.
Esa noche, en el orfanato, pensó en la mujer del almacén.
Imaginó el autobús saliendo a las siete veinte. Imaginó un asiento junto a la ventana, una maleta, una ciudad donde nadie conocía el nombre del marido.
Por primera vez su propio plan de huida le pareció incompleto.
No bastaba con escapar.
Alguien tenía que saber adónde se podía llegar.
Al día siguiente volvió al bazar antes de las siete.
La mujer ya estaba allí.
Wren no preguntó su nombre.
Solo le dio la cinta azul de repuesto que había comprado con dos centavos.
—¿Para qué es? —preguntó la mujer.
Wren se encogió de hombros.
—Para que parezca que eligió algo hoy.
La mujer la miró.
Después ató la cinta al asa de la maleta.
Idella no dijo nada hasta que el autobús se marchó.
—Eso no se apunta —dijo.
Wren entendió.
Algunas cosas tenían que recordarse sin convertirse en deuda.
Desde la acera vio a Selah acercarse al mostrador.
El Libro había cambiado de significado para ella en menos de diez minutos. Para Wren era una salida posible, una red de nombres que podía convertirse en billetes, una dirección o una puerta abierta.
Para Selah parecía otra cosa.
Parecía una herramienta.
Y las herramientas solo importaban cuando una persona ya sabía qué quería construir —o qué quería desmontar.