CAPÍTULO 5 — EL LIBRO | WREN #2
—Y yo necesito saber si eres capaz de terminar una tarea que no elegiste.
Wren miró el suelo.
—Esto es trabajo infantil.
—Entonces denuncia la tienda.
—¿A quién?
—Exactamente.
Wren barrió.
Durante cuarenta minutos.
No robó nada.
Aquello merecía reconocimiento y no recibió ninguno.
Selah estaba detrás del mostrador copiando precios en una libreta. Ruth no había aparecido todavía. Idella atendía a una mujer que Wren conocía como señora Farr, esposa de un hombre que reparaba techos.
—Necesito cuatro yardas —dijo la mujer.
—Cinco —respondió Idella.
—Cuatro bastan.
—No para lo que quieres hacer.
La señora Farr bajó la voz.
—No sé de qué hablas.
Idella midió cinco yardas de tela marrón.
—Claro que no.
Wren redujo la velocidad de la escoba.
Selah la vio.
—Barre —dijo.
Wren barrió más cerca.
Idella envolvió la tela.
La señora Farr puso algunas monedas sobre el mostrador.
Faltaba dinero.
Wren lo supo de inmediato.
Idella también.
No dijo nada.
Abrió el cajón del Libro.
La señora Farr miró hacia la puerta.
—No quiero quedar debiendo.
—Todos debemos algo a alguien —dijo Idella.
—No esto.
—Entonces considéralo pagado cuando puedas hacer lo mismo por otra.
Idella escribió una línea.
Wren intentó leerla desde donde estaba.
Farr — cinco yardas. Techo antes del domingo.
No tenía sentido.
La señora Farr tomó el paquete.
—Gracias.
—No me des las gracias aquí.
La mujer salió.
Wren dejó la escoba.
—¿Por qué necesitaba cinco si pidió cuatro?
Idella siguió escribiendo.
—Porque necesitaba cinco.
—Eso no explica nada.
—Entonces es una excelente respuesta.
Selah habló sin levantar la vista.
—La tela no era para un vestido.
Wren la miró.
—¿Para qué?
—Si Idella quisiera decírtelo, lo habría hecho.
—¿Y tú cómo sabes?
Selah dejó el lápiz.
—Porque la señora Farr miró tres veces la puerta y ninguna vez el color de la tela.
Wren sintió una pequeña descarga de respeto.
—Eso está bien.
—Gracias.
—No era un elogio completo.
Selah sonrió.
Idella cerró el Libro.
—Ven.
Wren dejó la escoba tan rápido que cayó contra una silla.
—Con calma. No voy a morir en los próximos cinco segundos.
—No pareces segura.
Idella abrió de nuevo el cuaderno.
—Primera regla: nunca escribimos aquello que pueda hacer daño si alguien que no debe lo lee.
—Entonces, ¿para qué escribir?
—Porque la memoria también falla.
Señaló la línea.
—Cinco yardas significa cinco yardas. Techo significa que alguien necesitará un lugar seco. Domingo es una fecha límite.
—¿Quién?
—No está escrito.
—Pero tú sabes.
—Sí.
—Eso parece peligroso.
Idella la observó.
—Lo es.
Wren esperaba una explicación más cómoda.
No llegó.
—Segunda regla —continuó Idella—: una persona no paga ayuda entregando un secreto. Si una mujer cuenta algo porque necesita ayuda, eso no convierte su historia en moneda.
Wren pensó en todos los secretos que había utilizado como moneda en el orfanato.
Quién escondía comida.
Quién salía después de luces apagadas.
Quién tenía cigarrillos.
Información era poder.
Todo el mundo lo sabía.
—Entonces el Libro es mal negocio.
—Para quien quiere enriquecerse, sí.
—¿Y qué ganas?
Idella se encogió de hombros.
—Una ciudad ligeramente menos cruel.
Wren frunció el ceño.
—Eso no se puede gastar.
—Todavía eres joven.
—Eso no es una respuesta.
—Precisamente.
***
Por la tarde llegó una mujer que Wren nunca había visto.
Vestía de gris y llevaba un niño dormido sobre el hombro.
No compró nada.
Idella cerró la puerta, aunque todavía faltaba una hora para el horario habitual.
Selah fue al almacén.
Wren recibió la orden de quedarse detrás.
Eso significaba que debía escuchar sin parecer que escuchaba.
La mujer se llamaba Nora.
No dijo apellido.
—Está en Macon —susurró—. Dijo que vuelve el viernes.
Idella miró al niño.
—¿Te pegó otra vez?
Nora bajó la cabeza.
—No quiero hablar de eso.
—No tienes que hacerlo.
Aquella respuesta cambió algo en el rostro de la mujer.
Wren comprendió la segunda regla.
No era bondad abstracta.
Era una puerta que no exigía confesión como precio.
—Necesito llegar a Columbus —dijo Nora—. Mi hermana vive allí.
Idella abrió el Libro.
—¿Puede recibirte?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Le escribí.
Idella escribió dos palabras.
Nora — jueves.
Nada más.
—Habrá un automóvil detrás de la iglesia metodista a las nueve.
Nora empezó a llorar.
Silenciosamente.
Idella no la abrazó.
Le dio un pañuelo.
Wren, desde el fondo, sintió algo incómodo en el pecho.
Pensó en la cerca floja del orfanato.
En veintidós dólares.
En el hecho de que si ella necesitaba irse, nadie había prometido un automóvil detrás de ninguna iglesia.
Todavía.
Nora se marchó por la puerta trasera.
Idella volvió a abrir la tienda.
Wren se acercó.
—¿Ella es una de las que desaparecen?
Idella no fingió no entender.
—A veces desaparecer es solo aparecer en un lugar donde alguien no pueda encontrarte.
—¿Su marido la busca?
—Probablemente.
—¿Y si viene aquí?
—Le venderé hilo.
—¿Y si pregunta?
Idella la miró.
—No sabré nada.
Wren señaló el Libro.
—Pero sí sabes.
—Aprende la diferencia.
Aquella fue la primera lección que Wren llevó consigo de verdad.
No entre verdad y mentira.
Entre información y derecho a tenerla.
Dos días después, Wren volvió con un cuaderno barato comprado en la papelería.
Lo dejó sobre el mostrador.
—Práctica.