CAPÍTULO 5 — EL LIBRO | WREN
Wren volvió al bazar al día siguiente con la polvera de la señora Hargrove escondida bajo la camisa y la intención firme de no devolverla.
A las nueve y siete minutos cambió de opinión.
No por arrepentimiento.
La señora Hargrove había pasado el desayuno interrogando a todas las muchachas mayores sobre la desaparición.
A Wren le había registrado el armario, los zapatos y hasta el colchón.
No encontró nada porque la polvera llevaba toda la noche dentro del depósito de agua del retrete, envuelta en un paño encerado.
Fue una buena escondida.
Demasiado buena.
Una cosa que no podía venderse era una cosa que pesaba. Y Wren no tenía tiempo para cargar con objetos sentimentales de personas que planeaban enviarla a trabajar para el estado.
Entró en el Bazar y Mercería Bellhaven y dejó la polvera sobre el mostrador.
Idella ni siquiera levantó la cabeza.
—Milagro.
—No exageres.
—Una ladrona arrepentida es material de sermón.
—No estoy arrepentida. El mercado está malo.
Selah, desde una escalera baja, estaba colocando cajas de botones en un estante.
—Eso es mucho más creíble —dijo.
Wren la miró.
—¿Trabajas aquí ahora?
—Eso parece.
—¿Te pagan?
—Menos de lo que valgo.
—Entonces sí trabajas aquí.
Idella señaló la polvera.
—¿Hargrove sabe que ha vuelto?
—Todavía no.
—Devuélvela donde la encontraste.
—Eso requiere entrar en su cuarto.
—También lo requirió sacarla.
—Entonces ya usé mi cuota de valentía de la semana.
Selah bajó de la escalera.
—Dámela.
Wren retrocedió.
—¿Para qué?
—Para devolverla.
—Eso arruina la enseñanza moral. Tengo que hacerlo yo.
—¿Ahora te preocupa la enseñanza moral?
—Me preocupa que Idella la use contra mí durante los próximos veinte años.
—Treinta —dijo Idella.
Wren guardó la polvera.
—Bien. La devolveré.
No tenía intención de hacerlo ese día.
Quizá nunca.
Pero algunas promesas estaban hechas para conseguir que la conversación avanzara.
La campanilla sonó y entró la señora Delaney, esposa del farmacéutico. Traía un paquete de tela bajo el brazo y el sombrero inclinado sobre un ojo.
—Idella, necesito hablar contigo.
—Habla.
La señora Delaney miró a Wren.
Luego a Selah.
—En privado.
Idella continuó revisando una factura.
—Entonces tendrás que esperar a que compre una tienda más grande.
La mujer se acercó al mostrador y bajó la voz.
—Es sobre Lottie.
Idella dejó el lápiz.
Selah siguió ordenando cajas, pero Wren notó que escuchaba.
—¿Qué pasó?
—Anoche volvió.
No hubo necesidad de preguntar quién.
Wren conocía a Lottie Delaney. Diecinueve años. Casada desde hacía ocho meses con un hombre que tenía una camioneta roja, una sonrisa agradable los domingos y un temperamento del que todo el pueblo fingía no saber nada.
—¿Le hizo daño? —preguntó Idella.
La señora Delaney apretó el paquete de tela.
—No quiere decirlo.
Idella suspiró.
—¿Qué necesita?
—Dos noches.
—¿Dónde?
—No puede ser en casa. Él irá primero allí.
Idella miró hacia la ventana.
—La señora Pearce todavía tiene el cuarto trasero.
La señora Delaney asintió demasiado rápido.
—Pensé lo mismo.
—¿Y después?
—Mi primo puede llevarla a Macon el viernes.
Idella abrió un cajón debajo de la caja registradora y sacó un cuaderno negro.
Wren había visto ese cuaderno muchas veces.
Nunca le había prestado atención.
Eso cambió en el instante en que Idella lo abrió.
No se parecía a la libreta donde anotaba las ventas. Las páginas estaban llenas de nombres, cantidades, símbolos, fechas y palabras demasiado vagas para ser útiles.
Delaney — dos noches.
Pearce — habitación.
Macon — viernes.
Junto a la línea, Idella dibujó un pequeño círculo atravesado por una raya.
La señora Delaney colocó cinco dólares sobre el mostrador.
Idella tomó solo dos.
—Los otros tres son tuyos.
—No necesito caridad.
—Perfecto. Porque no te la ofrecí.
Escribió 2,00 junto al nombre.
Después agregó: recado de invierno.
Wren frunció el ceño.
—¿Qué es un recado de invierno?
Idella cerró el cuaderno.
—Nada que te importe.
—Entonces definitivamente me importa.
La señora Delaney volvió a mirar a Selah. Aquella vez no había simple cautela en su expresión. Había reconocimiento.
—Me alegra verte fuera —dijo.
Selah quedó quieta.
—Gracias.
—Lo que dijeron…
La mujer se detuvo.
Idella la miró con severidad.
—Lo que dijeron puede esperar otro día.
La señora Delaney asintió.
Antes de marcharse, dejó el paquete de tela sobre el mostrador.
—Para el cuarto de la señora Pearce.
Dentro había una camisa, medias y un vestido sencillo.
Wren esperó hasta que la puerta se cerró.
—¿Qué es eso?
—Ropa —dijo Idella.
—El cuaderno.
—Un cuaderno.
—¿Por qué escribiste lo de la habitación como si fueran cuentas?
—Porque son cuentas.
—No compró una habitación.
Idella comenzó a guardar la ropa.
—No todas las deudas se pagan con dinero.
Wren se quedó mirando el cajón donde había desaparecido el cuaderno.
Selah también.
Durante las dos horas siguientes, Wren encontró seis excusas para acercarse a aquel lado del mostrador.
La primera fue buscar hilo marrón.
La segunda, preguntar por el precio de unas tijeras.
La tercera fue tan mala que Idella simplemente dijo:
—No.
Wren se apoyó en el mostrador.
—Ni siquiera he preguntado.
—Eso ahorra tiempo.
A mediodía, Idella salió a entregar un paquete a la tienda de comestibles.
Dejó a Selah al frente.
Wren esperó treinta segundos.
—Tengo que irme.
Selah no levantó los ojos del inventario.
—Bien.
—Definitivamente no voy a tocar nada.
—Qué alivio.
—Ni miraré dentro de cajones privados.
Selah alzó la cabeza.
—Wren.
—¿Sí?
—Si vas a hacerlo, al menos deja de anunciarlo.
Wren sonrió.
Esperó a que Selah se girara hacia la estantería.
Abrió el cajón.
El cuaderno estaba debajo de un paquete de facturas viejas.
Lo sacó.
—Eso duró menos de un minuto —dijo Selah.
—No dijiste que no podía.
—No soy Idella.
—Exacto.
Wren abrió el Libro.
Las primeras páginas estaban fechadas años atrás. Algunas letras eran de Idella; otras no.
Nombres.
Deudas.
Favores.
En muchos casos el significado era evidente.
M. Bryant — 4 frascos — cosecha.
E. Lee — 6 dólares — llevar a Dalton.
Pero otras entradas parecían un idioma privado.
Flores blancas.
Domingo tarde.
Taza rota.
Una página tenía tres nombres tachados con una línea roja. Junto a cada uno aparecía la misma palabra.
Salida.
Wren pasó otra hoja.
Encontró una fecha de 1938.
Mary Ellis — Atlanta — boleto + vestido — no preguntar.
—¿Quién era Mary Ellis?
Selah se acercó.
—No lo sé.
Wren siguió leyendo.
—Aquí dice que se fue a Atlanta.
—Entonces probablemente se fue a Atlanta.
—¿Por qué alguien escribiría «no preguntar» en un libro que está hecho precisamente para recordar cosas?
Selah no respondió.
Wren pasó más páginas.
Aparecían mujeres que ella conocía de vista. Mujeres que ocupaban las primeras filas en la iglesia. Mujeres con esposos respetables. Mujeres que vendían huevos, cosían vestidos o enseñaban en la escuela.
Y entre ellas, varias desconocidas.
Sin apellido.
Solo nombres.
Clara — tren nocturno.
Mae — casa Green, dos semanas.
Rosa — dinero de vuelta cuando pueda.
En algunas páginas Idella había dibujado una pequeña cruz al lado de una entrada.
Wren tocó una.
—¿Qué significa?
La voz de Idella llegó desde la puerta.
—Que vas a perder dos dedos si no cierras ese libro.
Wren dio un salto.
Idella entró con el paquete ya vacío bajo el brazo.
—Selah.
—No la ayudé.
—Tampoco la detuviste.
—Me pareció educativo.
Idella tomó el Libro de las manos de Wren.
—Hay cosas que no son para niñas.
Wren se cruzó de brazos.
—Tengo quince años cuando quieres que trabaje y soy una niña cuando quieres ocultarme algo.
Idella la miró.
—Eso es una ventaja de ser vieja. Puedo elegir.
Wren señaló el cuaderno.
—¿Ayudaste a esas mujeres a desaparecer?
La expresión de Idella cambió apenas.
—No desaparecieron.
—Aquí dice salida.
—Irse no es desaparecer.
—Si nadie sabe adónde vas, sí.
Idella apoyó ambas manos sobre el Libro.
—Algunas personas necesitan empezar en otro lugar.
Wren pensó en la cerca del orfanato.
En veintidós dólares con sesenta y cinco centavos.
En la institución estatal.
—¿Les dabas dinero?
—A veces.
—¿Y ellas te debían favores?
—A mí no.
—Pero lo apuntabas.
—Para que la siguiente supiera quién podía ayudarla.
Wren frunció el ceño.
—Eso es una deuda.
—No exactamente.
—Si alguien da algo y otra persona tiene que devolverlo, es una deuda.
Idella acarició la cubierta gastada.
—Digamos que es memoria.
Selah observaba el cuaderno con una atención distinta a la curiosidad de Wren.
—¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo? —preguntó.
Idella no respondió inmediatamente.
—Yo no lo empecé.
Wren sintió un cosquilleo en la nuca.
—¿Quién?
—Otra mujer.
—¿Quién?
—Una que sabía que el banco no perdonaba por ser pobre y que los maridos no siempre eran mejores por ser legales.
Wren acercó una silla y se sentó al revés, con los brazos sobre el respaldo.
—Quiero aprender.
Idella soltó una carcajada.
—No.
—Sé sumar.
—También sabes robar.
—Eso demuestra atención a los detalles.
—Demuestra otra cosa.
—Puedo usar claves.
—Wren.
—Nadie sospecha de mí.
Idella y Selah la miraron a la vez.
Wren corrigió:
—Casi nadie.
Idella cerró el Libro y volvió a guardarlo.
—Vete al orfanato antes de que Hargrove venga a buscarte.
Wren se levantó.
—Voy a aprenderlo.
—No.
—Entonces lo haré sin permiso.
—Eso ya lo suponía.
Wren llegó a la puerta.
Selah seguía mirando el cajón.
No el escaparate.
No a Wren.
El cajón.
Wren lo notó porque observar a la gente era una de las pocas habilidades que nunca podían quitarle.
—¿Qué? —preguntó.
Selah tardó un instante en responder.
—Nada.
Wren sonrió.
—Eso significa algo.
Idella señaló la puerta.
—Fuera.
Wren salió.
Wren regresó a la tienda al día siguiente porque había decidido que aprender el Libro era más importante que conservar el orgullo.
No formuló la idea de esa manera.
Se dijo que necesitaba información.
El orgullo era algo que los adultos analizaban después de haber conseguido comida.
Idella le dio una escoba.
—¿Qué es esto?
—Una herramienta antigua utilizada para quitar polvo.
—Pedí aprender las cuentas.