El Club de las Renacidas CAPÍTULO 4 — TRES EXTRAÑAS | RUTH #3
22%

CAPÍTULO 4 — TRES EXTRAÑAS | RUTH #3

—Dijo algo sobre una institución.

Selah dejó el lápiz.

—¿Qué institución?

Idella tardó.

Ruth comprendió que la información no era nueva para ella, pero quizá sí su gravedad.

—El estado está trasladando mayores —dijo—. O Hargrove está utilizando una política que ya existía. No tengo todos los detalles.

—¿Trabajo? —preguntó Selah.

—Eso dicen.

Selah se quedó inmóvil.

Ruth pensó en prisión.

No quería hacer la comparación.

La expresión de Selah la hizo de todas formas.

—¿Puede negarse? —preguntó Ruth.

—Es menor —dijo Idella.

—Eso no responde.

—Precisamente.

La campanilla sonó.

Wren entró con la polvera de Hargrove bajo el brazo.

—He decidido hacer una devolución voluntaria.

Idella extendió la mano.

—Milagro.

—No exageres. Quiero crédito por comportamiento.

—No existe.

—Entonces deberían inventarlo.

Wren dejó la polvera.

Vio a Ruth.

—La mujer de las perlas.

—Ruth.

—Lo sé.

—Entonces úsalo.

—Estoy considerando si lo merece.

Selah ocultó una sonrisa.

Ruth comprendió por qué Idella no echaba a la muchacha.

Era irritante de una forma que hacía que una quisiera quedarse el tiempo suficiente para ganarle una discusión.

Idella inspeccionó la polvera.

—¿La señora Hargrove sabe que esto salió de excursión?

—Todavía no.

—Lo devolverás tú.

—Eso destruye todo el valor de la devolución voluntaria.

—Exactamente.

Wren rodó los ojos.

Selah preguntó:

—¿Cuándo revisan tu expediente?

La muchacha dejó de bromear.

—No sé.

—¿Hay fecha?

—No que me hayan dicho.

—¿Puedes averiguarla?

Wren inclinó la cabeza.

—Probablemente.

—Sin robar nada.

—Eso reduce opciones.

—Wren.

—Sí, señora exconvicta.

Ruth aspiró aire.

Selah solo levantó una ceja.

—He escuchado insultos mejores de mujeres con menos dientes.

Wren pareció impresionada.

Idella señaló una silla.

—Siéntate.

—¿Por qué?

—Porque vamos a hablar.

—Eso rara vez termina bien.

—Siéntate.

Wren obedeció.

Ruth debería haber recogido el dinero de los libros y marcharse.

Tenía trabajo.

Una deuda.

Una granja a la que le quedaban menos días que ayer.

En lugar de eso permaneció junto al mostrador.

Idella se sirvió café.

—Cuando una niña tiene quince años y nadie la ha reclamado formalmente, el condado tiene muchas decisiones que puede tomar por ella.

—Gracias por el resumen de mi vida —dijo Wren.

—Cállate un minuto.

La muchacha apretó los labios.

Idella continuó:

—A veces se puede presentar una colocación familiar antes de una transferencia.

Ruth sintió que Wren la miraba.

No sabía por qué.

—¿Adopción? —preguntó Selah.

—No necesariamente. Custodia. Tutela. Depende de los papeles y de quién los firme.

—¿Y alguien la quiere? —preguntó Ruth.

El silencio fue inmediato.

Wren se levantó.

—Excelente conversación. Me alegra haber venido.

Ruth comprendió lo que había hecho.

—No quise decir...

—Sé exactamente lo que quiso decir.

—Wren —dijo Idella.

—No.

La muchacha tomó la polvera.

Selah le bloqueó suavemente el paso hacia la puerta.

—No conviertas una pregunta torpe en una respuesta que no existe.

Wren la miró.

—Quítate.

—Cuando yo tenía tu edad hacía lo mismo.

—¿Robar?

—Eso vino después.

Wren no sonrió.

Selah continuó:

—Escuchaba una frase que dolía y decidía que significaba todo lo peor que podía significar. Era más rápido que esperar.

—¿Y ahora?

—Ahora a veces espero treinta segundos.

—Gran crecimiento personal.

—Gracias.

Ruth dio un paso.

—Lo que quise preguntar fue si ya hay alguien dispuesto a reclamarte. No si alguien puede quererte.

La cara de Wren se endureció de nuevo, pero distinto.

—No.

—Bien.

—¿Bien?

—Bien saberlo. No bien que no haya nadie.

—Sigue sonando mal.

—No soy buena en esto.

—Eso ya lo noté.

Idella golpeó la taza sobre el mostrador.

—Perfecto. Ya que todas han decidido arruinar mi tarde, podemos continuar con honestidad.

Selah se apartó de la puerta.

Wren no se fue.

Aquello fue algo.

Ruth recogió uno de los manuales de Samuel.

—¿Cuánto por estos?

Idella entendió que la conversación había terminado por ahora.

—Diez por toda la caja.

—Doce.

—Once.

—Once con cincuenta.

—No hagas que me arrepienta de tu tragedia.

Wren murmuró:

—Yo cobré ocho centavos por ser huérfana.

Ruth la miró.

—Me alegra saber que hay una tarifa.

La muchacha sonrió, apenas.

***

Cuando Ruth salió, Selah la acompañó hasta la camioneta con el manual sobre frutales en la mano.

—Olvidaste este.

—Lo vendí.

—Idella decidió que no.

—¿Por qué?

—Porque dice que nadie compra manuales de 1938 sobre melocotones y que ocuparía espacio.

Ruth tomó el libro.

Sabía que Idella mentía.

—Dile que no necesito caridad.

Selah apoyó una mano en la puerta de la camioneta.

—No creo que sea caridad.

—¿Qué es?

—Una mujer mayor imponiéndote su voluntad. Es distinto.

Ruth soltó una risa.

—Eso sí lo creo.

Selah se volvió hacia la tienda.

—Ruth.

—¿Sí?

—No sé nada de granjas.

—Ya somos dos, algunos días.

—Pero sé lo que pasa cuando una institución decide que el hecho de estar sola significa que pueden decidir por ti.

Ruth miró el manual en sus manos.

—¿Estás hablando de Wren o de mí?

Selah tardó un segundo.

—Sí.

La respuesta acompañó a Ruth todo el camino a casa.