El Club de las Renacidas CAPÍTULO 4 — TRES EXTRAÑAS | RUTH #2
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CAPÍTULO 4 — TRES EXTRAÑAS | RUTH #2

—¿Hay fecha?

—No.

—¿Tu expediente ya está en revisión?

—No sé.

—Averígualo.

Wren soltó una risa sin humor.

—Claro. Le preguntaré a Hargrove durante el té.

—Preguntar no es la única forma de saber.

La muchacha ladeó la cabeza.

Ruth vio algo pasar entre Idella y Wren.

Una comprensión que no pertenecía a la relación habitual entre adulta y niña.

—No robes documentos —dijo Idella.

—No iba a hacerlo.

—Ahora sí ibas.

Selah ocultó una sonrisa.

Ruth miró a Wren con más atención.

Quince años.

Quizá menos de cincuenta kilos.

Sin familia.

Y aun así toda la conversación se organizaba como si la muchacha fuera una pequeña fuerza meteorológica a la que nadie pudiera ordenar que dejara de existir.

Ruth sintió algo parecido a admiración.

También algo que no quería nombrar.

Wren se dirigió a la puerta.

—Devuelve la polvera —dijo Selah.

—Todo el mundo está muy interesado en la propiedad privada hoy.

Ruth pensó en el banco.

—No sabes cuánto.

Wren la miró y, por una fracción de segundo, las dos compartieron la broma amarga.

Cuando la muchacha se fue otra vez, Ruth preguntó:

—¿Siempre es así?

Idella guardó las monedas de la compra.

—Peor cuando tiene hambre.

—¿No tiene familia?

—No desde los nueve.

—¿Qué pasó?

Idella negó con la cabeza.

—Historia suya.

Ruth aceptó el límite.

Selah tomó el paquete de jabón y lo colocó junto a los clavos.

—La gente piensa que sobrevivir te vuelve fuerte —dijo.

Ruth la miró.

—¿No?

Selah encogió un hombro.

—A veces solo te vuelve bueno sobreviviendo.

La frase acompañó a Ruth durante el resto del día.

Quizá por eso, cuando llegó a la puerta y escuchó a Idella ofrecerle trabajo a Selah, Ruth no sintió sorpresa.

Solo la impresión de que la tienda acababa de mover una pieza que nadie sabía todavía dónde terminaría.

Ruth abrió la puerta.

La campanilla sonó.

—Ruth —dijo Idella.

Se volvió.

La mujer estaba mirando a Selah. Tomó una decisión.

—Ven mañana a las ocho.

Selah frunció el ceño.

—¿Para qué?

—Pediste trabajo.

—Pensé que estabas siendo amable.

—A mi edad no desperdicio amabilidad en cosas que puedo resolver con salario.

Selah no respondió.

—No pago mucho —continuó Idella—. Y si robas, tendrás que hacerlo en otra tienda. Ya tengo una especialista.

Desde la acera, como si hubiera oído su nombre profesional, Wren levantó la cabeza.

Selah miró hacia afuera. Después a Idella.

—A las ocho.

—Siete cuarenta y cinco.

—Has dicho ocho.

—Primera prueba laboral.

Selah sonrió por primera vez. No fue una sonrisa grande, pero transformó su rostro lo suficiente para que Ruth comprendiera cuánto tiempo llevaba sin utilizarla.

—Siete cuarenta y cinco —aceptó.

Ruth salió de la tienda.

Wren se levantó de inmediato y comenzó a caminar en dirección contraria, con esa exagerada despreocupación que solo utilizaban los culpables.

Ruth colocó la maleta vacía en el asiento de su camioneta.

Dentro del bolso llevaba menos de cien dólares.

En casa la esperaba una deuda imposible.

Y, por primera vez desde que el automóvil del banco había aparecido en el camino, estaba pensando en algo que no fuera la granja.

Pensaba en Selah Marsh.

En el broche que no había caído al suelo.

En la forma en que Idella había dicho ven mañana.

Y en la extraña facilidad con la que una persona podía elegir proteger a otra sin conocer siquiera el motivo.

Ruth arrancó el motor.

Detrás del escaparate, Selah ya estaba trabajando.

Todavía no podía saberlo, pero aquella decisión de Idella cambiaría mucho más que la disposición de los carretes de hilo.

Cambiaría las cuentas de todas ellas.

Ruth volvió al bazar dos días después con una caja de libros que Samuel había heredado de su padre.

No esperaba encontrar a Selah detrás del mostrador.

La vio primero por el escaparate, inclinada sobre una lista de inventario. Llevaba el cabello recogido y una camisa de Idella remangada hasta los codos.

Parecía pertenecer allí.

La idea sorprendió a Ruth.

Había personas que podían pasar años en Bellhaven sin que nadie les permitiera pertenecer a nada. Selah llevaba apenas dos días fuera de prisión y, en la tienda, Idella ya le había dado un lápiz, una llave del almacén y una lista de cosas que hacer.

Quizá pertenecer empezaba así.

No con permiso del pueblo.

Con trabajo que alguien esperaba que terminaras.

La campanilla sonó.

Selah levantó la vista.

—Más muertos.

Ruth dejó la caja sobre el mostrador.

—Libros.

—Los muertos también leían.

—No eres especialmente buena vendiendo consuelo.

—Idella no me contrató para eso.

Desde el fondo llegó la voz de Idella:

—No la contraté para hablar tanto tampoco.

Selah sonrió.

Ruth abrió la caja.

Había novelas, manuales agrícolas y una Biblia familiar que había decidido conservar en el último momento.

Selah tomó un libro sobre frutales.

—¿Este también?

Ruth lo reconoció.

Samuel lo había consultado el primer año de su matrimonio.

—Sí.

La respuesta tardó lo suficiente para que Selah entendiera.

—Podemos dejarlo aparte.

—No.

—No tienes que vender todo hoy.

—¿También das consejos financieros?

Selah dejó el libro.

—No. Tengo mala reputación con el dinero ajeno.

El comentario cayó entre ellas.

Ruth sintió calor en la cara.

—No quise...

—Lo sé.

Selah ya había aprendido a utilizar el escándalo como cuchillo antes de que otra persona pudiera sacarlo.

Ruth conocía esa estrategia en otra forma.

Ella hablaba primero de Samuel para que nadie tuviera que decidir si mencionar al muerto.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Ruth.

Selah suspiró.

—La gente suele hacerlo incluso cuando digo que no.

—¿Por qué volviste?

La expresión de Selah cambió.

—Eso sí es distinto.

—No tienes que contestar.

—No lo sé todavía.

Ruth asintió.

Esa respuesta le pareció más verdadera que cualquier declaración sobre orgullo o justicia.

Idella salió del almacén con una caja de cintas.

—Wren vendrá esta tarde.

—¿Lo sabes o lo temes? —preguntó Selah.

—Ambas.

Ruth fingió examinar una cubierta.

—¿La muchacha está bien?

Idella la miró.

—Depende de lo que entiendas por bien.