El Club de las Renacidas CAPÍTULO 4 — TRES EXTRAÑAS | RUTH
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CAPÍTULO 4 — TRES EXTRAÑAS | RUTH

Ruth había vendido el reloj del padre de Samuel cuando comprendió que la mujer recién salida de prisión acababa de permitir que una muchacha robara un broche.

No era la clase de descubrimiento que facilitaba una mañana.

—Por las perlas puedo darte treinta y cinco —dijo Idella.

Ruth seguía mirando hacia las telas.

—¿Qué?

—Treinta y cinco.

—Son auténticas.

—Lo sé.

—La madre de Samuel pagó casi el triple.

—La madre de Samuel también compraba cosas nuevas.

Ruth apartó por fin los ojos de la muchacha.

—Cuarenta.

—Treinta y siete.

—Idella.

—Ruth.

—Tengo cincuenta y nueve días.

—Y yo tengo una tienda, no una organización benéfica.

La muchacha junto a las telas tosió. Algo parecido a una risa.

Idella levantó un dedo sin mirarla.

—Tú ni siquiera empieces.

—No he dicho nada.

—Esa es la primera señal de que estás haciendo algo.

Ruth miró a la recién llegada.

Selah Marsh.

Recordaba el juicio. No todos los detalles. Solo los suficientes para reconocer el nombre. Tres años atrás se había hablado durante semanas del robo en una oficina vinculada al juzgado, dinero desaparecido y documentos alterados. Ruth estaba ocupada entonces preparando a Samuel para marcharse.

Después hubo guerra.

Cartas.

Racionamiento.

Telegramas.

Algunas historias del pueblo se habían vuelto pequeñas al lado de aquello.

Pero recordaba a Selah bajando los escalones del juzgado entre dos agentes.

Recordaba también lo que Louetta había dicho.

Una mujer de esa clase siempre termina revelándose.

Ruth se preguntó qué clase era esa.

Miró a Selah.

Vestido gastado. Maleta pequeña. Espalda recta.

No parecía peligrosa.

Parecía cansada.

Ruth había aprendido que ambas cosas podían coexistir.

—Treinta y ocho —dijo Idella.

—Treinta y nueve.

—Treinta y ocho con cincuenta y café gratis.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Una taza.

Ruth negó con la cabeza.

—Eres una ladrona.

Desde las telas llegó una voz.

—Eso es bastante ofensivo para la profesión.

Idella cerró los ojos.

—Wren.

La muchacha apareció con las manos vacías.

—¿Sí?

—Devuelve lo que cogiste.

—No he cogido nada.

—Entonces devuelve lo que no cogiste.

Wren miró a Selah.

Ruth vio la conversación silenciosa entre ellas. Algo pasó. No sabía qué.

Selah se apoyó en el mostrador.

—Creo que fui yo.

Idella frunció el ceño.

—¿Tú qué?

Selah señaló el suelo cerca de su zapato.

—Tiré esto.

Se agachó. Cuando volvió a incorporarse tenía un broche en la mano.

Ruth estaba segura de que un segundo antes no había nada en el suelo.

Selah colocó la pieza sobre el mostrador.

—Lo siento.

Idella miró el broche. Después a Selah. Finalmente a Wren.

—Vaya.

Wren se encogió de hombros.

—Parece resuelto.

—Fuera.

—¿Yo?

—No. La señora Roosevelt.

Wren caminó hacia la puerta.

—Ya no es la primera dama.

—Gracias por la actualización política.

—De nada.

La muchacha abrió. Antes de salir miró a Selah. Selah no respondió.

La campanilla tintineó.

Idella esperó hasta que la puerta se cerró.

—¿Por qué hiciste eso?

Selah examinó el broche.

—Se le cayó.

—De su bolsillo.

—Los bolsillos también dejan caer cosas.

Idella la estudió durante varios segundos. Luego regresó a las perlas.

—Treinta y ocho con cincuenta. Sin café.

Ruth parpadeó.

—¿He perdido el café por esto?

—Estoy de mal humor.

Contra su voluntad, Ruth sonrió.

Fue pequeño.

Tan pequeño que quizá nadie lo vio.

Selah sí.

Idella tasó el resto durante casi una hora.

Ruth odiaba cada cifra. No porque fueran injustas. Porque convertían recuerdos en números.

El reloj: doce dólares.

La plata: veintiséis.

Tres platos que la señora Calloway había traído de Charleston: nueve.

El juego de té: diecisiete.

Ruth imaginaba pequeñas etiquetas pegadas sobre cada momento.

Navidad, 1938: 9 dólares.

Samuel tomando café con su padre: 12 dólares.

Su suegra sirviendo té a mujeres que ya estaban muertas: 17 dólares.

Cuando terminaron, Idella escribió la suma.

No era suficiente.

Ni de cerca.

Ruth ya lo sabía.

Aun así ver el número le produjo una sensación de caída.

—Puedo guardar las cosas unos días —dijo Idella.

—¿Para qué?

—Para que lo pienses.

—Ya pensé.

—Entonces piensa mejor.

Ruth cerró la maleta vacía.

—Necesito el dinero.

Idella no discutió.

Eso fue peor.

Fue a la caja.

Selah seguía allí. Había guardado su maleta detrás del mostrador y ahora ordenaba carretes de hilo como si realmente hubiera empezado a trabajar diez minutos después de pedir empleo.

—No tienes que fingir que no escuchaste —dijo Ruth.

Selah colocó un carrete rojo junto a uno azul.

—No estaba fingiendo.

—Entonces escuchaste.

—Todo el pueblo escuchará antes del viernes.

Ruth levantó la mirada.

Selah añadió:

—Supuse que preferirías la versión directa.

Ruth consideró sentirse ofendida. No encontró energía.

—El banco quiere la granja.

—Los bancos suelen querer cosas que ya tienen otros.

—Experiencia personal.

Selah dejó el hilo.

—Algo así.

El comentario enfrió la conversación.

Ruth deseó retirar la frase.

—No quise…

—Sí quisiste.

Selah no parecía enfadada. Eso hizo que Ruth se sintiera peor.

—Pero no importa.

Ruth observó sus manos. Había pequeñas marcas en los nudillos. Cicatrices.

—¿Realmente lo hiciste?

Idella, junto a la caja, dejó de contar billetes.

Selah miró a Ruth. No preguntó a qué se refería.

—El tribunal dijo que sí.

—No pregunté eso.

Una quietud extraña llenó la tienda.

Ruth pensó en Louetta. En Everett. En el nombre de Selah pronunciado durante las cenas como advertencia.

Selah se acercó un paso.

—Entonces haces preguntas peligrosas, Ruth Calloway.

No había amenaza. Solo cansancio.

—Últimamente parece que hago muchas.

Idella regresó con el dinero. Lo dejó sobre el mostrador.

—Cuéntalo.

—Confío en ti.

—Eso no es razón para no contar.

Ruth lo hizo.

Exacto.

Guardó los billetes en el bolso.

—Gracias.

—No me agradezcas hasta que haya vendido esas perlas a alguna mujer que crea que treinta y ocho con cincuenta es una ganga.

Ruth tomó la maleta.

En la puerta se detuvo. A través del escaparate vio a Wren. La muchacha estaba sentada al otro lado de la calle, debajo del toldo cerrado de una tienda, fingiendo atarse el zapato.

Esperando.

—¿Es del orfanato? —preguntó Ruth.

Idella siguió su mirada.

—Sí.

—¿Siempre roba?

—No.

Ruth esperó.

—A veces también miente.

Selah soltó una risa.

Ruth volvió a mirar a la muchacha.

—¿Y sigues dejándola entrar?

—La puerta es para eso.

Ruth no sabía qué responder.

Idella recogió la polvera de plata que Wren había dejado sobre el extremo del mostrador.

—Hay gente a la que echar de un sitio le enseña una lección —dijo—. Y hay gente que ya ha sido echada de suficientes sitios.

Selah dejó de sonreír.

Ruth la miró.

Ahí estaba de nuevo. Aquella sensación incómoda que había tenido al verla entrar.

No reconocimiento.

Algo más cercano a verse reflejada en una ventana oscura.

Selah no había perdido una granja. Ruth no había perdido tres años entre rejas. Wren ni siquiera tenía todavía edad suficiente para beber café sin que alguien opinara al respecto.

Y sin embargo Ruth conocía la expresión de las dos.

Era la de una persona haciendo cálculos después de que alguien más hubiera decidido cuánto tiempo le quedaba.

Cincuenta y nueve días.

Quizá para Wren fueran semanas.

Para Selah habían sido tres años.

Distintas cuentas.

El mismo miedo.

Ruth no salió inmediatamente.

La maleta vacía parecía más pesada que cuando había entrado llena. La dejó otra vez junto al mostrador y pidió hilo fuerte, clavos pequeños y una pastilla de jabón de lavar, tres cosas que necesitaba y que, hasta esa mañana, habría comprado sin pensar demasiado.

Ahora observó cada precio.

Idella lo notó.

No dijo nada.

Selah se movía por la tienda con una cautela que no correspondía a alguien que acababa de conseguir trabajo. Tocaba los objetos como si esperara que una campana sonara cada vez que se acercaba demasiado.

Ruth reconoció el gesto.

Después del funeral de Samuel, ella había pasado semanas sintiéndose huésped en su propia casa. La gente decía «la granja de Samuel» y Ruth había empezado a preguntarse si los cajones, las herramientas y hasta los platos tenían más derecho a permanecer allí que ella.

—¿Has trabajado en comercio? —preguntó Ruth.

Selah miró una caja de cintas.

—Trabajé llevando cuentas antes.

—¿En el juzgado?

La pregunta salió antes de que Ruth pudiera detenerla.

Selah quedó inmóvil.

Idella levantó la cabeza desde la caja.

—Sí —respondió Selah.

Ruth deseó no haber preguntado.

—Lo siento.

—No tienes que disculparte por saber lo que todo el pueblo sabe.

—No era eso.

Selah la miró.

—Entonces ¿qué era?

Ruth buscó una respuesta.

—Curiosidad.

—Eso sí es más peligroso.

La puerta se abrió de golpe y Wren volvió a entrar.

Idella se llevó una mano a la cintura.

—Te eché.

—Lo sé.

—Entonces la puerta funciona en una dirección que no comprendes.

Wren dejó algo sobre el mostrador.

La polvera de la señora Hargrove.

—Quiero que la guardes hasta mañana.

—No.

—Solo una noche.

—No.

—Podrían registrarme.

Idella se quedó quieta.

—¿Por qué?

Wren miró a Ruth y Selah. Por una vez pareció recordar que había extrañas presentes.

—Nada.

Idella cruzó los brazos.

—Eso no es una respuesta.

La muchacha bajó la voz.

—Hargrove preguntó por ella después de que salí. Si vuelve a registrar mis cosas y aparece, ya no voy a poder venir al pueblo.

—Tal vez eso sea lo correcto.

Wren la miró con furia.

—No.

Fue una palabra tan cruda que Ruth dejó de guardar las compras.

Idella también lo oyó.

—¿Qué pasa en el hogar?

Wren negó con la cabeza.

—Nada.

Selah se acercó.

—¿Te hizo alguien algo?

La muchacha la miró como si la pregunta fuera ofensiva.

—Puedo cuidarme.

Selah sostuvo su mirada.

—No pregunté eso.

Ruth sintió un pequeño eco de la conversación que había tenido con Selah minutos antes.

Wren cogió la polvera.

—Olvídenlo.

Ruth habló sin pensar:

—¿Es por la institución?

La muchacha se detuvo.

Idella la miró.

—¿Qué institución?

Wren cerró los ojos con visible irritación.

—Genial.

Ruth explicó lo poco que había escuchado antes mientras vendía las perlas: mayores de catorce, traslado, trabajo estatal.

Idella dejó de parecer dueña de una tienda y se convirtió en otra cosa.

—¿Cuándo te lo dijeron?

—Ayer.